Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
NovelToon tiene autorización de EJ CB para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La jaula de las cumbres
La cabaña de madera rústica se alzaba como un centinela solitario entre los pinos centenarios y la niebla que se aferraba a las rocas. Era un lugar donde el mundo parecía terminar, un refugio de paredes gruesas y olor a resina que Asher consideraba el lugar más seguro del planeta. Pero para Evie, que bajaba de la camioneta con el cuerpo temblando por las náuseas y el estrés del viaje, no había refugio lo suficientemente profundo como para ocultarse de la sombra de Alistair Vance.
—Entra, Evie. Voy a tapar la camioneta con unas lonas —dijo Asher, con su cabello negro y liso agitado por el viento gélido de la montaña. Sus ojos no dejaban de escanear el sendero que habían dejado atrás.
Evie entró en la cabaña. El interior era oscuro, acogedor, con una chimenea de piedra que esperaba ser encendida. Se dejó caer en un viejo sillón de cuero, abrazando su vientre con una fuerza protectora. Su cara estaba marcada por el agotamiento, y sus rizos negros caían desordenados sobre sus hombros.
—Estamos a salvo, pequeño —susurró, aunque su propia voz le sonaba a mentira—. Aquí no podrá...
Un sonido seco cortó su frase. El eco de un motor potente subiendo por la pendiente, seguido del batir de aspas que se acercaba desde el cielo. Evie se puso en pie, su corazón golpeando sus costillas con una violencia que le dificultaba respirar.
La llegada del ogro
No pasaron ni cinco minutos antes de que el silencio de la montaña fuera destruido por completo. El todoterreno negro de Alistair frenó frente a la cabaña, derrapando sobre la grava. De él descendieron cuatro hombres, figuras imponentes con equipos de comunicación, pero fue la figura que salió del asiento del copiloto la que congeló la sangre de Evie.
Alistair no esperó a sus hombres. Caminó hacia la cabaña con la zancada de un rey que reclama su botín. Su abrigo oscuro ondeaba tras él, y sus ojos negros estaban fijos en la puerta con una intensidad que casi podía atravesar la madera.
Asher, que estaba junto a la camioneta, intentó interponerse. Su lealtad hacia Evie superaba su sentido de autopreservación.
—¡No puede pasar! ¡Esta es propiedad privada! —gritó Asher, poniéndose frente a Alistair.
Alistair ni siquiera se detuvo. Con un gesto seco de su mano, dio una orden silenciosa a sus guardias. Dos de los hombres agarraron a Asher por los brazos, forzándolo a arrodillarse sobre la tierra fría. Asher forcejeó, su cabello negro se soltó de la coleta mientras sus ojos gateados echaban chispas de rabia.
—¡Suéltenlo! —el grito de Evie resonó desde la puerta de la cabaña.
El encuentro de cristal y luz
Evie estaba allí, apoyada en el marco de la puerta, pálida pero con una mirada de acero. Alistair se detuvo a escasos dos metros de ella. Verla de nuevo, en carne y hueso, hizo que el mundo de Alistair volviera a tener eje. Sus ojos recorrieron cada centímetro de ella: su palidez, sus labios temblorosos y la forma en que sus manos rodeaban su vientre de manera instintiva, aunque el abrigo amplio que llevaba aún ocultaba su secreto.
—Evie... —la voz de Alistair fue un susurro ronco, cargado de una posesividad que la hizo temblar.
—¡Déjalo ir, Alistair! —gritó ella, señalando a Asher, que seguía inmovilizado por los guardias—. Él no ha hecho nada malo. Solo me ha ayudado cuando tú me destruiste. ¡Por favor, no le hagas daño!
Alistair miró a Asher con un desprecio absoluto. Para él, ese chico era el intruso que había osado tocar lo que le pertenecía. Dio un paso hacia Evie, pero ella retrocedió hacia el interior de la cabaña, con los ojos llenos de lágrimas.
—Te lo ruego, Alistair. Si alguna vez me amaste, aunque fuera un poco, deja que se vaya. Él solo fue un refugio porque yo no tenía adónde ir. ¡No le hagas nada! —su voz se quebró, y el dolor en su rostro fue un golpe directo al orgullo de Alistair.
Alistair levantó la mano, haciendo una señal a sus hombres.
—Suéltenlo —ordenó sin quitar la vista de Evie—. Pero que se largue de aquí ahora mismo si quiere conservar sus huesos intactos.
Los guardias soltaron a Asher, quien se puso en pie con dificultad, limpiándose la sangre de un labio partido. Miró a Evie con una tristeza infinita, sabiendo que la cacería había terminado y que el ogro de cristal había ganado la partida.
—Vete, Asher —murmuró Evie, con el alma rota—. Gracias por todo. Por favor, vete.
Asher dudó, pero la mirada asesina de Alistair y la súplica en los ojos de Evie lo obligaron a retroceder. Subió a su camioneta y se alejó, dejando a Evie sola frente al hombre del que tanto había huido.
La verdad en la penumbra
Alistair entró en la cabaña y cerró la puerta tras de sí, dejando a sus guardias afuera como estatuas de piedra. El silencio regresó, pero era un silencio cargado de pólvora. Alistair se quitó el abrigo y se acercó a ella, quien retrocedía hasta chocar con la mesa de madera.
—¿Por qué huiste así, Evie? ¿Por qué me obligaste a quemar el mundo para encontrarte? —preguntó él, su voz vibrando con una rabia contenida y un dolor que no podía ocultar.
—¡Viste las fotos, Alistair! ¡Me traicionaste de la forma más vil! —respondió ella, con la espalda pegada a la mesa y las manos aún protegiendo su centro—. No soy un objeto que puedes guardar en un cajón y sacar cuando te apetezca.
Alistair se detuvo a centímetros de ella. Podía oler su aroma a vainilla y ahora, un rastro de algo nuevo, algo biológico y dulce. Su mirada bajó hacia donde las manos de Evie se aferraban a su vientre. Ella intentó encogerse, pero ya era tarde. El instinto de Alistair, ese que lo había atormentado en sueños, finalmente hizo clic con la realidad.
—¿Qué escondes ahí, Evie? —su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente suave, casi un ronroneo de depredador que ha acorralado su verdad.
—Nada... solo... —ella intentó apartarse, pero Alistair puso sus manos sobre la mesa, encerrándola en su espacio personal, rodeándola con el calor de su cuerpo y ese aroma a sándalo que ella había intentado, en vano, arrancar de su memoria.
—No me mientas. He sentido tu pulso en mis sueños. He sentido que ya no caminabas sola —Alistair alargó una mano, dudando por un segundo, antes de posarla con una firmeza aterradora sobre las manos de ella, justo encima de su vientre—. Hay una vida aquí. Estás esperando un hijo mío, y pensabas ocultármelo en estas montañas.
Evie sintió que el aire abandonaba sus pulmones, pero en lugar de romperse, el miedo se transformó en una armadura de hielo. Miró los ojos de Alistair, esos pozos negros que antes eran su hogar y que ahora sentía como una prisión, y decidió asestarle el golpe más cruel que su mente pudo maquinar. Necesitaba que él la soltara, necesitaba herir su orgullo de tal forma que el ogro retrocediera, aunque fuera por un segundo.
—No te equivoques, Alistair —dijo ella, con una voz gélida que vibró con una seguridad que no sentía—. Este hijo no es tuyo.
Alistair se tensó de tal manera que Evie pudo escuchar el crujir de sus músculos bajo la camisa de seda. Sus dedos se hundieron con una posesividad dolorosa en la tela de su vestido.
—No mientas, Evie. Sé cuándo estuvimos juntos. Sé que esa noche en el hotel...
—Esa noche no fue la única para mí, Alistair —lo interrumpió ella, forzando una sonrisa amarga que le quemaba las entrañas—. ¿De verdad crees que me quedé llorando por ti en este rincón del mundo? Asher me dio el refugio que tú me arrebataste. Él me dio la paz y la calidez que tu mundo de cristal, frío y calculador, nunca pudo ofrecerme. Mientras tú estabas con Sloane, yo encontraba consuelo en los brazos de un hombre de verdad.
Alistair retrocedió un paso, como si ella le hubiera dado un golpe físico en pleno rostro. Su mandíbula se desencajó por una fracción de segundo antes de apretarse con una fuerza animal, haciendo que los tendones de su cuello resaltaran como cuerdas tensas. Sus ojos negros, antes cargados de una esperanza retorcida, se encendieron con una furia maníaca, inyectados en sangre por la humillación.
—¿Qué estás diciendo? —rugió él, y el aire de la cabaña pareció congelarse bajo el peso de su rabia—. ¡Dilo de nuevo si te atreves!
—Digo que este hijo es de Asher —mintió Evie, manteniendo la mirada firme a pesar de que su corazón gritaba que era un pecado decir aquello—. Él es el padre. Él es quien me cuidó cuando estaba enferma, quien me protegió cuando tus hombres me acechaban. Él es quien merece ver nacer a este niño, no un hombre que solo sabe poseer, destruir y traicionar.
El efecto de las palabras fue devastador. Alistair golpeó la mesa con el puño, un sonido seco que resonó como un trueno en la pequeña cabaña, haciendo que los bocetos de Evie volaran por el suelo. La idea de que otro hombre —un campesino, un "nadie" de montaña— hubiera sembrado su semilla en la mujer que él consideraba su propiedad más sagrada, desató un demonio en su interior que Evie no había visto jamás.
Alistair la tomó por la cintura, pegando su cuerpo musculoso al de ella con una fuerza que no admitía réplica, obligándola a sentir la dureza de su pecho y el temblor de su ira.
—¿Crees que eso cambia algo, Evie? —siseó él, su aliento rozando sus labios con una intensidad eléctrica—. Me importa un bledo de quién sea la semilla. Si este niño lleva tu sangre, me basta para reclamarlo como propio. No voy a dejar que críes al hijo de ese campesino lejos de mí.
—¡Estás loco! —Evie intentó zafarse, pero Alistair era una muralla de acero—. ¡No puedes secuestrar a un niño que no es tuyo!
—Puedo hacer lo que me dé la gana. Soy Alistair Vance —sus ojos negros brillaron con una determinación oscura y absoluta—. Vas a volver conmigo a la ciudad. Vas a tener a ese bebé en mi casa, bajo mi vigilancia. Borraré el rastro de ese chico de tu vida y de la de este niño hasta que no sea más que un mal recuerdo. Si tengo que construir una muralla de acero alrededor de ti para que olvides su nombre, lo haré.
Evie sintió el peso de la jaula de oro cerrándose definitivamente sobre ella. Su mentira, diseñada para alejarlo, solo había servido para encender una llama de celos y dominio aún más peligrosa. Alistair la abrazaba con una posesividad feroz, reclamándola no por amor, sino por un instinto de propiedad herido. Estaba atrapada en el corazón de la tormenta, y mientras Alistair la arrastraba hacia el helicóptero, ella supo que la verdadera batalla por la identidad de su hijo acababa de comenzar.