Melisa Thompson, una joven enfermera de buen corazón, encuentra a un hombre herido en el camino y decide cuidarlo. Al despertar, él no recuerda nada, ni siquiera su propio nombre, por lo que Melisa lo llama Alexander Thompson. Con el tiempo, ambos desarrollan un amor profundo, pero justo cuando ella está lista para contarle que espera un hijo suyo, Alexander desaparece sin dejar rastro. ¿Quién es realmente aquel hombre? ¿Volverá por ella y su bebé? Entre recuerdos perdidos y sentimientos encontrados, Melisa deberá enfrentarse al misterio de su amado y a la verdad que cambiará sus vida.
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Confesiones entre risas y un estado inconveniente
El tiempo había pasado volando. Dos meses ya. Dos meses de convivencia con Alexander, de compartir el día a día, de aprender a entender sus manías y acostumbrarse a su torpeza en la cocina.
Melisa no podía negar lo que sentía.
Me gusta. Me gusta demasiado.
Era algo tonto, pero cada vez que lo veía sonreír, sentía un revoltijo en el estómago. Unas molestas y a la vez adictivas mariposas que revoloteaban sin control. Pero su mente lógica le decía que no debía involucrarse.
Alexander seguía siendo un misterio. Su pasado estaba envuelto en sombras y, aunque él parecía disfrutar la vida con ella, no podía olvidar que en cualquier momento podía recordar quién era… y marcharse.
Esa idea le dolía más de lo que quería admitir.
Esa noche, Melisa había tenido un turno pesado. No solo había trabajado su jornada normal, sino que tuvo que cubrir a una compañera. Cuando finalmente terminó, su amiga Alicia la convenció de ir a un karaoke.
—Anda, Mel insistió Alicia, tomando su brazo. Te vendrá bien distraerte un rato.
Melisa dudó, pero al final aceptó.
—Solo un rato advirtió.
No tenía idea de lo que esa decisión iba a desencadenar.
Llegaron al bar y pidieron algo de tomar. Melisa nunca había sido buena con el alcohol, pero después de la primera copa, se dejó llevar. Cantaron "Quiero decirte que te amo" de Laura Pausini a todo pulmón, riendo como adolescentes.
Alicia, más consciente de su resistencia al alcohol, dejó de beber a tiempo. Pero Melisa… no.
Entre una copa y otra, su lengua se desató.
—¿Sabes, Alicia? balbuceó, apoyando la cabeza en la mesa. Ese hombre está sabroso…
Alicia soltó una carcajada.
—¿Quién? ¿Alexander?
—¡Obvio! Melisa levantó la cabeza con dramatismo. Quiero tirarme encima de él y hacerle un rodeo a ese toro.
Alicia casi escupe la bebida.
—Dios, Mel, estás borracha.
Melisa asintió, riendo.
—Sí, y por eso te lo digo… porque si estuviera sobria, no lo admitiría.
Alicia negó con la cabeza, divertida, pero al ver el estado en el que estaba su amiga, decidió que era hora de llevarla a casa.
—Vamos, antes de que termines haciendo un espectáculo.
Melisa protestó un poco, pero al final se dejó llevar.
Cuando llegaron al apartamento, Alicia tocó la puerta y esperó.
Alexander abrió y al ver a Melisa apoyada en su amiga, con la mirada vidriosa y una sonrisa boba, arqueó una ceja.
—¿Qué le pasó ?
Alicia suspiró.
—Melisa decidió ahogar sus penas en alcohol. No te preocupes, la traigo sana y salva.
Alexander miró a Melisa con diversión.
—Gracias, Alicia. Yo me encargo.
Alicia sonrió.
—Cuídala. Y mañana dile que quiero los detalles de todo lo que te diga hoy claro si llega a recordarlo.
Alexander asintió mientras cerraba la puerta. Luego, se giró hacia Melisa, quien lo miraba con una expresión traviesa.
—Bueno, señorita borracha, vamos a llevarte a la cama.
Alexander pasó un brazo por su cintura y la alzó con facilidad.
Pero Melisa, en su estado de embriaguez, no estaba dispuesta a ser solo una espectadora.
—Alexander… susurró contra su cuello. ¿Sabes qué? Me gustas.
Él se detuvo en seco.
—¿Qué?
Melisa se aferró a su camisa y le sonrió con picardía.
—Me gustas, me gustas mucho.
Alexander tragó saliva.
—Melisa, estás borracha.
—¿Y qué? dijo ella, haciendo un puchero. Mi pequeña flor está deseosa de probarte, pero tú eres un tonto y no te das cuenta de que quiero devorarte.
Alexander abrió los ojos con sorpresa y luego soltó una carcajada.
Melisa frunció el ceño.
—¡¿De qué te ríes?! ¿Soy un payaso o qué?
Él negó con la cabeza, aún riendo.
—No, tontita. Me río porque nunca imaginé verte en este estado.
Melisa se cruzó de brazos, tambaleándose.
—Si te ríes, entonces no lo digo más.
Alexander suspiró y la tomó del mentón con suavidad, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Melisa… ¿crees que no me doy cuenta? murmuró, con una sonrisa ladina. También muero por probar tus labios. También me encantaría hacerte mía…
Los ojos de Melisa se iluminaron por un instante, pero luego él añadió:
—Pero no así.
Melisa parpadeó, confundida.
—¿Qué quieres decir?
Alexander acarició su mejilla con ternura.
—No quiero que mañana te arrepientas. No soy un tipo que se aprovecha de una mujer pasada de alcohol. Mañana hablaremos de esto, ¿sí?
Melisa hizo un puchero.
—Pero yo no me arrepentiré.
Él sonrió.
—Mañana veremos.
Con cuidado, la cargó hasta su habitación, la recostó en la cama y le quitó los zapatos. Luego, la cubrió con la manta y le acarició el cabello.
Justo cuando se iba a levantar, sintió una mirada penetrante sobre él.
Volteó y vio a Michiru, sentado en la repisa, observándolo con sus ojos felinos entrecerrados.
—¿Qué pasa, guardián? susurró Alexander. ¿Cuidando a tu dueña?
El gato maulló en respuesta.
Alexander sonrió y apagó la luz antes de salir de la habitación.
Esa noche, mientras intentaba dormir, no podía dejar de pensar en la confesión de Melisa.
Me gustas, me gustas mucho.
Esas palabras se repetían en su cabeza.
Y aunque intentó ignorarlo, la verdad era que él también estaba empezando a enamorarse de ella.