Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
Capítulo 3: El olor de mi condena
La sangre no dejó de caer hasta que terminó la demostración.
Mateo la limpió con el pulgar cada vez que pudo, fingiendo que solo era una herida más abierta por el golpe del Warrior. Nadie en la arena tenía tiempo para fijarse en un cautivo sangrando. No cuando la loba blanca seguía de pie sobre el cuerpo del rogue y el Alpha Velasco la miraba como se mira un cuchillo favorito.
Pero Nico sí lo vio.
—Eso no fue normal —susurró, sin mover los labios.
Mateo mantuvo la mirada en la tierra.
—Nada aquí es normal.
—Me refiero a ti.
—Eso tampoco.
Nico no se rió.
Mala señal.
Los Warriors sacaron el cuerpo del rogue con ganchos largos. Kaia permaneció en su forma de loba hasta que la arena quedó limpia. Luego caminó hacia el arco oeste, donde dos mujeres con túnicas grises sostuvieron una manta abierta. El cambio de regreso ocurrió detrás de la tela, pero Mateo escuchó lo suficiente.
Huesos acomodándose.
Respiración contenida.
Un crujido húmedo en la mandíbula.
Ningún gemido.
Ninguna queja.
Cuando Kaia salió, llevaba otra chaqueta clara y el rostro tan frío como antes. Solo sus ojos parecían distintos. Más pálidos. Más atentos.
No miró a Mateo.
Eso fue peor.
Porque el olor seguía allí.
Laurel, lluvia, flor blanca.
Débil. Cubierto por sangre y humo y miedo. Pero vivo.
Mateo apretó los puños hasta que la mano rota le respondió con una descarga de dolor. Necesitaba eso. Dolor humano. Dolor conocido. Algo que lo anclara al suelo mientras su lobo sellado se agitaba con una violencia nueva, no contra la jaula, sino hacia la arena, hacia ella.
No.
No podía ser.
El mate bond era una historia sagrada, una promesa de la Moon Goddess, no una burla nacida en un foso de tortura. No podía aparecer entre cadenas, delante de un Alpha que olía a sangre vieja y sonreía como si ya hubiera comprado el destino de todos.
Además, no había golpe completo.
No había calor en la piel.
No había esa certeza brutal de los relatos.
Solo un olor imposible y un lobo desesperado por alcanzar algo que Mateo todavía no entendía.
—Cautivo —llamó Elder Ibarra.
Mateo no levantó la cabeza hasta estar seguro de que su rostro no mostraba nada.
—Usted —dijo el Elder—. El que no baja la mirada.
Nico exhaló despacio.
Mateo dio un paso al frente.
—Sí, Elder.
—El Alpha quiere verte.
El silencio cayó con más peso que cualquier golpe.
Nico lo miró entonces. De verdad. Con la cara de alguien que acababa de ver abrirse una tumba.
—No digas nada inteligente —murmuró.
—Nunca hago eso.
—Mateo.
Era la primera vez que Nico decía su nombre sin burla.
Mateo lo miró apenas.
—Vigila tu espalda.
—¿Y tú?
Mateo siguió a los Warriors antes de responder.
—Yo vigilaré mis dientes.
Lo llevaron por un pasillo excavado en la roca, fuera de la arena. El aire allí era más frío. Menos cargado de cuerpos. Antorchas negras ardían en soportes de hierro, dejando un humo amargo que raspaba la garganta. Cada diez pasos había un crest de los Dark Howlers tallado en la pared: una luna partida por una mandíbula abierta.
Mateo contó puertas.
Contó guardias.
Contó esquinas.
No porque pudiera escapar.
Porque contar era una forma de seguir siendo él.
Subieron dos niveles por una escalera estrecha y llegaron al Alpha's Hall.
La sala era demasiado grande para estar dentro de una montaña. Columnas oscuras sostenían un techo alto donde la humedad brillaba como vidrio. Al fondo, sobre una plataforma, estaba el asiento de Velasco. No era un trono, no exactamente. Los Alphas no necesitaban esas palabras humanas. Pero todo en la sala decía lo mismo: arriba y abajo, mando y obediencia, garganta y dientes.
Kaia estaba de pie a la derecha de la plataforma.
Humana.
Inmóvil.
Limpia.
Como si no hubiera arrancado una garganta hacía menos de una hora.
La distancia entre ellos era suficiente para respirar.
No suficiente para escapar del olor.
Esta vez llegó más claro.
Laurel aplastado entre dedos húmedos. Tierra abierta por lluvia. Una flor blanca en una habitación cerrada.
Mateo se quedó quieto.
Su piel reaccionó primero.
Un calor fino le subió desde la nuca hasta la mandíbula. No era fiebre. No era acónito. Era algo más íntimo, más ofensivo, como si su cuerpo hubiera reconocido una orden que su mente no había aceptado. Los dedos de la mano sana se cerraron. No en puño. En impulso.
Acércate.
No fue una voz.
Fue peor.
Fue deseo sin permiso.
Kaia giró la cabeza apenas.
Sus ojos se encontraron.
El golpe llegó completo.
El mundo se cortó.
Todo lo demás cayó hacia atrás: columnas, guardias, humo, dolor. Mateo oyó su propio corazón con una claridad imposible. Un latido. Luego otro. Luego otro que no era solo suyo.
La boca se le secó.
La piel de los antebrazos se le erizó bajo la suciedad. El pecho, donde el sello mantenía a su lobo encerrado, ardió como si la jaula hubiera sido puesta al rojo vivo.
Su lobo despertó.
No arañó.
No golpeó.
Habló.
*Mate.*
Mateo dejó de respirar.
Al otro lado de la sala, Kaia palideció.
No mucho. Casi nada. Pero sus dedos se tensaron contra la costura de su chaqueta, y el olor a flor blanca se volvió más fuerte, más frío, atravesado por una nota amarga de miedo.
Ella también lo sentía.
No.
Mateo empujó el pensamiento con toda la fuerza que le quedaba.
No ella.
No aquí.
No en manos de él.
Velasco se levantó.
La presión de su aura llenó la sala antes que su voz. Dos guardias bajaron la cabeza de inmediato. Uno expuso el cuello sin darse cuenta. Mateo sintió sus rodillas temblar. El sello, debilitado por ese olor imposible, no supo si castigarlo o protegerlo.
—Mírame —dijo el Alpha.
No fue una petición.
El command entró en Mateo como una mano metida detrás de los ojos.
Su cuerpo obedeció medio segundo antes de que su voluntad pudiera pelear. Levantó la mirada hacia Velasco y el dolor le atravesó el cráneo. No era como el acónito. El acónito quemaba los nervios. El command los tomaba prestados.
Velasco sonrió.
—Nombre.
Mateo apretó la mandíbula.
No quería darle nada.
El command presionó.
La garganta se le abrió contra su voluntad.
—Mateo.
Kaia dio un paso.
Pequeño.
Velasco no la miró, pero su sonrisa creció.
—¿Solo Mateo?
El sello se cerró alrededor del pecho de Mateo. El apellido quiso quedarse detrás de sus dientes, protegido por orgullo, memoria y una casa lejana que olía a mar.
La presión aumentó.
Su visión se llenó de puntos negros.
—Rojas —escupió.
El aire cambió.
Kaia se quedó absolutamente quieta.
Un murmullo bajo recorrió a los guardias. Velasco alzó una mano y todos callaron.
—Rojas —repitió, como si saboreara el nombre—. Qué curioso.
Mateo respiró por la nariz.
—No tanto. Hay muchos.
El golpe no vino de un Warrior.
Vino del command.
Una orden sin palabras le dobló la columna y lo obligó a caer sobre una rodilla. El dolor estalló en la mano rota cuando tocó el suelo. Su lobo rugió dentro, furioso, pero el sello lo aplastó antes de que el sonido pudiera salir.
Kaia volvió a moverse.
Esta vez Velasco sí la miró.
—Quietecita.
El command no iba dirigido a Mateo.
Iba a ella.
Kaia se detuvo.
Su rostro no cambió, pero el olor a laurel se volvió metálico en los bordes. Ira. Controlada con tanta fuerza que dolía olerla.
Velasco bajó los escalones de la plataforma.
—Un lobo con sangre interesante, un sello que no debería moverse y una Enforcer que olfatea el aire como si hubiera encontrado algo perdido. La Moon Goddess tiene un sentido del humor muy vulgar.
Mateo levantó la cabeza a pesar de la presión.
—No sé de qué habla.
—Claro que sí.
Velasco se inclinó frente a él. Olía a humo negro, hierba amarga y sangre guardada demasiado tiempo.
—La sentiste.
Mateo no miró a Kaia.
Ese fue su primer error.
Porque Velasco miró por él.
La sala quedó en silencio, y en ese silencio el bond recién despertado tiró de Mateo hacia la derecha, hacia la mujer que lo observaba como si él fuera una herida abierta en medio de su vida cuidadosamente cerrada.
La piel le ardió.
El pecho le dolió.
*Nuestra,* gruñó su lobo.
No.
*Nuestra.*
Velasco soltó una risa suave.
—Precioso.
Kaia habló por primera vez.
—Alpha, si este cautivo tiene valor político, debería enviarlo a las celdas altas hasta que Beta Cruz revise su sangre.
Su voz era fría.
Demasiado fría.
Como una puerta cerrada con alguien sangrando del otro lado.
Mateo la miró entonces.
Ella no le devolvió nada.
Ni piedad.
Ni reconocimiento.
Solo hielo.
Pero su scent la traicionó. Debajo del metal de la ira había miedo. No por ella. Por lo que Velasco acababa de entender.
—Siempre tan práctica, Kaia —dijo el Alpha—. Pero no. No lo pondré en una celda donde pueda pudrirse lejos de ti. Eso sería desperdiciar un regalo.
Mateo sintió que el suelo desaparecía.
Kaia no se movió.
Velasco volvió a la plataforma y tomó un pequeño crest de plata oscura de una mesa lateral. El símbolo de los Dark Howlers brilló bajo la luz de las antorchas.
—Desde este momento —declaró—, Mateo Rojas queda bajo la custodia personal de mi Enforcer.
El murmullo regresó, más fuerte.
Kaia bajó la cabeza.
—Alpha...
—No he terminado.
El command cortó la sala. Kaia cerró la boca como si la orden le hubiera puesto una mano sobre la garganta.
Velasco miró a Mateo.
—Serás su Bonded Protector.
Mateo soltó una risa ronca antes de poder detenerse.
—¿Protector? Apenas puedo mantenerme de pie.
—Entonces aprende rápido.
Velasco apretó el crest hasta que una punta oculta le abrió la palma. La sangre cayó sobre la plata oscura. El símbolo pareció beberla.
—Tráiganlo.
Dos Warriors sujetaron a Mateo por los brazos. El sello reaccionó cuando intentó resistirse; el acónito le mordió la columna y le apagó las piernas. Lo arrastraron hasta la plataforma y lo obligaron a extender la mano sana.
Kaia estaba a menos de dos metros.
Demasiado cerca.
El olor de ella llenó los huecos que el miedo dejaba en su cuerpo. La piel de Mateo volvió a arder. No como fiebre. Como hambre. Como alivio. Como una promesa puesta en el lugar equivocado.
Kaia no lo miraba.
—Kaia —dijo Velasco.
Ella subió los escalones.
Cada paso hizo que el bond tirara más fuerte.
Cuando Velasco tomó su mano y cortó la yema de uno de sus dedos, Mateo sintió el dolor en su propio dedo.
No completo.
Una sombra.
Suficiente para helarlo.
Kaia sí lo miró entonces.
La misma sorpresa cruzó sus ojos.
Velasco juntó la sangre de ambos sobre el crest.
—Por pack law y por mi command, queda establecida la custodia. Si él huye, tú respondes. Si tú desobedeces, él sangra. Si uno de los dos rompe mi orden, el acónito recordará a ambos quién les permite respirar.
El crest quemó.
Mateo no gritó.
Kaia tampoco.
Pero el olor de ella cambió. La flor blanca se cubrió de amargura, y debajo, más profundo, algo tembló con una furia que no tenía nada de sumisa.
Velasco soltó sus manos.
—Llévatelo.
Kaia cerró los dedos heridos.
—Sí, Alpha.
Mateo se obligó a ponerse de pie antes de que los Warriors lo levantaran otra vez. La rodilla le tembló. El orgullo era una cosa ridícula cuando el cuerpo estaba roto, pero era lo único que todavía le pertenecía.
Kaia pasó junto a él.
—Camina —dijo.
Su voz no tenía calor.
Su scent sí.
Mateo la siguió porque los Warriors estaban detrás, porque el acónito seguía en su sangre, porque Velasco sonreía desde la plataforma.
Y porque cada paso lejos de ella le dolía más que el anterior.
Al llegar a la puerta del Alpha's Hall, Mateo se inclinó apenas hacia Kaia, lo suficiente para que solo ella oyera.
—No soy tuyo.
Kaia no giró la cabeza.
—Eso espero.
Entonces el command de Velasco cayó desde el fondo de la sala, suave como una caricia podrida.
—Kaia.
Ella se detuvo.
Mateo también, aunque la orden no iba dirigida a él. El bond, recién nacido y ya sucio de sangre, lo hizo sentir el tirón en la espalda de ella.
Velasco sonrió.
—Si intenta escapar, tú sentirás el castigo primero.
Kaia no se volvió.
Su mano herida se cerró hasta que una gota de sangre cayó al suelo.
—Entendido, Alpha.
Mateo sintió el eco de esa gota como si le hubiera caído dentro del pecho.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás