Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
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18. La hermana que volvió para odiarme.
ABRIL
Durante unos segundos, nadie se movió.
La joven que estaba frente a mí tenía mi cara.
No se parecía a mí. No tenía mis ojos, mi nariz ni mi boca de una manera inquietante. Tenía exactamente mi cara. La misma línea de las cejas, la misma pequeña marca junto al labio inferior, el mismo cabello rojizo que caía sobre los hombros y los mismos ojos verdes que tantas veces había visto reflejados en el espejo.
Pero había algo diferente.
Ella me miraba como si hubiera pasado diez años imaginando el momento en que podría odiarme de cerca.
—Así que vos sos la que se quedó con mi nombre —repitió.
Su voz era más ronca que la mía. O quizá solamente sonaba así porque estaba conteniendo demasiadas cosas.
Di un paso hacia atrás.
No porque tuviera miedo de ella.
Sino porque, si me acercaba, tal vez descubriría que aquella mujer no era real. Que mi mente había encontrado una forma cruel de castigarme por todas las preguntas que llevaba días haciéndome.
—¿Alma? —susurré.
La joven sonrió, pero no había alegría en ese gesto.
—¿Ahora sí te acordás de mí?
No pude responder.
Detrás de ella, mi madre permanecía inmóvil junto al último escalón. Tenía una mano apoyada contra la pared y el rostro pálido, como si hubiera envejecido varios años durante el trayecto desde la superficie hasta el sótano.
Mateo estaba a mi izquierda.
Gael, a mi derecha.
Mara seguía sentada junto a la pared, con las muñecas abrazadas contra el pecho. Cuando vio a Alma, cerró los ojos.
Ese pequeño movimiento no pasó inadvertido.
—Vos la conocías —le dije a Mara.
Ella no respondió.
—¡Vos la conocías! —repetí, esta vez más fuerte.
—Abril, por favor… —murmuró mi madre.
Me volví hacia ella.
—No. No me pidas que tenga paciencia. No me pidas que me calme. Hace diez años que todos ustedes me dicen qué tengo que recordar, qué tengo que olvidar y a quién tengo que creerle.
Señalé a la mujer que estaba frente a mí.
—Ahora resulta que tengo una hermana gemela que supuestamente quedó encerrada en esta casa mientras yo vivía mi vida con su nombre. Quiero saber qué pasó.
Alma ladeó la cabeza.
—Qué curioso. Esa es exactamente la pregunta que yo llevo diez años esperando que alguien me haga.
—Entonces contestala.
—¿Por dónde querés que empiece? ¿Por la noche en que me dejaste atrás? ¿Por las veces que grité hasta quedarme sin voz? ¿O por el día en que entendí que mamá había elegido a una hija y había decidido que la otra podía desaparecer?
El aire abandonó mis pulmones.
—Yo no te dejé atrás.
—¿Estás segura?
La pregunta me golpeó más fuerte que cualquier acusación.
Quise responder inmediatamente. Quise decirle que jamás habría abandonado a mi hermana, que no recordaba haberla dejado encerrada, que yo también era una víctima de aquella casa.
Pero entonces recordé el cuaderno.
Si una de nosotras sale, la otra tiene que quedarse.
Recordé la voz infantil de la grabación.
No quiero olvidarme.
Y, sobre todo, recordé una frase escrita con una letra que se parecía a la mía:
Si mamá pregunta, yo fui la que abrió la puerta.
¿Qué significaba aquello?
¿Y si la persona que había abierto la puerta había sido yo?
—No me acuerdo —admití.
Alma dejó de sonreír.
Por primera vez, algo parecido al dolor atravesó su expresión.
—Claro que no.
—No estoy mintiendo.
—Eso es lo que siempre decís, ¿verdad?
—¡No sé quién soy! —grité.
Mi voz rebotó contra las paredes húmedas del sótano.
Nadie contestó.
Ni siquiera Alma.
Me llevé una mano al pecho. Sentía el corazón desbocado, como si intentara advertirme de algo que mi memoria todavía no podía comprender.
—No sé si soy Abril o si soy Alma. No sé qué pasó aquella noche. No sé por qué mi madre me ocultó que tenía una hermana. No sé por qué Mara estaba encerrada acá ni por qué alguien mató a Olivia. Y estoy cansada de que todos parezcan saber algo menos yo.
Alma bajó la mirada hacia mi muñeca.
Entonces vi que llevaba una pulsera.
Pequeñas cuentas rojas, desgastadas por el tiempo.
Una pulsera idéntica a la que había encontrado en la caja de madera.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunté.
Ella cubrió la pulsera con la mano.
—Era mía.
—Encontré otra igual.
—Lo sé.
Me quedé helada.
—¿Cómo que lo sabés?
Alma miró a Mateo.
Y fue suficiente.
—Vos también lo sabías —dije.
Mateo abrió la boca, pero ella lo interrumpió.
—Él sabe muchas cosas, hermanita. Solo que aprendió a callarse antes que vos.
—Alma, no es así —dijo Mateo.
—¿No? Entonces contale lo que me prometiste.
Mateo palideció.
Gael se enderezó junto a mí.
—¿Qué le prometiste?
—No te metas, Ferrer —espetó Alma.
Gael se quedó inmóvil.
Ella había pronunciado su apellido con un desprecio que no parecía nuevo. Como si también lo hubiera culpado durante años.
—No sabés lo que pasó esa noche —respondió él.
—Sé lo que escuché detrás de una puerta cerrada.
El silencio que siguió fue distinto.
Gael apartó la mirada.
Y, por primera vez desde que lo conocía, tuve la sensación de que no estaba escondiendo un recuerdo.
Estaba escondiendo una decisión.
ALMA
Había imaginado aquel encuentro de cientos de maneras.
En algunas, Abril lloraba al verme.
En otras, corría hacia mí y me abrazaba como si los diez años de separación fueran una pesadilla de la que acabábamos de despertar.
También había imaginado que me pediría perdón.
Nunca pensé que me miraría con aquellos ojos vacíos, como si yo fuera una desconocida que acababa de salir de una fotografía.
Quizá eso era lo peor.
No que hubiera vivido con mi nombre.
No que mamá la hubiera protegido.
Ni siquiera que hubiera olvidado mi existencia.
Lo peor era que parecía sincera.
Abril siempre había tenido una manera especial de mentir. De niñas, cuando rompíamos algo, podía sostenerle la mirada a mamá y contar una historia tan convincente que hasta yo terminaba dudando de lo que había visto.
Pero esta vez no parecía estar mintiendo.
Y eso me enfurecía todavía más.
Porque, si realmente no recordaba nada, significaba que alguien había conseguido exactamente lo que quería.
Separarnos.
Borrarme.
Convertirme en una historia que nadie se atrevía a contar.
Miré a mamá.
Seguía junto a la escalera, con los dedos aferrados a la pared.
—Deciles lo que hiciste —le exigí.
—Alma…
—¡Deciles!
Mi voz se quebró en la última palabra.
Odié que sucediera. Había pasado demasiado tiempo intentando convencerme de que ya no me dolía.
Pero bastó con verla para volver a sentirme como aquella niña que esperaba escuchar pasos al otro lado de una puerta.
—Yo no elegí esto —murmuró Elena.
Solté una risa breve, amarga.
—Siempre tenés una excusa.
—Estaba intentando protegerlas.
—¿A las dos?
Mi madre no contestó.
La miré fijamente.
—Eso pensé.
Abril se volvió hacia ella.
—¿Es verdad? ¿Me elegiste a mí?
Elena cerró los ojos.
Aquella reacción me confirmó algo que había sospechado durante años: mamá no estaba preparada para decir la verdad. No toda.
Quizá nunca lo estaría.
—No fue tan sencillo —respondió.
—Entonces explicalo —pidió Abril.
—No puedo hacerlo acá.
—¿Por qué? —intervine—. ¿Porque las paredes todavía escuchan?
Mara se estremeció.
Yo la miré.
Ahí estaba otra de las personas que me habían robado la vida.
Durante mucho tiempo había pensado que Mara me había encerrado deliberadamente. En mis recuerdos, su mano estaba sobre la puerta, su voz me pedía que esperara y después llegaban los pasos de alguien que yo no podía ver.
Había convertido aquel recuerdo en una certeza porque necesitaba culpar a alguien.
Pero cuando volví a encontrarla, entendí que también ella estaba asustada.
Eso no la hacía inocente.
Solo significaba que tal vez no era la única que había estado equivocada.
—Vos me dijiste que volverías —le dije.
Mara levantó la cabeza.
—Alma…
—Me dijiste que fuera paciente. Que no abriera la puerta. Que, cuando todo terminara, ibas a sacarme de acá.
—Yo intenté volver.
—Pero no volviste.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—No pude.
—Yo tampoco pude salir.
Mi voz salió tan baja que apenas la escuché.
Durante un instante, ninguna de las dos habló.
Entonces Mara dijo algo que no esperaba.
—La noche que te encerraron, yo no sabía cuál de ustedes era Alma.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.
—¿Qué?
—Había dos niñas en la casa. Las dos tenían tu cara. Las dos decían ser la misma persona.
Miré a Abril.
Ella también me estaba mirando.
—No —susurré—. Éramos dos.
Mara negó lentamente con la cabeza.
—Yo vi a dos niñas iguales. Pero también escuché una tercera voz.
Nadie se movió.
—¿Una tercera? —preguntó Gael.
Mara asintió.
—Una niña que no estaba con ustedes cuando empezó todo. Una niña que sabía dónde estaba la llave. Una niña que me dijo que, si abría la puerta equivocada, una de ustedes no volvería a salir.
Sentí frío en las manos.
—¿Quién era?
Mara me miró.
Después miró a Abril.
—No lo sé. Nunca le vi la cara.
—¿Cómo que no le viste la cara? —preguntó Abril—. ¿Estás diciendo que había otra niña idéntica a nosotras?
—No sé si era idéntica. Solo sé que tenía una voz muy parecida a la de ustedes.
Mi madre dio un paso hacia nosotras.
—Basta.
La palabra fue tan tajante que todos la miramos.
Elena estaba temblando.
—No sigan hablando de esa niña.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque no saben lo que están haciendo.
—¡Entonces contanos vos!
Mi madre abrió la boca.
Y, por un instante, pensé que finalmente iba a hacerlo.
Pero su mirada se desplazó hacia el techo.
Hacia la escalera.
Como si hubiera escuchado algo.
Un ruido leve.
Tres golpes.
Pausa.
Dos golpes.
La sangre se me heló.
Conocía ese sonido.
Lo había escuchado durante años en mis pesadillas.
Abril también lo reconoció. Lo supe porque se llevó una mano a la boca y retrocedió hasta chocar contra Mateo.
Cinco golpes.
Alguien estaba golpeando desde arriba.
Y no estaba llamando para que le abrieran.
Estaba respondiendo.
MATEO
No debía haber venido.
Lo supe en el instante en que escuché los golpes.
No porque tuviera miedo de lo que pudiera aparecer al final de la escalera, sino porque reconocí el ritmo.
Tres.
Pausa.
Dos.
Era la señal que Alma utilizaba cuando éramos chicos.
La había inventado para que yo supiera cuándo podía acercarme a la ventana de su habitación sin que Elena me descubriera. Tres golpes significaban que estaba sola. Dos más significaban que podía hablar.
Pero Alma llevaba diez años desaparecida.
Y la mujer que estaba frente a nosotros no podía haber hecho aquella señal.
A menos que…
Miré a Abril.
Su expresión me confirmó que ella también la recordaba, aunque quizá no supiera de dónde.
—¿Qué significa? —preguntó Gael.
No respondí.
Los golpes volvieron a sonar.
Tres.
Pausa.
Dos.
Alma se apartó de la pared.
—No puede ser —susurró.
Fue la primera vez que le escuché miedo en la voz.
No rabia.
No desprecio.
Miedo.
—¿Quién está arriba? —preguntó Abril.
Elena se interpuso entre la escalera y nosotros.
—Nadie.
Gael soltó una risa sin humor.
—Acabamos de escuchar a alguien golpeando una puerta.
—Es la casa —insistió ella—. La madera se contrae con la humedad.
Entonces se escuchó una voz.
Una voz de mujer.
Clara.
Cercana.
—Mamá.
Elena dejó de respirar.
Alma retrocedió un paso.
Abril se aferró a mi brazo con tanta fuerza que me clavó las uñas en la piel.
Conocía esa voz.
No podía explicar cómo.
La había escuchado en una grabación antigua, entre interferencias y silencios. La había oído en los audios que llegaron al teléfono de Abril. También la había escuchado en mis sueños, cuando recordaba a una niña que corría por el jardín de la mansión.
La voz volvió a hablar.
—Mamá, abrí la puerta. Hace frío.
Alma se llevó una mano al pecho.
—No…
Elena empezó a llorar en silencio.
Y yo comprendí que ninguna de las personas presentes estaba preparada para lo que acabábamos de descubrir.
Porque aquella voz no pertenecía a una desconocida.
Pertenecía a alguien que Elena había llorado durante años.
Alguien cuyo nombre aparecía en una fotografía que yo había visto una sola vez, escondida entre los documentos de mi padre.
Una fotografía con tres niñas.
Dos idénticas.
Y una tercera, situada detrás de ellas, con un colgante de estrella.
—No abras —susurré.
Pero Abril ya estaba mirando hacia la escalera.
GAEL
Mi padre me había enseñado que una puerta cerrada no siempre escondía algo peligroso.
A veces solo escondía una verdad que nadie quería explicar.
Durante años pensé que aquella frase era una manera elegante de justificar su trabajo para los Valdés. Él había administrado propiedades, firmado documentos y trasladado cajas que nunca me permitió abrir.
También había conocido a la doctora Lucía Ferrer.
Y sabía quién era la mujer del colgante de estrella.
Eso último me lo había confesado mi padre una semana antes de morir, en una conversación que yo había pasado años intentando olvidar.
Si alguna vez escuchás tres golpes y después dos, no abras.
No me había explicado por qué.
Yo tampoco había preguntado.
Ahora, frente a la escalera, entendí que mi padre no había intentado protegerme de una persona.
Había intentado protegerme de un recuerdo.
—Tenemos que salir de acá —dije.
Abril no me escuchó.
Estaba mirando a su madre.
—¿Quién está arriba?
Elena se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Nadie que ustedes deban ver.
—Eso no es una respuesta.
—Abril, por favor…
—¡Decime quién es!
La mujer del escalón se volvió hacia su hija.
Por un instante, dejó de parecer una madre aterrorizada y mostró algo mucho más inquietante.
Culpa.
Una culpa tan antigua que parecía haberle cambiado el rostro.
—Hay cosas que no se pueden reparar —dijo.
Alma soltó una carcajada temblorosa.
—Qué conveniente. Siempre lo decís cuando estás a punto de perder el control.
Entonces subí el primer escalón.
Gael, me dije, no vuelvas a cometer el mismo error.
Pero ya era tarde.
Desde arriba llegó un sonido diferente.
El chirrido de una puerta al abrirse.
Después, pasos lentos.
Una sombra apareció sobre la pared.
Y una mano se apoyó en la baranda.
Una mano delgada, pálida, con un anillo plateado en el dedo índice.
La reconocí.
La había visto en la casa de Abril.
La había visto en el reflejo de una fotografía.
Y la había visto, años atrás, sosteniendo una llave frente a la puerta del sótano.
El hombre comenzó a bajar.
Elena se interpuso inmediatamente.
—No tenías que venir.
Él no la miró.
Sus ojos se dirigieron hacia Abril.
Después hacia Alma.
Y, finalmente, hacia Mara.
—Parece que por fin están todas juntas —dijo.
Mara se puso de pie tan rápido que casi cayó.
—Vos…
El hombre sonrió.
—Hola, Mara.
Ella retrocedió hasta chocar contra la pared.
—Me dijiste que estaba muerta.
—Te dije que debía estarlo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Abril se volvió hacia mí.
No tuve una respuesta para darle.
Porque el hombre del anillo acababa de mirar a las dos gemelas y pronunciar una frase que hizo que Elena se cubriera la boca.
—¿Cuál de ustedes quiere saber qué pasó con la tercera niña?
ABRIL
Sentí que el mundo se detenía.
La tercera niña.
La voz detrás de la puerta.
La fotografía.
El colgante de estrella.
Todo aquello que habíamos tratado como piezas aisladas parecía pertenecer a una misma historia. Una historia que alguien había partido deliberadamente en fragmentos para que jamás pudiéramos reconstruirla.
Miré a Alma.
Ella estaba pálida.
Por primera vez desde que había aparecido, ya no me miraba como si yo fuera su enemiga.
Me miraba como si acabara de descubrir que también le habían ocultado algo.
—¿Vos sabías que había una tercera? —le pregunté.
Negó con la cabeza.
—No.
El hombre del anillo soltó una pequeña risa.
—Por supuesto que no. A ninguna de las dos les convenía recordarla.
—¿Quién era? —pregunté.
Él sacó algo del bolsillo interior de su abrigo.
Una fotografía doblada.
La abrió con cuidado y la sostuvo frente a nosotros.
Era una imagen antigua, tomada en el jardín de la mansión. El cielo estaba cubierto y las plantas aparecían secas, como si la fotografía hubiera sido tomada al comienzo de la primavera.
Había tres niñas.
Alma y yo estábamos en el centro.
La tercera se encontraba detrás de nosotras.
Su rostro estaba parcialmente oculto por una sombra, pero el colgante de estrella brillaba sobre su pecho.
En la parte inferior, alguien había escrito una fecha:
17 DE OCTUBRE.
Debajo había otra frase, escrita con tinta roja.
Una de ustedes volvió.
El hombre deslizó el pulgar sobre el borde de la fotografía.
—Durante diez años, todos buscaron a la niña equivocada. Después buscaron a la hermana equivocada. Y cuando finalmente apareció la persona que podía contarles la verdad, alguien decidió que era mejor silenciarla.
Pensé en Olivia.
En su mensaje.
Necesito hablar contigo. Es sobre Mara.
—¿Olivia sabía quién era esa niña? —pregunté.
El hombre no contestó.
No necesitaba hacerlo.
La forma en que apartó la mirada fue suficiente.
—Vos mataste a Olivia —dijo Gael.
El hombre volvió lentamente la cabeza.
—No confundas saber algo con haberlo hecho, Ferrer. Tu padre cometió ese error y mirá cómo terminó.
Gael se quedó rígido.
—¿Qué le hiciste a mi padre?
—Yo no hice nada que él no hubiera aceptado.
—¡Contestame!
El hombre guardó la fotografía.
—Tu padre sabía qué niña debía salir de aquella casa. Sabía qué nombre tenía que figurar en los documentos. Y sabía que, si alguien hacía preguntas, las respuestas debían terminar en el río.
Mi madre comenzó a negar con la cabeza.
—No. No digas eso.
—¿Por qué? —preguntó él—. ¿Porque es mentira o porque por fin están escuchándolo?
Elena se acercó a él.
—Les prometiste que nunca volverías.
—Y vos prometiste que una hija sería suficiente.
Aquella frase hizo que mi madre se tambaleara.
Alma la miró con los ojos llenos de lágrimas.
Yo no podía moverme.
Una hija sería suficiente.
¿Qué significaba eso?
¿Que una de nosotras debía desaparecer para que la otra pudiera vivir?
¿Que nuestra madre había aceptado perder a una hija?
¿O que la tercera niña era, en realidad, la que había decidido quién merecía regresar?
—Quiero ver la fotografía otra vez —dije.
El hombre arqueó una ceja.
—¿Para qué?
—Porque hay algo escrito detrás.
No sabía cómo lo sabía.
Simplemente lo sentía.
La fotografía tenía una esquina doblada. El hombre intentó guardarla, pero me adelanté y se la arrebaté.
—¡Abril! —gritó mi madre.
Le di la vuelta.
En el reverso había una frase escrita con una letra infantil.
No era la letra de Elena.
Tampoco la de Mateo.
Reconocí la forma de la A, el modo en que la última palabra se inclinaba hacia la derecha y una pequeña mancha de tinta al final de la línea.
Era mi letra.
O la de Alma.
No había manera de distinguirlas.
Leí en voz alta:
—«Si alguna vez volvemos a encontrarnos, no dejes que mamá elija otra vez».
Alma se acercó a mi lado.
Sus ojos recorrieron la frase.
Entonces hizo algo que no esperaba.
Se echó a llorar.
No fue un llanto silencioso ni contenido. Se cubrió el rostro con ambas manos y dejó escapar un sollozo que parecía haber estado guardando durante diez años.
Yo también sentí que algo se quebraba dentro de mí.
Porque, de pronto, entendí que quizá no había una hermana culpable y otra inocente.
Quizá éramos dos niñas que habían hecho una promesa sin comprender que los adultos podían convertirla en una condena.
Me acerqué a ella.
—Alma…
—No me toques.
Me detuve.
Ella bajó las manos. Tenía los ojos rojos y una expresión que no olvidaré jamás.
—Hay algo que todavía no sabés.
—¿Qué cosa?
Miró la fotografía.
Después miró al hombre del anillo.
—La noche que desaparecí, no fue mamá quien decidió cuál de las dos debía quedarse.
El hombre dejó de sonreír.
Alma respiró hondo.
—Fui yo.
Nadie habló.
—Yo elegí cuál de nosotras iba a salir de la mansión —continuó—. Yo elegí qué nombre iba a llevar la niña que volviera. Y yo fui quien le pidió a Mateo que te sacara de acá.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué? —pregunté.
Alma me miró directamente a los ojos.
Y entonces pronunció las palabras que hicieron que todos los recuerdos que creía míos comenzaran a tambalearse.
—Porque la tercera niña no quería matarme a mí, Abril.
Hizo una pausa.
—Te quería muerta a vos.
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