Cathanna creció creyendo que su destino era convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar. Pero todo cambió cuando ellas llegaron… Brujas que la reclamaban como suya. Porque Cathanna no era solo la hija de un importante miembro del consejo real, sino la clave para un regreso que el reino nunca creyó posible.
Arrancada de su hogar, fue llevada al castillo de los Cazadores, donde entrenaban a los guerreros más letales de todo el reino, para mantenerla lejos de aquellas mujeres. Pero la verdad no tardó en alcanzarla.
Cuando comprendió la razón por la que las brujas querían incendiar el reino hasta sus cimientos, dejó de verlas como monstruos. No eran crueles por capricho. Había un motivo detrás de su furia. Y ahora, ella también quería hacer temblar la tierra bajo sus pies, desafiando todo lo que crecía.
NovelToon tiene autorización de lili saon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO DIECIOCHO: PRIMER DUELO
—¡Atención! —su voz sonó tan fuerte como los truenos que podía provocar—. Habrá cambios en algunos entrenamientos. Se especificarán en el nuevo Código del Aprendiz, que estará disponible en la biblioteca dentro de dos soles —hizo una breve pausa mirando a todos, pero en especial a ella—. Como ya saben, tenemos nuevos reclutas. Esta formación tiene un propósito para ellos. Los antiguos pueden retirarse. Los nuevos en filas pares. ¡Ya, ya, ya!
Todos obedecieron. Cathanna quedó de primera en la segunda fila. Sus piernas temblaban por el miedo que sentía. Cerró los ojos mientras suspiraba pesadamente.
Xaren se partiría de la risa si la viera ahora, tan asustada.
—Ahora, los Aprendices prefectos se encargarán de guiarlos en su primer día de entrenamiento. Por favor, no sean tan idiotas para hacer las cosas mal hoy —una sonrisa se dibujó en su rostro —. Nadie los tratara como si pertenecieran a la realeza.
De inmediato, varias figuras avanzaron desde el frente. La primera era una mujer alta y musculosa. Detrás de ella, un hombre de piel morena caminaba con paso lento, su largo cabello recogido en una coleta alta. Después apareció una mujer de piel translúcida y orejas puntiagudas. A su lado, un hombre de ojos rojos avanzaba con aparente despreocupación. Y, por último, una mujer con largas trenzas y adornadas con pequeñas joyas doradas.
Cada uno comenzó a nombrar los grupos. Pero su mirada seguía en Zareth quien se encontraba hablando con una mujer hermosa, cuya sonrisa parecía iluminar más que el sol.
Cathanna curvo una ceja, sin poder apartar su mirada. Sin embargo, se vio obligada a hacerlo cuando escuchó su nombre, provenir de la mujer de trenza que tenía un pergamino en sus manos. Elevó la mano, con miedo.
—Heartvern. —Ella volteó, encontrándose con un hombre un año mayor. Tenía un parche en el ojo —. Un bello apellido para una mujer bella.
—He escuchado lo bella que soy desde que tengo memoria. —Volvió a mirar al frente—. ¿No tienes uno mejor para decirme?
—Vaya, alguien con una autoestima sólida.
—No es autoestima, es una realidad —respondió con calma, sin rastro de modestia en su voz —. Nadie podría impresionarme con palabras baratas.
Comenzaron a caminar, alejándose cada grupo uno de otros. No le había tocado con ninguno de sus compañeros de casa, algo que no le gusto, pues se sentía sola. El sendero de piedra se extendía entre los árboles como si fuera una serpiente, con la luz del sol filtrándose a través de las ramas y las hojas crujiendo bajo sus pies. A un lado, un muro de piedra cubierta de musgo les acompañaba, los faroles inmóviles sobre él, esperaban que la noche llegará para tomar vida.
A medida que se acercaban al lugar, el aire se tornaba más fresco, lleno de olor a tierra mojada. Los pájaros cantaban en sintonía. Cathanna no era amante de la naturaleza porque, según ella, había muchos animales salvajes y mosquitos que le arruinarían su perfecta piel.
El camino terminó por abrirse en un claro donde, oculto entre los altos pinos, se alzaba un gran anfiteatro de piedra y madera. Los bancos curvos descienden en terrazas hasta el escenario natural, rodeado de flores silvestres. Se acercaron y tomaron asiento, de pronto, espadas aparecieron en las manos de cada una. Cathanna bajo la mirada. Tenía el logo del castillo en tono, su mango y la hoja era filosa, de un color plateado que permitía ver su reflejo.
Un hombre alto y regordete salió de entre los árboles. Tenía una túnica negra, sujetada a su cintura con un cinturón de cuerpo. Se acercó al centro del escenario, con las manos detrás y una mirada tan filosa como la de las espadas que los aprendices tenían en sus manos.
—Mi nombre es Alcázar. Me enorgullece ser la primera clase que tienen ustedes, chicos —empezó con una voz dura—. Pero no se confundan, no estoy aquí para entretenerlos ni para ser su niñera. Aquí aprenderán, sí. Pero lo harán a mi manera. Si esperan una lección tranquila y apacible, pueden marcharse ahora.
Cathanna tragó duro mientras sostenía la espada con firmeza, temiendo que se escapara. Se acomodó en su lugar.
Alcázar siguió hablando sobre el entrenamiento con espadas, explicando cuál era la funcionalidad de una y como esta puede atrapar el alma del aniversario si se usaban las técnicas correctas. Hizo una serie de movimientos con la que apareció en su mano.
La emoción creció en su pecho. No conocía ninguna de ellas. Eran tan maravillosas que se imaginaba cómo podría usarlas, uniendo el aire como un aliado.
Alcázar les indicó que se levantaran y fueran al escenario. Los puso en parejas y comenzó a enseñarles movimientos que después tendrían que usar para desarmar a su contrincante. Ella lo hizo con facilidad, sin prestarle atención al hombre que tenía al frente, solo cuando el instructor dio la orden de comenzar; fue que le dio una mirada, bajando la espada.
—¿Qué sucede? —soltó él con una voz burlona—. ¿Tienes miedo de perder antes de empezar?
—Ni siquiera hemos empezado. Pero si necesitas presumir para sentirte mejor, adelante. Te concedo el permiso.
—Eres interesante. —Giró la espada en sus manos —. ¿Cómo te llamas?
—No veo por qué te importaría.
—Bien, “No veo por qué te importaría”, veamos qué tan buena eres. Debes saber que he usado muchos tipos de armas, y esa simple espada será algo fácil de manejar.
Ambos se unieron en el entrenamiento como los demás. Sin embargo, de un momento a otro, su oponente lanzó la espada contra ella con brusquedad, haciéndola caer en un golpe seco. De su boca escapo un fuerte gemido de dolor. Las miradas de los demás no se hicieron esperar.
—Sin movimientos bruscos —le dijo el profesor —. Es solo un calentamiento.
—Solo fue un accidente —respondió él, sin dejar de verla.
Cathanna rodó los ojos y se levantó, sintiendo el dolor de sus heridas, palpitando, al tiempo que un fuerte trueno retumbaba en el cielo, dando señales de que pronto el sol se escondería para dar paso a las nubes grises.
El calentamiento se prolongó lo suficiente para que las espadas cayeran al suelo una y otra vez, testigos de la fatiga y la inexperiencia de algunos aprendices.
—Ahora pasaremos a un combate un poco más real. Denme un espectáculo verdaderamente cautivador —dijo Alcázar.
—¿Crees que son capaces de dar más? —inquirió la mujer que los había llevado, cuyo nombre era Gria—. Parecen ratones asustados.
—¡Pero claro que sí! No les tengo mucha fe, pero no creo que sean tan malos. Si están aquí es por algo. Así que, demuéstrenlo. Serán por parejas.
Como era de esperarse, después de haber llamado la atención, fueron la primera pareja en enfrentarse. Cathanna se preparó mentalmente. Su oponente era hábil con la espada, pero ella no se quedaba atrás. Arien comenzó a caminar en círculos a su alrededor, como un depredador midiendo a su presa. Su mirada desprendía arrogancia, la misma que había visto antes en su futuro prometido.
Sin previo aviso, él atacó. Cathanna apenas tuvo tiempo de reaccionar, esquivando el golpe en el último segundo. Un ardor repentino recorrió su mejilla. Llevó los dedos a la herida y cuando los miró, encontró sangre. Sin embargo, algo en ese líquido oscuro le resultó extraño. Era más denso, más profundo en tono, diferente a lo que recordaba.
Apretó con fuerza la empuñadura de su espada y avanzó. Esta vez, no se contuvo. Su oponente giró con agilidad, su capa ondeando en el aire con el movimiento, pero el filo de Cathanna fue más rápido. La tela se rasgó con un sonido seco.
Él se detuvo, sorprendido. Bajó la mirada a su capa dañada y luego a ella, como si no pudiera creer lo que acababa de ocurrir. Si no se hubiera movido a tiempo, la espada habría hecho mucho más que cortar su ropa.
—Pero, ¿qué has hecho? —su voz sonó con tanta furia.
—Solo te ataqué —respondió, bajando la espada.
—Dañaste mi capa.
—Solo es ropa —dijo ella, con una sonrisa que dejaba notar sus hoyuelos—. No es para tanto. Tú arruinaste mi rostro. Eso es mucho peor.
—¿Eso te molesta? —Se acercó a paso lento. Puso su mano en su rostro y le dio una pequeña bofetada, que encendió la rabia dentro de ella—. Ni que fueras tan bonita para preocuparte por unos simples rasguños. Vamos, princesa, no es para… tanto.
Sin pensarlo, lo empujó con fuerza, apartándolo de su camino.
—No vuelvas a tocarme o te juro que tu uniforme no será lo único que terminará destruido hoy. No vuelvas a decirme princesa nunca más en tu patética vida.
—Entonces demuéstralo —susurró él, con una sonrisa burlona—. Atacas como una. ¿Acaso tu mamá nunca te enseñó a usarla de verdad? Pobre princesita, tan indefensa. Deberías estar buscando a tu esposo en lugar de estar aquí, aparentando ser un hombre.
Pero esta vez, ella no esperó a responder. No le dio la oportunidad de soltar otra palabra. Se lanzó al ataque con una furia contenida, con la fuerza de cada herida invisible que aquellas palabras le habían abierto.
A su alrededor, los murmullos se intensificaron. Eran como agujas punzantes perforando la piel. Voces masculinas reían entre dientes, soltando comentarios hirientes, despectivos, como si su presencia allí fuera una broma. Las pocas mujeres presentes guardaban silencio, pero sus miradas no eran menos pesadas.
La impotencia la devoraba desde dentro. ¿Por qué ellos eran los únicos que poseían el conocimiento, la fuerza, el derecho de blandir una espada sin que nadie lo cuestionara? ¿Por qué siempre estaban un paso adelante sin siquiera permitirle la oportunidad de caminar? ¿Por qué ellas solo debían ser las princesas que se quedaban al margen, sin saber, sin luchar?
Ella no era una “princesa”. Podía defenderse. Lo había demostrado en varias ocasiones, aunque no con la destreza de alguien que había recibido entrenamiento desde la infancia. Pero, ¿acaso eso la hacía menos? ¿El no haber sido instruida desde niña, la convertía en alguien inferior a quienes sí lo habían sido?
Con un movimiento rápido, lo desequilibró. Su cuerpo cayó al suelo con fuerza, levantando una nube de polvo. Antes de que pudiera reaccionar, ella presionó su pie contra su pecho, clavando la punta de su espada a solo centímetros de su rostro. Ambos respiraban agitadamente. Su oponente tenía la mirada fija en el filo de la espada, sin decir una sola palabra.
—Te lo repito por si no quedo en tu pequeña cabeza: No soy una princesa y si lo fuera, no tendría nada de malo —Presionó más su pisada —. Y soy Cathanna, por si no sabías mi nombre.
El instructor no tardó en interponerse. Su presencia, aunque no imponía respeto de inmediato, tenía algo que obligaba a prestar atención. Su mirada severa se posó primero en ella, luego en la espada que aún sostenía en alto.
—Humillar, no hace parte de nosotros, señorita. Recuerde que un Cazador es alguien que vela por la seguridad de las personas, y eso incluye respetar a cada una de ellas —dijo entre dientes, con esos ojos juzgadores que, por un instante, le recordaron a su madre—. Pida perdón ahora mismo.
Una risa seca, incrédula, escapó de sus labios. Sus dedos se aferraron con más fuerza a la empuñadura de la espada, sintiendo la furia trepar por su garganta. No era de las que pedían perdón. No quería serlo nunca, menos cuando no tenía la culpa.
—Solo me defendí de sus palabras —su expresión se endureció —. No debo pedir perdón por eso. No tiene ningún sentido hacerlo.
—Él no le dijo nada hiriente —su mirada la recorrió de arriba abajo—. No sea tan dramática, señorita.
Las palabras se hundieron en su pecho como un puñal. Miró a su alrededor, buscando algún atisbo de apoyo. Solo rostros expectantes, indiferentes, tal vez incluso divertidos con la escena. Para ellos, no había sido nada. Los comentarios, las burlas, las risas veladas eran normales. Para ellos, ella era la dramática, la exagerada, la que no sabía nada. Y él… él era el indefenso, el que no hizo nada, el que se creía superior y, aun así, recibiría la compasión de todos.
Sus dedos se aferraron con tanta fuerza al mango de la espada que los nudillos se pusieron blancos. Pero al final, la soltó. No por sumisión. No porque estuviera de acuerdo. La soltó porque la impotencia pesaba demasiado. Porque sabía que, aunque gritara, aunque peleará, aunque se desgarrara en mil pedazos, nada cambiaría. Y eso era lo que más dolía.
—No pienso pedir perdón —afirmó, alejándose del hombre en el suelo —. No veo porque es necesario eso, instructor.
—No es negociable, señorita.
—No será negociable para usted —respondió, acercándose a él sin mostrar la menor señal de intimidación—. Pero no voy a pedir perdón, ni hoy ni nunca. Y no importa las consecuencias de mis palabras. Ya no me importa.
—¿Acaso tus padres no te enseñaron lo que significa obediencia? Si no lo aprendes a las buenas, será a las malas entonces.
—Dígame algo, ¿por qué su actitud, sus comentarios pasivos, pero al mismo tiempo tan agresivos, están bien vistos? Nadie lo reprende, no hay miradas juzgadoras hacia él, pero… si me defiendo, ya que al parecer nadie más piensa hacerlo, ¿por qué eso está mal? ¿Cuál es la diferencia entre él y yo?
El instructor entrecerró los ojos, su mandíbula se tensó, pero no tuvo una respuesta inmediata. Porque sabía que ella tenía razón. Porque las reglas estaban hechas para ellos, no para ellas.
—Obtendrá un castigo por su altanería.
Sus palabras no fueron una sorpresa. Claro que habría un castigo. No por haber hecho algo mal, sino por no haberse quedado en silencio, por no haber aceptado su lugar sin cuestionarlo.
—Haz cien flexiones, ya que pareces tan ansiosa por demostrar tu valía —su tono era seco, sin atisbo de emoción. No era una advertencia, sino un hecho.
Algunas risas contenidas se escaparon entre los presentes. Un castigo disfrazado de entrenamiento. Qué conveniente.
—Será un placer. —Hizo una reverencia.
Miro sus manos vendadas, cuyo dolor aún no desaparecida por completo. Se quitó la capa, dejándola lejos y comenzó a hacer las flexiones. El dolor no tardó en llegar, pero no les daría el gusto de verla humillada. Subió, bajó, volvió a subir y bajo nuevamente.
—No podrás hacerlo, chica —dijo el instructor —. Si pides perdón, todo se solucionará. No seas tan orgullosa.
—Déjala —intervino Gria sin dejar de verla —. Que demuestre de lo que está hecha.
El cansancio dominó su cuerpo junto con el dolor y los gemidos ahogados que soltaba. Quería rendirse, necesitaba descansar ya. La sangre que salía de sus manos manchaba el verde pasto. Su respiración era pesada, su cabeza dolía y las ganas de vomitar no tardaron en llegar. Sin embargo, cerró su garganta, obligando a las náuseas a retroceder.
No iba a caer.
El instructor estaba molesto al ver como ella iba a lograrlo. En sus años de profesión en el castillo, ninguna persona, menos una mujer, se había atrevido a desafiarlo de esa manera. Veía coraje y fortaleza en ella, pero el enojo que sentía hacía que fuera imposible que se lo diera a reconocer.
Cathanna terminó de hacer las flexiones, sus vendas estaban manchadas con su sangre. Se puso de pie con dificultad, pero el instructor no le dijo nada, solo le dio la espada y continuó con el entrenamiento. Ella sintió el coraje adentrarse más en su cuerpo. Tomó una gran bocanada de aire, obligando a calmarse.
Cuando terminó el entrenamiento, el grupo se dispersó con rapidez, algunos murmurando entre ellos, otros lanzándole miradas que iban desde la burla hasta la admiración contenida. Sabía que, para la mayoría, lo que había hecho no significaba nada. No iba a cambiar sus pensamientos. No iba a hacer que la vieran como su igual. Ella no había hablado para ellos. Lo había hecho para sí misma.
—Sabes que acabas de ganarte la atención de todos, ¿verdad? —La voz de Gria sonó fría, como un cubo de hielo que se pegaba a la piel —. Serás la nueva sensación de Rivernum durante las próximas semanas.
Ella chasqueó los labios, girándose hacia ella.
—¿Crees que me interesa su atención? —soltó de golpe —. La he recibido por mucho tiempo. Créeme que ahora no será diferente.
La noche cayó con su manto estrellado. Cathanna avanzaba en dirección a la fortaleza cuando una figura surgió frente a ella. Un ave fénix. Su majestuosidad era inconfundible, y lo reconoció de inmediato. Se transformó en su forma humana, y sus labios se curvaron en una sonrisa que no pudo descifrar del todo.
—Me enteré de que recibiste un castigo —su voz resonó como llamas en sus oídos—. Has sido la primera en meses en recibir un castigo, y más en la primera lección. ¿Qué has hecho?
—Defenderme. —Se encogió de hombros—. No podía permitir que alguien me tratara de una manera irrespetuosa.
—Eso he escuchado. No es muy común que las personas se rebelen de esa manera. Los rumores han comenzado a surgir por tu valentía. ¿Estás bien con eso?
—No me importa lo que digan.
—Me recuerdas a mi hija.
Aquellas palabras bastaron para que su corazón se detuviera por un momento. El dolor que sintió fue menor que el de los recuerdos que inundaron su mente. Tragó con dificultad. Los nervios la invadieron, como si la energía del mundo se hubiera unido para golpearla.
—¿Su hija? —repitió con nerviosismo—. ¿Verlah? ¿La bruja?
El río con sorna.
—Era una mujer que no permitía que nadie dijera algo que ella no considerara cierto —respondió él con voz firme—. Tenía un espíritu inquebrantable, siempre desafiando las normas y buscando algo más allá de lo establecido. Pero no estamos aquí para hablar del pasado, ¿o sí? —Se cruzó de brazos—. Dime, ¿qué es lo que realmente buscas aquí?
—¿Aquí dónde? —Su voz salió entrecortada.
Él soltó una risa.
—Rivernum.
—Yo… —Aclaro su garganta—. Bueno, ya sabe, lo que todo aprendes busca en este lugar. Deseo convertirme en un Cazador…
—¿Eso es lo que quieres para tu vida realmente? —interrogó, sin apartar su mirada de ella, viendo por momentos el rostro de su propia hija.
No.
—Sí —contestó con una fingida sonrisa—. Si fuera contrario, no estaría en este lugar soportando el entrenamiento.
—Tienes razón —sonrió—. Buena suerte con tu trayectoria, aprendiz.
Ella se apresuró a llegar a la fortaleza. Las miradas no se hicieron esperar. Le parecía imposible que aquel chisme se hubiera esparcido tan rápido como el agua.
Cuando por fin llegó a la casa, que para su alivio estaba vacía, se dejó caer en el sofá. Se quitó la bota y luego la media oscura, bufando con frustración. También le resultaba ilógico que el entrenamiento hubiera comenzado, así como así cuando aún faltaban dos días.
Se recostó con un suspiro, pero apenas cerró los ojos, la puerta se abrió y Janessa entró junto a Riven.
—¿Y cómo te fue en tu primer entrenamiento? —preguntó Riven, una mirada de burla adornaba su rostro —. Por ahí escuché que una chica de cabello azul y negro había desafiado a un profesor.
—¿Qué te llevó a hacer eso, Cathanna? —Janessa se sentó a su lado.
—Quería obligarme a pedir perdón, ¿pero por qué? El hombre con el que me tocó hacer ese ensayo era un cretino. —Se acomodó en su asiento—. Parecía que tenía el estúpido ego en el cielo y quería hacerme sentir mal. Solo le di una lección con la espada, no hice más nada... Bueno, tal vez también puse mi pie en su pecho, pero se lo merecía.
—Vaya —Janessa sonrió con orgullo —. Eso es lo que todos se merecen. Bien hecho, chica.
Pasaron varios minutos hablando hasta que una sirena de formación sonó. Los tres se miraron irritados antes de salir de la casa, corriendo.