Qué harías si después de una desastrosa relación conocieras al hombre perfecto, pero éste te pide algo imposible, que elijas entre él y al padre que nunca has conocido, pero que has amado siempre.
¿Qué harías?
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Alicia
Siento como el piso se desvanece bajo mis pies. Caigo a un abismo del que no podré salir, ni siquiera con ayuda. Mi primera reacción es de incredulidad debe estar bromeando. ¿Por qué un policía se interesaría en mí? Pero luego recuerdo lo que me contó Jess de papá y lo entiendo, es a él a quien quiere, yo soy sólo la herramienta que necesita para conseguir su objetivo.
Objetivo, recuerdo lo que me dijo del libro. Que idiota soy, no hay tal libro, estaba escribiendo sobre mí. Me abrazo con la sábana necesitando entrar en calor, hace tanto frío. Sin embargo, la tela no consigue subir mi temperatura, sólo aumenta el hielo dentro de mí. Es como si quisiera arroparme con un manto de nieve.
Todo este tiempo me usó. Un sollozo sale de mí al darme cuenta que Benjamín, ese chico lindo que amo con locura es una mentira. Duele, duele tanto. Mis piernas se sienten débiles y me desplomo en caída libre hacia el precipicio.
–Ángel. –Escucho su voz preocupada y angustiada. Sus brazos me rodean y por un momento me siento segura. Benjamín hará que el dolor desaparezca. No…él no existe–. ¿Te lastimaste?
Su pregunta me vuelve al ahora y me doy cuenta que estoy en el suelo. Mis rodillas dobladas en un ángulo extraño, debería haber sentido eso, pero no lo hice.
Acerca su mano a mi mejilla y me acaricia suavemente.
Puedo ver el dolor y la culpa en sus ojos.
–No –consigo decir–. No me vuelvas a tocar en tu vida.
Me alejo como puedo de él.
–Ángel, por favor. Tienes que escucharme.
Su voz suena tan extraña, no parece él. Rio sin humor- No es él, por lo menos no es quien yo conocía. Este hombre es otra persona.
Tomás Villanueva, un desconocido.
–¿Qué es esto? –pregunto sin mirarlo. Me siento tan incómoda en una habitación con él, no lo conozco, no me siento segura–. ¿Por qué me hiciste esto?
No dice nada. La curiosidad puede más y lo veo sentado a mi lado con las manos en su cabeza, desesperado. Puedo ver que está temblando, yo también lo hago, no sé si es por el frío, el miedo o la desilusión.
–Este es mi primer trabajo como agente encubierto. Sólo sabemos de esta operación tres personas. El Emperador… Tu papá tiene comprado a todo el mundo, no hemos podido acercarnos a él. Por lo mismo mi jefe pensó en sacar información de una de sus hijas y tú eras la mejor candidata. Vas a la Universidad, un espacio
público, abierto. Lo más importante es que con tantas personas, una más no llamaría la atención. No queríamos que tus guardaespaldas sospecharan, porque si lo hubiesen hecho, estaríamos muertos.
Afirmo mi cabeza en la cama y acerco las rodillas a mi pecho y dejo a las lágrimas correr por mi rostro.
Se acerca a mí y me muevo lejos de él.
–No me toques. Nunca más. –Su rostro se contrae.
–No me digas eso, Ángel. Yo te necesito.
Veo el miedo en su rostro. Claro que me necesita, me necesita para atrapar a mi papá. Sólo para eso. Siempre
ha sido eso, sin embargo, me permití enamorarme de él. ¿Y ahora qué hago con este amor que tengo clavado en el pecho?
Quiero gritar para encontrar algún alivio, pero no lo hago, no tengo la fuerza para ello.
–No te atrevas a llamarme así. Siento que me necesites, pero te equivocaste. Yo no sabía nada de mi papá, nunca hemos tenido su ayuda. Hace muy poco me enteré de su existencia. Te dije que había muerto, porque eso es lo que sabía y creía. –Mi voz suena plana, como si se tratara de una mujer muerta. Tal vez eso soy, un fantasma.
–Lo sé, cuando me di cuenta que no sabías hablé con mi jefe, pero ya era tarde para cambiar de táctica y también era tarde para mí. Cometí un error, Alicia. Nunca debí involucrarme contigo.
Sus palabras logran clavar otra daga en mi corazón o lo que queda de él. Es tanto el dolor, que quiero abrir mi pecho y arrancármelo para no sufrir más.
–¿Qué fue esto? –pregunto mirando a la cama–. Esto que tuvimos y vivimos, ¿fue un bono para ti? Felicitaciones, atrapaste al Emperador y también te revolcaste con su hija. Un gran logro, policía –escupo la palabra.
Sus ojos se tornan peligrosos.
–No digas eso, Ángel. No fue así, no tuve elección. Me cautivaste con tu dulzura, no sé cómo pasó, sólo sé que me enamoré en el camino. Te amo…–Levanto mi mano para detener sus palabras. Esas palabras que suenan falsas como lo es él. Está intentando decirme lo que cree que quiero ir para que decida ayudarlo. ¿Tan idiota cree que soy? Claro que lo cree, ya me engañó una vez y que fácil fue.
–Por favor, no sigas, policía. Ten un poco de piedad. ¿No te das cuenta que acabas de destruirme?
Las lágrimas nublan mi visión.
Sus brazos me rodean.
–No, Ángel. No me digas eso, yo te amo. No quiero lastimarte.
–Ya lo hiciste y siento no poder ayudarte, pero como ya sabes no tengo información –consigo decir. Me alejo de él en un movimiento–. Te agradecería que me dejes sola para vestirme.
Acerca su mano a mi cara, pero la expresión que ve en mis ojos lo hace retroceder con dolor.
–Te dejaré.
Se levanta y camina lentamente, casi como si esperara que cambiara de opinión.
Cuando cierra la puerta, me permito unos minutos para llorar. No puedo creer que volvió a pasar, otro hombre me usó. Pensé que lo que había vivido con Felipe fue lo más doloroso, pero me equivoqué. Esto duele mucho más. Siempre me he preguntado si no tener un padre me afectó de alguna manera con mis relaciones personales y hora tengo la respuesta, lo hizo. Voy entregando mi confianza en quién no debo y siempre termino lastimada.
Me levanto como puedo, mis piernas tiemblan, todo mi cuerpo lo hace. Busco mi ropa y me visto.
Cuando estoy terminando de abotonar mi blusa, escucho unos gritos en la sala.
La puerta se abre bruscamente.
Una mujer muy alta y atractiva se acerca a mí, el odio marcado en cada uno de sus lindos rasgos.
–¡Maldita perra, te voy a matar! –grita.
Cierro los ojos al ver que va a golpearme, espero el golpe, pero éste no llega. Abro los ojos y veo a Benjamín… No, al policía, sujetando a la mujer de los brazos.
–¡Bárbara, si la tocas no respondo! –le grita furioso–. No te quiero en mi casa.
–¡Maldita rompe hogares! –me grita la mujer y escupe en dirección a mis pies.
Me congelo al ver el dolor en los ojos de esa mujer.
–¿Estás casado? –pregunto con miedo y odio por mí misma. ¿Cómo pude hacer algo tan horrible?
–¡No! –exclama dolido.
Suspiro aliviada.
–Eso no importa. Eres una maldita zorra, te metiste con lo que es mío. Tomás, es mío, ¿me escuchas?
Me duele escuchar su nombre, sobre todo en los labios de ella.
Lo miro, desilusionada más allá de lo posible.
–¿Tienes una relación con ella?
–No, Ángel. En cuánto te conocí y entendí lo que siento por ti terminé con ella.
–Tú no terminaste conmigo. Te lo dije, Tomás, nadie termina conmigo. Te advertí que no quería verte con otra mujer. ¿No crees que es muy niña para ti?
Esta mujer destila veneno por todos lados, aunque entiendo su dolor, perder un hombre como él te mata por dentro. Aunque yo nunca lo haya tenido en realidad, puedo simpatizar con su sufrimiento.
Quiero decirle que no soy una niña, que tenemos la misma edad, pero me detengo porque no lo sé. Realmente no sé nada de este hombre.
–Bárbara ya basta, quiero que te vayas o voy a tener que tomar otras medidas –masculla con una voz que no reconozco, debe ser su voz de policía, porque escucho claramente una amenaza en ella. La mujer lo hace también porque lo mira sorprendida–. Si le tocas un pelo a Ángel sabrás de mí. Ahora vete –ordena tirando de ella hacia la sala.
Me siento en la cama al sentir mis piernas débiles. Me gustaría despertar de esta pesadilla. ¿Cuánto más puedo resistir?
Me recuesto en la cama y lloro. Boto todo el dolor, la desilusión y la vergüenza que siento por haberme entregado a alguien que no conozco. Sobre todo, a una persona que quiere destruir a mi familia, aunque tenga motivos
plausibles para hacerlo. No sé a qué se dedica papá, pero supongo que, a nada bueno. A pesar de ello, no puedo hacerle esto a mi padre, ni mucho menos a mi mamá y a Jess.
–Ángel. –Salto al escucharlo a mi lado–. Por favor, perdóname.
–No, no puedo. Quiero irme –digo levantándome cómo puedo.
Camino hacia la sala y tomo mi bolso.
Siento su mano en mi brazo.
–Yo te llevo.
–No. No te quiero cerca, ¿es que no lo entiendes? –Retrocede como si lo hubiera golpeado.
–Ángel, por favor, créeme, te amo.
–¿Cómo me puedes pedir que te crea después de todo lo que pasó, después de ella? No quiero verte nunca más.
El dolor que siento al decir eso, me destroza. No verlo más me matará.
–No, por favor, te necesito. –Escucho el miedo y la angustia en su voz, pero no puedo hacer nada para ayudarlo.
Acaricia mi mejilla y se siente como un golpe. Se aleja de mí al ver mi reacción.
La puerta se abre y entra Samuel, quien sonríe al vernos, pero se detiene al ver nuestras expresiones.
Mira furioso a Tomás.
–¿Qué le hiciste? –pregunta.
–Ángel, vamos. Te llevo. –Niego con mi cabeza y me alejo de él–. Por favor, no sabes dónde estamos.
–No importa, pediré un taxi –digo. Niega con su cabeza y se acerca de nuevo hacía mí, retrocedo–. Tomás, por favor. No puedo más. –Se congela cuando escucha su nombre en mis labios.
Samuel camina hacia a mí y me abraza mientras mira a Tomás.
–Tranquila, yo te llevaré –dice y lo miro agradecida.
Salgo de la casa sin mirar atrás, no podría.
Mientras vamos en el auto, miro por la ventana y dejo correr las lágrimas. Samuel me mira preocupado, pero no dice nada.
Cuando detiene el auto frente a mi casa, respiro profundamente tratando de controlarme. No puedo dejar que nadie me vea así.
Después de unos minutos logro tranquilizarme lo suficiente como para poder salir.
Me giro antes de abrir la puerta y miro a Samuel.
–Gracias.
–Tienes que saber que es un buen hombre. Comete errores como todos, pero sé que te quiere sinceramente.
Detengo sus palabras con mi mano.
–Gracias –le vuelvo a decir antes de salir.
Consigo llegar a mi cuarto sin ser vista. Me encierro en el baño y me derrumbo.
Me repito que estaré mejor mañana, pero sé que me estoy mintiendo. Sin él nunca estaré bien.