Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.
En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.
Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.
Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 3 - EL ATRASO
Llevaba tres semanas siendo Ana Vidal y todavía me dolían los pies.
En Santa Clara me levantaban a las cinco de la mañana. No con campana, con la voz de Sor Carmen, una novicia de mi edad que tenía la costumbre de cantar mientras barría. Yo dormía en la bodega, pero a las cinco ya tenía que estar en la cocina encendiendo el fuego. El agua salía helada del pozo. Las manos se me partían. Fregaba ollas más grandes que yo, pelaba patatas hasta que se me ponían las uñas negras y aprendía a rezar el rosario sin mover los labios, como hacían todas allí.
Nadie me preguntaba mucho. En un convento franquista de 1957, si una mujer no hablaba de su pasado, era por decencia. Sor Inés solo me decía: "Ana, más rápido" o "Ana, eso no se hace así". Nunca Zeynep. Nunca me llamó Zeynep. Y cada vez que me decía Ana, yo me lo creía un poco más.
El problema empezó con el olor del aceite.
Una mañana estaba friendo churros para el desayuno de las niñas del colegio que venía al convento. El aceite empezó a humear y de repente sentí una arcada tan fuerte que tuve que salir corriendo al patio. Vomité detrás de los limoneros. Sor Carmen me encontró agachada.
¿Estás enferma? - me dijo.
Es el aceite. Me ha caído mal - le mentí.
Pero al día siguiente me pasó otra vez. Y al otro. No era solo el aceite. Era el olor del jabón de lejía, el olor a puchero, el olor a mi propio vestido. Todo me daba asco.
Empecé a contar los días en mi cabeza. No quería. Llevaba meses sin contar nada, solo quería sobrevivir. Pero mi cuerpo tiene memoria aunque yo quiera olvidar.
La última vez que estuve con Tomás fue casi tres meses atrás. Antes de la noche de la piedra. Después de eso, no había vuelto a sangrar. Al principio pensé que era por el susto, por el hambre, por correr. En mi pueblo decían que cuando una mujer pasa mucho miedo, se le corta la regla.
Pero ya eran casi tres meses.
Una tarde Sor Inés me mandó a subir sacos de harina al altillo. Yo agarré uno y no pude. Pesaba demasiado. Me mareé. Todo me dio vueltas y me tuve que sentar en el suelo. Cuando abrí los ojos, Sor Inés estaba frente a mí, mirándome el vientre.
Ella no era tonta. Había sido partera antes de ser monja. Había visto a cientos de mujeres.
Ven conmigo - me dijo sin levantar la voz.
Me llevó a la enfermería, que era una pieza chica con una cruz y una cama de hierro. Cerró la puerta.
¿Cuándo fue tu última regla, Ana?
Me quedé callada. Me puse a llorar. No de tristeza. De rabia. Porque yo había escapado de un hombre que me pegaba, había caminado descalza, me había cortado el pelo, había quemado mi carnet, me había convertido en otra para empezar de cero, y mi cuerpo me traía de vuelta a esa cocina.
No lo sé - le dije -. No me acuerdo.
Sí lo sabes.
Tres meses. Casi tres.
Sor Inés no se escandalizó. No me gritó puta, que era lo que me habrían gritado en cualquier otro sitio de España en 1957 si una soltera decía que estaba embarazada. Solo suspiró y se sentó a mi lado.
¿De él es? ¿Del hombre del que huiste?
Asentí.
Me agarró las manos. Las tenía ásperas, llenas de callos de rezar el rosario.
Escúchame, Ana Vidal. Aquí no puedes tener un hijo. Si el Padre Fermín se entera, nos cierra el convento. Si se entera el juez Araya, te manda de vuelta a tu pueblo con el niño. Y si te encuentra él, te mata a ti y a la criatura.
¿Qué hago? - le pregunté bajito, como se rezaba en Olvera.
Te vas a quedar. Pero nadie puede saberlo. Nadie. Vas a usar vestidos más anchos. Vas a trabajar en la bodega, no en la cocina. Cuando se te note, diremos que estás enferma. Y cuando nazca, diremos que es de mi sobrina que murió en el parto en Sevilla. Que tú solo la cuidas. ¿Entiendes?
Entendía. Era mentir otra vez. Cambiar de nombre otra vez. Esconderme otra vez.
¿Y si es niña? - le dije sin pensar.
Entonces tendrá que aprender a rezar bajito, como nosotras - me contestó Sor Inés.
Esa noche, sola en la bodega entre sacos de patatas, me puse la mano en el vientre por primera vez no con asco, sino con miedo. Estaba plano todavía. No se notaba nada. Pero ahí dentro había algo que crecía.
Le hablé por primera vez.
No te preocupes - le susurré -. No te voy a dejar sola. Ya somos dos escondidas.
Afuera, las campanas tocaron a misa de ocho. Todo Olvera rezaba. Yo no recé. Yo le prometí a esa cosa chiquita que no sabía que existía que nunca iba a dejar que un hombre le levantara la mano.
No sabía que en dos semanas iba a llegar al convento la hija del juez. La niña de la casa grande. La que no sabía pelar patatas y que se reía cuando la regañaban.
No sabía que ella me iba a tocar el vientre sin asco.