Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 10: llegada al palacio.
Anabel llegó al palacio poco antes del mediodía. No lo hizo en carruaje ni acompañada por damas.
Caminó desde el ala norte, con paso firme, siguiendo al escribiente que Arturo le había asignado. El hombre avanzaba sin girar la cabeza, como si mirarla fuera una distracción. Llevaba una tablilla bajo el brazo y un gesto rígido, tenso.
—Aquí —dijo al detenerse frente a una puerta estrecha, sin adornos—. Este es el archivo menor.
Anabel observó la madera gastada, la cerradura vieja, el polvo acumulado en el marco.
—¿Menor? —preguntó, sin ironía, solo con interés.
—Asuntos del pueblo —respondió él—. Impuestos, reclamos, ajustes.
Anabel asintió despacio.
Entró primero. El olor a papel viejo y humedad le golpeó de inmediato. No era un espacio pequeño, pero sí descuidado. Estanterías repletas de documentos mal ordenados, cajas sin rotular, pergaminos doblados sin cuidado. Nada indicaba que alguien hubiera trabajado ahí con disciplina en mucho tiempo.
—Esto no está revisado desde hace meses —dijo, pasando los dedos por un montón de informes.
—No es prioridad —respondió el escribiente—. La nobleza va primero.
Anabel tomó uno de los informes al azar. Leyó con atención, sin prisa. Sus ojos se detuvieron en una cifra, luego en otra. Frunció apenas el ceño.
—Aquí dice que el pueblo de Eredal pagó completo el último trimestre —dijo—. Pero hay una orden de recobro.
El hombre dudó. Se aclaró la garganta.
—Eso… eso lo decidió el consejo.
—¿Cuál consejo? —preguntó ella, sin alzar la voz.
El escribiente abrió la boca, pero no respondió. Miró la tablilla, luego la puerta, como si esperara que alguien más contestara por él.
Anabel dejó el documento sobre la mesa.
—Trae los registros de la semana pasada —ordenó—. Todos.
El escribiente se giró por primera vez. La miró con una mezcla de sorpresa y cautela.
—¿Tiene autoridad para eso?
Anabel sostuvo su mirada sin parpadear.
—Trabajo para el Lord Arturo —dijo—. Si prefieres, puedo preguntarle delante de ti.
El hombre bajó la cabeza.
—No será necesario.
Salió sin añadir nada más. El sonido de sus pasos se perdió en el corredor.
Anabel quedó sola.
Se apoyó en la mesa y exhaló despacio. Pensó en Vladimir. En el cambio físico tan evidente, casi inquietante. Debía tener alrededor de cincuenta años, pero su cuerpo no lo mostraba. La fuerza intacta, los reflejos rápidos. La barba que ya no estaba, el cabello suelto, limpio. Las uñas, endurecidas, formándose como garras cuando perdía el control. No era normal. Pero tampoco lo era el sistema que tenía frente a sus ojos.
Pensó luego en el pueblo. En los cobros excesivos. En los nombres repetidos en los informes. Eredal. Kasmar. Siempre los mismos.
El sistema no estaba roto. Funcionaba exactamente como alguien quería que funcionara.
Anabel se sentó y comenzó a trabajar.
Revisó informe tras informe. Anotó cifras. Comparó fechas. Identificó firmas. No levantó la voz ni pidió ayuda. Cuando el escribiente regresó con los registros, ella ya había ordenado una mesa completa. Le pidió más. Luego otros. Cuando alguien preguntó si necesitaba algo, respondió que no.
Para Arturo, aquel trabajo era un castigo disfrazado. Horas entre papeles, números, polvo. Creía que ella se cansaría. Que pediría salir. Que suplicaría volver a casa.
Pero Anabel vio algo más.
Vio cómo se inflaban los impuestos en ciertos pueblos. Cómo se duplicaban órdenes sin justificación. Cómo las quejas se archivaban sin respuesta. Y cómo los informes finales, los que llegaban a manos del rey, estaban pulidos, limpios, falsos.
Trabajó hasta que el sol comenzó a caer. Separó los documentos clave. Hizo copias. Anotó errores “administrativos”. Marcó recobros como ya saldados. Rompió con cuidado varios reportes que ordenaban nuevas cobranzas. No de forma evidente. No todo a la vez. Lo justo para que pareciera confusión interna.
Cuando terminó, guardó todo y salió del archivo con el rostro cansado, como si aquel trabajo la hubiera superado.
En el pueblo de Eredal, Vladimir observaba.
Era día de cobro. Lo sabía. Siempre era el mismo día. Los guardias habían llegado temprano. Esta vez no solo exigían monedas. Tenían a un joven sujeto por el brazo. La madre gritaba. El padre no podía moverse.
—No hay más —decía el hombre—. Ya pagamos.
—Entonces pagas con él —respondió uno de los guardias.
Vladimir dio un paso al frente.
—Suéltalo.
El guardia se giró.
—No es asunto tuyo.
—Lo es ahora.
El golpe fue rápido. Seco. El guardia cayó al suelo sin entender qué había pasado. El segundo intentó reaccionar, pero Vladimir ya estaba sobre él. No fue una pelea larga. Fue violenta. Precisa. Cuando terminó, uno de los hombres no podía levantarse. El otro huyó arrastrándose.
—Los últimos siempre huyen— ríe Vladimir.
La gente lo rodeó despacio. Nadie aplaudió de inmediato. Primero hubo silencio. Luego una mujer se acercó.
—Gracias —dijo—. Nos habrían quitado al niño.
Otros se sumaron. Una familia le ofreció refugio esa noche. Vladimir aceptó.
—¿Hay otros pueblos? —preguntó mientras compartían pan.
—Muchos —respondió un hombre mayor—. Pero el más cercano es Kasmar. Ahí es peor.
Vladimir asintió.
Al caer la noche, se despidió. La familia le entregó un abrigo grueso.
—El frío mata —dijo la mujer.
—Me gusta el frío —respondió él—. Pero no seré descortés.
Kasmar era distinto. Más pequeño. Más sometido. Los guardias no se molestaban en discutir. Tenían a varios habitantes de rodillas. Una mujer lloraba en silencio.
Vladimir no habló. Se quitó el abrigo. Se tronó los dedos. Y volvió a la lucha. Cuando terminó, el miedo se había transformado en algo distinto.
—¿Quién eres? —preguntó un hombre.
—Nadie. Solo pido algo a cambio.
Pidió una cerveza. Se la dieron. Era lo único que abundaba aquí. Por eso los guardias no se iban.
A la mañana siguiente, en el palacio, los reyes recibieron un informe directamente.
—Hay un hombre —dijo un consejero—. Interfiere en los cobros.
—¿Un rebelde? —preguntó el rey.
—No se presenta como tal. Pero el pueblo lo ve como un héroe
El rey frunció el ceño.
—Quiero que lo capturen —ordenó—. Tráiganmelo.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí