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QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Escuela / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.

Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.

Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.

Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.

Ivy no era la víctima inocente que todos creían.

Era una estratega.

Una manipuladora.

Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.

Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

NO ERES QUIEN APARENTAS

El campus amaneció más temprano de lo habitual.

No se escuchaba música que se filtrara de las ventanas de las habitaciones hacia los pasillos. No había puertas entreabiertas que revelaran el caos matutino de los estudiantes. Ni risas que resonaran en las escaleras de piedra. El aire se sentía tenso, como presurizado, cargado por una inquietud colectiva que se había instalado sobre Markhan como un frente frío.

Silencio.

Los estudiantes caminaban en filas ordenadas, apretando hojas de papel que en realidad no leían. Pasaban las páginas sin asimilar el contenido; sus ojos recorrían palabras que habían perdido todo sentido ante un examen real. Las conversaciones empezaban y se extinguían al instante, interrumpidas al ver a un profesor o al escuchar a lo lejos el cierre de una puerta administrativa.

Nadie lo decía en voz alta.

Pero todos lo sabían.

Algo no iba bien. El ambiente ya no se sentía protector; se sentía depredador. Los funcionarios del Ministerio seguían dentro del edificio administrativo. No se habían marchado desde el martes. Su presencia era como un peso oscuro y constante en el corazón del campus: un agujero negro en el que estaban desapareciendo los protocolos habituales del colegio.

Rose caminó hacia el salón de exámenes al ritmo de siempre.

Sin prisas.

Sin dudas.

Llevaba el bolso al hombro, ligero y ordenado. Nada innecesario dentro. Ni apuntes, ni recordatorios ocultos, ni redes de seguridad. No los necesitaba. El mecanismo ya estaba en marcha.

En la entrada había más vigilantes de lo normal.

Caras nuevas.

Trajes oscuros.

Expresiones impasibles.

No eran los profesores de siempre, que solían mirar para otro lado si el apellido era el adecuado. Eran personas de fuera. Recogían los teléfonos con una precisión meticulosa, depositándolos en cajas numeradas. Revisaban las mangas de las prendas. Examinaban los relojes. Miraban directamente a los ojos, buscando el mínimo brillo de unas lentillas con conexión digital o la dilatación de pupilas por estimulantes.

Uno por uno.

Sin excepciones.

Rose entregó su teléfono sin mirarlo. No tenía nada que ocultar, y tampoco tenía a nadie a quien llamar.

Al entrar…

El salón estaba más frío que el resto del edificio.

Las filas de pupitres estaban perfectamente alineadas; la madera de roble blanco brillaba bajo la luz de las lámparas fluorescentes. Estaban más separados entre sí que en los exámenes parciales. No era una disposición casual. Era una disposición táctica.

Control.

Cada asiento asignado al azar. Cada movimiento visible desde la plataforma elevada de los vigilantes. Cada error quedaría registrado. Cualquier posibilidad de ayuda mutua había quedado anulada por la simple geometría del lugar.

Rose se sentó.

Segunda fila.

Su sitio.

Colocó el bolígrafo sobre la mesa. Recto. Paralelo al borde. No se inquietó. No miró a su alrededor. Esperó. Y entonces, alzó la vista.

Malcolm.

Tres filas más adelante.

Inmóvil.

Tenía la espalda rígida y la cabeza inclinada, como si estuviera rezando o concentrándose. No se giró. No reconoció a nadie.

Támara.

Al lado izquierdo.

Su pierna se movía por debajo del pupitre; el golpeteo rítmico del tacón sonaba de forma apagada pero frenética contra el suelo. Sus dedos tamborileaban sobre la madera. Demasiado deprisa.

Los demás…

Algunos parecían seguros, con una máscara de arrogancia heredada que aún se mantenía en pie. Otros estaban pálidos, con el color borrado de sus rostros al comprender que las viejas reglas ya no estaban vigentes. Había quienes ya se sentían derrotados, mirando las hojas vacías con la mirada perdida de quien ve cómo su futuro se desvanece en tiempo real.

Los vigilantes recorrían los pasillos entre las filas.

Despacio.

Con precisión.

Observaban las manos. Observaban los ojos. Medían la frecuencia de cada respiración. Uno de ellos se detuvo en el centro del salón; su sombra cayó sobre una docena de pupitres.

—Comiencen cuando se les indique.

Sin tono.

Sin explicaciones.

Los exámenes quedaron sobre cada mesa, boca abajo. Una sola hoja de papel de buena calidad. Sin marcas. Sin códigos. Sin marcas de agua extrañas. Limpia.

Rose no la tocó.

Esperó la señal.

—Pueden empezar.

El sonido de cientos de hojas pasando a la vez fue como el crujido de hojas secas. El silencio que siguió fue aún más pesado que el anterior. Era un silencio de vacío.

Rose leyó la primera pregunta.

Luego la segunda.

Después la tercera.

Nada fuera de lo común. Ninguna pregunta trampa diseñada para confundir a quien no estuviera al tanto. Sin agendas ocultas. Solo contenido académico. Información pura que requería conocimientos reales para ser resuelta.

Empezó a escribir.

Sin detenerse.

A su alrededor, la diferencia se hizo evidente de inmediato.

Dos puestos a la derecha, un estudiante se quedó congelado.

Miraba la hoja.

Sin entender nada. Los símbolos impresos parecían para él escritura en una lengua antigua e incomprensible. Esperó el susurro que no llegó, la vibración en su bolsillo que no ocurrió, esa mirada cómplice del profesor que solía indicar que "no prestaba atención".

Detrás de ella, alguien pasaba las páginas demasiado deprisa.

Buscando.

Sin encontrar nada. El sonido de hojas pasadas con desesperación, esperando que la respuesta a la cuarta pregunta estuviera escondida de alguna forma entre los márgenes de la décima.

A su izquierda, Támara dejó de escribir.

Otra vez.

Miró hacia el techo.

Luego hacia sus manos.

Y de nuevo al papel.

Mantuvo el bolígrafo suspendido sobre las líneas, pero la tinta no tocó el papel. Estaba esperando que apareciera el patrón que había memorizado, pero el examen había sido reescrito. La secuencia se había roto.

Nadie habló.

Pero el ambiente había cambiado: ya no era un examen académico, sino una sentencia en proceso.

El tiempo transcurría. No según el reloj de la pared, sino según la presión que iba en aumento.

Una hora.

Un vigilante se detuvo junto a un estudiante de la cuarta fila. No dijo nada. Simplemente observó. La mano del estudiante dejó de moverse. El bolígrafo se le resbaló de los dedos y rodó por el suelo; el sonido resonó en el silencio como un disparo. El vigilante no lo recogió.

Otro estudiante intentó cambiar de postura, inclinándose ligeramente hacia el compañero de al lado.

Demasiado tarde.

El vigilante ya estaba allí, una sombra silenciosa que se alzaba sobre su mesa.

Malcolm siguió escribiendo.

Constante.

Rose no volvió a mirarlo. No hacía falta. Podía escuchar el ritmo parejo de su bolígrafo, idéntico al suyo.

Dos horas.

Algunos entregaron sus hojas.

Demasiado deprisa.

Salieron con la cabeza baja, encorvados por el peso de los espacios en blanco que habían dejado sin completar.

Otros se quedaron allí, pálidos.

Paralizados ante el vacío de sus propias hojas.

Támara apretaba el bolígrafo con tanta fuerza que el plástico crujía. La tinta se acumulaba en la punta, formando una mancha oscura y desordenada sobre el papel.

Respuesta incompleta.

La tachó con una línea violenta y desigual.

Lo intentó de nuevo.

Se detuvo.

Su respiración cambió.

Más rápida.

Entrecortada.

Era el sonido de un ataque de pánico que solo su orgullo lograba mantener a raya.

Rose terminó.

Revisó sus respuestas una vez.

Nada más.

Se levantó. El sonido de su silla al arrastrarse fue nítido y claro. Caminó hacia la mesa del vigilante y dejó su examen sobre ella.

El vigilante anotó la hora.

No la miró. No hacía falta.

Afuera, el aire se sentía distinto.

Más ligero.

Rose salió sin apresurarse. No miró hacia atrás, ni al salón, ni a quienes seguían atrapados allí dentro. No era asunto suyo.

Lo mismo ocurrió al día siguiente.

El mismo silencio. La misma tensión. Las mismas miradas que se evitaban en los pasillos. Los exámenes continuaron, abarcando todas las materias principales.

Sin errores.

Sin filtraciones.

Sin ayuda.

La red de seguridad invisible que había protegido a la élite de Markhan había sido retirada, dejándolos caer por su propio peso.

Al finalizar la última sesión, la voz sonó por los altavoces.

—Los resultados de estas evaluaciones se publicarán el viernes.

Silencio.

Era miércoles.

Dos días.

Dos días para que la verdad se asentara. Dos días para que la realidad de su propia falta de preparación madurara en sus mentes.

Rose miró por la ventana de la biblioteca.

Inmóvil.

—Oye, vamos a comer… ¿vienes?

Margarita le tocó el hombro. Su mano temblaba ligeramente; un pequeño detalle que Rose no pasó por alto.

—Claro —respondió Rose.

Se levantó y la siguió.

El comedor ya no era el mismo lugar.

Había ruido, sí, pero no era el de siempre. Ya no era esa energía animada y arrogante de los privilegiados. Se sentía pesado: un murmullo de voces bajas y conversaciones que se interrumpían de golpe.

Demasiadas caras largas.

Miradas al suelo.

Grupos cerrados.

Y faltaban personas.

—¿Dónde están las del equipo de porristas? —preguntó Rose.

Lo dijo con naturalidad, como si estuviera preguntando por el clima.

Claudia respondió, con la voz más aguda y animada de lo normal, intentando disimular su propia inquietud.

—He oído que a varias las llamaron a dirección… seguro que las descubrieron haciendo trampa.

Un breve silencio.

Todos pensaban lo mismo. Nadie las defendió. La jerarquía social se estaba reorganizando en tiempo real: los primeros en caer eran los más débiles ante la primera señal de honestidad institucional.

Llegó el viernes.

Las clases se sentían distintas. Nadie prestaba atención a las explicaciones. Solo existía la espera.

Ansiedad.

Curiosidad.

Miedo.

Los resultados se entregaron al final de la última clase. La profesora no dio explicaciones. No ofreció palabras de aliento. Simplemente repartió las hojas.

El sonido de las hojas sobre los pupitres.

Respiraciones contenidas.

Rose tomó la suya.

No mostró ninguna reacción. La nota era exactamente la que esperaba.

Entonces la profesora habló:

—Estudiantes Pepper, Sánchez, Urich, Palma y Rofres… por favor, pasen a mi despacho.

Silencio absoluto.

Nadie se movió durante cinco largos segundos. Luego, uno a uno, se levantaron. No miraron a nadie. Caminaron hacia la puerta como si se dirigieran al patíbulo.

La puerta se cerró tras ellos.

La clase terminó.

La hora del almuerzo fue diferente. El comedor era un hervidero de voces bajas y rumores desesperados.

—Han llamado a los que cometieron fraude académico…

—Seguro que los expulsan…

—O al menos les ponen suspensión…

—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó Rose, abriendo los ojos con fingida inocencia.

Alan respondió:

—Es sencillo.

Hizo una pausa.

—Los exámenes eran exactamente los mismos que los del semestre pasado.

Silencio.

—No hay forma de que alguien que sacó muy buenas notas entonces… haya suspendido así ahora mismo.

Nadie discutió. Tenía todo el sentido. El Ministerio no había cambiado solo las preguntas; había usado las antiguas como trampa. Si alguien aprobó la versión "filtrada" antes y ahora no podía resolver los mismos problemas sin ayuda, el fraude quedaba demostrado matemáticamente.

Rose no dijo una palabra.

Miró a su alrededor.

Mesas incompletas.

Sillas vacías.

Támara no estaba.

Ni tampoco su grupo de amigas.

Rose bebió un sorbo de agua.

Despacio.

Todo encajaba a la perfección.

Esta vez… nadie pudo comprar las respuestas.

Y se notó.

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