No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.
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Capítulo 14: La anomalía de la estructura
Me quedé quieto en medio del pasillo, viendo cómo la silueta de Hazel se perdía tras la esquina. El murmullo de la universidad volvió poco a poco, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo después de mantenerlo en silencio por error. A mi alrededor, los padres de familia caminaban hacia el estacionamiento comentando las maquetas; algunos estudiantes reían aliviados porque la presión había pasado, y el personal de limpieza ya empezaba a mover las sillas del salón de conferencias con un estruendo metálico que, extrañamente, no me hizo saltar.
Todo seguía funcionando con normalidad. Yo no.
Mis manos, que deberían estar temblando después de lo ocurrido en el cuarto de aseo, solo se sentían extrañamente frías. No por el pánico, sino por la ausencia de algo que mi cuerpo esperaba encontrar y no estaba allí.
Busqué el rastro del trauma con la precisión de alguien que conoce demasiado bien su propio infierno. Esperé las náuseas, el mareo, ese impulso eléctrico que me obligaba a apartar a cualquiera que invadiera mi espacio. Esperé que el fantasma de mi tío o la sombra de mi padre se impusieran sobre el presente.
Pero no llegó nada.
¿Por qué?
Habíamos estado a centímetros. En ese cuarto minúsculo, el aire que yo exhalaba era el mismo que ella respiraba. Sentí el calor de su cuerpo atravesando mi abrigo cuando se aferró a mí, no como quien invade, sino como quien se esconde. Olí la mezcla inconfundible de lluvia y vainilla de su cabello. Fue una invasión total de mi perímetro de seguridad.
Y, sin embargo, mi sistema de alerta permaneció en silencio.
Caminé hacia el vestíbulo principal. El sol de la tarde entraba por los ventanales, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Me crucé con un grupo de chicos que jugaban a empujarse; uno de ellos me rozó el brazo al pasar. Me tensé por instinto, pero la reacción fue débil, como un eco lejano de una alarma que ya no tiene potencia.
Toda estructura tiene una frecuencia de resonancia. Si una fuerza externa vibra a la misma frecuencia que el edificio, no lo quiebra. Se sincroniza con él.
Hazel no había sido una carga de demolición. Ella había sido… un refuerzo.
Esa idea me golpeó con más fuerza que cualquier recuerdo. Si ella podía estar tan cerca sin hacerme daño, entonces toda la soledad que había cultivado durante años no era una fortaleza, sino un error de cálculo. Me llevé la mano al pecho, justo al lugar donde ella se había apoyado. No sentí asco. Sentí una ausencia incómoda, como cuando un edificio pierde una viga de carga y todavía no se ha dado cuenta de que está comprometido.
—Eh.
La voz de Andrés me sacó de mis pensamientos. Caminaba a mi lado, observándome como quien intenta descifrar un idioma nuevo. Detrás de él, Alex mantenía las manos en los bolsillos, observando el pasillo con esa mirada analítica suya que siempre me hacía sentir expuesto.
—¿Todo bien? —preguntó Andrés. Su tono era inusualmente suave, despojado de su broma habitual.
—Sí —respondí demasiado rápido.
Andrés ladeó la cabeza. Vio que mi camisa estaba ligeramente arrugada en el lugar donde Hazel me había sujetado. No dijo nada, pero sus ojos brillaron con una curiosidad que decidió guardarse.
—Estás raro —murmuró al final—. No como siempre. Raro distinto.
No supe qué contestar. Un grupo de estudiantes pasó junto a nosotros riendo ruidosamente, y me di cuenta de que no me había alejado de ellos. Me había quedado allí, en medio de la corriente de gente, sin buscar la pared.
Alex no dijo nada, pero se detuvo cuando dejé que un estudiante cruzara demasiado cerca de mí sin reaccionar. Su mirada pasó de mi rostro a mis manos quietas. Lo notó. Notó que el animal herido no estaba enseñando los dientes hoy.
Seguimos caminando hacia la salida. El campus estaba en esa hora dorada donde todo parece más tranquilo. Andrés volvió a hablar de una queja sobre una clase, pero su voz era un ruido de fondo necesario para que el silencio entre Alex y yo no fuera insoportable.
Cuando nos despedimos en la entrada, Andrés me dio una palmada rápida en el hombro. Un gesto automático. Mi cuerpo no reaccionó. No hubo defensa.
Los tres nos quedamos quietos un segundo de más. Fue un segundo eterno en el que la realidad se reajustó. Alex frunció el ceño, confundido por mi falta de rechazo, y Andrés carraspeó, incómodo, retirando la mano como si acabara de tocar algo sagrado que ya no quemaba.
—Nos vemos mañana, Lennox —dijo Alex, dándome una última mirada antes de girarse.
Yo me quedé allí, viendo cómo se alejaban entre la multitud de estudiantes que salían de clase. La anomalía se expandía dentro de mí. Hazel ya no estaba, pero había dejado una grieta imposible de ignorar. Y por primera vez, no sabía si quería repararla… o entender qué pasaba si la dejaba abierta.