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Reina ENTRÉ LAS SOMBRAS

Reina ENTRÉ LAS SOMBRAS

Status: En proceso
Genre:Mafia / Romance oscuro / Acción
Popularitas:418
Nilai: 5
nombre de autor: rosse 345

​"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
​Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
​Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
​En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.

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Capítulo 18: La Muerte de Lunita

La felicidad es un sentimiento que nunca creí conocer, al menos no de esta forma tan pura y oscura. Ver la cara de Pedro, desencajada por el miedo y la confusión, era mejor que cualquier banquete. Esa noche, después de dejarlo solo y sediento en la bodega, dormí como nunca. Ni un solo pensamiento intrusivo, ni una pesadilla. Solo paz. Una paz cimentada en la venganza.

​Al bajar las escaleras, Olga me recibió con el desayuno y una observación que me hizo ensanchar aún más los labios.

​—Mi niña, hoy tienes una sonrisa de oreja a oreja.

​—Es que estoy en mis mejores tiempos, Olga. Por fin estoy siendo feliz —le respondí, saboreando cada palabra tanto como el café.

​Pero la felicidad no estaba en el desayuno, sino en lo que me esperaba en la bodega. Corrí a despertar al Tumba y al Pistolero, quienes arrastraban los pies por la rumba de la noche anterior. No me importaba su cansancio; hoy era el día de la inauguración oficial de mi dolor.

​Antes de salir, entré a mi habitación y tomé la urna de mi madre. Sentía que ella tenía que estar presente. Cuando salí, los chicos me miraron con curiosidad.

​—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó el Pistolero.

​—Le mostraré a Pedro lo que le hizo a mi mami. Los espero allá, no se pierdan la diversión.

​Llegué a la bodega gritando su nombre, rompiendo el silencio del encierro con una alegría macabra. Esta vez no había máscara. Quería que sus últimos recuerdos fueran mis ojos. Al abrir la puerta de golpe, él levantó la cabeza, cegado por la luz.

​—¿Luna? ¿Eres tú? —balbuceó con la voz rota por la sed.

​Me detuve en seco y ladeé la cabeza, fingiendo confusión.

​—¿Luna? ¿Quién es Luna, Pedro? Yo me llamo Rose.

​—¡Eres Luna! ¡Mocosa, no vengas a confundirme! —gritó, intentando recuperar una autoridad que ya no tenía.

​Me acerqué lentamente, sintiendo una lástima fingida que me quemaba la garganta.

​—Pedrito, Pedrito... qué bajo caíste. Mírate, amarrado, sin agua, sin comida. Qué lástima das.

​—¡Cuando me suelte te voy a matar, Luna!

​En ese momento, el Tumba y el Pistolero entraron, observando la escena. Yo me reí, una risa fría que rebotó en las paredes de concreto.

​—Déjame informarte, Pedro, que tú ya mataste a Lunita. Ella se quedó en aquella casa —colqué una mesita frente a él y puse la urna con delicadeza—. ¿Sabes quién está aquí? ¿Te acuerdas de lo que hiciste?

​Él miró las cenizas y luego a mí. El odio y la rabia empezaron a suplantar mi alegría inicial. El aire se volvió pesado.

​—¿Te volviste loca? —escupió él—. ¡Fuiste tú la que me metió aquí! ¡Deja que me suelte y te voy a dar la pela de tu vida!

​—Tumba —dije sin quitarle la vista de encima—, ayúdame a que haga memoria. ¿Te acuerdas la noche que golpeaste a Luna hasta dejarla inconsciente? Y luego fuiste por su madre... la golpeaste tanto, Pedro. Le clavaste ese cuchillo... Tumba, golpéalo. Que sienta un poco de lo que ella sintió.

​El Tumba no se hizo esperar. Sus puños impactaron en la cara de Pedro una y otra vez. Yo solo reía, alentándolo, disfrutando de cada crujido de hueso.

​—¡Basta, Tumba! Gracias.

​—De nada, Reina —respondió él, retrocediendo.

​Pedro, con la cara bañada en sangre, soltó una carcajada enferma.

​—Las maté a las dos... pero tú quedaste viva.

​Me incliné hacia él, tomándolo del mentón con fuerza.

​—Te equivocas, Pedro. A Luna también la mataste. Luna murió viendo a su madre arder en ese fuego. La que tienes enfrente es la que te va a cobrar cada golpe, cada grito y cada gota de sangre. Yo soy la que se va a vengar por las dos.

​Agarré un pequeño instrumento de la mesa, uno que prometía un dolor lento y detallado. El juego apenas estaba comenzando

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la potaxia 63
☺️🤭
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