"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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La grieta en la armadura
La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral, pero Alessandra no podía dormir. Las palabras de Damian en el pasillo —"Te veo tanto que me aterra"— se repetían en su mente. Necesitaba confirmar que él no era el hombre vulnerable que había vislumbrado por un segundo.
Al pasar frente al despacho, vio una luz tenue. Damian estaba sentado frente a la chimenea apagada, con una botella de vodka a medio terminar. Sin chaqueta y con la camisa desabrochada, se veía extrañamente humano.
—¿Has venido a regodearte, Alessandra? —soltó él sin mirarla. Su voz era áspera, cargada de una fatiga que intentaba ocultar con desprecio.
—No busco victorias, Damian. Solo buscaba un poco de paz —respondió ella, entrando lentamente.
—Paz. Qué palabra tan estúpida —él soltó una risa seca—. En este mundo solo hay treguas antes de la próxima traición. Tu padre lo sabe bien. Y tú deberías aprenderlo si quieres sobrevivir a lo que viene.
Alessandra se acercó, notando que la mano de Damian apretaba el vaso con fuerza.
—Estás bebiendo porque te asusta lo que dijiste en el pasillo. Te asusta que yo no sea solo una cifra en tus libros de contabilidad.
Damian se puso de pie de golpe. Se acercó a ella con dos zancadas, acorralándola contra la estantería. Su aliento olía a alcohol y su mirada era gélida, tratando de recuperar esa "fealdad" que lo protegía del mundo.
—No te creas tan importante —siseó él, pegando su cuerpo al de ella para intimidarla—. No creas que porque hoy te defendí ante los guardias, tienes derecho a analizarme. Sigues siendo la hija del hombre que me debe millones. Eres una moneda de cambio, Alessandra. Nada más que una deuda con un rostro bonito.
—Mientes —susurró ella, aunque su corazón latía con fuerza—. Si fuera solo eso, no estarías aquí bebiendo a oscuras para intentar borrar mi imagen de tu cabeza.
Damian apretó los dientes, su rostro a milímetros del de ella. La furia y el deseo colisionaban. Él bajó la cabeza, apoyando su frente contra la de ella, cerrando los ojos con una mezcla de odio y necesidad.
—Vete —susurró él, pero sus manos se cerraron en la cintura de ella, reteniéndola con una posesividad violenta—. Vete antes de que decida que la única forma de que te calles es recordándote, de la forma más cruda posible, a quién le perteneces ahora.
Fue una amenaza fría, pero sus manos temblaban. Alessandra no se movió por unos segundos, desafiando la poca cordura que le quedaba al hombre que la sujetaba. El aire entre ellos estaba saturado de una tensión que amenazaba con consumirlos. Sin embargo, al ver el rastro de tormento en los ojos de Damian, ella comprendió que forzar ese momento solo los destruiría a ambos antes de tiempo.
Con un movimiento lento, ella se liberó de su agarre. Damian no hizo nada por detenerla, aunque sus dedos rozaron la tela de su vestido como si no quisieran dejarla ir. Alessandra dio media vuelta y salió del despacho sin mirar atrás, sintiendo el peso de su mirada quemándole la espalda hasta que cruzó el umbral.
Caminó por los pasillos en sombras, con el corazón martilleando contra sus costillas a un ritmo frenético. Al llegar a su habitación, cerró la puerta con cuidado y se apoyó contra la madera, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo. Se sentía mareada, confundida por la vulnerabilidad agresiva de Damian. Se despojó de sus zapatos y se hundió en la cama, envolviéndose en las sábanas de seda fría que, a pesar de su lujo, se sentían como cadenas. Mientras miraba el techo en la oscuridad, Alessandra supo que esa noche algo se había roto definitivamente. Ya no era solo una prisionera y él su captor; ahora eran dos almas en guerra, atrapadas en una casa donde la verdad era el arma más peligrosa de todas.