Es una historia intensa y visceral sobre pasión, ambición y lealtad en un universo donde cada decisión puede ser la última.
Un romance envuelto en balas.
Una guerra donde el corazón es el único territorio que no están dispuestos a perder.
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CAPÍTULO 18.
El dolor empezó cuando todavía era de madrugada.
La casa estaba en silencio, envuelta en esa calma profunda que llega antes del amanecer. El océano golpeaba los acantilados con el mismo ritmo constante y el viento movía suavemente las cortinas de nuestra habitación.
Yo estaba medio dormida cuando una punzada intensa atravesó mi vientre. Abrí los ojos de golpe, al principio pensé que era otra de las molestias de las últimas semanas. Así que me quedé quieta, respirando despacio… Esperando que pasara.
Pero no pasó, ya que el dolor se volvió más fuerte.
_ Gabriel…
Sentí su cuerpo moverse inmediatamente a mi lado. Gabriel se incorporó en la cama y en la penumbra sus ojos se fijaron en mi rostro.
_ Aurora… ¿Qué pasa? _ me preguntó.
Apreté su mano mientras otra contracción me atravesaba.
_ Creo… creo que ya viene.
Por un instante lo vi quedarse completamente quieto. No era miedo exactamente, pero algo dentro de él se tensó y luego reaccionó.
Gabriel encendió la lámpara de su mesita de noche, mientras me ayudaba a sentarme con una delicadeza que contrastaba la fuerza de sus manos.
_ Tranquila _ murmuró, apartándome el cabello del rostro _ Estoy aquí.
Nunca levantó la voz y nunca perdió la calma.
Pero podía sentir la intensidad con la que me observaba, como si cada respiración mía fuera lo único que importaba en ese momento.
Las contracciones comenzaron a hacerse más frecuentes. Gabriel no soltó mi mano ni un segundo.
Fue él quien llamó al médico, fue él quien me ayudó a vestirme y fue él quien me sostuvo cuando otra ola de dolor me obligó a detenerme en medio del pasillo.
_ Respira conmigo, mi amor _ susurró y apoyó su frente contra la mía.
Inhalé.
Exhalé.
Su voz era firme… tranquila… como un ancla en medio de la tormenta que estaba atravesando en ese momento mi cuerpo.
Cuando finalmente llegamos al hospital, el cielo comenzaba a aclararse con los primeros tonos grises del día.
Las enfermeras me llevaron directamente a la sala de parto y le pidieron a Gabriel que se quedara afuera.
No permitió que lo separaran de mí.
_ Me quedo con ella _ dijo simplemente y nadie se atrevió a discutirle.
Las horas siguientes fueron las más largas de mi vida.
El dolor venía en olas cada vez más fuertes. Había momentos en que sentía que no podía más, que mi cuerpo ya no tenía más fuerzas... Pero cada vez que abría los ojos, Gabriel estaba ahí.
Sosteniendo mi mano.
Secando el sudor de mi frente.
Susurrando palabras suaves cerca de mi oído.
_ Lo estás haciendo bien… _ me decia.
_ Ya casi está aquí… _ sigue _ Estoy contigo.
En algún momento enterré los dedos en su brazo con tanta fuerza que seguramente debí lastimarlo.
No se quejó, ni siquiera se movió, solo siguió ahí. Como si su única misión en el mundo fuera sostenerme en ese momento.
Hasta que finalmente el médico dijo las palabras que había estado esperando.
_ Una vez más, Aurora...
Reuní las últimas fuerzas que me quedaban y entonces… Un sonido llenó la habitación...
"Un llanto pequeño".
_ Es un niño _ anunció el médico.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones en una mezcla de alivio y emoción que no sabía cómo contener.
Unos minutos después colocaron al bebé sobre mi pecho... Era tan pequeño y tan cálido. Y sus diminutos dedos se movían en el aire mientras lloraba con fuerza.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
_ Nuestro hijo _ susurré.
Gabriel estaba a mi lado. Lo miré y la expresión en su rostro me dejó sin palabras.
Nunca lo había visto así.
No era el hombre frío que controlaba un imperio ni el estratega capaz de anticipar cada movimiento de sus enemigos. Era simplemente… un padre emocionado por el nacimientode su primer hijo.
Gabriel acercó lentamente la mano y tocó la pequeña cabeza del bebé con una suavidad casi reverente.
_ Hola… pequeño _ murmuró.
Cuando finalmente lo tomó en brazos, lo sostuvo con un cuidado que parecía casi sagrado y nuestro hijo dejó de llorar.
Sus dedos diminutos se cerraron alrededor del dedo de Gabriel y en ese instante algo dentro de mí se quebró. Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.
Gabriel levantó la mirada inmediatamente.
_ Aurora… ¿Te duele algo?
Negué con la cabeza, intentando respirar con calma.
Pero las emociones se mezclaban dentro de mí de una forma que no sabía explicar.
Miré al bebé, luego a Gabriel y entonces… un recuerdo apareció. Un recuerdo que había pasado años intentando enterrar.
_ Mi madre… _ susurré.
Gabriel frunció ligeramente el ceño.
_ ¿Qué pasa con ella?
Tragué saliva mientras acariciaba la pequeña espalda de nuestro hijo.
_ El día que nací ella se fue... Simplemente desapareció _ las palabras salieron más suaves de lo que esperaba.
El silencio llenó la habitación.
_ Recuerdo que pasé años preguntándome qué había hecho mal _ continué _ Pensando que tal vez no había sido suficiente para que se quedara.
Mi voz se quebró.
_ Y ahora… lo miro a él… y no puedo entender cómo alguien puede abandonar algo así de hermoso.
Gabriel no respondió de inmediato. Se acercó a la cama y colocó al bebé nuevamente entre nosotros.
Luego tomó mi rostro entre sus manos.
_ Escúchame bien _ dijo con una calma firme.
Sus ojos se clavaron en los míos.
_ Ese niño jamás va a sentir lo que tú sentiste.
Su voz era baja… pero cargada de una certeza absoluta.
_ Nunca va a preguntarse si es suficiente... Nunca va a sentirse solo.
Gabriel bajó la mirada hacia nuestro hijo.
_ Porque nosotros estamos aquí para él.
Sus dedos se deslizaron sobre la pequeña mano de nuestro hijo.
Me calmé y dejé de llorar, ya que no era justo empañar ese hermoso momento, con recuerdos tristes.
_ Tenemos que darle un nombre _ levanté la mirada hacia Gabriel, para cambiar de tema.
_ Sí… _ murmuró y bajó la mirada hacia el bebé.
Durante meses habíamos hablado de ese momento. Habíamos mencionado nombres al azar, algunos serios, otros en broma, como si el día real aún estuviera muy lejos. Pero en ese momento ya todo era diferente.
_ Tiene que ser un nombre fuerte _ dijo finalmente _ Un nombre que pueda sostener cuando sea grande.
Apoyé la cabeza un poco contra su hombro.
_ Un nombre que no tenga que esconder _ añadí y Gabriel asintió lentamente.
_ Cuando yo era niño… hubo un hombre que me enseñó a sobrevivir _ dijo y yo levanté la mirada. Puesto que sabía que Gabriel casi nunca hablaba de su infancia.
_ Se llamaba Miguel.
El nombre quedó suspendido entre nosotros y lo repetí en voz alta, probándolo.
_ Miguel Herrera.
El pequeño se movió en ese momento, como si hubiera escuchado algo. Gabriel lo miró con una mezcla de sorpresa y emoción.
_ Creo que le gusta su nombre _ murmuró casi riendo _ Bienvenido al mundo, Miguel Herrera.
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ella claramente le dijo que era una trampa pero el de disque macho se fue y cayó en el anzuelo a si que no venga a reclamar nada 😡
despues de aquí seguro aparecerá la valentina esa ocupando el lugar de aurora