Ella fue condenada a muerte por el príncipe heredero, su propio esposo. Los dioses, apiadados de su destino, le dieron una segunda oportunidad. Ahora ha regresado con un solo propósito: cambiar su historia y lograr que él se enamore de ella.
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Cap19: La primera amenaza
El sol apenas había salido cuando las campanas del palacio comenzaron a sonar con fuerza, un estruendo que se extendió por cada rincón del reino. Los mensajeros llegaban uno tras otro, sus rostros sudorosos, sus ropas desgastadas por el viaje apresurado. Cada carta que entregaban confirmaba lo inevitable: Drakonia había comenzado a moverse.
En el norte, aldeas enteras habían sido saqueadas por mercenarios disfrazados de comerciantes. En el sur, los campos ardían bajo el fuego de grupos armados que se infiltraban en la noche. En el oeste, los puertos reportaban barcos desconocidos que se acercaban demasiado a las costas, vigilando, esperando el momento oportuno para atacar. El reino entero estaba rodeado.
William se encontraba en el gran salón, su mirada fija en los mapas extendidos sobre la mesa. Los generales hablaban en voz alta, discutiendo estrategias, trazando rutas de defensa, pero el silencio se imponía cada vez que él levantaba la mano.
—Drakonia no busca una victoria rápida —dijo con voz grave—. Pretenden desgastar nuestras fuerzas, quebrar nuestra voluntad.
Yo avancé un paso, mi voz firme resonando en el aire. —Entonces debemos demostrarles que Forth no se rinde. Cada provincia debe estar preparada, cada hombre y cada mujer debe comprender que esta guerra decidirá nuestro futuro.
Los nobles asintieron, algunos con miedo en sus ojos, otros con rabia contenida. El duque Veyra golpeó el suelo con su bastón. —No podemos esperar a que ataquen. Debemos adelantarnos, debemos mostrarles que el reino entero está unido.
Las órdenes comenzaron a fluir. Los mensajeros partieron hacia las provincias, llevando la orden de preparación. Los herreros trabajaban día y noche, el sonido del metal resonando en cada rincón del palacio. Los soldados entrenaban sin descanso, sus gritos de esfuerzo mezclándose con el estruendo de las armas. El aire estaba cargado de tensión, pero también de esperanza.
Esa noche, el palacio no durmió. Las antorchas iluminaban los patios, los soldados marchaban en formación, los nobles discutían estrategias en interminables reuniones. El pueblo comenzaba a comprender la magnitud de la amenaza, y aunque el miedo estaba presente, también lo estaba la determinación.
William y yo recorríamos los pasillos, observando cada detalle. Su mano en la mía, su mirada fija en mí.
—Elara —dijo en voz baja—, esta guerra pondrá a prueba todo lo que somos. Nuestro amor, nuestro reinado, nuestra fuerza.
Lo miré con firmeza, mi corazón ardiendo con determinación. —Entonces no debemos temer. Porque juntos somos invencibles.
William sonrió, una sonrisa cargada de orgullo y amor. Me abrazó con fuerza, como si quisiera protegerme de todo lo que estaba por venir. Y en ese instante, supe que no importaba cuán grande fuera la tormenta. Mientras estuviéramos juntos, nada podría destruirnos.
Las campanas resonaron nuevamente, más fuertes que antes. El Consejo de Guerra había tomado su decisión: Forth se prepararía para enfrentar a Drakonia. No sería una batalla aislada, sería una guerra que decidiría el destino del reino entero.
Los mensajeros partieron hacia las provincias, llevando la orden de preparación. Los aldeanos se armaron con lo que tenían, los líderes comenzaron a organizar patrullas, y los nobles discutían alianzas y recursos. El reino entero debía estar listo.
Drakonia no se detendría hasta ver a Forth arrodillado. Y yo no permitiría que eso ocurriera.
Las noches siguientes fueron un torbellino de actividad. Los herreros forjaban espadas y armaduras, los soldados entrenaban en los patios del palacio, y los nobles discutían estrategias en interminables reuniones. El pueblo comenzaba a comprender la magnitud de la amenaza, y aunque el miedo estaba presente, también lo estaba la esperanza.
William y yo recorríamos las provincias, hablando con los líderes, organizando las defensas, asegurándonos de que cada rincón del reino estuviera preparado. En cada lugar, el pueblo nos recibía con respeto, algunos con admiración, otros con cautela. Pero todos coincidían en algo: no estaban solos.
El viento soplaba con fuerza, como un presagio de lo que estaba por venir. La guerra se acercaba, y con ella, la verdadera prueba de nuestro amor y de nuestro reinado.
Las campanas resonaron en cada torre del reino, no como un llamado a misa, sino como un aviso de preparación. El rugido del reino comenzaba a despertar, y Drakonia pronto descubriría que Forth no se arrodillaría ante nadie.