Yo solo iba a entregar flores a la iglesia de San Gennaro.
No sabía que el ramo escondía un micrófono.
Ni que el hombre que me sonrió desde el altar era el Capo de Nápoles.
Ni que esa sonrisa sería lo último inocente que vería en mi vida.
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Tregua de cinco minutos.
Villa Rinaldi. 12:30 AM.
Un año después del bautizo de Sofia.
Sofía Rinaldi, 6 años, duerme arriba.
Con su libro de “El lobo y el limonero” abierto en el pecho.
Con su sonajero de plata bajo la almohada. Regalo de una tía Sofía que no recuerda, pero qué mamá dice que existe.
Abajo, en la cocina, no hay armas a la vista. Solo café frío. Y silencio.
Enzo, está descalzo. Camisa abierta. Ojeras de padre y Vittoria, está en bata. Pelo suelto. Ojeras de madre.
Y entre ellos, en la mesa donde antes planeaban guerras, hay un moisés.
Adentro, un bulto de 6 kilos. 3 meses de nacido. Matteo Rinaldi.
Pelo negro. Puños cerrados. Respirando.
No lloró cuando nació. Solo miró a Enzo y le agarró el dedo.
_“Este no pide permiso”_, dijo Tomás. _“Este agarra.”_
> —¿Está respirando? —susurra Vittoria por décima vez esta noche.
> —Sí —dice Enzo, sin mirar. Porque no despega los ojos del moisés desde hace 2 horas—. Tercera vez que lo preguntas en 10 minutos, amore.
Vittoria se sirve más café.
Lo deja.
No toma.
> —Con Sofía no era así —dice—. Con ella yo dormía. Con él... con él siento que si cierro los ojos, Sicilia se lo lleva.
Enzo se levanta.
Le quita la taza.
Le pone las manos en la cara.
> Enzo. Sicilia no entra aquí. Lo juré cuando nació Sofia. Lo vuelvo a jurar ahora.
Se agacha al moisés. Matteo abre los ojos. Negros.
De Vittoria.
De Enzo.
De nadie más.
—Hola, figlio —susurra Enzo—. Soy papá. El que no duerme porque tú respiras.
Matteo bosteza. Y se vuelve a dormir.
Vittoria se ríe. Bajito. Para no despertarlo.
> Vittoria. Lo vez —dice—. Igual que a Sofia.
Con un bostezo te desarmó.
Se sienta en las piernas de Enzo. Ahí, en la silla de la cocina. A la 1:15 AM.
Con 34 y 27 años. Con dos hijos. Con cero balas contadas.
—¿Te da miedo? —pregunta ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Otro Rinaldi. Otro blanco.
Enzo la abraza. Huele a leche y a ella.
—Me daba —dice—. Hasta que lo vi agarrarte el pelo en el hospital y no soltarte. Ahí entendí.
>Vittoria. ¿Qué?
>Enzo. Que no criamos blancos, Vittoria.
Criamos lobos.
Y los lobos no se cazan.
Los lobos se respetan...
2 AM. Bebés dormidos. Puerta cerrada. Y dos Rinaldi que llevan 2 semanas sin tocarce.
Villa Rinaldi. Habitación principal.
Matteo duerme en el moisés al lado de la cama. Sofia, 6 años, está desmayada en su cuarto abrazando el libro. Tomás montó guardia afuera “por si Sicilia se despierta”.
Por primera vez en 14 días, la casa está en silencio.
Enzo, cierra la puerta. Con llave. Dos vueltas.
Vittoria, 27, lo mira.
Bata blanca.
Pelo suelto.
Ojeras de madre.
Ojos de Loba.
> Enzo. Si llora, perdemos —susurra él.
> Vittoria. Si no me tocas, lloro yo —responde ella.
*Click.*
La bata cae al piso. No hay ceremonia. No hay tiempo. Hay 2 semanas de “después”, “espera”, “cuando duerma”.
Enzo la arrincona contra la puerta. Suave. Urgente.
> Enzo. Tienes leche en el cuello —gruñe, pasándole la nariz por ahí—. Y yo 14 días de abstinencia.
> Vittoria. Y yo muchos días de ser mamá nuevamente y ahora por dos—jadea ella, clavándole las uñas en la espalda—. Hoy quiero ser tuya.
Él la levanta. Ella le enreda las piernas en la cintura.
No llegan a la cama.
La pared está más cerca.
—Enzo... —Vittoria le muerde el hombro para no gritar. Matteo está a 2 metros— en otra habitación. Despacio.
—Mintiendo —gruñe él, entrando en ella de una.
>Enzo. Nunca te gustó despacio, Caruzzo.
—Rinaldi —corrige, arqueándose—. Soy Rinaldi cuando me haces esto.
Se mueven. Callados. Rabiosos. Como si Sicilia fuera a entrar a matarlos si paran.
>
> Él le tapa la boca con la mano cuando ella se viene. Ella le clava los dientes en la palma.
> —Te extrañé —susurra Enzo, sin dejar de moverse—. Tu cara. Tu rabia. Tu boca diciendo mi apellido.
> —Yo extrañé esto —jadea Vittoria—. *Que me hagas olvidar que soy madre 5 minutos y me acuerde que soy mujer.*
En la otra habitación. El moisés se mueve. Matteo suspira. No llora. Solo suspira.
Los dos se quedan quietos. Congelados. Sudados. Él adentro de ella. Ella con las piernas temblando.
Matteo se chupa el dedo. Sigue durmiendo.
Enzo suelta el aire. Apoya la frente en la de ella.
> —Somos unos irresponsables —susurra, riéndose bajito.
> —Somos padres —corrige Vittoria, besándolo lento ahora—. *Y esto también es cuidarlos. Acordarnos de nosotros.*
La baja despacio. Le tiemblan las piernas.
Él la carga hasta la cama. La acuesta como si fuera de cristal.
> —5 minutos —dice ella, tapándose con la sábana—. Dijiste tregua de 5 minutos.
> —Mintiendo otra vez —dice él, metiéndose con ella—.
*Contigo nunca me alcanzan 5 minutos, amore.*
Se quedan abrazados. Él adentro todavía. Ella con la cabeza en su pecho.
Matteo hace un ruidito.
Los dos se tensan.
Nada. Sigue durmiendo.
> —Te amo —dice Enzo, de la nada. Ronco. Real.
> —Lo sé —dice Vittoria, cerrando los ojos—.
*Lo siento cada vez que me tocás como si fuera la última vez.*
Afuera, Tomás prende un cigarro. Mira la puerta cerrada y todo tranquilo.
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7:40 AM.
Matteo llora.*
Sofia grita “¡TENGO HAMBRE!” desde el pasillo.
Enzo se pone los bóxers mal. Vittoria se ríe y se ata la bata.
La tregua terminó.
La familia sigue.
Un desayuno delicioso, preparado por Zia Carmela, que está feliz viendo a Sofía Vittoria correr por la casa y a Matteo aprendiendo a balbucear. Los niños le dan vida a la vida de ellos, son la alegría e inocencia que los rodea.
Mis queridos lectores les traigo un nueva novela, donde el amor pasa por muchos estados, y la mafia siempre quiere imponer, les agradezco de antemano, sus me gusta, sus regalos, sus comentarios, que otra mi es importante. 🥰