"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 3
La mañana del tercer día en casa de los Martínez amaneció con una neblina densa que se pegaba a los cristales, una metáfora perfecta de cómo se sentía mi cabeza. Había pasado la noche en vela, escuchando. Escuchando el crujir de su cama al otro lado de la pared, el sonido de su respiración que mi imaginación amplificaba hasta convertirlo en un susurro en mi propio oído, y el eco de ese beso en la comisura de mis labios que seguía quemando como una brasa incandescente.
Me levanté antes que nadie. No quería encontrarme a Julián a solas en el pasillo, no todavía. Mi cuerpo se sentía extraño, una mezcla de agotamiento por el luto y una hiperactividad sensorial que me hacía saltar ante cualquier ruido. Me puse unos vaqueros ajustados y un jersey de lana que me quedaba algo grande, buscando refugio en la ropa, e intenté domar mi cabello frente al espejo. Mis ojos seguían hinchados, pero había un brillo en ellos que no reconocía. Era el brillo del hambre, de una necesidad que no tenía nombre pero que llevaba el apellido de Julián.
Bajé a la cocina con sigilo. El olor a café recién hecho ya inundaba la planta baja. Para mi sorpresa, él ya estaba allí.
Julián estaba sentado a la mesa, con una tableta digital y varios planos desplegados. Llevaba unas gafas de montura negra que le daban un aire intelectual y terriblemente atractivo. Al verme entrar, no dijo nada de inmediato. Se limitó a bajar las gafas hasta la punta de su nariz y me recorrió con la mirada, deteniéndose en mis labios un segundo más de lo necesario.
—Te has levantado temprano, Elena —dijo, su voz rompiendo el silencio de la mañana con la suavidad de la seda—. Pensé que después de lo de ayer intentarías evitarme al menos hasta el mediodía.
—No te evito, Julián. Solo... quería café —mentí, caminando hacia la encimera. Mis manos temblaban ligeramente mientras alcanzaba una taza.
Él se levantó. Sentí su presencia detrás de mí antes de que llegara a tocarme. No era solo su altura o su envergadura, era la energía que desprendía, una gravedad que me atraía hacia él sin que pudiera evitarlo. Sin decir palabra, me quitó la taza de las manos y la llenó él mismo. Al devolvérmela, se aseguró de que nuestros dedos se rozaran. Fue un contacto eléctrico, breve pero cargado de una intención que me hizo soltar un suspiro involuntario.
—Aquí tienes. Negro, sin azúcar. Sé que te gusta así —murmuró, su aliento rozando mi oreja.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, girándome para quedar frente a él, atrapada entre sus brazos y la encimera, una posición que empezaba a volverse nuestra rutina peligrosa.
—He pasado años observándote, Elen. ¿Crees que porque no estaba aquí no prestaba atención? —Su mirada bajó a mi cuello, donde el pulso me latía con violencia—. Sabía qué libros leías, qué música escuchabas... y sabía que me mirabas cuando creías que nadie se daba cuenta.
El corazón me dio un vuelco. Mi fantasía de adolescente, ese amor secreto que yo creía enterrado bajo capas de timidez, había sido un libro abierto para él. Me sentí desnuda ante su mirada.
—Eras el hermano de mi mejor amiga. No se suponía que... —empecé a decir, pero él me interrumpió poniendo un dedo sobre mis labios.
—No hables de lo que se "supone". En esta casa, ahora, las reglas son distintas. Estás bajo mi cuidado, Elena. Y yo cuido muy bien lo que considero mío.
Esa palabra, "mío", resonó en la cocina como un trueno. Antes de que pudiera procesarlo, oímos los pasos de la señora Martínez bajando las escaleras. Julián se apartó con una agilidad felina, volviendo a su silla y a sus planos como si nada hubiera pasado. Yo me quedé allí, con la taza caliente entre las manos, tratando de recuperar el aliento.
—¡Buenos días, chicos! —exclamó la madre de Sofía, entrando con una sonrisa radiante que contrastaba dolorosamente con mi estado interno—. Me alegra veros compartiendo el desayuno. Julián, espero que no estés aburriendo a Elena con tus proyectos de arquitectura.
—Para nada, mamá. Elena es una excelente oyente —respondió él, lanzándome una mirada cargada de un sarcasmo sensual que solo yo podía entender.
El desayuno transcurrió en una normalidad fingida que me resultaba asfixiante. Sofía bajó poco después, todavía en pijama, quejándose de un examen que tenía esa semana. Yo intentaba participar en la conversación, pero mis ojos se desviaban constantemente hacia Julián. Él bebía su café con una calma exasperante, pero de vez en cuando, bajo la mesa, su pie rozaba el mío. No era un accidente. Era un recordatorio constante de su presencia, de su poder sobre mis sentidos.
—Elena, hoy vendrá el abogado para hablar de lo de la casa de tus padres —dijo el señor Martínez, sentándose a la mesa con el periódico—. Julián se ha ofrecido a acompañarte. Cree que es mejor que haya alguien que entienda de contratos y propiedades contigo.
Miré a Julián. Él asintió con una seriedad profesional que me confundió.
—Es un proceso pesado, Elen. No quiero que te agobien con tecnicismos en un momento así —dijo él, y por un momento, volvió a ser el protector, el hombre sólido en el que podía apoyarme.
—Gracias, Julián. Te lo agradezco mucho —respondí sinceramente.
El luto volvió a golpearme con fuerza. La mención de la casa, de los papeles, de la muerte de mis padres, me recordó por qué estaba allí. Una lágrima rebelde se escapó de mi ojo y rodó por mi mejilla. Julián no dudó. Delante de su familia, estiró el brazo y la limpió con el pulgar. Fue un gesto tan tierno, tan lleno de compasión, que por un momento olvidé al hombre que me había acorralado en la cocina minutos antes.
Pero entonces, mientras su pulgar seguía en mi mejilla, sus ojos se oscurecieron y me dio un apretón casi imperceptible en la mandíbula. Un mensaje silencioso: "Llora por ellos, pero mírame a mí".
El resto de la mañana fue un torbellino de documentos legales y trámites burocráticos. Fuimos a la oficina del abogado en el coche de Julián. El espacio cerrado del vehículo amplificaba su perfume de madera y cuero, creando una atmósfera de intimidad forzada que me hacía difícil concentrarme en lo que decía el notario.
Durante la reunión, Julián se sentó a mi lado. Su presencia era imponente. Revisaba cada papel, hacía preguntas afiladas y no permitía que el abogado me presionara para firmar nada que no entendiera. En ese entorno profesional, Julián era un hombre de éxito, alguien que sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Me sentí pequeña a su lado, pero también increíblemente deseada.
Al salir, el aire fresco de la calle me ayudó a despejarme. Hablar de la muerte de mis padres me había dejado exhausta.
—¿Estás bien? —preguntó él, deteniéndose junto a la puerta del coche.
—Es solo... es real ahora. No hay marcha atrás. No tengo casa, Julián. No tengo nada.
Me apoyé en el coche, sintiendo que las fuerzas me fallaban. Julián dio un paso hacia mí, bloqueando la vista de los transeúntes. Me tomó por la cintura y me pegó a su cuerpo. No fue un abrazo de consuelo esta vez. Fue posesivo. Sus manos se hundieron en mi espalda con firmeza.
—Me tienes a mí —susurró contra mi frente—. Y tienes esta casa. No digas que no tienes nada cuando me tienes a mí mirándote así.
Me obligó a levantar la cabeza, sujetándome por la barbilla. Estábamos en plena calle, pero a él parecía no importarle. Sus ojos bajaron a mis labios con una intensidad que me hizo temblar las rodillas.
—Julián, aquí no... —protesté débilmente.
—¿Aquí no? ¿O en casa tampoco? —preguntó, con una sonrisa desafiante—. Estás tan llena de deseos como yo, Elena. Puedo olerlo. Puedo sentirlo cada vez que pasas por mi lado. Deja de luchar contra eso. Solo te hace más daño.
Me soltó y abrió la puerta del coche para mí con una caballerosidad burlona. Durante el trayecto de vuelta, no hablamos, pero la tensión en el coche era casi sólida. Él conducía con una sola mano, mientras la otra descansaba sobre la palanca de cambios, rozando ocasionalmente mi muslo "por error".
Cuando llegamos a casa, la señora Martínez nos informó de que ella y Sofía irían a visitar a una tía y que no volverían hasta tarde. Estaríamos solos. De nuevo.
Subí a mi habitación con la excusa de descansar. Necesitaba procesar todo: el abogado, la pérdida de mi hogar y el asedio constante de Julián. Me tumbé en la cama, mirando al techo. Los ecos de la casa eran distintos cuando solo estábamos nosotros dos. Cada paso que él daba en su habitación resonaba en la mía.
De repente, oí que se abría la puerta de su balcón. Mi habitación también tenía un balcón pequeño, separado del suyo por apenas un metro de distancia. Me levanté impulsada por una curiosidad masoquista y salí.
Allí estaba él, apoyado en la barandilla, fumando un cigarrillo. La luz de la tarde caía sobre su rostro, resaltando los ángulos de su cara. Al verme, soltó el humo con lentitud y me dedicó una mirada abrasadora.
—No sabía que fumabas —dije, tratando de romper el hielo.
—Solo cuando estoy estresado —respondió, dándole otra calada—. Y tú, Elena, me estresas más de lo que puedes imaginar.
Se inclinó sobre la barandilla, acortando la distancia física entre los dos balcones. Estaba tan cerca que si extendía la mano, podría tocarlo.
—¿Por qué? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
—Porque eres la fantasía que no debería cumplirse. Porque eres la amiga de mi hermana, porque eres joven, porque acabas de perder a tus padres... y porque a pesar de todo eso, solo puedo pensar en cómo te verías sobre mi cama, sin ese jersey que te queda tan grande.
Me quedé sin palabras. La crudeza de su confesión me golpeó como una ola de calor. El luto se mezcló con el deseo en una combinación tóxica y adictiva. No era una fantasía de adolescente; era la realidad de un hombre adulto reclamando lo que quería.
—¿Sabes qué es lo peor? —continuó él, tirando el cigarrillo al jardín—. Que sé que tú piensas lo mismo. Sé que anoche estuviste pegada a la pared, escuchándome. Sé que fantaseas con que entre en tu cuarto y cierre la puerta con llave.
No pude negarlo. Mis ojos me traicionaron, llenándose de una lujuria que ya no podía ocultar.
—Ven aquí, Elena —dijo, extendiendo su mano hacia mi balcón.
—¿Qué?
—Salta. Solo es un metro. Ven aquí conmigo.
El corazón me latía tan fuerte que sentía que me iba a desmayar. Miré el vacío entre los dos balcones y luego lo miré a él. Su mano estaba firme, esperando. Representaba el salto al vacío, el fin de mi inocencia y el inicio de algo que no tenía retorno.
Sin pensarlo más, agarré su mano. Su agarre fue de hierro. Me ayudó a saltar el pequeño hueco y, en un segundo, estaba en su balcón, atrapada en sus brazos. Me pegó contra la pared de la casa, su cuerpo presionando el mío con una fuerza que me hizo soltar un jadeo.
—Ahora —susurró, su rostro a milímetros del mío—, dime que esto es solo una fantasía. Dime que no quieres que te bese hasta que olvides cómo te llamas.
No dije nada. No hacía falta. Mis manos se enredaron en su pelo y lo atraje hacia mí. El beso fue una explosión de todo lo que habíamos contenido. Sabía a tabaco, a café y a una desesperación compartida. Era el fin del silencio. La fantasía se había vuelto real, y ya no había forma de escapar del fuego que acabábamos de encender.
En ese rincón del balcón, mientras el sol se ocultaba y las sombras se alargaban, comprendí que mi vida nunca volvería a ser la misma. El luto seguía ahí, en el fondo de mi alma, pero el calor de Julián era lo único que me impedía congelarme.