Haberle querido fue un error, pero seguía deseándole…
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Capítulo 23
Tomaron un taxi. Dan estaba relajado y sosegado, claramente dispuesto a complacer a la mujer sentada a su lado. Ella le había pedido que fueran andando hasta la esquina y pararan un taxi, como se había hecho siempre, porque alquilar un coche con chófer por teléfono no era en absoluto divertido. Dan se inclinó hacia delante para hablar con el taxista.
–La señorita quiere comprarse un perrito caliente en un puesto callejero. ¿Puede ayudarnos?
Por suerte, encontraron lo que Helena quería sin tener que cruzar la ciudad. El taxista detuvo enseguida el vehículo y esperó mientras Helena y Dan compraban agua y perritos calientes con guarnición.
Al volver al taxi, el conductor se dirigió al parque.
–¿Los dejo en algún sitio especial?
–No, donde usted quiera –contestó Dan.
Helena sostenía la gran bolsa en los brazos. Dan había comprado varios perritos, patatas fritas y dos paquetes de galletas de avena. Ella miraba la bolsa con ansia y, de vez en cuando, aspiraba su olor.
El taxista se detuvo en una entrada del parque que no estaba lejos del hotel. Un sendero conducía al centro del parque. Dan pagó al conductor.
–Por aquí –le dijo a Helena. Buscaron un banco que estuviera libre y colocaron la comida entre ambos–. ¿Estás contenta? –preguntó sonriendo.
–Por supuesto –le ofreció un perrito y dio un gran bocado al suyo. Suspiró.
–¿Qué te pasa?
–Nada. Que no es tan bueno como los que venden en el campo de béisbol.
–No dirás que no te lo advertí –dijo él poniéndole un mechón de cabello tras la oreja.
–Me da igual. Aunque el perrito no sea la maravilla culinaria que me esperaba, el entorno compensa más que de sobra. No tenía ni idea de que Central Park fuera tan grande.
–Mide cuatro kilómetros de largo por ochocientos metros de ancho.
–Impresionante –se chupó la mostaza de los dedos, de uno en uno, lo que no era especialmente erótico, pero a Dan se lo pareció–. ¿Vamos después a dar un paseo?
– Por mí, sí. Si quieres.
–Claro –los pantalones cortos que llevaba dejaban al aire sus fuertes y delgadas piernas. Las zapatilla de correr era de color turquesa, a juego con la camiseta.
Se comieron todo, salvo las galletas.
–Cuando volvamos al hotel, podemos pedir el postre al servicio de habitaciones. El restaurante tiene un excelente chef de postres –tiró los dos paquetes de galletas sin abrir a la papelera.
Ella trató de impedírselo, sin conseguirlo. Los paquetes se habían mezclado con helado deshecho, latas vacías y chicle.
–¿Por qué los has tirado? –gritó.
–Han costado dos dólares, Helena. No es para tanto.
–Se los podíamos haber dado a un vagabundo.
De repente volvía a haber tensión entre ellos.
–Lo siento –dijo él con frialdad–. La próxima ves te preguntaré. Vámonos.
Echó a andar con rapidez, estirando con fuerza la pierna y la rodilla operada hasta que los músculos le comenzaron a arder.
Helena caminaba a su lado. Él le mostró el memorial de John Lennon, que había vivido cerca y cuyas cenizas se habían esparcido por el parque, casi cuarenta años antes.
A Helena le encantó la estatua de Alicia en el país de las maravillas, la escultura del grupo de osos y el pequeño lago, donde niños y adultos jugaban con barquitos.
Al llegar al estanque llevaban casi una hora andando a buen paso. Helena se sentó en un escalón de hormigón y se llevó la mano a la frente.
–Vamos a descansar un rato. Este lugar es precioso.
–Es uno de mis preferidos –dijo él sentándose al lado de su encantadora pero impredecible compañera. Estuvo a punto de echarle el brazo por los hombros, pero parecía que no quería que la molestara…