Ella creía tener la vida perfecta, hasta que descubrió que no era así.
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Una amistad en secreto
Los días posteriores a la negativa de Victoria a firmar los documentos del fideicomiso transcurrieron bajo una calma engañosa. Julián había reducido considerablemente el tiempo que pasaba en la mansión y, cuando regresaba, se comportaba con una frialdad que contrastaba con las muestras de afecto que solía ofrecerle frente al personal.
Victoria conocía demasiado bien aquella actitud. Su esposo no estaba acostumbrado a que lo contradijeran, mucho menos cuando se trataba de decisiones que consideraba bajo su control. Sin embargo, ella no podía permitirse mostrar preocupación. Cada gesto, cada palabra y cada movimiento debían continuar formando parte de la imagen de mujer sumisa que había construido para protegerse.
Aquella mañana, mientras desayunaba en el comedor, recibió un mensaje de Andrés.
«Necesito hablar contigo sobre el fideicomiso. He encontrado un detalle en las cláusulas que quiero explicarte. Avísame cuándo puedes venir».
Victoria leyó el mensaje dos veces antes de bloquear la pantalla de su teléfono. No era la primera vez que Andrés se comunicaba con ella, pero desde el último encuentro ambos habían comprendido que debían ser más cuidadosos. Julián había comenzado a prestar atención a sus movimientos y Roberto, el hombre encargado de su seguridad, parecía recibir instrucciones cada vez más precisas.
Victoria dejó la taza sobre el plato y miró discretamente hacia la puerta.
—¿Todo está bien, señora? —preguntó la mucama mientras retiraba algunos utensilios.
—Sí, gracias. ¿Sabes si Julián regresará para almorzar?
—No, señora. El señor salió temprano. Me informaron que tiene varias reuniones durante el día.
Victoria asintió con aparente indiferencia.
—Entiendo. Por favor, que preparen el automóvil. Necesito visitar a los encargados de la fundación para revisar algunos asuntos del evento benéfico.
—¿Desea que llame al señor Roberto?
—Por supuesto. Él tendrá que acompañarme.
La mujer se retiró y Victoria volvió a mirar el teléfono. No respondería el mensaje de Andrés desde allí. Había aprendido que incluso las conversaciones más insignificantes podían convertirse en un problema si llegaban a las manos equivocadas.
Una hora después, salió de la mansión acompañada por Roberto. Durante el trayecto, conversó con él sobre los preparativos de la actividad benéfica, procurando que la conversación pareciera completamente natural.
—¿Nos dirigimos directamente a la fundación, señora? —preguntó el hombre mientras conducía.
—Primero necesito pasar por una tienda del centro. Quiero revisar algunos artículos que podrían servir para la decoración del evento.
—¿Desea que la espere?
—Sí. No creo que tarde demasiado.
Roberto asintió sin hacer más preguntas.
Victoria sabía que no podía repetir exactamente la misma estrategia de sus visitas anteriores. Por eso, cuando llegaron al centro, le pidió que la dejara frente a un establecimiento de decoración que realmente tenía relación con la organización del evento. Entró, conversó brevemente con una empleada y salió por una puerta lateral que daba a una calle secundaria.
Había acordado con Andrés que, si alguna vez necesitaba visitarlo, utilizaría una entrada discreta situada en la parte posterior del taller.
El trayecto fue corto, pero Victoria no dejó de mirar a su alrededor. No quería que una imprudencia comprometiera todo lo que había conseguido hasta entonces.
Cuando llegó, golpeó suavemente la puerta.
Andrés abrió casi de inmediato.
—Comenzaba a pensar que no vendrías.
—Yo también lo pensé —respondió ella, entrando—. Roberto está esperándome y no quiero darle motivos para sospechar.
Andrés cerró la puerta y la observó con atención.
—¿Te está vigilando más de lo habitual?
—No lo sé. Julián no me ha dicho nada, pero desde que me negué a firmar, Roberto parece estar pendiente de cada uno de mis movimientos.
—Entonces tendremos que ser más cuidadosos.
—Eso parece.
Andrés le indicó que se sentara en el sillón que estaba junto al ventanal. Sobre la mesa había varios documentos, una computadora portátil y dos tazas de café.
—¿Quieres algo de beber?
—Café, por favor. Hoy lo necesito.
—Eso puedo hacerlo.
Mientras él se dirigía a una pequeña mesa donde tenía una cafetera, Victoria observó el taller. Había comenzado a reconocer aquel espacio, los muebles, los libros ordenados en los estantes y hasta el sonido particular que hacía la vieja ventana cuando el viento soplaba con fuerza.
Era extraño. Durante mucho tiempo había vivido en una mansión donde cada habitación parecía diseñada para impresionar a los demás. Sin embargo, aquel lugar, mucho más sencillo, le ofrecía una tranquilidad que no encontraba en su propia casa.
Andrés regresó con dos tazas y le entregó una.
—¿Cómo estás?
Victoria levantó la mirada.
—No ha habido problemas.
Él arqueó una ceja.
—No te pregunté cómo está tu matrimonio. Te pregunté cómo estás tú.
Ella bajó los ojos hacia el café.
—No estoy acostumbrada a que me hagan esa pregunta.
—Eso no significa que no debas responderla.
Victoria sonrió ligeramente.
—Estoy cansada, Andrés. Cansada de tener que pensar cada palabra antes de decirla, de fingir que no ocurre nada y de actuar como si Julián siguiera siendo el hombre con el que me casé.
Andrés se sentó frente a ella.
—No tienes que fingir conmigo.
—Lo sé. Pero a veces me resulta difícil dejar de hacerlo.
—Lo entiendo.
Victoria lo observó con cierta curiosidad.
—¿De verdad?
—No exactamente de la misma manera que tú, pero sé lo que significa tener que medir cada palabra para evitar que alguien la utilice en tu contra.
Ella no preguntó a qué se refería. Había comprendido que Andrés también guardaba partes de su vida que no estaba dispuesto a compartir todavía. Y, por primera vez, no sintió la necesidad de averiguarlas.
—¿Encontraste algo nuevo en los documentos? —preguntó, cambiando de tema.
Andrés asintió y tomó una carpeta.
—Hay una cláusula que me preocupa. No modifica el objetivo principal de la operación, pero facilita que Julián pueda justificar ciertas decisiones administrativas sin consultarte.
Le mostró los párrafos que había marcado.
—Si firmas, no solamente estarás cediendo el control de las acciones. También estarás autorizando una serie de movimientos que podrían afectar otros bienes vinculados al patrimonio de tu padre.
Victoria leyó las páginas con atención.
—¿Y Natalia?
—Su participación sigue siendo evidente. Ha redactado las cláusulas de una manera que dificulta demostrar una intención fraudulenta, pero las modificaciones entre los documentos originales y el nuevo borrador son demasiado significativas para considerarlas simples correcciones.
Victoria dejó los papeles sobre la mesa.
—Julián insiste en que firme antes del lunes.
—¿Qué le dijiste?
—Que esperaré hasta que regrese el abogado de mi padre. Está en un congreso y no quiero tomar una decisión de esta magnitud sin que él revise los documentos.
Andrés pareció aprobar la respuesta.
—Es una buena razón y, sobre todo, es una decisión completamente legítima.
—Julián no lo ve de esa manera.
—Julián no quiere que ese abogado revise el fideicomiso. Probablemente sabe que podría descubrir lo que están intentando hacer.
Victoria guardó silencio.
Durante unos segundos, el miedo que llevaba días intentando mantener bajo control volvió a instalarse en su pecho.
—¿Y si consigue obligarme de alguna manera?
Andrés se inclinó ligeramente hacia ella.
—No firmes nada bajo presión. Si vuelve a presentarte los documentos, insiste en que necesitas la revisión legal. No tienes que discutir con él ni explicarle todo lo que sabemos.
—A veces siento que estoy caminando sobre un suelo que puede romperse en cualquier momento.
—Por eso tenemos que avanzar con cuidado.
Victoria lo miró.
—Dices «tenemos».
Andrés sostuvo su mirada.
—Porque no estás sola en esto.
Ella sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho. No era una solución para sus problemas, ni una garantía de que todo saldría bien. Pero escuchar aquellas palabras, dichas sin exigencias ni condiciones, le ofrecía un alivio que no esperaba encontrar.
—Gracias —murmuró.
—No me agradezcas por hacer lo correcto.
—No todo el mundo lo hace.
Andrés no respondió. Se limitó a observarla mientras ella tomaba un sorbo de café.
La conversación continuó por un buen rato, aunque poco a poco se alejaron de los documentos y de las maniobras de Julián. Victoria le contó algunos detalles sobre la organización del evento benéfico, los desacuerdos que habían surgido entre los miembros de la fundación y la dificultad de coordinar a tantas personas.
Andrés escuchó con atención.
—Parece que tienes más trabajo del que imaginaba.
—Y eso que todavía no hemos llegado al día del evento.
—¿Te gusta lo que haces en la fundación?
Victoria se quedó pensativa.
—Sí. Mucho más de lo que pensé que me gustaría.
—¿Por qué?
—Porque es uno de los pocos lugares donde siento que puedo tomar decisiones que realmente importan. Cuando organizamos una actividad y vemos que las personas reciben ayuda, tengo la sensación de que estoy haciendo algo útil.
Andrés sonrió.
—Entonces deberías dedicarle más tiempo.
—Julián considera que es una distracción.
—¿Y tú qué consideras?
Victoria levantó la mirada.
—Que no necesito pedirle permiso para ocuparme de algo que me importa.
Andrés sonrió un poco más.
—Esa respuesta me gusta.
—¿Ah, sí?
—Mucho.
Victoria soltó una risa espontánea. Andrés la observó, sorprendido por la naturalidad con la que había surgido aquel sonido.
Nunca la había visto reír de esa manera. En sus encuentros anteriores, Victoria había estado concentrada en los documentos, en las sospechas y en la necesidad de protegerse. Aquella tarde, por primera vez, parecía haber olvidado durante unos minutos la amenaza que representaba su matrimonio.
—¿Qué? —preguntó ella al notar su mirada.
—Nada. Es agradable verte reír.
La sonrisa de Victoria se volvió más discreta.
—No recuerdo cuándo fue la última vez que lo hice sin tener que fingir.
Andrés no respondió de inmediato. No quería convertir aquel momento en una conversación sobre Julián, ni recordarle todo aquello de lo que estaba intentando escapar.
—Entonces tendremos que encontrar más motivos para que lo hagas —dijo finalmente.
Victoria lo miró con una expresión que mezclaba sorpresa y agradecimiento.
—Eres bastante diferente de lo que imaginé cuando te conocí.
—Espero que eso sea algo bueno.
—Todavía estoy decidiéndolo.
Andrés fingió sentirse ofendido.
—Después de todo lo que he hecho por ti, esperaba una evaluación más favorable.
Victoria rio nuevamente.
—No te acostumbres. No pienso elogiarte todos los días.
—Qué decepción.
La ligereza de aquella conversación los sorprendió a ambos. Ninguno había buscado aquel momento de complicidad, pero la confianza entre ellos comenzaba a surgir de manera natural.