México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 11:Como si nada
Sombra permaneció solo mucho después de que Amalia desapareciera entre las sombras del campamento.
No intentó seguirla.
Tampoco la llamó.
Durante varios minutos no hizo absolutamente nada.
Hasta que bajó la mirada.
Soltó una risa breve.
Sin humor.
—Carajo...
No se arrepentía.
Ese era precisamente el problema.
Podía haberse arrepentido de muchas cosas en su vida. De decisiones tomadas demasiado rápido. De hombres a quienes había confiado demasiado. De balas disparadas con rabia. De caminos elegidos por orgullo.
Pero de aquella noche...
No.
Cerró los ojos.
Y el recuerdo volvió con una facilidad irritante.
Amalia acercándose a él.
Amalia mirándolo como si no le importara quién era.
Como si por unas horas hubiera olvidado que estaba allí
porque él lo había ordenado.
Que era su prisionera.
Que había una razón para todo aquello.
Una razón que existía desde antes de verla llegar al
campamento.
Sombra abrió los ojos.
Eso sí consiguió borrarle cualquier rastro de sonrisa.
Había comenzado aquello creyendo saber exactamente dónde terminaba cada cosa.
Él ponía las reglas.
Él marcaba las distancias.
Él decidía cuándo acercarse y cuándo retirarse.
Y Amalia...
Amalia debía ser solamente una pieza.
Una pieza importante, sí.
Pero una pieza al fin.
Entonces, ¿en qué momento había empezado a importarle si estaba incómoda?
¿Desde cuándo sabía distinguir su risa entre las voces del campamento?
¿Por qué demonios podía reconocer sus pasos?
Peor aún.
¿Por qué había empezado a esperarlos?
Se pasó una mano por el cabello mojado y respiró lentamente.
No era un muchacho.
No iba a engañarse con estupideces.
Deseaba a Amalia.
Eso no necesitaba análisis.
Lo que necesitaba explicación era todo lo demás.
La necesidad absurda de saber dónde estaba.
El fastidio cuando algún hombre del campamento conseguía hacerla reír demasiado.
La costumbre que había adquirido de buscarla apenas salía de su tienda.
Y aquella sensación desagradable que aparecía cada vez que recordaba que, tarde o temprano, Amalia tendría que marcharse.
Eso no estaba contemplado.
Las fogatas se habían convertido en montones de brasas rojizas. Un hombre hacía guardia cerca de los caballos. Otro dormitaba sentado junto a un tronco con el rifle atravesado sobre las piernas.
Sombra caminó directamente hacia su tienda.
Pero antes de entrar...
Miró hacia la de Amalia.
Solo un instante.
Después apartó la vista.
Mañana.
Mañana todo volvería a su sitio.
Amalia despertó con una sonrisa.
Lo descubrió demasiado tarde.
Abrió los ojos, estiró lentamente las piernas debajo de la manta y permaneció unos segundos mirando el techo de lona.
Entonces recordó.
El río.
El agua.
Los ojos ámbar de Sombra.
Su cercanía.
Sus besos.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
—Ay, Dios mío...
La sonrisa se hizo todavía más grande.
Y eso la irritó.
Se incorporó inmediatamente.
—No.
Se señaló a sí misma como si pudiera reprenderse.
—No vas a estar sonriendo como una tonta.
Se levantó, se arregló el cabello y se cambió con una rapidez poco habitual. Cuando salió, el campamento ya estaba despierto.
Había movimiento por todas partes.
Caballos siendo ensillados.
Hombres cargando cajas.
Otros revisando rifles y monturas.
El olor a café hervido se mezclaba con humo y tierra húmeda.
Amalia miró alrededor.
No buscaba a nadie.
Por supuesto que no.
Simplemente...
observaba.
Nada más.
Hasta que lo vio.
Sombra estaba junto a una mesa improvisada, inclinado sobre un mapa con Rafael y otros dos hombres.
Vestía de negro.
Sombrero puesto.
Cinturón armado.
Espalda recta.
Mandíbula dura.
El mismo hombre que había conocido durante los primeros días.
Amalia sintió que algo extraño le apretaba el estómago.
Sombra levantó la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
Ella esperó.
No sabía exactamente qué.
Una sonrisa.
Una mirada.
Algo.
Cualquier pequeña señal de que él también recordaba la noche anterior.
Sombra se enderezó.
—Buenos días, señorita.
Amalia parpadeó.
—Buenos días.
Él volvió al mapa.
Eso fue todo.
Amalia permaneció quieta unos segundos.
Esperó absurdamente que levantara nuevamente la cabeza.
No ocurrió.
Rafael dijo algo.
Sombra señaló un punto sobre el mapa.
Uno de los hombres respondió.
Ninguno volvió a prestarle atención.
Amalia sintió cómo le ardían las mejillas.
—Perfecto —murmuró.
Giró sobre los talones.
Si aquel desgraciado quería comportarse como si nada hubiera sucedido, ella podía hacerlo mucho mejor.
—Vas a romper esa tortilla.
Amalia levantó la mirada.
Mariel estaba frente a ella, observando sus manos.
Bajó los ojos.
Había destrozado la tortilla en pequeños pedazos sobre el plato.
—No tengo hambre.
—Ya veo.
—¿Qué?
—Nada.
Mariel sonrió.
Amalia entrecerró los ojos.
—No empieces.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Tu cara dice cosas.
—Pues deja de mirarla.
Amalia soltó la tortilla.
—Estoy perfectamente bien.
—Claro.
—Mariel.
La mujer levantó las manos.
—Está bien. Está bien.
Amalia tomó la taza.
Desde donde estaba podía ver una parte del campamento.
Y también podía verlo a él.
Sombra caminaba entre los hombres dando órdenes.
Ni una sola vez había vuelto a acercarse.
Excelente.
Mucho mejor.
Así debían ser las cosas.
Entonces uno de los muchachos que trabajaba con los caballos se acercó.
Era joven, quizás apenas mayor que ella, y llevaba una cuerda enrollada sobre el hombro.
—Señorita Amalia.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
—Me dijeron que quería aprender a ensillar.
Amalia sonrió.
—Quiero aprender muchas cosas.
El muchacho rio.
—Pues para ensillar primero tendrá que dejar de mirar al caballo como si fuera a hacer el trabajo solo.
—¿Y usted cómo sabe cómo miro a los caballos?
—Porque ayer tardó diez minutos mirando uno antes de tocarlo.
Amalia soltó una carcajada.
—Era enorme.
—Era una yegua.
—Era enorme de todas maneras.
El muchacho volvió a reír.
Amalia también.
Y entonces escuchó:
—Tomás.
La voz llegó desde atrás.
El joven dejó de sonreír inmediatamente.
Sombra estaba a pocos pasos.
Amalia ni siquiera lo había visto acercarse.
—¿Sí, jefe?
—Rafael te necesita en las monturas.
Tomás frunció el ceño.
—Pero me mandaron a...
—Ahora.
No levantó la voz.
No hizo falta.
—Sí, jefe.
Tomás se marchó.
Amalia observó a Sombra.
Él no la miraba.
—Qué conveniente.
Sombra giró apenas el rostro.
—¿Dijo algo, señorita?
Aquello.
Otra vez.
Señorita.
Amalia sonrió con una dulzura falsa.
—Nada, comandante.
Los ojos ámbar se clavaron en ella.
Un segundo.
Dos.
Amalia sostuvo la mirada.
Después tomó tranquilamente su taza.
—Que tenga buen día.
Sombra apretó la mandíbula.
—Igualmente.
Se marchó.
Mariel apareció detrás de Amalia pocos segundos después.
—¿Qué fue eso?
—No tengo idea.
—Parecía molesto.
—Él siempre parece molesto.
—No de esa manera.
Amalia bebió café.
—No me interesa.
Mariel sonrió.
—Claro que no.
El resto del día fue peor.
No porque Sombra se acercara.
Precisamente porque no lo hacía.
Podía pasar junto a Amalia sin detenerse.
Podía hablar con Rafael a tres pasos de ella sin dirigirle una palabra.
Podía ordenar movimientos, revisar armas, discutir rutas y organizar guardias como si la noche anterior jamás hubiera existido.
Pero había algo que Amalia empezó a notar.
Sombra siempre sabía dónde estaba ella.
Cuando caminó hacia los caballos, él levantó la cabeza.
Cuando ayudó a Mariel con unas mantas, apareció cerca minutos después.
Cuando se alejó demasiado buscando agua, uno de los hombres recibió inmediatamente la orden de acompañarla.
Y cuando regresó...
Sombra estaba esperándolos.
—¿Dónde estaba?
La pregunta fue dirigida al hombre.
—Fue por agua, jefe.
—El agua está del otro lado.
—Sí, pero la señorita quería...
—La próxima vez no la lleves hacia el barranco.
Amalia frunció el ceño.
—Puedo responder por mí misma.
Sombra la miró.
—No pregunté.
Ella sintió que la sangre le subía al rostro.
—Entonces procure no hablar de mí como si yo no estuviera aquí.
—Procure usted no alejarse.
—¿Por qué? ¿Tiene miedo de perder a su rehén?
Silencio.
El hombre que los acompañaba decidió que cualquier otro lugar del campamento era mejor que aquel y se retiró discretamente.
Sombra bajó la voz.
—No se aleje sola.
—¿Es una orden?
—Sí.
Amalia soltó una risa seca.
—Por supuesto.
Intentó pasar junto a él.
Sombra se movió ligeramente.
No la tocó.
Pero bloqueó el camino.
Amalia levantó el rostro.
—¿Algo más, comandante?
Por primera vez durante todo el día, la máscara pareció resquebrajarse.
Muy poco.
Pero Amalia lo vio.
Algo cruzó por sus ojos.
Algo demasiado parecido al hombre del río.
—No me obligue a preocuparme por usted.
Amalia dejó de respirar un instante.
Sombra pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
Se apartó.
—Regrese al campamento.
Y se marchó.
Amalia permaneció inmóvil.
Después lo vio alejarse.
Qué hombre tan desesperante.
Al caer la tarde, decidió que había tenido suficiente.
No de él.
De sí misma.
No iba a pasar el día siguiente buscando significados escondidos en cada palabra de Sombra.
Si quería ser frío, que lo fuera.
Si quería fingir, que fingiera.
Ella no iba a perseguirlo.
Mucho menos preguntarle qué significaba lo ocurrido entre ambos.
El orgullo servía para algo.
La noche cayó lentamente.
Las conversaciones disminuyeron.
Amalia estaba acomodando una manta cuando sintió una presencia detrás de ella.
No necesitó mirar.
Lo supo.
—Señorita.
Cerró los ojos un segundo.
Después se volvió.
—Comandante.
Sombra estaba frente a ella.
No había nadie lo bastante cerca para escuchar.
Amalia esperó.
Él también.
—¿Necesita algo? —preguntó finalmente.
—No.
—Entonces buenas noches.
Amalia se volvió.
—Amalia.
Se detuvo.
Era la primera vez en todo el día que pronunciaba su nombre.
No señorita.
Amalia.
Giró lentamente.
Sombra la observaba.
No había sonrisa.
No había burla.
Tampoco aquella frialdad exagerada que había cargado desde el amanecer.
Solo él.
—¿Qué?
Sombra guardó silencio unos segundos.
Parecía estar eligiendo cuidadosamente las palabras.
Al final eligió muy pocas.
—No me arrepiento.
Amalia sintió un golpe seco en el pecho.
Él sostuvo su mirada.
Nada más.
No explicó de qué hablaba.
No hacía falta.
Sombra inclinó apenas la cabeza.
Después se dio la vuelta.
—Sombra.
Él se detuvo.
Amalia abrió la boca.
Tenía demasiadas preguntas.
¿Por qué había pasado todo el día evitándola?
¿Por qué la vigilaba?
¿Por qué había apartado a Tomás?
¿Por qué se empeñaba en fingir indiferencia si claramente no podía sostenerla?
Pero su orgullo ganó.
—Nada.
Sombra permaneció de espaldas unos segundos.
Después continuó caminando.
Amalia lo observó perderse entre las tiendas.
Solo entonces bajó la mirada.
Y sonrió.
Muy poco.
Una sonrisa que desapareció casi inmediatamente.
Porque acababa de comprender algo.
Sombra podía ponerse el sombrero.
Podía dar órdenes.
Podía llamarla señorita.
Podía levantar todas las paredes que quisiera entre ambos.
Pero había cometido un error.
Uno pequeño.
Irreparable.
Le había dicho la verdad.
No se arrepentía.
Y ella tampoco.