Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 3
Capítulo 3
Fantasmas con nombre y apellido
Los resultados de búsqueda cabían en media pantalla.
"Nicolás Bravo Quiroga, 22 años, sentenciado a 15 años de prisión por robo con violencia y lesiones graves. Juzgado Tercero de lo Penal, Miravalle." El enlace llevaba a un boletín de prensa del Poder Judicial con fecha de cinco años atrás. Debajo, una nota de un periódico local —El Heraldo de Miravalle— repetía la información con menos detalles y peor redacción. Más abajo, nada. Como si Nicolás Bravo hubiera dejado de existir después de esa sentencia.
Renata abrió el boletín. Sin foto. Solo datos: nombre completo, edad, domicilio registrado en Tierranegra, antecedentes penales previos —un robo menor a los diecinueve años, sin cargos por falta de pruebas—. Al final del documento, una línea añadida con fecha posterior: "El sentenciado falleció en el Centro Penitenciario Estatal de Miravalle el 14 de marzo de 2023. Causa: pancreatitis aguda. Se reporta donación de córneas."
Muerto. Oficialmente muerto desde hacía tres años.
Renata se recargó en la silla y miró el techo de su oficina. La lámpara fluorescente zumbaba con ese ruido eléctrico que llevaba meses ignorando. Afuera, el campus se vaciaba; los últimos alumnos cruzaban el estacionamiento con mochilas al hombro y risas que llegaban amortiguadas por la ventana.
Había dos posibilidades. La primera: el hombre del estrado era otra persona que se parecía mucho a Nicolás Bravo. La segunda: Nicolás Bravo no estaba muerto y ahora se llamaba Dante Montero Valenti.
La primera posibilidad era razonable. La segunda era una locura.
Pero la lengua no mentía. "Ya estuvo." La ese aspirada, la cadencia de Tierranegra. Renata había escrito cuarenta páginas de su tesis sobre las variantes fonológicas de los barrios marginales de Miravalle. Conocía ese sonido como un músico conoce una nota desafinada.
Cerró el navegador, apagó la computadora y salió de la oficina.
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Andrés estaba viendo un partido de fútbol cuando ella llegó al departamento. Cerveza en mano, pies sobre la mesa de centro, el uniforme de los Tigres puesto como si fuera a jugar él.
—¡Reni! —Se giró en el sillón—. Creí que ibas a quedarte hasta tarde.
—Me dolía la cabeza. El foro fue eterno.
—¿Quieres una manzanilla?
—Sí, gracias.
Andrés se levantó y fue a la cocina. Renata lo escuchó llenar la tetera, abrir el cajón de las infusiones, tararear algo entre dientes. Sonidos domésticos. Sonidos seguros. Se sentó en el sillón donde él había estado y sintió el calor residual de su cuerpo en el cojín.
Debería contarle. Debería sentarlo, apagar la televisión y decirle: "Andrés, creo que el hombre más poderoso de Miravalle es un criminal que supuestamente murió en la cárcel, y yo fui la persona que lo puso ahí."
Pero decirlo en voz alta lo haría real. Y si era real, Andrés querría hacer algo. Querría protegerla, confrontar, denunciar, actuar. Andrés era así: bueno, directo, incapaz de quedarse quieto frente a una injusticia. Y eso, frente a alguien como Dante Montero, no era valentía. Era peligro.
—Aquí tienes. —Andrés le puso la taza en las manos. Le acarició la cabeza al pasar, un gesto rápido, automático, de quien lleva años tocando el mismo cabello—. ¿Segura que estás bien? Traes cara de susto.
—El foro. Había mucha gente importante y me trabé en una traducción al francés. Estupideces.
Andrés la miró un momento. Renata sostuvo su mirada sin parpadear, con esa habilidad que tenía para decir medias verdades con cara completa. Él asintió, le besó la frente y volvió a su partido.
Renata se quedó con la taza caliente entre las manos, mirando la pantalla sin ver el marcador. La primera mentira siempre es la que más cuesta.
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A las nueve de la mañana del día siguiente, Renata estaba sentada en una silla de plástico frente al mostrador de la Fiscalía General de Miravalle.
El edificio olía a piso recién trapeado y a burocracia vieja. Paredes color crema con manchas de humedad, un ventilador de techo que giraba sin convicción, tres personas delante de ella en la fila. Cuando le tocó su turno, el fiscal de guardia —un hombre canoso con lentes de pasta y un café de máquina— apenas levantó la vista.
—¿En qué le puedo ayudar?
—Quisiera consultar el expediente de un caso penal. Nicolás Bravo Quiroga, sentenciado hace cinco años por el Juzgado Tercero.
El fiscal la miró por encima de los lentes. Tecleó algo. Esperó. Tecleó otra vez.
—Este caso está sellado —dijo, sin inflexión.
—¿Sellado? ¿Por qué?
—Sellado quiere decir que no es de acceso público, señorita. Necesitaría una orden judicial o ser parte interesada legítima.
—Fui testigo en ese caso. Di mi declaración y mi testimonio fue parte de la sentencia.
El fiscal suspiró como si Renata le hubiera pedido que resolviera una ecuación diferencial.
—Mire, el expediente fue reclasificado hace dos años. No tengo autoridad para darle acceso. Si quiere, presente una solicitud por escrito y espere la resolución. —Bajó la voz un grado, como quien comparte un secreto que no es secreto—. Señorita, los Montero son... bueno, usted sabe.
Renata no supo. O supo demasiado.
—El oficial que llevó el caso —insistió—. Capitán Tomás Vargas. ¿Podría ponerme en contacto con él?
El fiscal dejó el café sobre el escritorio. Su expresión cambió: la indiferencia burocrática se cuarteó un instante, dejando ver algo más incómodo.
—¿Vargas? Falleció hace dos años. Accidente de tránsito.
La palabra "accidente" sonó hueca, como una moneda falsa al caer.
—¿Accidente? —repitió Renata.
—Eso dice el acta. —El fiscal recogió sus papeles, señal inequívoca de que la conversación había terminado—. ¿Algo más?
Renata salió de la Fiscalía con las piernas pesadas y la cabeza llena de ruido.
Se detuvo en la banqueta. Frente al edificio había un puesto de periódicos y revistas que nadie leía; el vendedor dormitaba detrás de una torre de chicles y tarjetas de recarga. Renata contó lo que sabía: un caso sellado sin explicación, un expediente reclasificado dos años atrás —justo cuando Dante Montero "volvió de España"—, un policía muerto en un accidente conveniente, y un fiscal que pronunciaba el apellido Montero con la misma precaución con que uno nombra una enfermedad. Cada dato por separado podía ser coincidencia. Juntos formaban el contorno de algo que no se atrevía a nombrar todavía.
Caminó sin rumbo fijo durante tres cuadras, giró hacia el campus y terminó sentada en una banca de concreto bajo un árbol de tabachín, frente a la Facultad de Derecho. El sol de mediodía le calentaba los hombros pero tenía frío por dentro.
Sacó el celular y marcó el número de Paulina.
—¡Reni! ¿Qué pasó? Suenas rara.
—Pau, me metí en algo complicado.
—¿Qué tan complicado?
Renata abrió la boca para contarle todo. La cerró. Volvió a abrirla.
—Todavía no sé. Dame unos días para entender qué es.
—Reni, me estás asustando.
—No te asustes. Solo necesito pensar.
—Sabes que para eso me tienes a mí, ¿verdad? Para pensar juntas.
—Lo sé, Pau. Te llamo pronto.
Colgó. Se quedó mirando la pantalla del teléfono, que mostraba la foto de fondo —Andrés y ella en la playa de Tulum, bronceados, riendo, un mundo entero de distancia de donde estaba ahora—.
Entonces el celular vibró.
Número desconocido.
Renata miró la pantalla tres segundos. Contestó.
—¿Bueno?
—Profesora Solís, buenas tardes. —La voz era grave, pausada, con la cortesía calculada de quien no necesita levantar el tono para que lo escuchen—. Espero no interrumpir. Mi nombre es Dante Montero.