Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 10
La reunión fue un éxito técnico. Azkarion dominaba la sala con una mezcla de carisma y amenaza velada que dejaba a los inversores sin palabras. Yo me encargué de los detalles, de las cifras y de proyectar la imagen de la compañera perfecta. Nadie sospechaba que, bajo la mesa, mis uñas se enterraban en mis palmas para no gritar.
Al salir, el calor del mediodía era sofocante. Azkarion me llevó hacia un restaurante privado en la azotea de un edificio cercano.
—Necesitamos celebrar —dijo, aunque su tono no era festivo.
Nos sentamos en una mesa apartada, rodeados de cristales que nos aislaban del ruido de la ciudad. El camarero trajo champán y caviar, pero yo no podía probar nada.
—¿Hasta cuándo vamos a seguir con esto? —pregunté, mirándolo fijamente a los ojos—. El contrato dice dos años. ¿De verdad crees que puedes mantenerme así dos años? Sin que yo intente destruirte desde adentro.
Azkarion tomó un sorbo de su copa, mirándome por encima del borde del cristal. Sus ojos plateados brillaron con una luz peligrosa.
—Puedes intentarlo, Alexa. De hecho, me decepcionaría que no lo hicieras. Pero recuerda que cada ataque que lances contra mí, rebotará hacia la constructora de tu padre. Estamos entrelazados ahora. Si yo caigo, ellos caen conmigo.
—Eres despreciable.
—Y tú eres hermosa cuando estás furiosa —respondió, su voz bajando un octavo de tono, volviéndose esa vibración que me revolvía el estómago—. Comamos. Esta noche tenemos que visitar a tus padres. Quieren agradecer personalmente al "generoso" jefe de su hija.
El pánico me invadió. Mis padres. Si veían a Azkarion en la misma habitación que yo, notarían la tensión, el odio que emanaba de mis poros.
—No es buena idea. Mi padre todavía está débil.
—Tu padre está eufórico por haber recuperado su legado. Iré, Alexa. Y tú estarás a mi lado, agradecida y enamorada. Es el precio de la paz.
La visita a la casa de mis padres fue la prueba más dura de mi vida. Azkarion se comportó como el yerno ideal. Llevó un vino de mil dólares y escuchó las historias de mi padre sobre los viejos tiempos con una paciencia que me resultaba aterradora. Ver a mi padre dándole palmaditas en el hombro al hombre que casi lo mata de un infarto fue una tortura que no le desearía a mi peor enemigo.
En un momento de la cena, mi madre me llevó a la cocina.
—Alexa, cariño... estás muy pálida. ¿Segura que estás bien? Ese hombre... es muy intenso. Parece que te devora con la mirada.
—Es solo el estrés del nuevo puesto, mamá —mentí, sintiendo que el corazón se me partía—. Azkarion es... complicado, pero nos cuida.
—Tus ojos dicen otra cosa, hija. Pero si eres feliz, nosotros también.
Regresamos a la mansión en un silencio tenso. Azkarion parecía satisfecho, una sombra de triunfo bailando en sus facciones. Al entrar en el vestíbulo, me giré hacia él, incapaz de contenerme más.
—¿Ya terminó el espectáculo por hoy? —pregunté, mi voz cargada de veneno.
Él no respondió con palabras. Me tomó del brazo y me arrastró hacia el ascensor. Pulsó el botón del ático, su habitación privada, un lugar donde yo nunca había entrado.
—¿Qué haces? Suéltame.
El ascensor se abrió en un espacio minimalista, dominado por una cama enorme y ventanales que daban al vacío. El aire aquí arriba era más puro, pero también más frío. Azkarion me soltó y cerró la puerta con un clic sonoro.
—Me cansé de las mentiras por hoy, Alexa —dijo, quitándose la corbata con un movimiento brusco—. Anoche intenté entrar en tu habitación porque no podía dejar de pensar en lo que pasó en el invernadero. Hoy, en la cena, ver a tu familia me recordó por qué hice todo esto. Pero tenerte aquí, tan cerca y tan llena de odio, me está volviendo loco.
Caminó hacia mí, y esta vez no retrocedí. La rabia y el deseo se habían mezclado en un cóctel explosivo que ya no podía controlar. Se detuvo frente a mí, su pecho subiendo y bajando con una respiración pesada.
—¿Quieres odiarme? Hazlo —susurró, su mano subiendo para acariciar mi mejilla, su pulgar rozando mi labio inferior con una presión electrizante—. Pero no me digas que no sientes esto. No me digas que no quieres que te toque tanto como yo quiero hacerlo.
—No te quiero, Azkarion. Te detesto con cada fibra de mi alma.
—Entonces úsame —dijo, y su voz fue un rugido bajo—. Úsame para olvidar el dolor que te causé. Castígame con tu cuerpo.
Me tomó de la nuca y me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento. Fue un beso de guerra, un choque de voluntades que se fundieron en un incendio instantáneo. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra su cuerpo duro y exigente. Yo respondí con la misma intensidad, mis uñas enterrándose en sus hombros, mis labios buscando los suyos con una desesperación que me asustaba.
Me llevó hacia la cama sin romper el beso. El contacto de la seda de mis sábanas contra mi piel y el peso de su cuerpo sobre el mío crearon una sinfonía de sensaciones que nublaron mi juicio. Sus manos eran expertas, desabrochando los botones de mi chaqueta con una urgencia que rayaba en la desesperación.
—Dilo —susurró contra mi cuello, su boca dejando un rastro de fuego sobre mi piel—. Di que me quieres.
—Nunca —gemí, mi cuerpo arqueándose bajo su tacto—. Nunca te daré eso.
—Entonces quédate con esto —respondió, bajando sus besos hacia el nacimiento de mis pechos.
La sensualidad en la habitación se volvió abrumadora. Cada caricia suya era una contradicción: un reclamo de propiedad y una súplica de conexión. Yo me perdí en el laberinto de su piel, en el olor de su perfume y en la fuerza de sus brazos. Por un momento, el contrato no existía. La venganza no existía. Solo estábamos él y yo, dos almas rotas chocando en la oscuridad del ático.
Sus manos se deslizaron por mis muslos, subiendo por el encaje de mi lencería con una delicadeza que me hizo temblar. Se detuvo un momento, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo sentir desnuda mucho más allá de la ropa. En ese segundo, vi una vulnerabilidad en él que nunca había mostrado: el miedo de ser rechazado incluso cuando tenía todo el poder.
—Alexa... —su voz fue apenas un susurro, cargada de una emoción que no supe identificar.
Me acerqué y lo besé, no con odio, sino con una necesidad mutua de silenciar el mundo exterior. Nos fundimos en un baile de sombras y piel, donde las palabras ya no tenían lugar. El deseo nos consumió como una llama alimentada por años de soledad y resentimiento.
Hacia la madrugada, me quedé dormida en sus brazos, sintiendo su corazón latir contra mi espalda. Era una paz frágil, una tregua en una guerra que sabía que no había terminado. Pero mientras la luz del alba empezaba a teñir el cielo de gris, por primera vez desde que firmé ese contrato, no me sentí una prisionera. Me sentí parte de algo mucho más peligroso que una deuda: me sentí el epicentro de la obsesión de Azkarion DArgent