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La Leyenda De Huang Yi : La Vice-generala Inquebrantable.

La Leyenda De Huang Yi : La Vice-generala Inquebrantable.

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / Reencarnación
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lewis Alexandro Delgado

En un mundo dominado por hombres, la legendaria maestra de artes marciales Mei Ling reencarna como un joven en la antigua Dinastía del Dragón. Ocultando su verdadera identidad femenina y su vasta experiencia, Mei Ling, ahora Huang Yi, debe navegar en una sociedad machista mientras se enfrenta a un carismático y sarcástico General, librando batallas internas y externas para sobrevivir, honrar a su familia y forjar un camino hacia la igualdad, todo mientras guarda un secreto que podría costarle la vida.

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Retirada

Tomé impulso y, usando la inercia y toda mi potencia, me lancé hacia arriba, elevándome en el aire como un ángel vengador. Descendí sobre él blandiendo su propia arma con una destreza magistral. El golpe fue limpio, certero y brutal. La hoja atravesó cuero, carne y hueso sin encontrar resistencia. La cabeza del general enemigo se separó de su cuerpo y rodó por el polvo, mientras su enorme cadáver caía con estruendo, derribando a varios soldados que estaban cerca.

—¡El general del segundo batallón ha caído! —gritó alguien entre nuestras filas, y el grito se transformó en júbilo.

Pero el peligro no había terminado. Los enemigos, cegados por la rabia y la desesperación, recurrieron a tácticas viles. Lanzaron antorchas y recipientes de aceite inflamable. De repente, una zona del campo se convirtió en un infierno. Las llamas se elevaron con furia voraz, creando una barrera de fuego impenetrable. A través del resplandor anaranjado y el humo negro y espeso, vi una imagen que me heló el alma: el General Feng Shang había quedado atrapado en el centro del incendio. Su caballo había muerto y él, con su armadura pesada y golpeada, estaba caído, rodeado de llamas que avanzaban rápidamente hacia él. No podía moverse con la agilidad necesaria y el calor comenzaba a consumirle.

—¡¡GENERAL!! —grité con toda mi fuerza, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mí, algo que jamás me había sucedido en combate.

Sin pensarlo ni un segundo, ignorando el peligro mortal, corrí hacia las llamas. El calor abrasador me golpeó el rostro, el humo quemaba mis pulmones y el fuego lamía mi ropa y mi piel, pero el dolor era lo último que me importaba en ese instante. Mi determinación era más fuerte que el fuego mismo. Atravesé la cortina de llamas como una flecha, protegiéndome el rostro con el brazo y usando mis artes marciales para esquivar las zonas más calientes.

Llegué hasta donde él estaba. El General, hombre de casi dos metros de estatura y de constitución imponente, estaba herido y aturdido. Sin dudarlo, me agachué, pasé mis brazos bajo su cuerpo y lo levanté del suelo con una facilidad que desafió toda lógica. Sentía cómo su peso descansaba sobre mí, pero gracias al entrenamiento secreto que había realizado y a la fuerza recuperada de mi vida pasada, sus casi cien kilos no fueron un obstáculo. Lo cargué sobre mi hombro como si fuera un saco de plumas, protegiendo su cuerpo con el mío de las chispas y las brasas que volaban por todas partes.

Corrí de regreso hacia la seguridad, saliendo del infierno justo cuando las llamas se cerraban tras de mí. Mis ropas estaban parcialmente quemadas, tenía heridas superficiales en los brazos y el rostro, y mi cuerpo gritaba por el esfuerzo, pero no me importó. Había salvado al hombre que, sin saberlo, ocupaba gran parte de mis pensamientos.

Los soldados enemigos que observaban la escena quedaron paralizados por el horror y el asombro. Ver a aquel pequeño soldado, que apenas les llegaba al pecho, derrotar a su general gigante y luego atravesar un incendio infernal para rescatar al suyo, cargando con él como si fuera un niño pequeño, rompió toda su moral. El pánico se extendió como la pólvora entre sus filas. Creían que nos acompañaban los dioses de la guerra. Gritando de terror, dieron media vuelta y huyeron despavoridos, retirándose en una caótica desbandada, dejando atrás armas, estandartes y a sus compañeros muertos o heridos. Habíamos ganado esta batalla, aunque sabíamos que la guerra estaba lejos de terminar. Quedaba un ejército de miles de hombres enemigos que aguardaban pacientemente, como depredadores astutos, el momento exacto para volver a atacar con toda su fuerza.

Llevé al General hasta un lugar seguro, cerca de los límites del campamento militar, y lo deposité suavemente sobre la hierba fresca. Mis heridas ardían y la sangre manaba de algunos cortes, pero para mí eran daños insignificantes, meras marcas de guerra que sanarían pronto. Me senté a su lado, esperando a que recuperara el conocimiento, limpiando la sangre de mis manos con un paño, observando su rostro cansado pero noble.

Poco a poco, sus párpados se movieron y finalmente abrió los ojos, esos ojos oscuros y profundos que tantas veces me habían mirado con autoridad y otras veces con una ternura oculta. Sus ojos se enfocaron en mí, recorriendo mi figura pequeña, mi ropa rasgada, mis brazos manchados de hollín y sangre. Se incorporó lentamente, apoyándose en sus codos, y me miró con una expresión que mezclaba la incredulidad más absoluta, la admiración sin límites y una emoción que jamás había visto en él.

Extendió una mano temblorosa y la posó sobre mi hombro, apretándolo con suavidad pero con firmeza.

—Yi... —susurró con voz ronca y emocionada—. Yi, eres el hombre más valiente que he conocido en toda mi vida. Eres increíble... simplemente increíble. No sé cómo agradecerte lo que acabas de hacer por mí. Me has salvado la vida, arriesgando la tuya sin dudarlo ni un instante. Eres una fuerza de la naturaleza, pequeño soldado.

Lo miré a los ojos, y en ese momento, a pesar de estar cubierto de polvo y cenizas, sentí la necesidad de hablar, de expresar lo que mi corazón, forjado en la fortaleza, me dictaba. Mi voz sonó clara, elegante y profunda, como si las palabras brotaran de los libros más sabios y refinados de la lengua:

—General —comencé, con dicción perfecta y un tono que resonó con solemnidad—, no es la apariencia ni la estatura lo que define la grandeza de un ser humano, ni su capacidad para actuar con valentía y honor. En este mundo, a menudo se nos quiere enseñar que la fortaleza reside únicamente en los músculos o en la rudeza del carácter, y que la delicadeza o la suavidad son sinónimos de debilidad. Pero permítame decirle, señor, que nada está más lejos de la verdad. —Hice una pausa, mirando hacia el horizonte donde el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de púrpura y oro, y continué con una elocuencia deslumbrante—: La verdadera fortaleza es aquella que nace del espíritu y se alimenta de la inteligencia, de la dignidad y de la capacidad de resistir ante la adversidad sin perder la propia esencia. La verdadera fortaleza reside en la voluntad, en la lealtad y en el corazón que sabe proteger lo que ama, sin importar el tamaño del cuerpo que lo alberga. Somos seres de una resiliencia infinita; llevamos en el alma una fuerza serena y poderosa que nos permite transformar el dolor en sabiduría y la opresión en libertad. No somos frágiles como el cristal que puede romperse con facilidad, sino que somos como el acero más fino: podemos doblarnos ante las tormentas más severas, pero jamás nos quebramos. Tenemos el don de crear, de proteger, de sanar y de luchar con una pasión y una entrega que pocos corazones pueden comprender en su totalidad. Nuestra grandeza reside precisamente en esa dualidad perfecta: ser capaces de la mayor ternura y, al mismo tiempo, de la más inquebrantable firmeza. Quien no entiende esto, quien juzga el valor por lo que ven los ojos, está ciego ante la verdadera magnificencia del espíritu humano.

Mis palabras quedaron flotando en el aire, cargadas de verdad y belleza. El General me escuchaba embelesado, como si estuviera oyendo las más sublimes enseñanzas de los antiguos sabios. No sospecho nada con mi discurso, él sentía en la profundidad de su alma y la sabiduría que yo albergaba, viendo en mí a un joven excepcional, un guerrero incomparable. Me miraba con una admiración que crecía por momentos, sin saber que bajo aquella armadura latía el corazón de la mujer que amaba.

—Tienes razón, Yi —dijo finalmente, con voz llena de respeto—. Tienes toda la razón. Nunca había escuchado palabras tan sabias y profundas. Eres extraordinario.

Ayudé al General a levantarse. Sus heridas eran graves, pero podían sanar. Lo sostuve del brazo mientras caminábamos de regreso hacia el campamento, donde los médicos y los soldados nos esperaban con ansiedad y veneración. Yo sentía un cansancio profundo en mis huesos, pero también una satisfacción inmensa. Habíamos ganado la batalla, pero la guerra continuaba, y con ella, la necesidad absoluta de mantener mi identidad oculta. Sin embargo, algo había cambiado. Mi vínculo con el General se había vuelto indisoluble, y mientras caminábamos juntos bajo el cielo que comenzaba a oscurecerse, una pregunta inquietante surgió en mi mente, dejando suspendido el destino de ambos en un hilo de incertidumbre: ¿Cuánto tiempo más podría mantener oculto mi secreto, y qué sucedería el día en que el destino decidiera revelar que el valeroso soldado que le había salvado la vida es una mujer.

El general está feliz por qué verá a su gatita.

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Gabriela Herrera
cierto con eso lo eliminaba por completo 😂
Maria Del Carmen Alfonso
muy muy hermosa la novela muchas felicitaciones👏👏🥰
Aleida Delgado Santana: Gracias a usted.
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santiago bock herrera
Huy gatita salvaje estas en problemas
santiago bock herrera
No hay enemigo pequeño
santiago bock herrera
🥰🤣🥰🤣
santiago bock herrera
Y las agujas venenosas donde estan
Aleida Delgado Santana: Se le olvidaron, era un momento de tension.
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santiago bock herrera
, buenísima esta la novela
Aleida Delgado Santana: Gracias.
total 1 replies
Paola Cordero
Porfa porfa autora no se demore tanto en actualizar esta hermosas historia esta que 🔥🔥🔥🔥🔥
Paola Cordero: Ayy si porfa las otras dos que ya estoy leyendo están muy yyyy buenas tambien
total 2 replies
Danita 🥰
Está buena la novela 👍
Aleida Delgado Santana: Gracias.
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