Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 20 – El sabor de lo prohibido
Maicol
Su respiración chocaba contra la mía, entrecortada, temblorosa. La tenía frente a mí, con las mejillas encendidas, los labios húmedos después de ese beso que nos había consumido como una llamarada. Me miraba con esos ojos abiertos, sorprendidos y a la vez llenos de algo que me golpeaba en el pecho.
No podía detenerme. No quería hacerlo.
La miré un segundo más y volví a inclinarme hacia ella. Esta vez la besé despacio, con suavidad, saboreando cada instante, como si quisiera memorizar el calor de sus labios y grabarlo en mi piel. Ella respondió igual, dulce, entregada, y por un instante creí que el mundo entero se reducía a ese pequeño espacio en la cocina.
Pero la realidad me alcanzó de golpe.
Me obligué a separarme, a recuperar la cordura que se me escapaba entre los dedos. Me quedé mirándola, con el corazón acelerado, y susurré con voz ronca:
—Lo siento… no debería…
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No hay problema —dijo con un hilo de voz, y esa respuesta, tan sencilla, tan suya, me atravesó por completo.
La ayudé a bajar de la encimera, sosteniéndola por la cintura más tiempo del necesario. Sus manos se apoyaron en mis hombros, y cuando sus pies tocaron el suelo, nuestras miradas se encontraron otra vez. Había un silencio denso, cargado de preguntas sin responder.
Y justo entonces, la voz de Pía cortó el aire.
—¡Papá! —exclamó desde la puerta—. Tengo hambre.
Nos apartamos de golpe, como dos adolescentes sorprendidos en medio de algo prohibido. Ella se llevó una mano al cabello, nerviosa, y yo carraspeé antes de responder.
—Ya vamos, princesa.
Pía entró corriendo, ajena a todo, con esa inocencia que me devolvía siempre a la realidad.
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La cena fue sencilla: Briana preparó unos sándwiches con lo que había en la nevera y yo me quedé observando cómo los niños la seguían de un lado a otro, pidiéndole que les pusiera más queso o que cortara los bordes del pan.
Me descubrí sonriendo. Esa mujer había logrado algo que yo no conseguí en años: llenar esta casa de calor, de vida.
Teo, que solía ser reservado, comió tranquilo, incluso rió con una broma de su hermana. Pía se sentó a su lado y se manchó la boca con mayonesa, y Briana, entre risas, le limpió con una servilleta.
Yo apenas probé bocado. No podía dejar de mirarla.
Cada movimiento suyo, cada palabra, cada gesto me arrastraba de nuevo al recuerdo de su cuerpo contra el mío, de sus labios ardiendo bajo los míos.
Cuando los niños terminaron, Pía pidió ver una película. Yo estaba por decir que era tarde, pero Briana me lanzó una mirada tranquila, como diciendo déjalos disfrutar un rato más. Y terminé cediendo.
Los tres se acomodaron en el sofá. Pía se acurrucó contra Briana, y Teo se sentó más cerca de ella que de mí. Los observé en silencio, con la luz de la pantalla iluminando sus rostros.
Sentí un nudo en el estómago. Eran míos, mis hijos, mi familia. Y, de alguna manera, ella también empezaba a ser parte de todo eso.
Me sorprendí pensando en lo natural que se veía todo. Ella, en medio de ellos, con una sonrisa tranquila y los brazos rodeando a la niña. Como si siempre hubiera estado aquí.
Cuando la película terminó, llevamos a los niños a la cama. Pía me abrazó fuerte y me susurró al oído:
—Gracias, papá. Fue un día bonito.
Le acaricié el cabello, conteniendo la emoción que me desbordaba. Teo se limitó a asentir, pero antes de cerrar la puerta de su cuarto, me miró y dijo:
—Me gusta cuando ella está.
No necesitaba decir más.
La casa quedó en silencio. Briana bajó conmigo a la sala para recoger los vasos y platos que habían quedado de la cena. La observé mientras doblaba una manta, con ese cabello suelto que le caía sobre los hombros y esa expresión serena que contrastaba con el torbellino que yo tenía dentro.
Quise decir algo, cualquier cosa que explicara lo que había pasado en la cocina. Pero no encontré palabras.
Ella levantó la vista y me sorprendió mirándola.
—Voy a dormir —dijo, suave, con un atisbo de nerviosismo en la voz.
Asentí.
—Descansa.
Me quedé solo en la sala, con los papeles del trabajo esparcidos en la mesa, aunque esa noche no logré leer ni una línea. Mi mente solo volvía una y otra vez al mismo recuerdo: sus labios, su calor, su forma de aferrarse a mí como si nos hubiéramos necesitado desde siempre.
Subí tarde a mi habitación. Pasé por el pasillo y vi la luz tenue de su cuarto bajo la puerta. Me quedé un segundo detenido allí, luchando contra las ganas de tocar y entrar.
Pero no lo hice.
Me fui a mi cuarto con el corazón latiendo con fuerza, sabiendo que había cruzado un límite. Y aunque debía sentir culpa, lo único que sentía era un deseo feroz de volver a tenerla entre mis brazos.
yo soy una flaquita con bonito cuerpo no me quejó, pero me encantan las las gorditas (no soy lesbiana sin ofender a nadie) en la manera de como sus curvas resaltan y tienen todo grande, lo digo porque una de mis mejores amigas es una chica curvy, hay veces que las envidio pero de la buena 🥰☺️.
y compartiendo tus libros deseo muchos éxitos más para ti bendiciones