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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:670
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 19

El sol apenas entraba por las cortinas de lino, dorando la habitación con una luz suave, casi celestial. James ya se había marchado hacía unos minutos, y el silencio volvió a llenar la alcoba como una brisa invisible que lo cubría todo.

Antonio seguía sentado a mi lado, con los brazos cruzados, pero su mirada no se apartaba de mí, como si temiera que con un parpadeo pudiera perderme otra vez.

Yo seguía recostada, exhausta. El cansancio del parto aún me recorría los huesos; cada músculo me dolía con dulzura, y aunque mi cuerpo temblaba por momentos, mi mente estaba tranquila. Afuera, el día seguía creciendo, y el aroma de las hierbas que Amelia había dejado en un cuenco cerca del fuego llenaba el aire: lavanda, romero y un toque de menta. Todo era familiar, reconfortante, como si la vida misma intentara calmar mi alma.

Desde la cuna, un débil llanto rompió el silencio. Uno de los niños se movió, y Amelia, que esperaba en la antesala, se acercó en silencio, arropándolos con suavidad. Los pequeños apenas tenían unas horas de nacidos, y cada respiro suyo me recordaba que el milagro había sido real. Yo los observé unos segundos, con el corazón desbordado.

Antonio también los miró, y en su rostro se mezclaban el asombro, la ternura y una emoción contenida que le nublaba los ojos.

Luego volvió su atención a mí.

—Estás pálida, Selene —dijo finalmente, en voz baja, con ese tono que usaba solo cuando dejaba ver su preocupación—. Te asustaste mucho, ¿verdad?

—Un poco… —respondí con una sonrisa apenas visible—. Soñé cosas. Vi a todos… y por un momento creí que no volvería.

Sus ojos se llenaron de un brillo que mezclaba alivio y tristeza. Sus manos, siempre firmes, temblaron un poco cuando las entrelazó con las mías. Sentí su calor, esa fuerza contenida que siempre había sido mi refugio.

—No vuelvas a hablar así, amor —susurró—. Ya estás conmigo. No pienso dejar que nada te quite de mi lado.

Su voz tembló apenas. Lo miré con ternura, y al hacerlo, vi en su rostro el cansancio de las noches sin dormir, de las oraciones silenciosas, de los miedos que nunca confesó.

—Antonio —dije despacio, acariciándole el rostro con los dedos—, he amado con distintas formas, en distintos tiempos… pero contigo aprendí a quedarme.

Él me miró como si cada palabra mía fuera una promesa. Se inclinó despacio, y su beso fue lento, tibio, lleno de promesas calladas. No había prisa, no había distancia. Solo la certeza de que en ese momento existíamos solo nosotros.

Afuera, el viento movía las hojas del jardín y los rayos del sol parecían bailar sobre la colcha.

Antonio apoyó su frente contra la mía y sonrió, como si al fin hubiera soltado un peso que llevaba mucho tiempo en el pecho.

—Cuando te vi así, Selene… —murmuró, con voz quebrada— creí que te perdía. No sabes lo que sentí al pensar que no escucharías más mi voz, ni volverías a reírte de mis historias absurdas.

Sonreí débilmente.

—Y aquí estoy, riéndome otra vez… —le respondí con suavidad—. Un poco más débil, pero con el alma entera.

Él rió apenas, esa risa que siempre terminaba en suspiros. Se acomodó junto a mí, en el borde de la cama, y comenzó a contarme lo que había pasado mientras yo dormía: cómo la fiebre había subido, cómo Amelia y la partera lucharon para que sobreviviera, cómo James no se movió de la puerta ni un solo instante.

Mientras hablaba, apoyé mi cabeza sobre su pecho. Su corazón golpeaba fuerte, seguro, constante. El sonido me arrullaba, y por un momento cerré los ojos, solo para disfrutar de esa calma.

—¿Sabes? —le dije de pronto, sin abrirlos—. Cuando estaba entre la fiebre y el sueño… vi cosas. Vi a mis hijos, a ti, y vi a mi madre. Sentí que me llamaban, pero no quise irme. Algo me decía que aún no era tiempo.

Antonio bajó la mirada, conmovido. Me besó la frente, en silencio.

—No sabes cuánto agradezco que hayas elegido quedarte —susurró.

Y entonces, con un tono más ligero, le conté mis pensamientos entre delirios, mis sueños extraños, los rostros que había visto, las voces que parecían venir del pasado.

Él escuchaba sin interrumpir, solo acariciando mi mano de vez en cuando, como si temiera que cualquier palabra suya rompiera el hilo de mi voz.

Cuando terminé, me observó largo rato, sin decir nada. Luego me sonrió con esa mezcla de orgullo y ternura que tanto amaba.

—Eres fuerte, Selene. Más de lo que crees. Siempre lo has sido.

—Y tú… —le respondí, sonriendo con cansancio—, eres el único que logra que mi fuerza se calme.

El silencio volvió, pero ya no era pesado. Era cálido. El fuego chispeaba despacio, el aire olía a limpio, y el crepitar de las brasas parecía acompañar nuestros pensamientos.

Desde la cuna, se oyó un suave gemido. Antonio se levantó y se acercó.

Los miró con asombro, tocando con la punta de los dedos una de sus diminutas manos.

—Son tan pequeños… —murmuró—. Tan perfectos.

Yo sonreí, con el corazón a punto de estallar.

—Sí… son nuestro milagro.

Antonio se recostó a mi lado, sin importar las reglas ni las precauciones que la partera había impuesto. Me abrazó con cuidado, protegiendo mi cuerpo aún sensible con una mano, y apoyó la cabeza cerca de la mía.

—Quédate así un rato —me pidió en un susurro—. Déjame sentir que estás viva, aquí, conmigo.

Y así lo hice. Cerré los ojos y respiré despacio, sintiendo el calor de su cuerpo junto al mío. Afuera, el día seguía su curso, pero dentro de aquella alcoba, el tiempo se había detenido.

Por primera vez en mucho tiempo, no había miedo.

Solo amor.

Solo vida.

Solo nosotros.

El fuego crepitaba suavemente, y en la habitación solo se escuchaban el leve respirar de los bebés y el rumor del viento afuera.

Antonio estaba a mi lado, aún con su mano sobre la mía.

Su mirada seguía fija en mí, tranquila, pero con ese brillo en los ojos que siempre aparecía cuando sentía que algo más profundo estaba por salir de mis labios.

Respiré hondo.

Sabía que había llegado el momento de hablar.

—Antonio… —susurré, mirando hacia la ventana, donde el amanecer apenas se alzaba—, quiero contarte algo. Todo. Lo que nunca te dije.

Él no dijo nada. Solo asintió despacio.

Me quedé en silencio unos segundos, buscando fuerzas. Mis pensamientos viajaron atrás en el tiempo, a los días oscuros, a los caminos donde el miedo y la esperanza caminaban juntos.

—Cuando conocí a James… —empecé, con voz baja—, no era lo que todos pensaban. No fue un encuentro planeado ni una historia perfecta. Fue una casualidad… o quizás el destino, cansado de verme sola.

Antonio bajó la mirada, pero no apartó su mano. Me dejaba hablar, con la serenidad de quien quiere comprender.

—Yo era otra —continué—. Tenía miedo, rabia, heridas que no se veían. Y él… él apareció como si el mundo lo hubiera puesto frente a mí para que recordara cómo era respirar sin dolor.

Me salvó, Antonio. Varias veces. De lugares y de hombres que me querían ver rota.

Y cada vez que lo hacía, no solo me rescataba del peligro… me devolvía a mí misma.

Una lágrima me corrió por la mejilla, pero no aparté la vista.

—Era valiente, sí. Pero también era tierno. Tenía una forma de mirar que no pedía nada y lo decía todo. Con él, aprendí que no todo amor es posesión ni dominio… que hay amores que simplemente te dejan ser.

Antonio apretó suavemente mi mano, sin hablar. Su gesto no era de reproche, sino de entendimiento.

—Después vino la guerra —dije, respirando hondo—, y con ella… el caos.

Hubo momentos terribles, Antonio.

Fui capturada, llevada lejos… pensé que moriría.

Hubo noches en que mi cuerpo fue tratado como campo de batalla, y mi alma quiso apagarse.

Pero él volvió. James me buscó, sin importarle nada, y me sacó de ese infierno.

Mi voz se quebró, y por un instante sentí el peso de todos esos recuerdos apretando mi pecho.

Antonio alzó la mano y me acarició el rostro. Su pulgar limpió mis lágrimas sin decir palabra.

—Después de todo eso… —seguí, apenas en un hilo de voz—, no supe cómo mirarlo sin sentirlo parte de mí. No fue un amor simple, Antonio. Fue uno de esos que nacen del dolor, de la necesidad de sobrevivir.

Cada acción suya… cada mirada, cada palabra, fueron un refugio.

Y sí… me enamoré. De él. De su manera de cuidarme, de su forma de mirarme como si no tuviera cicatrices.

El silencio llenó el cuarto otra vez.

Los bebés dormían tranquilos, y el fuego lanzaba destellos dorados sobre las paredes.

Antonio se quedó quieto. Luego respiró hondo, y su voz, cuando habló, fue suave, pero firme.

—Selene… no te culpo por haber amado. Un hombre que te salva tantas veces, también te marca. No podría odiar a quien te devolvió la vida cuando yo no estaba.

Lo miré, con los ojos húmedos.

—No sabes cuánto pesa eso en mi alma —susurré.

—Lo sé —dijo él, inclinándose un poco más cerca—. Pero también sé que ahora estás aquí, conmigo, con nuestros hijos… y que todo lo que fuiste antes te trajo hasta este momento.

Eres la mujer más fuerte que he conocido. Terna, terca, valiente. La que desafía a la muerte y sonríe después.

Sonreí débilmente, apoyando mi frente en la suya.

—Entonces… no me odias.

Él negó despacio, con una media sonrisa.

—No, amor.

Porque antes que todo… te amo. Y amar también es aceptar las sombras que vienen con la luz.

Cerré los ojos.

Supe entonces que no había mentiras entre nosotros, solo verdad. Dolorosa, sí. Pero pura.

Y en ese instante, mientras el sol entraba por las cortinas y el calor del fuego acariciaba nuestras pieles, sentí que el pasado, con todo su peso, al fin encontraba descanso.

Por fin… podía respirar.

El fuego ya casi se apagaba, pero el calor que quedaba era suficiente.

Antonio seguía a mi lado, mirándome con esos ojos que mezclaban cansancio y amor, como si todavía estuviera asimilando cada palabra que acababa de decir.

Lo observé en silencio. Su respiración era tranquila, pero sus dedos, aún entrelazados con los míos, temblaban levemente.

Entonces hablé, con voz suave, pero firme:

—Antonio… —susurré—, tienes que estar orgulloso.

Él frunció apenas el ceño, confundido.

—¿Orgulloso? —repitió, casi en un murmullo.

Asentí.

—Sí. Orgulloso de lo que somos. De lo que construimos.

De haberme devuelto la paz cuando pensé que ya no tenía alma.

De haberme dado dos hijos hermosos, que llevan tu sangre y tu fuerza.

Porque ahora, cuando el mundo los vea… cuando sepan que tú eres su padre, que tú eres mi esposo… todos esos chismes, esos comentarios, se van a borrar como el humo en el viento.

Él me miró, y por primera vez desde que había empezado a hablar, sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, sincera.

—Selene… —murmuró—, no sabes lo que significa oírte decir eso.

—Claro que lo sé —respondí, con una sonrisa temblorosa—.

La gente siempre habla, Antonio. Hablaron cuando me vieron sola, cuando me vieron rota, cuando creyeron que no me levantaría.

Y ahora hablarán otra vez… pero esta vez no será por lástima, ni por duda. Será porque verán lo que juntos logramos.

Acaricié su mejilla con cuidado, pasando mis dedos por su barba aún áspera.

—Tienes que estar orgulloso —repetí—, porque todo el mundo va a saber que tú fuiste quien me dio un hogar cuando el mundo me arrebató todo.

Tú me diste una familia.

Y ahora, cuando miren a nuestros hijos, verán tu reflejo en sus ojos, tu fuerza en sus manos, tu bondad en sus gestos.

Ya nadie podrá decir nada más.

Antonio soltó un suspiro largo. Sus ojos se humedecieron, pero no apartó la mirada.

—No sé si merezco tanto, Selene —dijo en voz baja—. Pero te juro que cada día de mi vida voy a hacerte sentir que todo lo que sufriste… valió la pena para llegar aquí.

Sonreí.

—Ya lo haces, Antonio.

Porque por fin tengo lo que siempre soñé: un amor que no hiere, que no exige, que solo… existe.

Él apoyó su frente contra la mía, y en ese silencio compartido, sentí que el mundo se detenía.

El pasado ya no dolía tanto.

El futuro, por primera vez, no asustaba.

Solo éramos nosotros dos…

Y los pequeños latidos que dormían entre las mantas, como promesas nuevas, limpias, luminosas.

Después de todo… aquí estaba.

El amanecer entraba por los ventanales, bañando la habitación con una luz dorada, como si el mismo cielo quisiera tocar a mis hijos.

Los tenía en mis brazos, uno a cada lado, envueltos en mantas suaves, con sus caritas aún rosadas por el sueño. Sonreí, con el corazón lleno.

Mi melena caía suelta sobre mis hombros, algo desordenada, brillante bajo la luz.

Amelia se movía en silencio por la alcoba, ordenando flores y sábanas, mientras Antonio observaba en el umbral, con esa expresión suya tan irónica, mezcla de ternura y orgullo.

De pronto, entró el pintor.

Traía su caja de pigmentos, pinceles finos, y un lienzo enorme, cubierto con una tela blanca.

Antonio se adelantó, con ese tono que usaba cuando no me dejaba opción:

—Quiero que te retraten, Selene —dijo—. Así, justo como estás ahora.

Lo miré sorprendida.

—¿Retratarme? ¿Así? —reí, negando con la cabeza—. Antonio, estás loco. Todavía estoy en la cama, con el cabello suelto y los niños dormidos encima.

Él sonrió, esa sonrisa suya entre traviesa y sincera.

—Exactamente. Quiero que te retraten así, como te veo ahora. No como la dama del reino ni la esposa del gobernador, sino como la mujer que me dio lo más hermoso de mi vida.

Me quedé callada. El pintor ya había comenzado a preparar los colores, y el aire olía a aceite y a lienzo fresco.

—Antonio, esto es absurdo —dije riendo, tratando de cubrirme un poco con la manta.

—Absurdo sería no hacerlo —respondió, acercándose—. Quiero ver este instante cada día, recordarme lo que tengo, lo que soy gracias a ti.

No pude decir más.

El pintor levantó el velo que cubría el lienzo, y mientras sus pinceles se movían, yo seguía allí, con mis hijos dormidos sobre mí, la piel bañada de luz y el corazón sereno.

Él capturó todo: mis manos, la mirada dulce que no podía esconder, el gesto tranquilo de los niños, el brillo en mis ojos, y el aura de calma que llenaba la habitación.

Cuando terminó, el retrato era casi irreal.

Un cuadro barroco, lleno de vida, de oro, de ternura y solemnidad.

Yo, en el centro, con mis hijos entre los brazos, el cabello cayendo como un río oscuro sobre la almohada blanca.

La expresión en mi rostro no era de vanidad, sino de gratitud.

Antonio mandó colgarlo en su oficina, justo frente a su escritorio.

Cada vez que entraba, lo miraba unos segundos antes de comenzar cualquier asunto.

Yo lo veía hacer eso y sonreía, negando con la cabeza.

—Estás loco, Antonio. Loco por colgar algo así —le dije un día, riendo, mientras lo veía admirar el cuadro como si fuera una reliquia.

Él volteó hacia mí, con una sonrisa tranquila.

—Loco, sí —me dijo—. Loco por ti, mi amor.

Y por los hijos que me diste.

Ese retrato… es lo más real y hermoso que tengo.

Sus palabras me desarmaron.

Me acerqué despacio, y me apoyé en su pecho.

En silencio, miramos juntos la pintura: la vida que habíamos formado, inmortalizada en color y luz.

Por primera vez, entendí que no era solo un retrato.

Era nuestro comienzo.

Un testimonio de amor, de redención y de todo lo que sobrevivimos.

Y allí, en medio del silencio dorado de su despacho, juré en silencio que nunca más permitiría que el pasado ensombreciera ese instante perfecto.

Habían pasado tres meses desde aquel retrato, y el tiempo parecía haberse detenido dentro de mi corazón.

La casa estaba llena de risas pequeñas, de llantos suaves, de pasos apresurados de nodrizas y del sonido de mi propia voz cantando tonadas que ni siquiera recordaba haber aprendido.

Mi niña estaba preciosa.

Su piel era clara como la porcelana, y su cabello, aunque aún corto, comenzaba a formar pequeños rizos rebeldes que prometían ser como los míos.

Cuando la miraba dormir, veía en ella algo de mi madre, de mí misma, y también de la calma de Antonio.

—Vas a ser una belleza, pequeña —le decía, rozando su mejilla con un dedo—. Y testaruda, como tu madre… espero que no tanto.

Ella suspiraba, giraba apenas la cabecita, y yo sonreía, sabiendo que esas pequeñas reacciones eran su forma de responderme.

El niño, en cambio, era todo un torbellino de vida.

Tenía unos ojos imposibles: uno verde y otro azul, como si el cielo y el bosque hubieran decidido quedarse a vivir en su mirada.

Cuando los abría, el mundo entero se detenía un instante.

Tenía una sonrisa pícara, de esas que se forman antes de tiempo, como si ya entendiera los secretos de la casa.

—Mi hijo precioso —le decía entre risas mientras lo cargaba—, vas a ser un pícaro, igual que tu padre. No lo niegues, lo sé.

Antonio, que siempre entraba justo cuando yo decía esas cosas, se reía desde la puerta.

—¿Y por qué crees que es como yo? —preguntaba, fingiendo inocencia.

—Porque ya lo vi coquetear con la partera —le respondía, levantando una ceja con tono sarcástico.

Él soltaba una carcajada y se acercaba para besarme la frente, mirando a su hijo como si fuera el mayor milagro del mundo.

El niño, como si entendiera la escena, sonreía y estiraba una mano hacia él, murmurando sonidos suaves, casi como si dijera “pa”.

—¿Ves? —decía Antonio con orgullo—. Hasta su primera palabra será sobre mí.

—Eso ya lo veremos —le respondía entre risas—. Falta mucho para declararte ganador.

A veces, mientras los dos dormían, me quedaba horas mirándolos.

No podía evitar pensar en todo lo que habíamos pasado, en las sombras que dejamos atrás, y en cómo ahora, por fin, había paz.

La casa ya no era un lugar de silencios tristes, sino de vida, de voces nuevas, de esperanza.

Por las mañanas, el sol se colaba entre las cortinas y bañaba sus cunas con luz dorada.

El retrato aún colgaba en la oficina de Antonio, y a veces lo encontraba allí, mirándolo, con una sonrisa tranquila.

—No hay consejo, ni guerra, ni reino —me dijo una vez— que valga más que esto.

Y tenía razón.

Porque en esos tres meses entendí que el amor no siempre llega en medio del fuego o la tragedia.

A veces llega así: con una risa de bebé, con una mirada de colores distintos, con un rizo que empieza a formarse…

y con un corazón que por fin, después de tanto, se atreve a estar en paz.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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