¿Hasta dónde puedes llegar por venganza?
Tania lo perdió todo la noche del accidente: a sus padres, su hogar y su inocencia. Comienza una vida marcada por el dolor.
A medida que Tania descubre verdades enterradas, se ve arrastrada a un juego de poder, traiciones y mentiras donde los D’ Luca, una familia peligrosa y poderosa, parece tenerla en la mira.
Mientras la sed de venganza la consume, Tania deberá enfrentarse a una pregunta que puede cambiarlo todo:
¿Vale la pena tanta sangre derramada cuando lo que realmente se busca es paz?
Porque en su mundo… nada es lo que parece.
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Una fortaleza nueva
En tu infierno
Capítulo veintidós
Estábamos en el departamento del cual era dueño Bernardo, me había llevado para que lo viera y así poder negociar conmigo.
—No tengas miedo —indicó y me besó en los labios. No sentí nada, pero, aun así, lo abracé—. Sé que no te intereso, pero quiero que te des el tiempo de conocerme.
Volvió a besarme y acarició mi cabello, incluso jugueteo un poco con él.
—No quiero darte falsas esperanzas o hacerte ilusionar. Ya que no sé si estoy lista para salir con alguien. Sufrí mucho en mi juventud. No… —aclaré, pero él me silenció con otro beso.
Nos tumbamos en la cama y nos besamos. Acarició mi cuerpo con rudeza, se notaba su excitación. Me quitó la camiseta deportiva y mis pech*s quedaron a la vista. Por mi parte le desabroché el cinto y saqué de sus pantalones su pistola para jugar con ella en mi boca. Él intentó apartarse; sin embargo, no se lo permití hasta que llegó y vació su carga en mi garganta. Tragué mientras lo miraba a los ojos. Sabía cómo hacer que un hombre me deseara.
—¿Por qué hiciste eso? —me preguntó desplomándose en la cama a mi lado.
—No lo sé —le respondí, pero en realidad no era así. Estaba segura de que eso iba a hacer que quisiera volver a estar conmigo.
Él se acomodó la ropa y me acarició los labios.
—Mañana, el departamento va a estar a tu nombre. No quiero escuchar reclamos y no hay devoluciones —me respondió de manera agresiva, mientras prendía su teléfono.
Me dejó sola en la cama para atender unas llamadas. Era un hombre fuerte. No había duda de eso. Aunque todos tenemos una debilidad por lo que debía encontrar la suya pronto si no quería que me devorara por completo antes de terminar con Amadeo.
Preparé algo para cenar y lo fui a buscar al estudio del departamento. Seguía al teléfono cuando entré. Terminó de hablar y me pidió que me acercara a él.
Me senté en sus piernas y me acarició. Lo abracé para evitar su rostro.
—La cena estaba lista —le indiqué, sintiéndome agradecida de su comprensión.
—No voy a presionarte, y voy a darte unos meses para pensarlo. Ya que debo viajar y volveré en diciembre —me explicó, y dejé un cheque en su mano tras darle un beso en los labios.
—Es como parte de pago por el departamento. Te haré llegar el resto en el transcurso de estos meses —dije con amabilidad en mis palabras.
Se puso de pie, parecía molesto.
—No quiero tu dinero, no es algo que me haga falta. Además, si aceptaste un collar de 50.000 dólares, ¿Por qué no puedes tomar el departamento que trato de regalarte? —me preguntó Bernardo con amargura.
—No es lo mismo. Yo no sabía el precio del collar —le expliqué confundida por su manera de proceder—. Dices que no quieres presionarme, pero esta es una manera de hacerlo. Si dentro de unos meses te digo que no acepto tus sentimientos hacia mí, voy a tener que buscar otro lugar donde irme a vivir.
Trataba de no mostrar mi parte más feroz con él, pero no estaba dejándome opciones.
—No seas tonta. Me encanta estar contigo, pero no soy un acosador. Voy a aceptar un no si así lo deseas. Si en verdad es lo que sientes —me aseguró con cierta ambivalencia.
Si no me permitía pagarle el departamento, era probable que tampoco aceptara un no por respuesta. Eso me provocó algo de ansiedad. No pretendía agraviarlo, no obstante, era complicado.
—¿Lo dices en serio? —pregunté como si me sintiera feliz.
—Claro que sí. Solo me gustaría que lo pensaras y que cuando tengas tiempo libre puedas pasarlo conmigo si lo deseas —indicó menos alterado y volvió a besarme.
Esa noche dormimos ahí, otra vez no me tocó. Lo cual me tranquilizó un poco. Aunque era agresivo, parecía poder contenerse si lo deseaba. Aunque tenía que empezar a investigarlo. Sin embargo, si lo hacía tenía que tener mucho cuidado, ya que alguien como él sabría enseguida quién estaría detrás de él. Buscar en otro no me había servido ni con Amadeo.
Cuando desperté, él ya no estaba ni en la cama, ni en el departamento. El lugar estaba completamente amueblado. Observé un poco y me di cuenta de que Bernardo me había dejado unas bolsas en la mesa de la cocina.
Había ropa para mí, no sé por qué los hombres creían que las mujeres tenemos la necesidad de que nos compren ropa. Aun así, la curiosidad me ganó y revisé las bolsas. Me había comprado un traje muy lindo con el que podía ir a trabajar. Acababa de darme cuenta de que solo cargaba conmigo la ropa deportiva.
Me puse la ropa y me causó gracia las bragas que me compró, eran de algodón. Cómodas para la jornada laboral. Otro en su lugar me hubiera regalado unas que pretendiera quitarme por la noche. Al final, parecía más observador de lo que yo había supuesto.
Puse en el bolso el arma que él me regaló y al dirigirme a la puerta sonó mi teléfono.
—Espero que despertaras de mejor humor —me decía Bernardo con una voz suave y tranquila.
—Me hubiera gustado que pudiéramos despedirnos —le conté, mientras abría la puerta del departamento.
—¿Ya te vas? —me preguntó al escuchar la puerta.
—Sí, debo hablar con mi jefe y contarle que ya no vivo en mi antiguo departamento. Además de pedirle unos días para acomodarme aquí —respondí, y pareció aprobar mi decisión.
—Me parece bien. Te daré el número de mi secretaria para que puedas avisarle a ella que cosas no deseas conservar para que las retiren del departamento —me aseguró Bernardo, con cariño.
—Estás haciendo demasiado por mí —le advertí amigablemente.
—Para mí no es importante. Si fuera por mí estarías tomando mucho más que eso —recordó haciendo que me sintiera incómoda—. Debo dejarte. Mañana pasarán a marcar tus huellas en la cerradura y borrar las anteriores. Que tengas un bello día.
Al llegar a mi trabajo hablé con mi jefe y le dije que me había mudado el fin de semana. Le conté la misma historia que a Bernardo. Me aclaró que si era un problema podía cambiarme de sector en el diario para que descansara un poco
—Claro que no, solo dame unos días para poner mis cosas en orden y estaré bien —le dije con una sonrisa.
Autora: Osaku