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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 20

Narrador: Leo Ubicación: Tejado del Edificio Residencial "La Cumbre" (Frente a la Torre Eclipse) / Calles de San Lorenzo

El aire en la azotea cortaba como una cuchilla fría. Mateo estaba sentado contra el muro del depósito de agua, envuelto en una de mis sudaderas que le quedaba enorme. Todavía estaba pálido, y sus ojos luchaban por mantenerse enfocados, pero la brisa nocturna parecía estar limpiando el veneno de la clínica de sus pulmones.

—Leo... esto es una locura —susurró Mateo, mirando hacia el abismo de luces que se extendía cien metros más abajo—. Si la policía sube por esas escaleras, no tenemos salida.

—No vamos a salir por las escaleras, Mateo —dije, agitando un bote de spray negro. El sonido de la bola metálica dentro del bote era el único ritmo que importaba—. Esta vez, la salida es a través de la verdad. O a través del aire.

Me giré hacia la Torre Eclipse. Estaba justo enfrente, a menos de cincuenta metros de distancia. Podía ver las oficinas de García iluminadas. Podía ver el logo de la empresa brillando con una arrogancia que me quemaba las entrañas.

—¡Clara! —grité hacia la esquina de la azotea.

Clara estaba agachada frente a una antena de comunicaciones ilegal que había montado en diez minutos. Tenía cables saliendo de sus bolsillos y tres teléfonos pegados con cinta aislante a una batería externa.

—¡Dime! —respondió ella sin apartar la vista de los códigos que corrían por su pantalla.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que rastreen el origen de la señal de interferencia?

—García tiene a los mejores técnicos, pero yo tengo a toda la red de "El Cuervo" —Clara sonrió, una mueca de triunfo en medio del caos—. He creado sesenta puntos de señal falsos en toda la ciudad. Ahora mismo, los helicópteros de la policía están dando vueltas sobre el puerto porque creen que estamos transmitiendo desde allí. Pero no durará. En quince minutos, alguien mirará hacia arriba.

—Es suficiente —dije. Me acerqué a Mateo y le puse una mano en la mejilla—. Necesito que te pongas de pie. Necesito que seas mi modelo una última vez.

Mateo me miró con una mezcla de miedo y devoción.

—¿Qué vas a pintar?

—Voy a pintarnos a nosotros —dije—. Tal como somos. Sin los filtros de tu padre, sin el miedo de García. Voy a pintar el contrato que nos obligaron a firmar y lo voy a romper en la cara de toda la ciudad.

Ayudé a Mateo a levantarse. Estaba débil, pero se mantuvo firme. Lo coloqué justo frente al foco de seguridad que iluminaba la azotea. Su sombra se proyectó gigante sobre la pared blanca del edificio. Una silueta de esperanza en medio del asfalto.

—¡Leo! —gritó Clara—. ¡Estamos en vivo! He puenteado la señal de las pantallas publicitarias de la Avenida Churchill y la de los televisores de los escaparates del centro. Si alguien está mirando una pantalla en esta ciudad, te está viendo a ti.

Me puse la máscara de gas. Sentí el olor del filtro, ese aroma a supervivencia. Agarré dos botes.

—Ciudad de San Lorenzo —dije, sabiendo que mi voz salía distorsionada por el micrófono que Clara había pegado a mi máscara—. Durante meses, nos han dicho que el silencio es paz. Nos han dicho que la verdad se puede trasladar, que se puede comprar y que se puede encerrar en una clínica.

Empecé a trazar. Líneas rápidas, violentas. El negro cortando el blanco.

—¡Ahí está el primero! —gritó Mateo, señalando hacia abajo.

Un coche de policía había frenado en seco en la calle inferior. Dos agentes salieron, mirando hacia arriba con linternas.

—¡Sigue pintando! —me urgió Mateo—. ¡Yo vigilo!

—Esto no es un grafiti —continué, mientras mis manos se movían con una memoria propia—. Esto es un acta de acusación.

Dibujé los ojos de Mateo. Pero no eran los ojos tristes de la clínica. Eran los ojos del chico que me vio pintar por primera vez detrás del gimnasio. Ojos que buscaban libertad. A su alrededor, pinté las manos de Enrique García, manos de piedra que intentaban estrangular un flamboyán en flor.

—¡Leo, los helicópteros están cambiando de rumbo! —advirtió Clara—. ¡Vienen hacia aquí!

El sonido rítmico de las aspas empezó a vibrar en mi pecho. El viento del helicóptero empezó a azotar la azotea, levantando botes de pintura vacíos y haciendo que el pelo de Mateo volara salvajemente.

—¡No te detengas! —gritó Mateo, acercándose a mí. Agarró un bote de rojo—. ¡Déjame ayudarte!

—Mateo, no, estás débil...

—¡He pasado semanas siendo una sombra, Leo! —me arrebató el bote—. ¡Déjame poner un poco de sangre en este muro!

Mateo empezó a pintar. Sus trazos eran erráticos, llenos de la rabia acumulada por las pastillas y el aislamiento. Dibujó llamas en la base de la Torre Eclipse. Dibujó grietas en los cimientos de mármol.

—¡Eso es! —reí, sintiendo una euforia que me hacía sentir invencible—. ¡Qué arda todo!

De repente, un foco inmenso nos cegó desde el cielo. El helicóptero de la policía estaba justo encima.

—¡ATENCIÓN! —tronó una voz desde un altavoz aéreo—. ¡ABANDONEN EL ÁREA INMEDIATAMENTE! ¡ESTÁN BAJO ARRESTO POR VANDALISMO Y SEDICIÓN!

—¡Vete a la mierda! —gritó Mateo hacia el cielo, levantando el dedo corazón—. ¡Venid a buscarnos!

Clara corrió hacia nosotros, protegiéndose los ojos de la luz cegadora.

—¡Leo, la señal es estable! ¡Medio millón de personas están viendo esto en directo! ¡García está saliendo de su oficina! ¡Lo veo desde aquí!

Miré hacia la Torre Eclipse. En el gran ventanal del ático, una figura solitaria estaba de pie. Era Enrique García. Incluso desde aquí, podía sentir su odio. Era una mancha gris en medio del cristal.

—¡Mírame, García! —grité, tirando el bote de pintura negro y agarrando uno dorado—. ¡Mira lo que no puedes comprar!

Pinté la palabra "HIJO" en letras gigantes sobre el rostro de Mateo. Y debajo, en un dorado que brillaba bajo el foco del helicóptero: "NO TIENE PRECIO".

—¡Leo, la puerta de la azotea! —gritó Clara.

Escuchamos golpes violentos contra el metal de la puerta de acceso. La policía estaba aquí.

—¡Mateo, ven aquí! —le agarré del brazo y lo llevé hacia el borde de la azotea, donde habíamos preparado los arneses de escalada de Vanessa.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Mateo, mirando el abismo.

—Vamos a terminar el cuadro —dije.

—¿Cómo?

—¡Clara, suéltalo! —ordené.

Clara pulsó un botón en su mando remoto. Unos cables que cruzaban la calle desde nuestro edificio hasta una viga de construcción de la acera de enfrente se tensaron. Habíamos montado una tirolina improvisada, pero no para huir, sino para desplegar el lienzo final.

Un rollo de lona de veinte metros de largo cayó desde la cornisa.

En la lona, Leo había pintado durante las horas de espera el contrato de confidencialidad que Mateo firmó. Pero estaba tachado con una X roja gigante, y encima, escrito con la letra clara de Clara: "CONTRATO NULO POR FALTA DE HONOR".

—¡Míralo bien, San Lorenzo! —grité al micrófono—. ¡Esta es la cara del poder cuando tiene miedo de dos chicos con pintura!

La puerta de la azotea saltó de sus bisagras. Seis agentes de la unidad de operaciones especiales entraron con escudos y porras.

—¡Al suelo! ¡Ahora! —gritó el comandante.

—No —dijo Mateo, poniéndose delante de mí. Su voz era firme, ya no temblaba—. No vamos a ir a ninguna parte.

—¡Aparataos del borde! —ordenó el oficial.

—¡García! —grité hacia la Torre Eclipse—. ¡Si quieres pararme, ven tú mismo! ¡Deja de mandar a hombres con sueldo mínimo a pelear tus batallas!

Hubo un silencio tenso. El helicóptero seguía rugiendo sobre nosotros, los policías no se atrevían a avanzar por miedo a que saltáramos y creáramos un mártir en vivo ante medio millón de espectadores.

Y entonces, sucedió algo que nadie esperaba.

La figura en la ventana de la Torre Eclipse se movió.

—Señor... tenemos una comunicación —dijo Clara, mirando su tablet con asombro—. García... García quiere hablar.

—¿Qué? —pregunté.

—Ha entrado en la frecuencia de la transmisión —Clara subió el volumen de sus altavoces—. Está saliendo en todas las pantallas.

La voz de Enrique García llenó la azotea, fría y desprovista de toda emoción, pero con una vibración de derrota que me supo a gloria.

—Candelario... Velázquez... —dijo la voz de García—. Habéis hecho mucho ruido. Habéis destruido propiedades, habéis incitado al desorden y habéis puesto en riesgo la seguridad de este estado. Pero entiendo que esto no se trata de vandalismo. Se trata de una negociación.

—¡No hay nada que negociar, García! —gritó Mateo—. ¡Ya no puedes comprarnos!

—Todo el mundo tiene un precio, Mateo —respondió García—. Tu libertad. El futuro de tu amigo. Los cargos criminales que pesan sobre ambos. Puedo hacer que todo desaparezca. Puedo darles becas en el extranjero. Puedo limpiar sus nombres. Solo tienen que bajar de esa azotea, pedir disculpas públicas y decir que todo esto fue una "intervención artística" que se salió de control.

Miré a Mateo. Él me miró a mí.

—¿Qué dices, Leo? —susurró Mateo—. ¿Un ático en París? ¿Pintar sin que nadie nos persiga? ¿Ser libres de verdad?

Me fijé en su cara. En la marca que el pómulo de Vanessa le había dejado, en las ojeras del cautiverio. Miré mis propias manos, agrietadas y sucias.

—Mateo... —dije, acercándome a él—. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste en el túnel? Que buscabas lugares donde no hubiera ruido.

—Sí.

—París tiene mucho ruido. Nueva York tiene mucho ruido. El único sitio donde no hay ruido es donde la verdad se dice en voz alta.

Me giré hacia la cámara de Clara.

—García —dije—. Metas a quien metas en el avión, el Cuervo se queda aquí. No queremos tu dinero. No queremos tus becas manchadas de sangre. Queremos que el San Lorenzo sea de los estudiantes. Queremos que la Clínica de los Ángeles sea intervenida. Y queremos que tú... —hice una pausa, mirando directamente a la cámara— ...pidas perdón a Mateo.

Se hizo un silencio sepulcral en toda la ciudad. Los coches en la calle de abajo habían dejado de pitar. El helicóptero parecía haberse congelado en el aire.

—Nunca —respondió la voz de García, ahora cargada de una furia animal—. No sois nada. Sois polvo en el viento. Oficiales, procedan. Deténganlos usando la fuerza que sea necesaria.

—¡Leo, cuidado! —gritó Clara.

Los policías avanzaron. Levantaron sus escudos.

—¡Salta! —le grité a Mateo, señalando la tirolina.

—¿Qué? ¡No!

—¡Salta tú primero! ¡Yo te sigo! ¡Clara tiene el control del frenado abajo!

—¡No te dejaré aquí! —gritó Mateo, agarrándose a mi chaqueta.

—¡Mateo, si nos cogen a los dos, no habrá nadie para contar la historia! —le puse el mosquetón en el arnés—. ¡Vete! ¡Diles a todos lo que viste en esa clínica! ¡Sé el testigo que él no pudo enterrar!

—¡Leo!

Le empujé. No con odio, sino con el amor más puro que he sentido jamás. Mateo se deslizó por el cable, gritando mi nombre, convirtiéndose en una mancha negra que cruzaba el vacío entre los edificios bajo la luz de los focos.

Me giré hacia los policías. Eran cinco. Yo era uno.

—Venga —dije, abriendo los brazos—. Haced vuestro trabajo. Pero recordad que cada vez que alguien limpie una de mis paredes, habrá diez chicos más con un spray esperando en la esquina.

El primer policía me placó. Sentí el golpe seco contra el hormigón. Mi máscara de gas saltó por los aires. Sentí el sabor de la sangre en la boca y el frío de las esposas apretando mis muñecas.

Me levantaron a rastras. Mientras me llevaban hacia la puerta, miré hacia la tirolina. Mateo había llegado al otro lado. Vi a los chicos de los patinetes rodeándole, protegiéndole, perdiéndose en la oscuridad del edificio de enfrente.

Él estaba a salvo. La verdad estaba fuera.

Pasé por delante de la cámara de Clara antes de que un oficial la pateara y la rompiera.

Sonreí. Una sonrisa de sangre y triunfo.

—Misión cumplida, socio —susurré.

Me bajaron por las escaleras. No hubo sirenas triunfales, solo el sonido de las botas policiales contra el cemento. Pero cuando salimos a la calle, el silencio se rompió.

Cientos de personas estaban allí. No eran manifestantes profesionales. Eran padres, estudiantes, vecinos del barrio, incluso gente trajeada que se había bajado de sus coches.

Todos tenían algo en la mano.

Un spray. Un bote de pintura. Un dibujo del cuervo en un cartón.

—¡Soltad al Cuervo! —empezó a gritar una chica joven.

—¡Soltad al Cuervo! —se unió un hombre mayor.

El grito se convirtió en un rugido que hizo temblar los cristales de la Torre Eclipse.

Vi a Enrique García salir del portal del edificio, rodeado de sus guardaespaldas. Miró a la multitud con asco, pero por primera vez, vi algo más en sus ojos.

Vi duda. Vi el primer indicio de que su imperio de silencio se estaba desmoronando.

Me metieron en el furgón blindado. El portón se cerró, dejándome en penumbra. Pero a través de la pequeña rejilla de ventilación, pude oír cómo la ciudad empezaba a cantar. No era una canción de radio. Era el sonido de mil botes de pintura agitándose al mismo tiempo.

Chaca-chaca-chaca...

La música del cambio.

Me apoyé en la pared del furgón y cerré los ojos. Me dolía todo el cuerpo, pero mi mente estaba en paz.

Había pintado mi última obra.

Foto Generada con Inteligencia Artificial

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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