Clara Robles murió la noche en que dio a luz.
El Alpha Adrián De la Vega, el hombre que juró amarla, le arrebató a su cachorro para salvar a Valeria, la falsa hija del linaje Robles. Antes de cerrar los ojos, Clara descubrió la verdad: ella era la verdadera hija de Luna Elena, la heredera de sangre que todos habían dejado sufrir.
Pero la Diosa Luna le dio otra oportunidad.
Al despertar años antes de su tragedia, Clara ya no quiere amor, promesas ni un segundo vínculo impuesto. Quiere salvar a su madre, recuperar su lugar y hacer pagar a Valeria, Mireya y Adrián por todo lo que le quitaron.
Lo que no esperaba era cruzarse con Gael De la Vega, el temido Alpha del Umbral: frío, peligroso, marcado por una maldición de sangre... y unido a ella por un antiguo pacto de luna.
Adrián quiere recuperarla.
Valeria quiere robarle el destino otra vez.
Pero esta vez Clara no será la loba sacrificada.
Esta vez será la Luna que todos debieron temer.
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Capítulo 20
Capítulo 20
Rodrigo durmió en el ala de Mireya.
Al amanecer, llegó al cuarto de Valeria lleno de enojo.
—Elena se está volviendo inútil.
Una criada fue por la Luna. Volvió temblando.
—La Luna descansa.
—¿Descansa? —Rodrigo golpeó la mesa—. ¿Desde cuándo una Luna duerme mientras su hija sangra?
Clara entró antes que Elena.
—Desde que su cuerpo no es depósito de remedios.
Rodrigo la miró con desprecio.
—Cada día tienes menos reglas.
—¿Dormir es delito en Robles?
Valeria comenzó a llorar.
—Padre, me duele la cabeza. Mamá ni siquiera vino.
Clara respondió con calma.
—Quizá el altar lunar la castigó por profanar la ofrenda.
Rodrigo alzó la mano.
Clara dobló las rodillas y se dejó caer contra Rosa.
—¿Va a matarme otra vez?
Rodrigo recordó la herida de la espalda. Bajó la mano.
—Basta. Elena se ha desgastado por años. Valeria, toma tu remedio.
Se marchó.
Valeria tiró el cuenco al suelo.
—¡Amargo!
Mireya la consoló.
—Encontré a alguien del linaje oculto. En tu ceremonia sabrás todo.
—¿De verdad?
—Nunca le mentiría.
Valeria la miró con amenaza.
—Si me engañas, te mato.
Mireya sonrió con dolor.
—No la engañaré.
En la Casa del Umbral, Adrián rompía cosas.
Sus espías no habían encontrado al hombre de negro que lo golpeó.
Esa tarde, al intentar entrar en Robles, se topó con Valeria saliendo a escondidas. Ella levantó el velo.
—Alpha Adrián, ayúdeme. Estoy aburrida de estar encerrada.
Adrián no supo por qué no pudo negarse.
La cubrió con su capa y la sacó por un acceso lateral.
En el callejón, Valeria le contó lo que le convenía: Clara se metía entre ella y su madre, Clara arruinó su pacto con el Alpha Heredero, Clara quería robarle todo.
Adrián la escuchó con el pecho raro.
Valeria era orgullosa, herida, brillante.
Clara era terca, fría, incómoda.
Un hombre enmascarado apareció con una espada.
Era una escena armada por Adrián para hacer que Clara volviera a admirarlo. Pero Valeria se movió primero.
—¡Cuidado!
Se interpuso.
La hoja le abrió el hombro.
El atacante dudó. Adrián también.
Valeria cayó contra él.
—Mientras usted viva... yo estoy bien.
Adrián la cargó de regreso a Robles con el corazón latiéndole de una forma nueva.
Rodrigo escuchó la historia y llevó a Adrián al recinto principal.
—¿Cree que fue el Alpha Heredero?
Adrián sudó frío.
—No se precipite.
Pero Rodrigo ya pensaba en política. El Alpha Heredero había retirado la propuesta por Valeria; quizá seguía interesado. Quizá no convenía enfrentarlo. Quizá Adrián era mejor aliado de lo que parecía.
—Clara siempre lo ha admirado —dijo Rodrigo—. En su ceremonia de mayoría, si le interesa, puedo entregársela como segundo vínculo.
Adrián pensó en Valeria y aun así aceptó.
—Lo consideraré.
En el ala de Valeria, Mireya habló al oído de su hija.
—Además, existe un pacto antiguo con Alpha Gael. Cuando naciste, la madre de Gael entregó un medallón de obsidiana partido. Quería unir a su hijo con la hija de Luna Elena.
Valeria se incorporó, radiante.
—¿Tengo pacto con Alpha Gael?
—Eso parece.
Valeria fue al ala principal sin avisar.
—Mamá, ¿dónde está el medallón?
Elena se cansó de fingir.
—No hay pacto para ti.
—Miente. Mireya lo sabe.
—Mireya es una compañera menor. ¿Ahora crees en ella más que en mí?
Valeria golpeó la mesa.
—¿Quiere darle mi medallón a Clara?
Elena no lo negó.
El medallón era de su hija.
De Clara.
—Valeria, escuché que el Alpha Heredero podría volver a pedirte. No juegues con varios pactos.
—El Heredero es violento. Adrián es débil. Gael es poder.
Elena la miró como si viera a una extraña.
—Aléjate de Mireya.
—Aléjese usted de Clara.
Elena respondió sin titubear:
—No puedo.
Valeria quedó lívida.
—Entonces no me mande. Ojalá Mireya fuera mi madre. Ella sí sabe pelear por lo que quiere.
Cuando se fue, Inés preparó una infusión de hierbas.
—Luna...
Elena tomó la taza.
—No estoy triste. Por fin la veo.
—Clara fue a la galería.
Elena sonrió.
—Mándale el mortero de piedra verde y dos criadas útiles. Todo lo bonito que encuentre, que vaya a su ala.
Clara, mientras tanto, llegó a una casa pequeña donde vivía el hombre que la otra vida había llamado maestro.
Joaquín Cárdenas no quiso recibirla.
—No veo a nadie.
El joven que barría le susurró:
—Es la pintora que firma como Clara.
El viejo salió como tormenta.
—¿Tú eres la que copia mis trazos?
Clara sintió que se le llenaban los ojos.
—Vine a verlo, maestro.
—¿Quién es tu maestro? No te aproveches de mi edad.
En el estudio le arrojó varios lienzos.
—Explícame esto. Mi técnica, mi ritmo, hasta mis pausas.
Clara sonrió.
—Me llamo Clara. Si escribo "Clara" en mis obras, no es por robarle.
—No tengo discípulos.
—Entonces acépteme hoy.
Se arrodilló y le ofreció la infusión.
El ayudante abrió la boca.
—No pierda tiempo. Joaquín jamás...
El viejo tomó la taza.
—Desde hoy eres mi única discípula.
El ayudante dejó caer la escoba.
—¿Y mis diez años barriendo?
—Te hicieron fuerte —dijo Joaquín—. Si quieres aprender, mira mientras barres.
Clara tocó el suelo con la frente.
—Gracias, maestro.
Joaquín la miró de pronto con severidad.
—Y escucha bien. Mi discípula no vuelve a morir estúpidamente por un hombre.
Clara se estremeció.
—Lo prometo.
Al atardecer, Gael llegó a ver al viejo.
Joaquín sonreía como niño.
—Acabo de aceptar una discípula. Clara Robles. Tendrías que conocerla.
Gael miró la esquina de tela que desaparecía en la calle.
—Ya la conozco.
—¿Y?
—Cuidado con consentirla. Tiene garras.
Joaquín rió.
—Mejor.
Elena y Rodrigo
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CAÍDA, es cuando "se queda con una mano adelante y otra atrás", "chiflando en la loma" sin perro que le ladre, junto con su madre e hija.🤷♀️🧐😈😈😈😈