Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¡No soy juguete de nadie!
La mirada de ambos al separarse, estaba encendida. Los dos deseaban ir más allá, pero era imposible, Sofía no deseaba ser solo un momento de diversión para él, sobre todo porque recordaba el amor incondicional que sentía por Valeria. Llevaba muchos años amándolo en silencio, pero eso no significaba que caería de inmediato rendida a sus pies. Aunque también debía reconocer que Maximiliano no era un hombre que actuaba por impulso, aún así no podía hacerse falsas ilusiones.
Intentó recuperar su compostura alejándose un poco, sabía que había perdido esa batalla, porque una vez más, Maximiliano había logrado derribar todas sus defensas, pero tampoco estaba dispuesto a dejar al descubierto sus emociones.
Cuando Maximiliano volvió a su asiento, el silencio que prosiguió entre ambos ya no era el mismo silencio cargado de tensión romántica. Ahora se percibía algo más pesado. Sofía permanecía inmóvil, con la mirada fija sobre la mesa mientras intentaba regular su respiración. Sus dedos se cerraron lentamente alrededor de la servilleta que aún sostenía, manteniendo el silencio entre ambos.
Finalmente logró recuperar la compostura, se levantó de la mesa con rapidez, tomando su bolso con una determinación evidente. No estaba dispuesta a quedarse ni un segundo más en aquel lugar. Pero Maximiliano no tenía ninguna intención de dejarla ir tan fácilmente, por lo que decidió, se levantó justo cuando ella estaba a punto de alejarse.
— Apártate. — Dijo Sofía con la voz cargada de enojo.
Maximiliano la miró con calma, aunque por dentro estaba completamente desconcertado por como estaban sucediendo las cosas
— Aún no hemos cenado. — Respondió tratando de mantener la calma.
Sofía soltó una breve risa sin humor. Le resultaba gracioso que él dijera eso cuando desde que se encontraron ha estado tratando de provocarla.
— Eso es lo de menos, señor Ferreira. — Respondió con frialdad. — Porque ya me cansé de jugar a la pareja feliz.
Sin esperar respuesta, pasó a su lado como si él no existiera. Maximiliano permaneció inmóvil unos segundos, observando cómo ella se alejaba con paso firme hacia la salida del restaurante. Pero por su mente solo pasaba que esa reacción no estaba en sus planes.
Para ser honesto, había esperado algo diferente. Tal vez una discusión, sarcasmo… incluso celos. Y si realmente se trataba de celos, eso lo habría hecho absurdamente feliz.
Pero esto era distinto. Porque había un enojo real en sus palabras. Sin pensarlo más, salió tras ella. Al salir del restaurante, la vio detenida cerca de la acera, como si estuviera intentando ordenar sus pensamientos. La luz de la calle iluminaba su rostro, todavía tenso por la emoción.
Maximiliano se acercó rápidamente y la tomó del brazo, llevándola hacia un lado del edificio donde había menos gente.
— ¿Se puede saber qué es lo que te pasa? — Exigió Sofía, zafándose de su agarre con evidente molestia.
— Más bien me gustaría saber por qué estás tan molesta. — Respondió él, frunciendo ligeramente el ceño.
Detenidamente la observó con atención. Sofía siempre había sido un misterio para él, ante el mundo se mostraba segura, desafiante, incluso arrogante. Siempre tenía una respuesta mordaz o una sonrisa provocadora lista para desarmarlo. Pero en este momento, la mujer que tenía frente a él… era diferente.
Porque esta vez no había ironía, sino emoción. Al parecer sus verdaderas emociones estaban saliendo a flote, y eso lo intrigaba mucho más.
— Señor Ferreira. — Hablo ella con una sonrisa fría.— No sé qué es lo que está tramando o qué extraña película se ha armado en su cabeza.
— Espera…
— No. — Lo interrumpió con firmeza. — Escúcheme usted a mí. — Dio un paso hacia él, sosteniendo su mirada sin vacilar. — Sea lo que sea que esté intentando hacer… deténgase.
Maximiliano abrió la boca para responder, pero ella continuó. No pensaba darle tregua para que al final terminará envolviéndola con sus palabras.
— No me interesa en lo absoluto convertirme en el juguete de nadie. Y mucho menos en el suyo. — Sus palabras eran claras y afiladas. — Probablemente antes hice o dije algunas cosas por diversión. — Añadió con frialdad. — Pero hasta ahí llega todo. — Sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de orgullo y emoción contenida. — Así que no venga ahora a intentar usarme como si fuera un experimento para resolver sus dudas emocionales… porque le aseguro que eso puede salirle muy caro.
El silencio quedó después de sus palabras estaba lleno de algo que no se podía descifrar. Y antes de que Maximiliano pudiera responder, Sofía simplemente dio media vuelta y comenzó a alejarse, dejándolo allí, inmóvil y sin palabras, completamente desconcertado. Él jamás había imaginado que ella pudiera interpretar todo aquello como un simple juego.
— ¿Max? — La voz suave de su madre lo sacó de sus pensamientos.
— ¿Mamá? ¿Qué haces aquí? — Pregunto completamente sorprendido al verla.
Ella se acercó a él con cautela. Había presenciado parte de la escena desde la distancia, y aunque al principio se alegró al verlos juntos, rápidamente comprendió que algo no estaba bien.
— Salí a comprar algunas cosas… — Respondió con calma. — …y los vi entrar al restaurante. — Sus ojos siguieron el camino por donde Sofía se había marchado. — ¿Qué ha sucedido?
Maximiliano suspiró con frustración. Ni él mismo comprendía lo que había sucedido. Nunca había sido bueno cortejando a una mujer, siempre se había preguntado cómo se había ganado el amor de Valeria, pero luego comprendía que realmente no fue así.
— Nada, mamá. — Él pasó una mano por su cabello. — Solo… fue una discusión.
— Maximiliano… — Su madre lo observó en silencio por unos segundos. — Ella no parece ser una mujer que discuta por cosas insignificantes.
Maximiliano soltó una pequeña risa cansada. Era irónico que su madre dijera eso porque apenas si había hablado con Sofía un par de veces.
— Créeme, mamá… Sofía es capaz de discutir por cualquier cosa. — Aunque nunca hablara en serio.
— Por supuesto que no. — Respondió ella con tranquilidad. — Las mujeres como Sofía no se enfadan así sin motivo.
Maximiliano frunció el ceño ante esas palabras, lo que provocó que mirara a su madre con curiosidad.
— ¿Y cómo son exactamente las mujeres como Sofía?
Por supuesto que él sabía cómo era Sofía. Desde que la conoció se había dado cuenta de que no era una persona fácil de tratar. Pero a pesar de eso, por alguna razón , esa misma actitud era lo que había logrado que comenzaran a surgir sentimientos más profundos hacia ella. Su madre sonrió con cierta sabiduría, entendiendo que Sofía había despertado un gran interés en su hijo.
— Las mujeres como ella, son orgullosas, inteligentes, y muy cuidadosas con sus sentimientos.
Maximiliano guardó silencio, mientras su madre continuó caminando lentamente a su lado.
— Esa clase de mujer no se abre fácilmente a alguien, hijo. Ellas aprenden a proteger lo que sienten… incluso de sí mismas. Y si realmente quieres acercarte a una mujer como ella… — Continuó su madre. — …no puedes tratarla como si fuera una conquista más. — Sus palabras fueron suaves, pero firmes. — Porque las mujeres como Sofía no responden a la provocación ni al juego, sino a la sinceridad.