Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.
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Capítulo 18
Al día siguiente, Nicolás fue impecablemente profesional, demasiado para el gusto de muchos. Recto, serio, distante.
Nada de comentarios por lo bajo, nada de miradas sostenidas más de la cuenta. Ni siquiera ese aire juguetón que siempre parecía rodearlo cuando estaba cerca de Isabella, eso la desconcertó más de lo que quería admitir.
En la tarde salieron con los chicos, como ya era costumbre. Pero esta vez no compartieron mesa como últimamente lo venían haciendo. No hubo risas cómplices ni esas corrientes invisibles que hacían que el ambiente se sintiera ligero; Ahora solo había indiferencia. Y Nicolás parecía decidido a mantenerla.
En su mente, si actuaba así, no se involucraba, y si no se involucraba, no perdía el control.
—¿Soy yo o Nicolás está raro? —preguntó Lucía, mirando de reojo hacia la otra mesa.
—Debe ser algún problema personal… o algo en su empresa, no sé —respondió Isabella con aparente tranquilidad—. También lo noté distinto, pero no quise ser entrometida.
Lucía alzó una ceja.
—Pues está lejos de ser el Nicolás que mantiene riéndose con nosotros. Él bailó ayer contigo… ¿qué le hiciste, Isabella? —preguntó con una sonrisa traviesa.
Antes de que Isabella respondiera, Lucas intervino.
—Lo flechó. Y ahora el pobre la evita para no ilusionarse.
Hubo risas en la mesa.
Y aunque lo dijo en broma… no estaba tan lejos de la realidad.
—¡Hechicera! Quítale ese hechizo a ese bombón —añadió Lucía riendo—. Además, tú dijiste que con él nunca… y mami, yo sí me sacrifico.
Todos rieron otra vez.
Isabella también sonrió, pero por dentro no le causaba tanta gracia tanto que decidió aclarar la duda
—¿En serio te interesa Nicolás? Porque si es así, yo te ayudo con él —dijo, intentando sonar despreocupada.
Lucía soltó una carcajada.
—Ay, oíla, Lucas. A ver, nena… yo no necesito ayuda con nadie. Sí, está muy guapo, pero no me interesa. ¿No ves que él está pa’ ti y no pa’ mí? Date cuenta, tontita.
—Amiga, date cuenta —repitió Lucas, imitándola exageradamente.
—Sí, amiga —continuó Lucía—. Además, creo que hasta tú sientes cositas por él, pero no lo aceptas.
Isabella negó con rapidez.
—Claro que no. No me gusta, no me atrae, no nada. No entiendo por qué todos dicen eso.
Lucas apoyó el mentón en la mano y la observó teatralmente.
—¿Por qué será? Porque es demasiado evidente, querida. Brillante en los negocios, buena en la empresa… pero absolutamente inexperta en las mieles del amor.
—¡Lucas! —protestó ella.
—Amiga… date cuenta —repitió, disfrutando cada segundo.
Isabella rodó los ojos, pero inevitablemente su mirada buscó a Nicolás.
Él estaba hablando con alguien por teléfono, concentrado… y ni una sola vez la miró.
Y eso fue lo que más le dolió, porque, aunque según ella no le interesaba en el fondo sabía que le molestaba esa indiferencia
Todos salieron en el auto rumbo a la casa de los chicos para dejarlos primero. Después, Isabella tenía que pasar por un postre que Sara le había pedido; era su favorito, de una pequeña postrería cuyo dueño siempre aprovechaba cualquier ocasión para piropearla.
Dentro del auto el ambiente estaba curioso. Demasiado silencioso para lo que solían ser sus salidas.
—Nico, ¿por qué hoy estás tan callado? —preguntó Lucía desde el asiento de atrás.
—¿Sí? Estoy normal, como siempre —respondió él con tranquilidad, sin apartar la vista de la carretera.
Lucía frunció los labios, poco convencida.
—Mmm… pues así no eres normalmente. Al parecer te han comido la lengua los ratones… o una ratona por aquí, quién sabe.
Al decir eso miró descaradamente a Isabella.
Isabella, que iba en el asiento de copiloto, le lanzó una mirada que claramente decía: ¿qué demonios crees que haces?
Lucas soltó una risa.
—Lo chistoso es que hoy que Bella está en modo charlatana, tú estás callado. Intercambiaron roles, jajajaj.
Poco después llegaron al condominio donde vivían Lucía y Lucas.
—Bueno, fue un placer compartir contigo, amiga. Cuídate mucho… y no nos extrañes demasiado estos días que no nos podremos ver —dijo Lucía abrazando a Isabella.
Lucía y Lucas tenían un salón de eventos y eran event planner, y se acercaban unas fechas donde el trabajo se les acumulaba sin descanso. Durante varios días estarían completamente concentrados en eso.
—Vale, amigos. Los amo. Cualquier cosa me avisan, siempre estoy al pendiente —respondió Isabella.
Ya casi entraban al condominio cuando Lucas regresó de repente. Fingió darle otro abrazo a Isabella, pero en realidad se inclinó hacia su oído.
—Tienes ese bombón solo para ti… no lo dejes ir. Espero que cuando volvamos a salir ustedes ya sean pareja.
Soltó una risa y se alejó rápidamente.
Antes de irse del todo, pasó junto a Nicolás y murmuró:
—No te vayas a poner celoso en el lugar al que van.
Y salió corriendo para alcanzar a Lucía.
Nicolás quedó mirándolo, incrédulo, no entendía absolutamente nada.
Cuando Isabella volvió al auto, le recordó pasar por la postrería a recoger el pedido de su madre.
—No demora nada —le explicó—. Lo pedí desde que estábamos en el restaurante.
—No hay problema —respondió Nicolás, arrancando el auto.
Isabella pensó en preguntarle por qué estaba tan distante ese día, pero al final decidió no hacerlo.
Llegaron a la postrería unos minutos después.
La chica que atendía saludó a Isabella con familiaridad.
—En un momento le entregamos su pedido. El jefe decidió hacerlo él personalmente.
Isabella sonrió. No le sorprendía.
Mateo, el dueño del lugar, siempre encontraba excusas para acercarse a ella. Aun así, entre ellos había quedado una especie de amistad por preferencia de ella
—¡Pero miren nada más! ¿Cómo está la mujer más divina que han visto mis ojos? —saludó Mateo con entusiasmo al salir de la cocina.
Isabella soltó una risa.
—Hola, Mateo.
Hablaron unos minutos mientras él terminaba de empacar el postre. Cuando se lo entregó, la abrazó con naturalidad para despedirse… pero justo cuando se estaban separando, aprovechó para darle un beso esquineado.
Un gesto rápido pero suficiente para ser visto por Nicolás que estaba recostado en el auto, quien reaccionó antes de pensar.
En segundos ya estaba frente a ellos.
—¡Imbécil! ¿Qué te pasa? —le reclamó empujándolo.
—¡Nicolás, no! —gritó Isabella de inmediato.
Mateo se recompuso y lo miró con fastidio.
—¿Qué te pasa a ti, idiota? No ves que tengo confianza con ella, es mi amiga. Mejor desaparece, guarurita… que tú solo estás para cuidarla, no para meterte en su vida.
Las palabras golpearon directo donde más dolía; Nicolás apretó la mandíbula, sin decir nada más, dio media vuelta y regresó al auto.
Isabella lo siguió rápidamente.
Arrancó el vehículo de inmediato y el silencio dentro del auto se tornó pesado.
—No era necesario que hicieras eso, Nicolás. Mateo es amigo de la familia —dijo Isabella finalmente.
—Pues perdón —respondió él con ironía—. Creí que estabas siendo vulnerada y resulta que manejas esas confiancitas con ese tipo.
Aceleró un poco más de lo necesario. Quería llegar rápido, quería terminar con eso.
—¿Cuáles confiancitas? Yo no se las he dado. No entiendo por qué hiciste—
—Tranquila —la interrumpió—. No tienes que darme explicaciones de nada. En algo sí tiene razón él… no tengo por qué interesarme en tu vida personal.
Eso dolió más de lo que Isabella esperaba.
Cuando llegaron a la mansión Anderson, ella bajó del auto sin decir nada más. Nicolás ni siquiera esperó a que cerrara la puerta solamente arrancó y esa noche terminó en un bar.
Antes de empezar a beber, hizo una llamada a su empresa.
Pidió que prepararan un documento oficial para Tomás Anderson informando que él dejaba de estar a cargo de la protección de Isabella. En su lugar quedarían dos hombres de su total confianza.
Así se hizo.
Al día siguiente, después de una junta, Tomás revisó su correo.
Y ahí estaba el documento.
Frunció el ceño.
No entendía absolutamente nada.