Davina Guedes sueña con trabajar en la Inmobiliaria Hawser , sin saber que al lograrlo , despertaría la pasion y al obsesión de su dueño , el empresario Danilo Hawser.
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Capitulo 18
La atmósfera en Itacaré había cambiado. El aire, antes dulce y salino, ahora pesaba como el plomo. En el horizonte, las nubes se agolpaban en un muro negro que devoraba el sol de la tarde. Una tormenta tropical de proporciones épicas estaba a punto de golpear la costa de Bahía.
Marcos "El Lobo" estaba en el porche de la cabaña, limpiando una pistola de 9mm con movimientos metódicos. No necesitaba mirar al bosque para saber que los hombres de Tulio estaban allí. Había notado el cambio de patrón: ya no se escondían con cuidado. Estaban cerrando el perímetro, moviéndose con la confianza de quienes han recibido una orden de "caza abierta".
—Están aquí, ¿verdad? —preguntó Davina desde la puerta, abrazándose a sí misma. El embarazo empezaba a ser evidente bajo su ropa holgada.
—Están cerca —respondió Marcos sin mirarla—. Pero no van a entrar mientras el cielo no se rompa. Esperarán a que la lluvia borre sus huellas y el ruido de los truenos oculte sus pasos.
Marcos se levantó y miró el viejo Jeep Willys bajo el cobertizo y, más allá, la lancha motora amarrada en el muelle del manglar.
—No podemos quedarnos, Davina. Si Tulio ha recibido la orden de capturarte viva para ese "heredero" del que habla Danilo, no se detendrá ante nada. Prepárate. Solo lo esencial. Nos vamos por el río en cuanto caiga la primera gota.
***
Mientras tanto, en una São Paulo azotada por una lluvia incesante, Danilo conducía su coche hacia un cementerio privado en las afueras. El lugar de la cita era tan sombrío como las noticias que Arnaldo Silveira le había dado.
Encontró al viejo abogado junto a la tumba de mármol de Octávio Hawser. Arnaldo sostenía un paraguas negro, mirando la inscripción con una mezcla de odio y respeto.
—Viniste —dijo Arnaldo sin girarse.
—Necesito esos documentos, Arnaldo —fue directo al grano Danilo—. Necesito el reconocimiento legal preventivo para el hijo de Davina. Si ese niño nace con mi apellido antes de que Helenina cumpla los 42, ella pierde el control. Es la única forma de que nos deje en paz.
Arnaldo soltó una risa seca que terminó en una tos áspera.
—Tengo los documentos, Danilo. Octávio me obligó a prepararlos para "cualquier eventualidad biológica". Pero mi ayuda tiene un precio que no se paga con reales.
—Dime cuánto quieres.
—No quiero dinero. Quiero justicia —Arnaldo se giró, y sus ojos brillaron con una intensidad maníaca—. Tu suegro, Octávio, destruyó a mi familia para construir los cimientos de su primera torre. Mi hijo se suicidó por su culpa. He esperado veinte años para ver el apellido Hawser arrastrado por el lodo.
Arnaldo sacó un sobre lacrado de su abrigo.
—Aquí está el reconocimiento de paternidad y las pruebas de las cuentas ilegales de Helenina en las Islas Caimán. Con esto, puedes proteger a Davina y destruir a Helenina. Pero a cambio, Danilo, debes firmar una confesión donde admites que tú también sabías de los sobornos de la empresa.
Danilo retrocedió un paso, impactado.
—Si firmo eso, iré a la cárcel junto con ella. Perderé mi carrera, mi fortuna... todo.
—Salvarás la vida de esa mujer y de tu hijo, pero perderás tu libertad y tu nombre —sentenció Arnaldo—. Ese es mi precio. El sacrificio total de un Hawser para vengar a los Silveira. Tienes hasta que termine la tormenta para decidir.
***
En Itacaré, el primer rayo rasgó el cielo y, casi al instante, un diluvio torrencial borró el mundo.
—¡Ahora! —gritó Marcos.
Agarró a Davina de la mano y corrieron hacia el muelle. El viento era tan fuerte que casi los derribaba. Detrás de ellos, entre los árboles, surgieron sombras: hombres con impermeables oscuros y linternas tácticas.
—¡Ahí están! —gritó una voz que Davina reconoció con horror: era Tulio .
Marcos empujó a Davina dentro de la lancha y saltó tras ella, arrancando el motor. Las balas empezaron a impactar en la madera del muelle y a salpicar el agua a su alrededor.
—¡Agáchate! —ordenó Marcos mientras maniobraba la lancha hacia el laberinto de raíces de los manglares.
La oscuridad era total, salvo por los relámpagos que iluminaban la escena como una pesadilla estroboscópica. Tulio y sus hombres saltaron a otra lancha y la persecución comenzó. Marcos conocía el río, pero con la corriente crecida por la tormenta y la visibilidad nula, un error significaba la muerte para ambos... y para el bebé.
En medio del estruendo de la lluvia y el motor, Davina sintió un dolor agudo en el vientre. Se llevó la mano a la zona, aterrorizada.
—¡Marcos! —gritó sobre el viento—. ¡Marcos, creo que... algo está mal!