Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
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capitulo 3
Habían pasado cuatro meses.
Cuatro meses desde que Hanna se había instalado en la mansión.
Y en ese tiempo…
vio demasiado.
Vio cómo Renzo le hablaba a Mía.
Los gritos.
Los insultos.
—Inútil.
—No servís para nada.
—Fracasada.
No había golpes.
Pero no hacían falta.
Las palabras…
dolían más.
Hanna intentó intervenir muchas veces.
Pero Renzo siempre la frenaba.
Siempre la echaba.
Siempre la ignoraba.
Y lo que más le molestaba…
no era solo su hermano.
Era Mía.
—No entiendo por qué te quedás callada —le dijo una tarde, frustrada.
Mía no respondió.
Nunca respondía.
Dormía en una habitación fría.
Oscura.
Sin luz.
Con apenas una cama y un ropero.
Se levantaba temprano.
Cocinaba.
Limpiaba.
Servía.
Vivía como una sombra.
—Esto no está bien… —murmuró Hanna un día.
Y decidió hacer algo.
Investigó.
Buscó.
Preguntó.
Movió contactos.
Y encontró todo.
Esa tarde…
entró al despacho de Renzo sin tocar.
La puerta golpeó contra la pared.
—Joder, Hanna —gruñó él—. ¿No te enseñaron a tocar?
Ella no respondió.
Solo tiró una carpeta sobre el escritorio.
—Ahí tenés la verdad.
Renzo frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Leé.
Silencio.
Renzo abrió la carpeta.
Sus ojos recorrieron las hojas.
Fotos.
Informes.
Nombres.
Alma.
Mía.
Dos caras iguales.
Dos vidas distintas.
—No… —murmuró.
Hanna lo miró fijo.
—Sí.
Ella habló.
Con calma.
Pero con firmeza.
—Alma usaba la identidad de Mía. Siempre lo hizo. Problemas, escándalos… todo a su nombre.
Pausa.
—El accidente… no fue Mía.
Renzo levantó la mirada.
—Mentís.
—No.
Silencio.
—Alma estaba borracha —continuó Hanna—. Manejó. Perdió el control.
Pausa.
—Y mató a Anabella Beltrán.
El aire se volvió pesado.
—Cuando llegó la policía… —siguió Hanna— se identificó como Mía.
Renzo apretó la mandíbula.
Sus manos se tensaron.
—Y vos… —dijo Hanna— castigaste a la mujer equivocada.
Silencio.
—No… —murmuró él.
Pero su voz…
no era firme.
Hanna dio un paso adelante.
—Mía nunca vivió con sus padres. La crió su abuela. No tiene nada que ver con esa familia.
Pausa.
—Y vos la destruís todos los días.
Renzo cerró la carpeta de golpe.
—No me importa.
Hanna lo miró.
Incrédula.
—¿Cómo que no te importa?
—Sea Mía o Alma… alguien tiene que pagar.
Mentía.
Y lo sabía.
Porque algo dentro suyo…
no quería dejarla ir.
—Andá a buscar a la verdadera asesina —dijo Hanna—. Y dejá en paz a Mía.
—Es mi esposa —respondió él—. Se queda.
—¿Para qué? —lo enfrentó—. ¿Para seguir humillándola?
Pausa.
—La hacés dormir en un cuarto helado. ¿Querés que se muera?
Renzo la miró.
Frío.
—Andate, Hanna.
Silencio.
—No te debo explicaciones.
Hanna sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
—Ojalá te enamores de ella.
Renzo frunció el ceño.
—¿Qué?
—Sí —continuó—. Ojalá te vuelvas loco por ella.
Pausa.
—Y cuando la pierdas… quiero verte arrastrándote.
Silencio.
—Quiero verte sufrir como la hiciste sufrir.
Y sin esperar respuesta…
salió.
Esa misma tarde…
Hanna buscó a Mía.
La encontró en la cocina.
Como siempre.
—Tenemos que hablar.
Mía se tensó.
—¿Pasa algo?
—Sí.
Hanna la miró directo.
—Quiero que lo seduzcas.
Silencio.
Mía abrió los ojos.
—¿Qué?
—Metete en su cabeza —dijo Hanna—. Hacelo desearte. Que no pueda sacarte de su mente.
—No puedo… —susurró Mía.
Hanna suspiró.
—Ya sé la verdad.
Silencio.
—Sé lo de tu hermana.
Mía se congeló.
—Decime —insistió Hanna—. ¿Quién te está amenazando?
—Nadie…
—No me mientas.
Silencio.
—Hacelo —dijo Hanna finalmente—. Yo te saco de acá.
Mía dudó.
Su mente se llenó de pensamientos.
Su abuela.
El miedo.
La culpa.
—Yo… no quiero hacerle daño…
—No es daño —la interrumpió Hanna—. Es justicia.
Mía negó.
—Mi abuela me enseñó a perdonar…
Hanna rodó los ojos.
—Entonces seguí sufriendo.
Pausa.
—Pero si querés salir de acá…
haceme caso.
Silencio.
Mía cerró los ojos.
Respiró profundo.
—Está bien…
Hanna sonrió.
—Buena chica.
Y le explicó todo.
Paso por paso.
Esa noche…
todo empezó.
Renzo bajó a la cocina.
Buscando agua.
Y la vio.
La puerta abierta.
La luz tenue.
Y Mía…
Recién salida de la ducha.
Su piel húmeda.
El cabello cayendo por sus hombros.
La toalla apenas cubriéndola.
Renzo se quedó quieto.
Observando.
Tragó saliva.
Mía lo vio.
Y se cubrió.
—Renzo…
—¿Por qué te tapás? —dijo él, acercándose.
La tomó.
La atrajo.
—Ya te vi.
Mía tembló.
—Dejame vestirme…
Renzo la soltó.
Pero no se fue.
—Hacelo acá.
Se sentó.
Observándola.
Mía dudó.
Pero obedeció.
Se vistió.
Lentamente.
Sintiendo su mirada.
Renzo se levantó.
Se acercó.
La besó.
Y susurró:
—Esta noche… vení a mi habitación.
Y se fue.
—Te dije —rió Hanna después—. Es un idiota.
Mía estaba roja.
Nerviosa.
—No te burles…
—Funciona.
Y siguieron con el plan.
Horas después…
Mía estaba frente a la puerta.
Respirando profundo.
—Podés hacerlo…
Tocó.
Pero la puerta se abrió antes.
Renzo.
—Entrá.
Su voz era firme.
Mía entró.
Se quedó cerca de la puerta.
Él la tomó del brazo.
La acercó.
La hizo caer sobre la cama.
Su cuerpo sobre el de ella.
Su respiración pesada.
Mía cerró los ojos.
Recordó las palabras de Hanna.
“Déjate llevar…”
Y por primera vez…
no se resistió.
Sus manos temblaban.
Pero no lo apartó.
Y Renzo…
lo notó.
Algo había cambiado.
Algo distinto.
Y eso…
lo volvió aún más peligroso.