Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.
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Rescate
El teléfono vibró con insistencia sobre la mesa de caoba. Ulises lo tomó al segundo timbrazo, como si hubiera estado esperando esa llamada toda su vida. La voz al otro lado fue breve, seca, cargada de información que le heló la sangre y, al mismo tiempo, le devolvió el alma al cuerpo.
—Los encontramos. Venecia. Andrés está allí. El niño también con Keyla
Ulises cerró los ojos. Por un segundo, el mundo dejó de girar. Andrés. Venecia. Su hijo. Keyla.
—¿Estás seguro? —preguntó con la voz firme, aunque por dentro todo temblaba.
—Completamente. La confirmación viene de la familia italiana. No se equivocan.
Ulises apretó el teléfono con fuerza. La mafia italiana no daba información sin estar cien por ciento segura. Si ellos decían que Andrés estaba en Venecia, entonces lo estaba. Y si Andrés estaba allí, Keyla y su hijo también.
—Preparen el avión —ordenó sin titubear—. Salimos de inmediato.
Colgó y se puso de pie de un solo movimiento. Caminó hacia el ventanal, pero no vio la ciudad frente a él. Solo vio los ojos de Keyla la última vez que la había tenido frente a frente. Asustados, cansados, pero aún llenos de amor. Y luego, el recuerdo de su hijo, ese pequeño tesoro que apenas había tenido en brazos y que le habían arrebatado sin piedad.
No iba a fallarles otra vez.
El rugido del avión privado rompió el silencio de la pista. Los motores estaban listos. Ulises subió sin mirar atrás. Su padre había cumplido su palabra: le envió a sus hombres de mayor confianza. No cualquiera viajaba en misiones así. Eran hombres curtidos, leales, silenciosos.
Joel subió detrás de él.
—Esta vez no va a escapar —dijo Joel, ajustándose el arma bajo la chaqueta—. Andrés cometió el error de su vida.
Ulises asintió.
—No solo me robó a mi familia —respondió con voz baja—. Jugó con mi paciencia. Y eso nadie lo hace dos veces.
El avión despegó rumbo a Europa. El viaje fue largo, pesado, cargado de pensamientos que no daban tregua. Ulises no durmió. Cada minuto que pasaba era una tortura. Imaginaba mil escenarios, todos peores que el anterior. Pero uno lo mantenía en pie: volver a verlos. Abrazarlos. Decirles que todo había terminado.
Venecia los esperaba con su belleza engañosa. Canales tranquilos, luces suaves, turistas ajenos a la guerra silenciosa que estaba por estallar.
Mientras tanto, en una mansión antigua, oculta entre callejones y protegida por hombres armados, Keyla luchaba por mantenerse en pie. El cansancio la había vencido durante unos minutos fatales. Había intentado no dormirse, no bajar la guardia ni un segundo, pero el cuerpo traiciona cuando el alma está agotada.
Cuando abrió los ojos, el silencio fue lo primero que la alertó.
—¿Mateo? —susurró, incorporándose de golpe.
La cama estaba vacía. El aire se le quedó atrapado en la garganta. Saltó de la cama y recorrió la habitación con la mirada, desesperada.
—¡Mateo! —gritó ahora, con la voz quebrada.
Nada.
La puerta se abrió lentamente. Andrés apareció, tranquilo, satisfecho, como si hubiera estado esperando ese momento.
—¿Dónde está mi hijo? —gritó Keyla, avanzando hacia él—. ¡Devuélvemelo ahora!
Andrés sonrió.
—Está bien cuidado —respondió—. En otra habitación. Con la niñera.
Keyla sintió que las piernas le fallaban.
—No tenías derecho —dijo llorando—. ¡Es mi hijo!
—Es lo único que me asegura que no intentes nada estúpido —contestó él con frialdad—. Y ahora, Keyla, tenemos que hablar.
Ella cayó de rodillas frente a él.
—Por favor… haré lo que quieras —suplicó—. Lo que sea. Pero no me lo quites. No a él.
Andrés la miró como un depredador observa a su presa.
—Eso quería oír.
Lo que quiero es que te acuestes conmigo, que pases una noche en mis brazos, que me dejes acariciar cada parte de tu cuerpo, qué me introduzca lentamente en ti. Cada palabra fue una puñalada. Keyla negó con la cabeza, retrocedió, lloró, rogó. Pero sabía la verdad. Estaba acorralada. No había salida. No esta vez.
—Solo… dame tiempo —pidió con voz rota—. Hasta la noche.
Andrés aceptó. Estaba seguro de su victoria. Seguro de que, al final, ella cedería.
Las horas pasaron lentas, crueles. Keyla caminó de un lado a otro, buscando una idea, una salida, un milagro. Pensó en Ulises. Pensó en su abrazo, en su voz. Cerró los ojos y le habló en silencio, como si pudiera oírla.
La noche cayó sobre Venecia.
El miedo se instaló en su pecho cuando Andrés entró a la habitación. Su sonrisa era la de alguien que cree haber ganado.
—Prepárate —dijo—. Pero no esperes romance.
Keyla temblaba. Las lágrimas corrían sin control.
—No lo hagas —suplicó una vez más.
Él avanzó. La tomó del brazo con fuerza y la tiro sobre la cama, se desabrochó la camisa su pecho estaba desnudo. Se abalanzó sobre Keyla, ella se resistía pero el le rompió la blusa, luego siguió con el Brasier y con su falda ella seguía llorando tratando de tapar con sus brazos su cuerpo débil desnudo, pero a Andrés eso solo le excitaba más. Se bajo los pantalones dejando su gran miembro salir, Keyla solo cerro los ojos esperando lo peor, cuando...
—¡Jefe! —gritó una voz desde el pasillo—. ¡Nos están atacando!
El caos estalló en segundos.
Disparos. Gritos. Alarmas.
Andrés soltó a Keyla se subió los pantalones y salió corriendo medio desnudo. Bajó las escaleras a toda prisa, furioso.
Y entonces lo vio.
Ulises estaba allí.
Sus miradas se cruzaron entre el humo y el ruido. El pasado, el odio y la venganza chocaron en un solo instante.
—Se acabó, Andrés —dijo Ulises, avanzando—. Esta vez no tienes a dónde correr.
La lucha fue brutal. Los hombres de ambos bandos se enfrentaron sin piedad. Joel cubría a Ulises mientras avanzaban por la mansión.
Keyla, al escuchar los disparos, supo que todo estaba mal, busco una camiseta y pantalones, Corrió fuera de la habitación, descalza, desesperada buscando a su hijo.
—¡Ulises! —gritó con todas sus fuerzas.
Él la escuchó.
La vio.
Y corrió hacia ella.
Se abrazaron en medio del caos, como si el mundo hubiera desaparecido. Ulises la sostuvo con fuerza, temblando.
—Ya pasó —le susurró—. Estoy aquí. Nunca más te voy a soltar.
—Mateo… —dijo ella—. Nuestro hijo…
—Lo tengo —respondió él, señalando detrás.
Joel apareció con el niño en brazos, sano, ileso. Keyla lloró al tomarlo, besándolo una y otra vez.
Andrés intentó huir, pero fue reducido. Miró a Ulises con odio puro.
—Esto no termina aquí —escupió.
Ulises lo miró sin miedo.
—Para ti, sí.
Venecia quedó atrás mientras el avión despegaba de nuevo. Esta vez, Ulises no viajaba solo. Viajaba con lo que más amaba.
Y sabía que, aunque las heridas tardarían en sanar, lo más importante ya estaba a salvo.