Dos jefes mafiosos. Un matrimonio arreglado.
El odio que los separa es tan intenso como la atracción que los consume.
Entre lealtad, sangre y deseo prohibido, Jay y Win descubrirán que el enemigo más peligroso no está fuera de la guerra… sino dentro de ellos mismos.
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Capítulo 20
El día pasó demasiado lento. Win evitó cruzarse con Jay durante las horas de ensayo de la boda. Mientras Nin desfilaba con velos y telas, Win se mantenía al margen, callado, intentando no mirarlo.
Pero era imposible. Siempre que los ojos de Jay encontraban los suyos, era como si algo quemara bajo la piel. El recuerdo del beso volvía, demasiado caliente, demasiado vivo. Y las palabras de Nin aún resonaban: “Jay no va a parar.”
Aquella noche, la mansión se sumió en el silencio habitual. Nin se recogió temprano. Oleg distribuyó guardias por el ala central. Y una vez más, Jay y Win quedaron en el mismo pasillo, guardando la misma puerta.
Win se mantuvo distante, apoyado en la pared, brazos cruzados. Intentaba ignorar la presencia de Jay, pero cada segundo era sofocante.
—¿Vas a seguir evitándome? —la voz de Jay rompió el silencio, baja, provocadora.
Win cerró los ojos, respirando hondo.
—Cállate.
Jay se levantó del sillón, pasos lentos hasta detenerse a pocos metros de él.
—Puedes odiarme, Win. Puedes insultarme, empujarme. Pero no puedes ignorarme.
Win giró el rostro, furioso.
—Te encanta jugar con fuego.
—Solo cuando sé que el fuego va a quemarme —respondió Jay, con una sonrisa fría.
El corazón de Win se aceleró. Avanzó de repente, empujando a Jay con fuerza contra la pared. El impacto resonó por el pasillo.
—¡No entiendes! —gruñó, el rostro a centímetros del suyo.
Jay no retrocedió. Al contrario, inclinó la cabeza, los ojos grises brillando.
—Entiendo más de lo que piensas.
Win apretó aún más el cuello de la camisa de él, el puño cerrado, listo para asestar un golpe. La rabia lo consumía, mezclada con algo que no quería admitir.
—Debería matarte ahora —dijo, la voz ronca.
La sonrisa de Jay se ensanchó, provocadora, casi obscena.
—Entonces hazlo. Quiero ver hasta dónde consigues llegar.
Win perdió el control. El puño alcanzó la mandíbula de él con fuerza, un chasquido seco resonó. Jay se tambaleó hacia el lado, pero en vez de reaccionar, limpió la comisura de la boca con el pulgar y sonrió.
—Más fuerte —murmuró.
Win se congeló. El corazón se disparó.
—¿Qué has dicho?
Jay dio un paso adelante, la sangre resbalando leve por la comisura de los labios.
—Más fuerte, Win. Golpea de nuevo. No tienes idea de lo mucho que me gusta esto.
El cuerpo de Win se estremeció. Era como si el suelo hubiera desaparecido. La rabia, la culpa, el deseo… todo mezclado en un nudo imposible.
—Estás enfermo —dijo, jadeante.
Jay apoyó el cuerpo en el de él, la respiración caliente.
—Y tú eres peor… porque te gusta verme así.
Win lo empujó con brutalidad, alejándose, pero estaba perdido. Su propio cuerpo temblaba, el corazón en llamas. Cada vez que intentaba destruir a Jay, él volvía aún más cerca.
—¡No te quiero! —gritó, pero la voz falló.
Jay rió bajo, frío, la mirada gris fija en él.
—Entonces, ¿por qué tiemblas cuando me tocas?
El silencio volvió, pesado, sofocante. Win giró de espaldas, apoyando las manos en la pared, intentando recuperar el aliento. El rostro quemaba, el recuerdo del golpe, de la sonrisa, de la sangre.
Jay se alejó despacio, volviendo al sillón, pero aún con la sonrisa en los labios.
—Puedes negarlo, Win. Puedes incluso odiarme. Pero cada vez que intentes quebrarme… solo vas a hacerme quererte más.
Win permaneció de espaldas, respirando hondo, las palabras atravesándolo como láminas. Ya no sabía si estaba en el control. Tal vez nunca lo hubiera estado.
Y aquella noche, el silencio de la mansión guardó no solo la vigilia, sino la certeza: entre ellos, el dolor ya no era solo violencia. Era deseo.