Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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El castillo de sombras
El valle del Loira estaba sumergido en una niebla espesa que parecía detenida en el tiempo, como si los siglos de monarquías y traiciones se hubieran condensado en el aire. Alessandra observaba por la ventanilla del Bentley negro mientras ascendían por el camino de grava que conducía al Château des Ombres. El castillo se alzaba como un gigante de piedra gris, con torres afiladas que pinchaban el cielo plomizo y gárgolas que parecían juzgar a cualquiera que osara cruzar el foso.
Este no era el hogar de una familia. Era una fortaleza diseñada para ocultar pecados.
Al bajar del auto, el frío de Francia le pareció a Alessandra mucho más antiguo que el de los Alpes. Allí, en la escalinata de mármol, la esperaba una hilera de sirvientes con librea, todos con la mirada baja y el rostro inexpresivo. Al frente de ellos, con un vestido de terciopelo verde que recordaba a la maleza de un cementerio, estaba Eléonore de Valois.
—Bienvenida a casa, Alessandra —dijo la mujer, su voz proyectándose sin esfuerzo a través del patio—. Has tardado veinticinco años en llegar al lugar donde naciste.
La jaula de oro y terciopelo
El interior del castillo era una oda a la decadencia. Tapices del siglo XVII narraban batallas sangrientas, y el olor a cera de abejas, vino viejo y humedad llenaba los pulmones de Alessandra. Eléonore la condujo hasta el gran salón de los retratos, donde las caras de hombres y mujeres con los mismos ojos que Alessandra la observaban desde marcos dorados.
—Cada persona en esta pared murió protegiendo un secreto —explicó Eléonore, señalando a un hombre con armadura—. Tu abuelo no murió de un infarto; fue envenenado porque quería vender los viñedos a un plebeyo. En esta familia, Alessandra, el linaje es más sagrado que la vida.
—No he venido por tu historia, Eléonore —cortó Alessandra, dejando su maletín sobre una mesa de caoba que valía más que una flota de coches—. He venido por Isabella. Dijiste que la tenías aquí.
Eléonore sonrió, una curva lenta y peligrosa.
—Isabella está recibiendo el tratamiento que merece. Los mejores especialistas en reconstrucción facial están trabajando en ella en el ala oeste. Pero ella no es más que una distracción. Tú estás aquí porque mañana es el Baile de la Luna Roja. Todos los socios de la Orden de Valois vendrán a conocer a la heredera. Si no te presentas como una de nosotros, la junta directiva de Blue Phoenix será el menor de tus problemas. Estos hombres controlan bancos centrales, no solo constructoras.
El precio del nombre
Durante la cena, servida en una mesa de plata tan larga que apenas podían escucharse, Eléonore desplegó su red. Alessandra comprendió con horror que Blue Phoenix no había sido solo su creación; su madre, desde las sombras de su cautiverio o a través de testaferros, había estado guiando ciertos movimientos para asegurar que su hija tuviera el capital necesario para este momento.
—Me usaste —dijo Alessandra, dejando caer el tenedor de plata con un sonido metálico que resonó en la bóveda—. Cada movimiento que hice en la bolsa, cada empresa que absorbí... tú estabas detrás de algunas de esas pistas anónimas.
—Te di las herramientas, pero tú tuviste la voluntad de usarlas —respondió Eléonore con frialdad—. Un Valois no espera a que le den el poder; lo toma. Pero ahora, para consolidar tu posición, debes hacer algo más. Debes renunciar legalmente a tu matrimonio con Julián.
Alessandra sintió que el aire se le escapaba.
—¿Qué has dicho?
—Ese hombre es un lastre —sentenció la madre—. Un constructor de provincias con complejos de héroe. No encaja en el mundo que te espera. La Orden no aceptará a un extraño en el círculo íntimo. Si quieres el control total de la herencia y la seguridad de que Isabella nunca vuelva a tocarte, mañana firmarás los papeles de anulación.
La rebelión del Fénix
Alessandra se puso de pie, su sombra proyectándose larga sobre la mesa bajo la luz de los candelabros.
—Julián no es un lastre. Julián es la única razón por la que todavía tengo un rastro de humanidad en este nido de víboras que llamas familia. No voy a anular nada.
—Entonces —dijo Eléonore, levantando su copa de vino—, me temo que el despertar de Julián en el hospital será más corto de lo que esperabas. Mis hombres están en cada esquina de ese centro médico. Un error en el goteo de su medicina, un fallo eléctrico... es tan fácil que la tragedia golpee dos veces, ¿no crees?
Alessandra se inclinó sobre la mesa, sus ojos brillando con una furia que hizo que Eléonore retrocediera un milímetro.
—Si le pasa algo a Julián, quemaré este castillo contigo dentro. No me importa el linaje, no me importa la herencia. He pasado toda mi vida siendo la sombra de otros. No intentes convertirme en la tuya.
El regreso del guerrero herido
Mientras tanto, en la ciudad, a miles de kilómetros de distancia, Julián se arrancaba los cables del monitor con manos temblorosas. Su brazo estaba vendado, su cuerpo gritaba de dolor, pero su mente estaba más clara que nunca. Había encontrado la nota que Alessandra intentó ocultar.
—Marcus —dijo Julián al ver entrar al jefe de seguridad en la habitación—, si no me llevas al aeropuerto ahora mismo, te juro que iré gateando. Ella cree que puede pelear esta batalla sola para protegerme, pero no entiende que yo prefiero morir a su lado que vivir en un mundo donde ella sea otra vez una prisionera.
Marcus miró al hombre herido, viendo en sus ojos la misma determinación suicida que había visto en Alessandra.
—El avión está listo, señor. Pero sepa una cosa: entrar en el Castillo de Sombras es entrar en una guerra que no se gana con dinero, sino con sacrificios.
—Entonces —respondió Julián, poniéndose su chaqueta con esfuerzo—, que empiecen los sacrificios.