Elian Rojas (23) trabaja en el refugio Second Chance Paws en Austin, Texas, y se paga la carrera de veterinaria. Cuando el refugio entra en quiebra y recibe orden de desalojo, encuentra un flyer rosa: "Se busca niñera. $3,500/mes. Niños difíciles. Si ellos te aceptan, te quedas".
Va a la entrevista sin fe. Le advierten que 3 niños han echado a 7 niñeras. Lo eligen porque es hombre, se ve torpe e ingenuo y creen que será fácil hacerlo renunciar con trampas de harina, tinta azul y pistolas de agua.
Pero Elian no ve berrinches, ve abandono. Y poco a poco, entre caos y perros colados, se ganará a una familia rota.
Lo que no esperaba era enamorarse de su jefe, Dante Montero (34), CEO viudo, frío y que no sabe cómo ser padre sin su esposa.
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Capítulo 2 - El Señor de la Casa
La alarma de la mansión sonó a las seis. No era mi celular, era un tono suave que salía del techo.
No había dormido bien. El cuarto de huéspedes era más grande que mi departamento en Riverside, con cama king size y baño de mármol. Canelo dormía sobre una alfombra persa que costaba más que mi semestre. Lo había bañado a escondidas y ahora olía a coco.
Bajé con la misma camisa arrugada y Canelo en brazos.
Él ya estaba en la cocina.
Dante Montero no era como en la foto del periódico que Javi me mostró. En la foto aparecía serio, de traje gris, frente a un edificio. En persona era más alto, delgado, traje azul sin corbata, camisa blanca con mangas dobladas, barba de dos días y café negro en la mano. Tenía ojeras profundas.
Me miró. Yo sostenía un perro que babeaba mi camisa.
Usted debe ser Elian, dijo con voz grave. No sonrió.
Asentí.
Soy Dante.
Pronunció mi nombre marcando la primera sílaba.
Le dije buenos días, señor Montero, y Canelo ladró. Un ladrido corto, feliz.
Dante observó al animal, luego a mí.
En las reglas decía prohibido traer perros, dijo.
Lo sé, respondí. Es del refugio donde trabajo. No tenía dónde dejarlo. Si quiere lo saco al patio.
Hubo un silencio eterno. Milo y Santi aparecieron en la escalera, en pijama, mirando. Luna detrás de Milo, agarrada a su sudadera.
Dante suspiró y dejó la taza sobre la isla.
Que se quede hoy, dijo. Pero bañado y fuera de la cocina.
Fue todo. No gritó.
Santi me hizo pulgar arriba desde la escalera.
El desayuno fue incómodo. La asistente me contó que Dante nunca desayunaba con los niños porque salía antes hacia downtown. Ese día se había quedado.
Milo no hablaba. Santi hablaba por todos. Luna dibujaba en una servilleta. Yo serví huevos revueltos. Esta vez no se quemaron. Quedaron suaves, con queso que encontré en el refrigerador.
Dante probó y dijo: no están mal.
Tres palabras. Sentí que me habían dado un premio.
A las siete y media se levantó. Tenía reunión con inversionistas a las ocho. Antes de salir, se acercó a Milo y le puso una mano en el hombro. Milo se tensó.
Hoy llego a las siete para cenar, dijo Dante. Te lo prometo.
Milo respondió con un ok seco. No era ilusión. Era costumbre de promesas rotas.
Cuando la cochera se cerró, la casa quedó más vacía.
A las diez llegó la Dra. Patel, psicóloga de los niños, dos veces por semana. Mujer pequeña, lentes redondos, voz tranquila.
Me pidió quedarme para observar.
Santi habló primero. Dijo que yo era divertido porque me caía y no me enojaba con sus trampas. Milo dijo que era menos molesto que las niñeras anteriores porque no intentaba ocupar el lugar de su madre. Luna no habló, pero me pasó un dibujo. Éramos Canelo y yo. Yo tenía sonrisa enorme y Canelo lengua afuera. Abajo decía Elian más Canelo.
Sentí calor en las mejillas.
La doctora anotó y me miró.
Ellos no necesitan perfección, dijo. Necesitan constancia. Alguien que se quede aunque haya jabón en el piso.
Después salimos al jardín trasero. Inmenso, césped cortado, columpios sin uso, casa de árbol con pintura descascarada. Santi decía que se caería si subían dos.
Santi corrió a los columpios. Luna me tomó de la mano. Pequeña, tibia, dedos manchados. Me llevó hasta la casa de árbol y susurró si Canelo podía subir.
Era la primera vez que escuchaba su voz. Ronquita, bajita.
Le dije que sí, que Canelo podía ser Tarzán.
Subimos los tres. Yo cargando a Canelo, Santi empujando, Luna riéndose bajito. Milo se quedó abajo con su laptop, mirando de reojo.
Pasamos una hora ahí. Santi contó que su mamá les leía cuentos de piratas en ese lugar, haciendo voces diferentes. Milo añadió que era muy buena con la voz del capitán.
No dijeron más. No hizo falta.
A las seis, Dante no había llegado. A las seis y media su silla seguía vacía. Milo miraba el reloj cada cinco minutos. Santi pateaba una pelota contra la pared. Luna había vuelto al silencio.
A las siete sonó el teléfono fijo. Era Dante. Voz cansada. Dijo que la junta se alargó, había tráfico en Lamar y venía en camino, que empezaran sin él.
Milo colgó y dijo: siempre lo mismo.
No supe qué decir. Me senté a su lado en el suelo.
Le pregunté si queríamos escribirle a su papá que ya no lo esperábamos para que sintiera culpa.
Milo se rió. Una risa corta, genuina.
Eres raro, dijo.
A las siete cuarenta se abrió la puerta. Dante entró con traje arrugado, corbata en el bolsillo, cabello despeinado y bolsa grasosa.
Perdón, dijo. Tráfico terrible. Traje tacos.
Puso la bolsa sobre la isla. No eran de restaurante caro. Eran tacos de camioneta, de Riverside, con salsa roja que pica y limones.
Santi gritó de alegría.
Luna se levantó y abrazó a su padre por la cintura. Dante la cargó, la apretó contra su pecho y cerró los ojos un segundo.
Me miró por encima del hombro de Luna y dijo: gracias por quedarte.
No dijo gracias por cuidar a mis hijos. Dijo por quedarte. Como si entendiera que lo difícil era permanecer.
Cenamos tacos sobre la isla de mármol, con las manos, manchándonos de grasa y salsa. Canelo comió un trozo que Luna le dio a escondidas.
Esa noche, cuando los acosté, Luna dejó otro dibujo sobre mi almohada. Éramos cinco: yo, Canelo, Santi, Milo y ella tomados de la mano. Al fondo, un hombre alto con mancha de salsa. Abajo decía familia.
Me quedé mirando ese papel mucho rato, con la puerta entreabierta, escuchando a Santi respirar fuerte y a Milo teclear todavía.
Pensé en el refugio que cerraba en veintisiete días, en la deuda universitaria, en la amenaza de Isidora. Pero también pensé que por primera vez alguien había escrito familia y me había incluido finalmente.