*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
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*CAPÍTULO 19*
Elira no viajó con el motor.
Una duquesa que abandona su ducado para escoltar un carro de hierro es una duquesa que no confía en su gente.
Y Elira confiaba.
“Ryn va al frente,” dijo Mira, repasando la lista por tercera vez. “Dos guardias de la mina, tres de los míos. Ruta larga, sin pueblos. Llegan en diez días si no hay retrasos.”
“Que no los haya,” dijo Elira.
Ryn estaba en el patio con el convoy listo antes del amanecer.
Sin discurso. Sin promesas. Solo asintió cuando Elira salió a verlos partir.
“Diez días,” dijo.
“Diez días,” respondió Elira.
El carro se movió con el primer rayo de sol. Pesado, cubierto con lona encerada, asegurado con cadenas nuevas.
Seis hombres. Un objetivo. Y nada más.
*Día 4.*
El viaje era monótono.
Bosque, camino de tierra, puente viejo, río.
Ryn marcaba el paso. No hablaba con los guardias más de lo necesario. No hacía falta.
Cada uno sabía lo que pasaría si fallaban.
Por la noche montaban guardia en turnos de dos.
El motor iba en el centro, rodeado por el carro reforzado.
Nadie se acercó.
Los rumores de Valemot viajaban más rápido que los bandidos.
*Día 7.*
La lluvia cayó dos días seguidos.
El camino se hizo barro, las ruedas se hundieron, los caballos resbalaban.
Ryn hizo parar el convoy al mediodía.
“Descargamos la mitad,” ordenó. “Pasamos el motor en dos viajes si hace falta. No se rompe y no se atasca.”
Los guardias refunfuñaron, pero obedecieron.
Trabajaron hasta tarde con antorchas.
Al amanecer, el carro salió del paso sin un rasguño.
Ryn revisó las correas una vez más.
“Seguimos,” dijo.
*Día 9.*
Las torres negras aparecieron en el horizonte al mediodía.
El aire olía a humo de fragua y a sal del río norteño.
Ryn aflojó los hombros por primera vez en nueve días.
“Entregamos hoy,” dijo a los guardias. “Sin errores en la última milla.”
El carruaje entró por la puerta norte justo cuando cambiaban la guardia.
Los soldados del fuerte se detuvieron a mirar.
No todos los días llegaba un carro con algo que podía doblar murallas.
*Día 10. Entrega.*
Cassian estaba ahí. Con sus guardias personales, de pie junto a la puerta interior, mirando el carro entrar.
Ryn bajó del pescante y se arrodilló.
“Entregado, Majestad. A tiempo. Intacto.”
Cassian no respondió de inmediato.
Se acercó al carro, apartó la lona con una mano, pasó los dedos por el metal del motor.
“Funciona,” dijo. No era una pregunta.
“Funciona,” confirmó Ryn.
Cassian asintió.
“Dile a la Duquesa que cumplió,” dijo. “Y dile que el siguiente proyecto empieza mañana. Le mando los planos con el mismo carruaje de regreso.”
Ryn asintió. No preguntó más.
Cassian miró el camino sur por un momento.
“Que sepa que Valemot trabaja mejor que toda la capital junta,” dijo.
Ryn guardó las palabras.
*Regreso.*
El carruaje de vuelta salió antes del anochecer.
Esta vez sin carga pesada. Solo un tubo sellado atado al asiento de Ryn.
Los guardias iban más relajados. El trabajo duro había terminado.
Ryn no durmió en el camino.
No porque tuviera miedo.
Porque no quería fallar en lo último.
Ryn llegó sin incidentes, justo antes de la medianoche.
Las puertas se abrieron en silencio.
Mira lo esperaba en el patio con dos guardias.
“¿Todo bien?” preguntó Mira.
“Todo bien,” dijo Ryn. Bajó del carro y puso el tubo sellado sobre la mesa del patio.
“Planos de su majestad,” dijo. “Dice que empiecen mañana.”
Mira envió a una sirvienta a despertar a Elira.
No hizo falta. Elira ya estaba bajando por la escalera, con la capa puesta y el pelo suelto.
Elira rompió el sello sin preguntar.
Eran los planos de una torre móvil. Más grande que el motor. Más simple de construir.
Hecha para terminar la guerra del norte rápido.
“Cumplimos,” dijo Mira desde la puerta.
“Cumplimos,” dijo Elira. Miró el plano. “Y ahora cumpliremos otra vez.”
Se giró hacia Ryn.
“Descansa. Mañana empiezas con Kaden. Necesito esa torre lista en seis semanas.”
“Sí, mi señora,” dijo Ryn.
Cuando se fueron, Elira se quedó sola con el plano y el mapa de Valemot.
Las minas producían. Los hombres trabajaban. Los enemigos estaban muertos o callados.
Por primera vez en meses, todo iba según el plan.
Afuera, el cuervo graznó una vez.
Sin prisa. Sin advertencia.
Solo para recordar que el trabajo seguía.
Elira dobló el plano y lo guardó.
Mañana empezaba otra fase.
Y esta vez, sabía que Cassian vendría a verlo con sus propios ojos.
*Fin del Capítulo 19.*
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️