Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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El codigo de la libertad
El cronómetro en la pantalla principal brillaba con un rojo sangriento: 08:42. El sonido del aire siendo succionado de la habitación era un silbido constante que me taladraba los oídos. Ernesto ya estaba junto a una de las planchas de acero, golpeándola con la culata de su arma y buscando algún punto débil en las juntas, pero el metal ni siquiera se inmutaba.
—¡Elena, no pongas la mano en ese escáner! —gritó Ernesto, su respiración empezando a volverse más pesada por el esfuerzo y la falta de oxígeno—. ¡Es una trampa, aunque le des lo que quiere, no nos dejará salir vivos!
Isabel, desde la pantalla, nos observaba con la curiosidad de un científico mirando a dos insectos en un frasco.
—Él tiene razón, sobrina. Ernesto siempre fue muy perspicaz —dijo Isabel, cruzando sus dedos delgados—. Pero tú eres una Noir. Sabes que en los negocios, a veces hay que sacrificar una pieza para salvar el resto del tablero. Pon tu mano ahí, firma el traspaso, y quizás, solo quizás, sea misericordiosa.
Miré a Ernesto. Se estaba quitando la chaqueta, sudando a pesar del frío gélido de la sala. Sus ojos se encontraron con los míos y vi algo que nunca esperé ver en él: miedo. Pero no miedo por su vida, sino por lo que yo estaba a punto de perder por su culpa.
—No voy a dejarte morir —susurré, tan bajo que solo él pudiera oírme.
Caminé hacia la consola. Mi mente trabajaba a mil por hora, repasando las últimas páginas del diario de mi padre. Había una frase que me había parecido un delirio de un hombre moribundo: "En el corazón de la Alondra, el número de la verdad siempre es el cero".
No era una metáfora. Era una instrucción técnica.
Acerqué mi mano al escáner, pero antes de tocar el cristal, busqué el teclado manual oculto bajo el borde del panel de acero. Mis dedos se movieron con una rapidez nacida del pánico puro. Si mi padre había diseñado parte de este sistema para el Consejo, debía haber dejado una "puerta trasera".
—¿Qué estás haciendo, Elena? —preguntó Isabel, su voz perdiendo parte de su calma—. ¡Pon la mano en el sensor ahora!
—Lo que mi padre me enseñó, tía —respondí, mi voz vibrando con una furia nueva—. Que el poder no es algo que se pide, es algo que se toma.
Ingresé la secuencia que había memorizado del diario: la fecha de nacimiento de mi madre seguida de una cadena de ceros que representaba la anulación del contrato original.
De repente, las pantallas empezaron a parpadear. El color azul eléctrico se volvió un naranja de advertencia. Las luces de la habitación estallaron y una sirena de emergencia empezó a aullar. El sistema de extracción de aire se detuvo en seco y, con un estruendo hidráulico, las planchas de acero empezaron a subir lentamente.
—¡No! —rugió Isabel desde la pantalla antes de que la imagen se distorsionara y se fundiera a negro—. ¡Creen que han ganado, pero acaban de activar la autodestrucción del servidor! ¡Van a volar en pedazos con ese edificio!
Ernesto corrió hacia mí, me tomó de la cintura y me levantó del suelo mientras las chispas saltaban de las consolas de control.
—¡Tenemos que salir de aquí, ya! —gritó sobre el ruido de la alarma.
Corrimos por el vestíbulo de "El Olivar" mientras el suelo empezaba a vibrar. El olor a ozono y a cables quemados llenaba el aire. Justo cuando cruzamos el umbral de la puerta principal y nos lanzamos hacia la grava del jardín, una explosión interna sacudió la mansión. Los cristales de las ventanas superiores estallaron, bañándonos en una lluvia de fragmentos brillantes.
Rodamos por la hierba seca hasta quedar a una distancia segura. Me quedé tumbada de espaldas, jadeando, mirando el cielo del amanecer mientras el humo negro empezaba a salir de la casa de mi infancia. Ernesto se incorporó a mi lado, sangrando por un corte en el brazo, pero con una sonrisa que iluminaba su rostro cansado.
—Lo hiciste, Elena —dijo, tomándome el rostro entre sus manos—. No solo nos salvaste, acabas de borrar la base de datos central de Isabel. Sus activos, sus infiltrados... todo lo que estaba en ese servidor físico se ha ido.
—No todo —dije, sacando una pequeña unidad de memoria que había logrado conectar y retirar del panel en el último segundo—. Mi padre me dejó el código para entrar, pero yo decidí quedarme con las pruebas antes de quemar el lugar. Ahora tenemos la lista de los traidores.
Ernesto se rió, una risa limpia y llena de orgullo. Me besó con una pasión que selló nuestra victoria en las ruinas del imperio de mi familia. Ya no éramos fugitivos sin recursos; ahora teníamos el arma definitiva para limpiar nuestros nombres.
—El peligro de amarte —susurró él contra mis labios— es que me has convertido en un hombre que no puede vivir sin tu fuego.
Pero nuestra celebración fue corta. A lo lejos, el sonido de sirenas de policía —las reales o las de Isabel— empezaba a acercarse. La guerra aún no terminaba, pero por primera vez, nosotros teníamos el control de las piezas.