Un imperio renacido entre las cenizas como un fenix, un ser brindando protección y un futuro impredecible.
Imperios extranjeros intentando derrocar al gran Feng...
Una princesa nacida bajo las alas del poderoso Fénix convirtiéndose en el tesoro del imperio y asegurando la protección del pueblo.
Un primer encuentro marcado por una pelea de niños...
Un reencuentro con una leve tensión en el ambiente. Cada uno dudando del otro...
Una guerra prevista en un futuro próximo...
Un amor inocente floreciendo entre la guerra...aunque el final no será seguro...
Y el destino de la princesa es morir finalmente...por su patria.
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Capítulo 5:
El ejército del emperador viajaba adelante bajo las nubes oscuras y el viento soplando. Al frente iba el general y el emperador cuidando de la pequeña que cabalgaba detrás de ellos.
— Debes saber que no podré protegerte, una vez que lleguemos al campamento te quedarás ahí. —
— ¿Qué? ¿Por qué? —
Pregunta con indignación la princesa haciendo sonreír a su abuelo.
—. ¿Todavía me preguntas por qué? Sabes que esto no es un juego. —
Expresa con seriedad el emperador, padre de esa pequeña traviesa.
— Yo sé que no es un juego, por eso quiero ayudar. No soy una princesa débil. —
Responde la niña, el padre solo suelta un suspiro de frustración.
— Lo sé, sé que era capaz, pero tu madre estaría devastada si te pasara algo. —
Trata de razonar el hombre, la chiquilla se cruza de brazos arrugando la nariz con ligera molestia.
— Madre conoce a su hija, sabe que no me pasará nada. Ella confía en mí. —
— Eres igual de terca que tu madre. —
— A-Cheng déjala ser. Ella tiene el mismo espíritu libre que su madre. Estoy seguro de que sabrá defenderse, yo tampoco dejaré que algo le pase a mi nieta. —
La pequeña Bao-Liang sonríe. Ella está dispuesta a demostrar que no solo es una princesa, sino que también es una gran soldado que protegería a su pueblo sin importar cómo.
— No te preocupes abuelo, yo. Feng Bao-Liang, protegeré a nuestro imperio. —
El general Wei suelta una ligera risa al ver la determinación de su pequeña nieta, más allá de una broma infantil aquellas palabras estaban cargadas de una seriedad adulta camuflada bajo esa figura pequeña montando elegantemente su caballo.
El camino en dirección al campamento llevaría un tiempo, alrededor de cinco días como máximo. Por lo que el ejército al finalizar el día descansaría en algún lugar para recuperar energía y seguir al día siguiente.
...
Mientras tanto, en la capital los ciudadanos oraban por sus hijos o esposos que conformaban ese ejército imperial para que no corrieran peligro.
En el palacio estaba la emperatriz ocupada atendiendo los asuntos de estado. Después de la reunión matutina, se retiró del salón dirigiéndose al patio de los cerezos.
El viento soplaba dejando caer las hojas secas al suelo, el árbol de cerezo bajo esa mesa donde la familia real solía reunirse para admirarla ahora se encontraba vacía. El silencio reinando en ese patio. La figura del tronco con ramas ya secas preparandose para el invierno parecía un espectro esperando ser visto nuevamente por los pequeños príncipes.
Ya no era primavera, en lugar de flores ahora había hojas secas de un color rojo brillante. En estación de otoño todos los árboles se preparaban para iniciar un descanso. Pero ahí estaba ella, una madre con el corazón lleno de nostalgia y dolor, esperando que su familia estuviera a salvo.
Los fantasmas de sus hijos aparecieron frente a sus ojos, saltando y riendo. Los mayores tomando té entre charlas alegres.
Las flores de cerezo deslizándose de manera armoniosa hacia el suelo.
Las lágrimas se atrevieron a llenar los ojos de la emperatriz, pero ella se mantuvo impasible como una verdadera soberana, porque incluso en los peores momentos era la primera que debía mantener la calma y serenidad.
— Madre, te puedes resfriar. Hace frío. —
Aparece el joven príncipe, cubriendo a su madre con un gran abrigo. La mujer que había olvidado por unos segundos ese calor familiar, suelta un suspiro.
— Gracias, cariño ¿Hay noticias de tu hermana? —
El chico sujeta suavemente su mano y la lleva hacia adentro mientras asiente.
— Padre envió una carta, dicen que están bien y que pronto llegarán al campamento. —
— Me alegro, ¿mencionó algo sobre tu hermana? —
Pregunta con preocupación.
— Solo escribió una línea en donde dice que la hermana menor está bien. —
Al llegar a los aposentos, los dos ingresan dentro.
El sirviente entra y les sirve té.
— Me alivia saber que mi pequeña está bien. —
— Madre, no tienes de que preocuparte. Ella puede cuidarse. —
— Xiao-bao es una pequeña, no entiendo porqué quiso acompañar al ejército. —
— Xiao-bao quiere ganar experiencia, madre... debes mantenerte en buena salud. Cuando la hermana menor regrese no quería verte mal. —
— Solo espero que mi pequeña esté sana y salva. —
.........
Dos días viajando por las grandes montañas, hasta que el sol cayó y el general ordenó detenerse y descansar.
Los soldados se instalaron e hicieron una gran fogata mientras los caballos comían alrededor.
Bao-Liang dejó a su caballo con los demás, luego se dirigió a un lugar apartado para sentarse y descansar.
Mientras limpiaba su espada escuchó un sonido entre la maleza, levantó la cabeza y observó un animal moverse. Pensando que se trataba de un conejo o otro pequeño animal salvaje lo dejó pasar.
Y entonces otro sonido, Bao-Liang gira la cabeza hacia el interior del bosque, una pequeña bolita de pelos observándola detenidamente, un hermoso zorro rojo entre esas hojas secas.
Ella solo mira y piensa que es coincidencia, vuelve a limpiar su espada y unos segundos después, gira la cabeza.
Ahí estaba sin moverse el pequeño zorro, observándola con ese par de ojos de cachorrito.
La pequeña suelta un suspiro y se levanta, dejando la espada a un lado. Empieza a caminar hacia el interior del bosque.
Un paso.
Dos pasos.
Tres pasos y...
— Bao-Liang, vuelve. Ya es tarde, puedes perderte en el bosque. —
La voz del general Wei interrumpe a la pequeña.
— Abuelo, ahí había un pequeño zorro. —
Justifica ella señalando el lugar donde había visto al pequeño animal.
— ¿Un zorro? Ahí no hay nada, y si lo hubiera. No deberías acercarte a esos animales salvajes.—
Bao-Liang mira por última vez el interior del bosque y en efecto no había rastro del pequeño zorro que vio.
— ¿Por qué no? —
Pregunta volviendo sobre sus pasos, recoge su espada y corre hacia el hombre mayor. Este le acaricia la cabeza antes de que ambos regresen con los demás.
— Hay una leyenda que se cuenta entre los aldeanos y viajeros. —
— ¿Por qué yo no la he escuchado? —
Cuestiona Bao-Liang con curiosidad mirando a su abuelo, mientras este le sirve té. —
— Porque nunca has salido a un viaje de días. —
Responde el mayor, la pequeña frunce el ceño.