Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
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ROSA
Al día siguiente por la mañana. Sofía, al ver que Carolina estaba un poco más estable (aunque seguía callada y con los ojos hinchados), decidió regresar al trabajo. La abrazó fuerte antes de irse.
—Cualquier cosa me llamas, ¿eh? Aunque sea para que te traiga sopa o para quedarme otra noche. No estás sola.
Carolina solo asintió y Sofía le dio un beso en la mejilla. Cuando la puerta se cerró, el departamento quedó en un silencio pesado.
Se sentó frente a la computadora en su pequeña oficina. Decidió revisar los comentarios de los últimos videos y volver a publicar algunos para mantener la actividad del canal.
Había decenas de mensajes cariñosos:
“Cuídate mucho, Caro ❤️”
“Tómate el tiempo que necesites, te esperamos”
“Eres la mejor, recupérate pronto.”
Carolina sonrió con una mueca triste. Sabía que les había mentido a todos con lo de la “enfermedad”. Se sentía culpable, pero no tenía fuerzas para explicar la verdad.
Estuvo ahí toda la mañana, se comió un paquete entero de salchichas a mediodía y en la tarde se la pasó viendo vídeos mecánicamente en la computadora sin tener ganas de hacerlo.
De pronto, escuchó el ruido de la puerta de entrada.
Carolina, sin levantar la vista de la pantalla y con voz desganada, gritó:
—Estoy en la oficina…
Los pasos que se escucharon no eran los ligeros y rápidos de Sofía. Eran firmes, decididos, con el taconeo característico de zapatos duros sobre el piso. Carolina se quedó de piedra. Reconoció ese andar al instante. El corazón se le aceleró y un nudo se le formó en la garganta.
—Este lugar huele a animal muerto… —dijo una voz áspera y cortante desde el pasillo.
Doña Rosa entró en la oficina sin pedir permiso. Era una mujer pequeña y blanca, como su hija, pero delgada, correosa y de facciones duras. Llevaba el cabello corto y teñido de negro azabache, ropa impecable aunque sencilla, y esa expresión perpetua de descontento que Carolina conocía demasiado bien.
Madre e hija siempre habían sido como agua y aceite: chocaban constantemente, y Rosa nunca había entendido (ni aceptado) la forma de ser de su única hija.
Carolina se levantó lentamente de la silla, sintiéndose de pronto muy pequeña.
—Mamá… ¿Qué haces aquí?
Doña Rosa miró alrededor con evidente disgusto: el escritorio lleno de figuras de Nintendo, los posters de Zelda y Animal Crossing, la luz suave que Carolina usaba para grabar. Arrugó la nariz.
—¡Estaba preocupada! Vine porque no contestas mis llamadas desde hace días. Tu teléfono está muerto o bloqueado, no sé. Y como siempre, tengo que venir hasta acá a ver qué pasa contigo.
Se acercó un poco más y la miró de arriba abajo. Carolina todavía llevaba el blusón holgado con el que había dormido, el cabello largo y castaño sin peinar y ojeras profundas.
—Mírate… pareces un desastre. ¿Otra vez con esa tontería de los jueguitos? ¿Por eso no contestas? ¿O es que estás metida en algo raro?
Carolina bajó la mirada, apretando los puños a los lados de su cuerpo. Su voz salió bajita y temblorosa, casi como un susurro roto:
—No estoy metida en nada raro, mamá. Solo… no me he sentido bien.
Doña Rosa soltó un bufido.
—Siempre con la misma excusa. “No me he sentido bien”. Desde que eras niña es lo mismo. Si no fuera porque Sofía me dijo que estabas aquí, ni siquiera sabría si sigues viva. ¿Qué te pasa ahora? ¿Otra depresión por esos videos que nadie ve?
Carolina sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero las contuvo con fuerza. No quería llorar delante de su madre. No otra vez.
—Mamá… por favor. No es un buen momento.
Rosa cruzó los brazos y la miró con esa dureza que siempre había tenido.
—Nunca es un buen momento contigo. Soy tu madre y tengo derecho a saber qué está pasando. Así que habla. ¿Qué te tiene tan mal que ni siquiera puedes contestar el teléfono?
El silencio se hizo pesado en la pequeña oficina. Carolina sentía el peso de la mirada de su madre como una losa.
—¿Y cómo entraste? No sabía que tenías llave de este departamento.
Doña Rosa levantó la barbilla con aire triunfante, casi orgulloso.
—No subestimes el poder de tu madre.
En realidad la puerta no estaba cerrada con llave, pero eso no se lo iba a decir a su hija.
Carolina sintió una mezcla de molestia y resignación. Su madre siempre encontraba la manera de salirse con la suya.
—Pero dime —continuó Rosa, mirándola de arriba a abajo con desdén—, ¿no volverás a decirme que estás deprimida, verdad? Tú lo que necesitas es dejar de pensar tanto en tus problemas y no te estás cuidando nada. ¡Mira nada más cómo estás!
—Mamá… —murmuró Carolina, con la voz ya cansada.
—¡Saca la lengua!
—¡MAMÁ!
—Saca la lengua —repitió Doña Rosa en un tono seco, casi militar, que no admitía réplica.
Carolina, derrotada y avergonzada, obedeció. Sacó la lengua. Su madre ya tenía un pañuelo limpio en la mano; lo mojó con saliva de la lengua de su hija y, sin pedir permiso, comenzó a limpiarle la cara como si fuera una niña pequeña. Le pasó el pañuelo por las mejillas, la frente y la barbilla con movimientos firmes.
—Así está mejor —dijo Doña Rosa, satisfecha y triunfante.
Carolina se sentó molesta en su silla gamer, hundiendo los hombros.
Su madre se acomodó en la otra silla y empezó a contarle todo lo que había hecho en las últimas semanas: la discusión con la vecina del segundo piso, el precio de las tortillas, que la carne estaba muy cara, y cómo había regañado al carnicero por darle un corte malo. Cosas sin mucha importancia, pero que Rosa relataba como si fueran eventos de gran trascendencia.
La plática duró casi media hora. Carolina respondía con monosílabos mientras apretaba con fuerza su silla Gamer y doblaba con fuerza los dedos de sus pies, sintiendo cómo esa frustración familiar empezaba a cubrir, poco a poco, la tristeza profunda que traía desde la fallida cita.
Su madre tenía ese efecto: lograba sacarla de casillas tan fácilmente que la depresión quedaba temporalmente desplazada por el incordio.
Cuando Doña Rosa fue al baño, Carolina se quedó sola un momento, mirando la pantalla de la computadora. “¿Cómo es que siempre logra esto?”, pensó. Esa mezcla de enojo y resignación era casi reconfortante comparada con el vacío que sentía antes.
Su madre regresó del baño y anunció sin preguntar:
—No creo que hayas comido nada decente. Mientras estaba en el servicio, pedí un par de ensaladas de ese lugar que te gusta. Deben llegar en unos minutos.
La tripa de Carolina gruñó traicionera al recordar la ensalada con queso de cabra, pollo a la leña, nueces y aderezo de miel. Asintió sin decir nada.
Cuando las ensaladas llegaron comieron en silencio, sentadas una frente a la otra en una mesa pequeña. Carolina picoteaba la comida sin mucho entusiasmo, mientras su madre comía con apetito y seguía hablando de trivialidades.
Justo cuando estaban a media ensalada, cuando tocaron a la puerta.
Carolina levantó la cabeza, extrañada.
Sofía entró cargando una bolsa con botes de helado y hablando antes de ver la escena completa:
—Caro, la puerta está sin llave. Salí temprano, dije que me sentía enferma, ¿Cómo… sigues?—
Se detuvo en seco al ver a Doña Rosa sentada a la mesa, con el tenedor en la mano y una mirada acusadora clavada en las dos.
El silencio fue inmediato y denso.
Doña Rosa arqueó una ceja y dejó el tenedor lentamente sobre el plato.
—Vaya… qué sorpresa —dijo con voz cortante, mirando alternadamente a Sofía y a su hija—. Así que las dos están enfermas al mismo tiempo. Qué casualidad tan conveniente.
Sofía se quedó parada en la entrada, con la bolsa del helado en la mano y cara de “me atraparon”. Carolina cerró los ojos un segundo, sintiendo cómo la tensión volvía a subir.
—Mamá… —empezó Carolina, pero Doña Rosa la interrumpió.
—No, no. Expliquenme. Porque yo vine porque mi hija no contestaba el teléfono, y ahora resulta que su “mejor amiga” también está “enferma” y trae helado como si fuera una fiesta. ¿Alguien me va a decir qué está pasando aquí de verdad?
Sofía miró a Carolina buscando apoyo, pero esta solo bajó la mirada hacia su ensalada a medio comer, sintiéndose atrapada entre su madre y su amiga.
El ambiente en el departamento, que ya era pesado, se volvió aún más incómodo.