Melisa Thompson, una joven enfermera de buen corazón, encuentra a un hombre herido en el camino y decide cuidarlo. Al despertar, él no recuerda nada, ni siquiera su propio nombre, por lo que Melisa lo llama Alexander Thompson. Con el tiempo, ambos desarrollan un amor profundo, pero justo cuando ella está lista para contarle que espera un hijo suyo, Alexander desaparece sin dejar rastro. ¿Quién es realmente aquel hombre? ¿Volverá por ella y su bebé? Entre recuerdos perdidos y sentimientos encontrados, Melisa deberá enfrentarse al misterio de su amado y a la verdad que cambiará sus vida.
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Entre la desesperación y la venganza
Melisa y su espera interminable.Los días pasaban y la incertidumbre consumía a Melisa. Desde la desaparición de Alexander, cada hora se sentía como un tormento. No dormía bien, no tenía hambre y las náuseas del embarazo la dejaban agotada.
A veces, en medio de la madrugada, despertaba con la esperanza de que Alexander estuviera a su lado, pero al ver la cama vacía, la tristeza la invadía con fuerza.
—Maldito Alexander… murmuró una noche, abrazando la almohada con frustración. Si tenías que irte, al menos podrías haberte llevado los síntomas del embarazo. No es justo que solo yo tenga que sufrirlos, ¡nuestro hijo lo hicimos los dos!
Pero después de la ira, venía la tristeza. Se sentaba en el sofá, mirando una y otra vez las fotos que tenía con él en su celular.
—¿Por qué desapareciste? susurraba entre lágrimas. ¿Qué pasó? ¿Por qué no me llamaste?
Después, la tristeza se transformaba nuevamente en enojo.
—Si te encuentro, Alexander o como quiera que te llames, te voy a dar la cachetada de tu vida. ¿Cómo te atreves a dejarme sola en este estado difícil?
Las hormonas del embarazo la tenían en un vaivén emocional que la dejaba agotada.
Alicia, que había notado su estado, trataba de estar con ella lo más que podía.
—Amiga, tienes que calmarte. No es bueno para ti ni para el bebé.
—No puedo, Alicia… No saber nada de él me está volviendo loca.
—El investigador sigue buscando pistas. Ten paciencia.
Pero la paciencia no era precisamente el fuerte de Melisa.
Su estado emocional la llevó a tomar una decisión: pedir licencia en el hospital. No estaba en condiciones de trabajar y, después de hablar con el director, logró conseguir un permiso de ausencia.
—Tómese el tiempo que necesite, señorita Thompson. Su bienestar es lo más importante.
Ahora solo quedaba esperar… y eso era lo más difícil.
En España, Samuel ya había tomado el control de su vida nuevamente. Se reunió con Gabriel, su mejor amigo y mano derecha en los negocios, quien no tardó en bombardearlo con preguntas.
—Te mandé a buscar por cielo, mar y tierra, Samuel. Pero era como si nunca hubieras existido. ¿Dónde demonios te metiste?
Samuel suspiró, llevándose una mano a la cabeza.
—No lo sé, Gabriel. Lo último que recuerdo es haber escapado de los secuestradores y después… nada. De repente, desperté en una cafetería en Nueva York.
Gabriel lo miró con seriedad.
—Eso no es normal. Deberías ir a un médico.
Samuel siguió su consejo y se hizo varios exámenes. El diagnóstico era claro: amnesia lacunar por lesiones cerebrales o trauma psicológica del secuestro.
—Es posible que tu cerebro haya bloqueado un período de tu vida para protegerte del estrés extremo, le explicó el doctor. Tal vez con el tiempo, algunos recuerdos vuelvan.
Pero a Samuel no le importaba recuperar esos recuerdos.
No ahora.
—Tengo cosas más importantes que hacer, le dijo a Gabriel. Débora debe pagar por todo lo que ha hecho.
Gabriel le contó todo lo que había descubierto sobre los movimientos de Débora.
—No solo estuvo desviando dinero de la empresa a cuentas offshore, también sigue maltratando a tu hermano. Samuel, esa mujer es un demonio.
El coraje , la indignación se notaba claramente en los ojos de Samuel.
—Eso se acabó. Voy a denunciarla.
Sin perder tiempo, fue a la comisaría y presentó todas las pruebas.
—Quiero presentar cargos por asesinato, maltrato infantil y fraude corporativo.
Los agentes revisaron la documentación y se dieron cuenta de que el caso era grave.
—Señor Medina, vamos a proceder con la investigación de inmediato.
Pero Samuel sabía que Débora no era una mujer que se quedaría de brazos cruzados.
—"Si sospecha algo, intentará huir…"
Y no se equivocó.
Débora ya tenía todo listo para desaparecer. Sabía que tarde o temprano Samuel podría regresar y arruinar sus planes, por lo que había estado sacando dinero de la empresa poco a poco, asegurándose de que no quedara casi nada cuando él volviera.
Mientras revisaba sus documentos falsos y su boleto de avión, se rió para sí misma.
—Si ese imbécil regresa, la sorpresa que se va a llevar será grande.
Miró la maleta que tenía lista y luego a su hijo, que dormía en la cama.
—Peor error de mi vida.
Apretó los dientes con desprecio.
—Si pudiera, te vendería. Al menos servirías para algo.
Pero no lo haría. No porque tuviera algún apego maternal, sino porque cargar con un niño le daba una imagen más creíble.
—"Las madres solteras siempre despiertan compasión… y eso puede ser útil."
Miró su reloj. Faltaban pocas horas para su vuelo.
—"Adiós, Samuel. Adiós, España. Nos vemos hasta nunca."
Pero lo que no sabía era que Samuel ya la había denunciado .
Y su escape no iba a ser tan fácil como pensaba.