Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 21: ¡No más!
La mañana no trajo calma al reino. Los rumores se expandieron más de lo debido.
La orden de la reina había sido clara: castigo público que apoyará al criminal. O la otra orden; Su cabeza.
Pero lo que la gente vio no fue un buen liderazgo como reina. Vio desesperación.
En la plaza mayor, los primeros murmullos comenzaron antes del mediodía. Mujeres que se detenían más de lo normal frente a los puestos. Hombres que hablaban en voz baja sin apartar la vista del palacio. Nadie trabajaba con normalidad.
—¿Supiste lo que hizo la reina? —preguntó un panadero, limpiándose las manos en el delantal.
—¿Quién no lo sabe?—respondió el otro—. Ahora más que nada. Están demostrando miedo.
—Eso mismo digo yo. Además, un gobernante fuerte no necesita amenazar para ser obedecido. Ya no más.
La palabra “locura” no tardó en aparecer. Primero en susurros, luego en frases completas. No solo entre plebeyos. También entre quienes vestían mejor.
Algunos nobles menores, aquellos sin asiento fijo en el consejo, comenzaron a reunirse en salones pequeños, lejos de los oídos de la corte.
—Esto no es gobierno —dijo uno, con el rostro tenso—. Es rabia mal dirigida. Todos los vimos ayer.
—Es una cobarde —añadió otro.— Ordenar su cabeza y coronar rey al quien sea, es una tontería.
Nadie lo contradijo.
La reina Franchesca había querido mostrar control. Quiso demostrar que su palabra aún pesaba. Pero lo que sembró fue algo distinto: duda.
Y la duda es peligrosa cuando nace en quienes sostienen el poder.
A media tarde, el rumor se volvió cuerpo sólido.
Desde el primer pueblo, luego el segundo, y finalmente el tercero, la gente comenzó a moverse. No había estandartes oficiales ni líderes. Muchos llevaban herramientas, palos, piedras. No para atacar primero, sino para no ser atacados otra vez.
—¡Ya basta! —gritó alguien desde el fondo—. ¡No más castigos por hambre!
—¡No más impuestos robados!
—¡No más ejecuciones para tapar errores!
—¡No haremos lo que la reina quiere!
Los guardias, apostados en los accesos, se miraron entre sí. No estaban preparados para aquello. No era una revuelta dirigida por un nombre concreto. Era peor. Era la gente misma.
Algunos retrocedieron. Otros dejaron caer las lanzas.
Dentro del palacio, la noticia corrió como fuego.
—Señora —dijo un ministro, entrando sin anunciarse—. Los pueblos… los tres pueblos han llegado.
La reina alzó la mirada con frialdad.
—¿Quién los dirige?
—Nadie.
Eso la incomodó más que cualquier nombre.
—¿Y los nobles?
El ministro dudó.
—Algunos… se han retirado. Otros no han acudido a la convocatoria.
Franchesca apretó los dedos contra el brazo del trono.
—Cobardes —murmuró—. Siempre lo fueron.
Pero incluso ella sabía que algo había cambiado.
En distintos pasillos, puertas se cerraban. Algunos ministros abandonaron el palacio por salidas secundarias, cubriéndose el rostro. Otros enviaron mensajeros con una sola instrucción.
—Encuentren a Vladimir.
No para capturarlo. Para hablar. La negociación entre los noble restantes y el hermano de la reina era crucial para arreglar este revuelto. Pero era difícil de encontrarlo.
El rey no participó en ninguna de esas decisiones.
Estaba encerrado en su habitación desde la noche anterior. El aire olía a alcohol rancio. Copas vacías cubrían la mesa, el suelo, incluso la cama.
Cuando la reina entró, lo encontró sentado, la cabeza gacha, una botella medio vacía entre las manos.
—Mírate —dijo ella, con ironía—. Así gobierna un rey.
Él levantó la vista con dificultad.
—Déjame —murmuró—. Todo esto se nos fue de las manos.
—Se te fue —corrigió ella—. Tú eras quien debía anticiparlo.
El rey se rió un poco.
—¿Anticipar a tú propio hermano? —preguntó—. ¿A alguien que parece no envejecer mientras yo me pudro aquí?
Franchesca avanzó hasta quedar frente a él.
—No me hables de edad —dijo—. Te descuidaste. Bebiste. Pensaste que nada cambiaría. Y ahora él es fuerte y tú… patético.
Le dio una patada al costado de la silla. No lo derribó, pero fue suficiente para humillarlo.
—Levántate —ordenó—. O al menos deja de fingir que sigues siendo útil.
El rey no respondió. Ella salió sin mirarlo atrás. La vergüenza era tan grande, que Franchesca prefería usar a su propio esposo como cebo ante la multitud.
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Mientras tanto, lejos del palacio, en una casa discreta, Edric caminaba de un lado a otro.
—No tenemos mucho tiempo —dijo—. Te están buscando. No saben dónde estamos, pero lo sabrán.
Anabel estaba sentada, con las manos juntas. Escuchaba sin interrumpir. Vladimir permanecía de pie, a su lado. Pero quería amarrar a Edric por su actitud tan desesperante.
—Ya comenzaron —continuó Edric—. Ofrecen recompensas. Perdón para quien entregue información. Y tú cabeza.
—Callate.—dijo Vladimir—. O entregaré la tuya. Me desesperas. Siempre te pones así cuando no ves salida.
—Sí. Lo sé. Estoy nervioso ¿Contentó?
Anabel levantó la vista.
—¿Y el pueblo?
—Salí un momento para observar. Descubrí que iniciaron una revuelta. Y estan de mí lado.
—Entonces es momento.— Anunció Anabel.
—¿Momento de qué? —preguntó Edric.
—De presentarme —respondió Vladimir—. No como un lobo escondido. Como el rey de este pueblo.
Anabel se levantó.
—No irás solo.
Él la miró, un poco preocupado.
—Es peligroso.
— Viví con un hombre que en cualquier momento podría matarme. Ya nada me asusta—replicó ella—. Además, la gente necesita verte con alguien que no lleve espada.
Edric suspiró.
—Si van, voy con ustedes.
Vladimir lo señaló con un dedo acusador.
—Si te veo llorar te regresas a casa. No quiero cobarde.
El primer pueblo los recibió sin alboroto. No hubo gritos ni inclinaciones exageradas. Solo miradas.
Un hombre se adelantó.
—Tú nos ayudaste una vez —dijo—. Cuando nadie lo hizo.
—Lo hice porque me cansé de vivir como un cobarde. —respondió Vladimir.
—Lo sabemos —contestó el hombre—. Por eso estamos aquí. También estamos cansados de esto.
Otros se acercaron. Mujeres, ancianos, jóvenes.
—No queremos otro rey borracho. Ni una reina cruel —dijo una mujer—. Queremos justicia.
—No prometeré milagros —dijo Vladimir—. Pero no les mentiré. Seré el rey que necesitan.
Eso fue suficiente.
Por primera vez, Vladimir sintió algo distinto. No era luchar para tener la corona, sino para tener el apoyo de su pueblo.
Anabel lo observó en silencio. Sin embargo, pensó en su hija Grecia. En su ausencia y en un matrimonio que no quería. Necesitaba ir por ella. Antes de actuar contra los reyes, ira a verla.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí