En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
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XVIII. EVOLUCIÓN.
La noche en la mansión había quedado cargada de una tensión silenciosa.
Después del episodio, nadie quiso alejarse demasiado.
Ares decidió quedarse en la habitación de los mellizos. Empujó las dos camas para juntarlas y se sentó entre ellas.
Athas ya se había vuelto a dormir abrazando a su cachorro de ligre, mientras Athenas seguía inquieta. Ares le acarició el cabello con suavidad.
—Estoy aquí —le dijo en voz baja.
Athenas se acomodó contra su brazo.
—Papá… ¿si me duermo volveré a verlo?
Ares dudó un segundo.
—No lo sé. —la niña lo miró preocupada—. Pero si pasa… —continuó él con calma— no estarás sola.
Le besó la frente.
—Nunca.
Athenas finalmente cerró los ojos. El sueño llegó lento, pero llegó.
Durante toda la noche Ares casi no durmió. Permaneció sentado, vigilando la respiración de ambos niños, atento a cualquier señal de otro episodio.
Pero no volvió a pasar nada.
A la mañana siguiente.
El subterráneo de la mansión estaba lleno de luz artificial y pantallas activas. Conrad manipulaba el sistema central mientras los demás observaban.
En el aire apareció el holograma del cerebro de Athenas. Una estructura luminosa flotando sobre la mesa. Danielle cruzó los brazos mientras lo observaba.
—Explícalo otra vez.
Conrad amplió la proyección.
—Anoche ocurrió algo.
Nuevas conexiones neuronales comenzaron a iluminarse en la imagen. No estaban en el análisis anterior. Asziel Garza levantó una ceja.
—Eso parece… demasiado.
—Porque lo es —respondió Conrad, señaló varias zonas del cerebro—. Las conexiones telepáticas de Athenas se están multiplicando.
Ares se tensó.
—¿Qué significa eso exactamente?
Conrad suspiró.
—Que su cerebro ya no necesita que esté consciente para conectarse con otras mentes. —señaló.
El silencio cayó en la sala. Andrea frunció el ceño.
—¿Dormida? —preguntó la doctora.
—Sí. —Conrad amplió otra parte del holograma—. Athenas ahora puede conectarse incluso mientras duerme.
Asziel soltó un silbido bajo.
—Eso suena… problemático.
Arthur apoyó las manos en la mesa.
—¿Puede controlarlo?
Conrad negó.
—No. —se giró hacia ellos—. Tiene tres años.
La respuesta fue suficiente. Ares miró el holograma de su hija.
—Entonces anoche…
Conrad asintió.
—No fue una decisión consciente.
Andrea preguntó con preocupación:
—¿Entonces qué fue?
Conrad respondió con calma científica.
—Un reflejo neuronal —señaló las conexiones nuevas—. Cuando Athenas sintió el sufrimiento de Némesis, su cerebro reaccionó automáticamente.
Danielle habló en voz baja.
—Como si intentara ayudar.
—Exactamente.
Conrad amplió otro sector.
—El problema es que su mente todavía es la de una niña —se giró hacia ellos—. Para Athenas, estas conexiones pueden sentirse como sueños o pesadillas.
Ares apretó la mandíbula.
—Pero no lo son.
Conrad negó.
—No. —miró la proyección—. Son conexiones reales con otras mentes.
Asziel se apoyó en la mesa mirando el holograma con interés.
—Entonces la pequeña puede entrar en la cabeza de cualquiera mientras duerme.
—En teoría —dijo Conrad.
Danielle lo miró inmediatamente.
—¿En teoría? —Conrad se cruzó de brazos—. Porque hay algo más.
Amplió otra región del cerebro.
Las conexiones brillaban más intensamente.
—Athenas no solo se conecta —pausa—. También está evolucionando mientras lo hace.
Arthur frunció el ceño.
—¿Eso es normal?
Conrad soltó una pequeña risa.
—Nada de esto es normal.
Ares habló con tono firme.
—Quiero saber si es peligroso.
Conrad lo miró directamente.
—Para ella, sí. —silencio—. Porque si entra en la mente equivocada…
El científico no terminó la frase. Pero todos entendieron. Andrea preguntó en voz baja:
—¿Y para los demás?
Conrad miró otra vez el holograma.
—También.
Asziel sonrió levemente.
—Empiezo a pensar que la niña es el arma más peligrosa de todos nosotros.
Danielle lo miró de inmediato.
—Ella no es un arma.
Asziel levantó las manos.
—Lo sé —miró nuevamente el holograma—. Pero alguien allá afuera seguramente pensará lo contrario.
Ares permanecía en silencio. Observando las conexiones brillantes del cerebro de su hija. Finalmente habló.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que nadie lo descubra.
Conrad apagó lentamente el holograma.
—Demasiado tarde.
Todos lo miraron. El científico suspiró.
—Si Athenas pudo entrar en la mente de Némesis… —pausa—. Es muy posible que él también la haya visto.
El silencio que siguió fue mucho más pesado que el anterior.
El aire de la tarde en la finca era tranquilo.
Las colinas de viñedos se movían suavemente con el viento y los caballos relinchaban a lo lejos desde los establos. Asziel salió del subterráneo estirándose el cuello después de horas entre pantallas y cálculos.
—Necesitaba aire… —murmuró para sí.
Entonces los vio.
En medio del césped, cerca de uno de los jardines, estaban sentados Athas y Athenas. Los dos tenían los hombros caídos.
Sus cachorros de ligre estaban acostados a su lado, como si también notaran el ánimo extraño. Asziel frunció el ceño.
Eso no era normal en ellos.
Caminó hasta el césped y se dejó caer sentado frente a los mellizos.
—Bueno… esto es preocupante.
Los niños levantaron la mirada.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó él con suavidad.
Athas miró a su hermana antes de hablar. Pero fue Athenas quien respondió en voz bajita.
—Soy rara…
Asziel levantó una ceja.
—¿Rara?
La niña asintió.
—Preocupo a mamá y papá —miró el césped mientras jugaba con un poco de hierba—. Todo es por mi culpa.
Por un segundo el capo no dijo nada. Luego suspiró. Se inclinó un poco hacia adelante.
—Escúchame bien, pequeña.
Athenas levantó la mirada. Asziel le acomodó suavemente un mechón de cabello detrás de la oreja.
—No eres rara. —miró a ambos niños—. Ninguno de los dos.
Señaló entre ellos.
—Son dos de los niños más increíbles que he conocido.
Athas lo miró con desconfianza.
—¿De verdad?
Asziel sonrió.
—De verdad.
Se cruzó de brazos mirando el cielo un momento.
—Además… si alguien aquí es raro, soy yo. —los mellizos lo miraron curiosos—. Tengo bases secretas, helicópteros, una pequeña guerra privada… —enumeró con naturalidad.
Luego los miró.
—Y compré dos fábricas de autos para dos niños de tres años.
Athenas soltó una pequeña risa. Athas también.
Pero la tristeza no desapareció del todo. Asziel los observó un momento. Luego giró lentamente la cabeza hacia el estacionamiento.
Los tres autos brillaban bajo el sol.
Lamborghini Veneno
Bugatti Chiron
Ferrari Daytona SP3
El capo los miró unos segundos. Luego volvió a mirar a los mellizos.
—Tengo una idea. —los niños levantaron la cabeza—. ¿Quieren dar una vuelta en sus autos?
Los ojos de ambos brillaron de inmediato.
—¡Sí! —dijeron al mismo tiempo.
Pero la emoción duró poco. Athas frunció el ceño.
—Papá no va a dejar…
Athenas asintió.
—Ni mamá.
Asziel miró alrededor… asegurándose de que nadie estuviera cerca. Entonces se inclinó hacia ellos y habló en un susurro conspirador.
—Entonces… no tienen que enterarse.
Los niños abrieron los ojos.
—¿Qué? —dijo Athas.
Asziel sonrió como un niño travieso.
—Tengo un pequeño autodromo… no muy lejos de aquí. —pausa—. Donde nadie nos va a ver.
Los mellizos se miraron entre sí. Sus caras se iluminaron.
—¿De verdad? —preguntó Athenas.
Asziel se llevó un dedo a los labios.
—Shhh. —se puso de pie—. Misión secreta.
Los dos niños saltaron del césped inmediatamente. Sus ligres se levantaron también curiosos. Los tres caminaron en silencio hacia el estacionamiento.
Cuando llegaron, Asziel abrió los brazos señalando los autos.
—Bueno… ¿cuál quieren?
Los mellizos observaron las tres máquinas brillantes.
El negro agresivo del Veneno. La elegancia del Chiron.
La belleza del Ferrari. Athenas señaló primero.
—¡Ese!
Athas asintió enseguida.
—¡Sí!
Ambos al mismo tiempo:
—¡El Lamborghini!
Asziel miró el Lamborghini Veneno.
—Excelente elección. —sacó la llave del bolsillo—. Suban.
Los niños corrieron emocionados. Athenas ocupó el asiento del acompañante mientras Athas trepaba al otro lado.
Asziel se sentó en el asiento del conductor. Encendió el motor. El rugido del Veneno llenó el aire de la finca. Los ojos de los mellizos brillaban como si fuera magia.
Asziel sonrió mirando al frente.
—Bienvenidos a su primera carrera.
El Lamborghini salió del camino de la finca levantando polvo. Ninguno de los tres notó que, desde el balcón de la mansión… alguien acababa de verlos irse.
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El rugido del motor del Lamborghini Veneno cortaba el aire del pequeño autodromo escondido entre colinas.
El auto negro se deslizaba por la recta a una velocidad brutal.
Dentro del vehículo, Athenas y Athas gritaban y reían con una mezcla perfecta de emoción y adrenalina.
—¡MÁS RÁPIDO! —gritó Athenas levantando los brazos.
—¡Más rápido! —repitió Athas desde su asiento.
Asziel Garza soltó una carcajada mientras mantenía el control del volante.
—Escuchen bien —dijo mientras tomaban una curva perfecta—. Cuando conduzcan un auto así, lo más importante no es la velocidad… —giró el volante con precisión quirúrgica—…es el control.
El Lamborghini salió disparado de la curva. Los niños miraban fascinados el tablero, el volante, los pedales.
—¿Ven esto? —dijo Asziel tocando el cambio—. La potencia no sirve de nada si no sabes cuándo usarla.
Athas asentía muy serio como si estuviera memorizando cada palabra. Athenas reía feliz mirando el paisaje pasar como una mancha.
Dieron otra vuelta y otra. El sonido del motor rebotaba contra las gradas vacías del circuito.
Entonces… otro motor rugió a lo lejos. Un sonido diferente. Más grave.
Asziel levantó una ceja.
—¿Eh?
El sonido se acercó rápido. Desde la izquierda apareció el rojo intenso de un Ferrari Daytona SP3. Al volante estaba... Ares.
Su mirada era una mezcla entre diversión y amenaza. Athenas abrió los ojos con sorpresa.
—¡PAPÁ! —dijo feliz—. ¡Hola papá!
Athas también lo vio.
—¡Nos encontró!
Pero antes de que pudieran decir algo más… otro motor explotó en potencia. A la derecha apareció el brutal negro del Bugatti Chiron.
Al volante estaba Conrad.
Muy serio. Muy concentrado. Pero claramente disfrutándolo.
Asziel miró a ambos lados. Luego soltó una sonrisa lenta.
—Oh… —miró a los niños—. Parece que nos descubrieron.
Athenas se giró hacia él.
—¿Estamos en problemas?
Asziel inclinó ligeramente la cabeza.
—Probablemente.
Luego volvió a mirar el circuito frente a ellos. Sus manos se afirmaron en el volante.
—Pero primero…
Pisó el acelerador. El Veneno rugió con violencia.
—¡Agárrense!
Los mellizos se aferraron a los asientos.
—¿Por qué? —preguntó Athas.
Asziel sonrió como un niño travieso.
—Porque ahora…
El Lamborghini salió disparado. El Ferrari y el Bugatti aceleraron inmediatamente detrás.
—¡HABRÁ UNA CARRERA!
Los tres hypercars rugieron por la recta del circuito.
Tres monstruos de millones de dólares persiguiéndose mientras dos niños reían dentro del más peligroso de todos.
El rugido de los motores seguía retumbando en todo el circuito.
El Lamborghini Veneno atravesaba la recta a una velocidad brutal mientras los niños gritaban dentro del auto.
—¡VAMOS TÍO ASZIEL! —gritaba Athenas levantando los brazos.
—¡Tienes que ganar! —añadió Athas con los ojos brillando de emoción.
Asziel Garza soltó una carcajada mientras sostenía el volante con firmeza.
—Tranquilos… tranquilos…
Pero los otros dos autos ya estaban encima. A la izquierda apareció el rojo feroz del Ferrari Daytona SP3 conducido por Ares. A la derecha el negro agresivo del Bugatti Chiron manejado por Conrad.
Los tres autos entraron a la última vuelta prácticamente alineados.
Los motores rugían como bestias. Ares aceleró primero.
El Ferrari respondió con una explosión de potencia y se colocó medio auto por delante.
Athenas abrió los ojos.
—¡Papá nos va a ganar!
Athas miró el tablero preocupado.
—Nos está pasando…
Asziel miró de reojo el Ferrari adelantándose. Luego miró a los niños y sonrió.
—Claro que va a ganar.
Los niños lo miraron confundidos.
—¿Eh?
Asziel guiñó un ojo.
—Porque yo… —levantó un dedo hacia el tablero—, no voy a ganar normalmente.
Presionó un botón rojo.
—Agárrense bien.
Athenas y Athas se sujetaron fuerte de los asientos. El sistema respondió con un silbido violento. El nitro explotó.
El Lamborghini pegó un salto brutal hacia adelante.
Los niños fueron empujados contra los respaldos.
—¡AAAAAAAH! —gritaron entre risa y terror.
El Veneno disparó como un misil. Pasó primero al Bugatti. Luego al Ferrari. En cuestión de segundos cruzó la meta.
Asziel giró el volante con precisión perfecta. El Lamborghini derrapó sobre el asfalto levantando humo blanco antes de detenerse con una maniobra magistral.
Silencio y de pronto…
—¡¡GANAMOS!! —gritó Athenas.
—¡¡GANAMOS!! —repitió Athas levantando los brazos.
Asziel se recostó en el asiento satisfecho.
—Naturalmente.
Pero Athenas de pronto se llevó una mano a la boca.
—Creo que —se inclinó un poco—…voy a vomitar.
Asziel parpadeó.
—Ah… eso suele pasar la primera vez.
Detrás de ellos se detuvieron los otros autos. Ares bajó del Ferrari caminando con calma peligrosa. Conrad salió del Bugatti sacudiendo la cabeza.
Ares miró el Lamborghini.
—Eso fue trampa. —señaló a Asziel.
Conrad asintió.
—Completamente trampa.
Asziel levantó una ceja.
—¿Trampa? —se apoyó sobre el auto—. Caballeros… eso se llama ventaja tecnológica.
Ares cruzó los brazos.
—Usaste nitro.
Conrad añadió:
—Contra dos autos que no lo tenían.
Asziel se encogió de hombros.
—Problema de ustedes por no pensarlo antes.
Los niños seguían celebrando alrededor del auto.
—¡GANAMOS! —decía Athenas.
—¡El Lamborghini es el mejor! —añadía Athas.
Ares suspiró mirando la escena. Entonces… una voz femenina resonó detrás de ellos.
Fría. Muy clara.
—Ares…
Todos se giraron lentamente. Ahí estaba Danielle de pie con los brazos cruzados. Su mirada pasó de los autos… a los niños… y finalmente a Ares.
—¿Podrías recordarme… —dijo con calma peligrosa— por qué exactamente vinieron aquí, amor?
Ares cerró los ojos un segundo. Conrad se llevó una mano a la frente. Asziel sonrió lentamente.
Danielle levantó una ceja.
—Porque yo recuerdo perfectamente. —pausa—.Vinieron a regañar a los niños y a Asziel por escaparse.
Los mellizos se congelaron. Ares suspiró profundamente. Y murmuró:
—Cierto…
La carrera… claramente… había empeorado las cosas.
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En otro lugar del mundo, muy lejos de los viñedos italianos y del ruido alegre de los motores, reinaba el silencio clínico de un laboratorio subterráneo.
Las luces blancas iluminaban la sala de observación.
En el centro, sobre una camilla metálica, los monitores comenzaron a emitir un sonido constante.
Los párpados de Apocalipsis se abrieron lentamente.
Sus ojos estaban vacíos.
Fríos.
Sin memoria.
Al otro lado del cristal blindado observaban dos hombres. Xavier Hoffmann apoyado en sus muletas, el brazo vendado por la pelea con Danielle y junto a él, completamente tranquilo, el científico que había creado todo aquello. Gerald Astor.
Uno de los médicos revisó los datos en la pantalla.
—El borrado fue exitoso.
Gerald observó al joven en silencio.
—¿Nivel de agresión? —preguntó.
—Elevado… incluso más que antes.
Xavier sonrió levemente.
—Perfecto.
En la camilla, Apocalipsis se incorporó lentamente. Sus músculos se tensaron como cables de acero. Miró alrededor de la habitación.
Sin reconocer nada.
Sin recordar nada.
Pero con un propósito grabado profundamente en su mente. Un médico se acercó con cautela.
—Sujeto, identifíquese.
La mirada de Némesis se fijó en él.
Fría.
Vacía.
Y respondió con una voz grave, casi mecánica.
—Unidad de combate… designación Apocalipsis.
Gerald inclinó ligeramente la cabeza.
—Objetivo.
Apocalipsis respondió sin dudar.
—Localizar y eliminar objetivos prioritarios.
En la pantalla apareció la imagen holográfica de dos rostros. Ares y Danielle. Los ojos de Apocalipsis se fijaron en ellos. Algo dentro de su mente reaccionó.
Un eco.
Una grieta.
Un recuerdo que intentó existir… Pero el condicionamiento mental lo aplastó antes de nacer. Sus pupilas se endurecieron.
—Amenazas confirmadas.
Xavier apoyó su peso en las muletas con satisfacción.
—¿Y los niños?
Gerald hizo un gesto a los técnicos. En la pantalla aparecieron las imágenes de los mellizos. Athenas y Athas.
Por una fracción de segundo… algo extraño pasó en la mirada de Apocalipsis. Un temblor casi imperceptible. Como si una voz muy lejana intentara abrirse paso.
La voz de una niña diciendo:
"Muéstramelo todo."
Pero el programa mental volvió a imponerse. La emoción desapareció. La frialdad regresó.
—Objetivos secundarios —habló firmemente—. Capturar y neutralizar a cualquier interferencia.
Xavier sonrió con crueldad.
—Eso me gusta más.
Gerald dio una orden.
—Inicien protocolo de combate.
Las puertas blindadas del laboratorio se abrieron. Detrás de ellas se extendía una enorme sala de entrenamiento militar. Decenas de soldados de élite esperaban.
Armas automáticas.
Blindaje táctico.
Objetivos móviles.
Apocalipsis caminó hacia el centro de la sala. Un comandante levantó la mano.
—Simulación activa.
Las torretas automáticas se desplegaron. Los soldados apuntaron.
—¡Fuego!
Una tormenta de balas llenó la sala. Pero Apocalipsis ya se movía. Su cuerpo era más rápido. Más fuerte. Más preciso. Esquivó disparos. Atravesó la línea de soldados como una sombra.
Un golpe.
Dos.
Tres.
Los cuerpos comenzaron a caer. Una torreta giró hacia él, Apocalipsis saltó. La arrancó del soporte metálico y la arrojó contra un muro con fuerza brutal.
En menos de treinta segundos… la sala quedó en silencio. Soldados inconscientes. Equipos destruidos. Metal doblado.
Xavier observaba fascinado.
—Está mejorando.
Gerald asintió con serenidad.
—Cada reinicio elimina dudas.
Apocalipsis permanecía de pie en el centro del campo de entrenamiento. Respiración calmada. Mirada depredadora.
Más fuerte que antes.
Más peligroso.
Más vacío.
El científico lo observó con interés.
—Ahora sí —pausa—. Es prácticamente indestructible.
Xavier sonrió.
—Entonces es hora de enviarlo.
La mirada de Apocalipsis se levantó lentamente. Como si pudiera ver a través del mundo. Como si supiera exactamente dónde estaban sus objetivos.
Muy lejos.
En Italia.
Donde Ares, Danielle y los mellizos… aún no sabían que la cacería había comenzado otra vez.
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El ambiente en el subterráneo cambió por completo.
Las pantallas holográficas iluminaban los rostros tensos de todos. Sobre la mesa central se proyectaban datos satelitales, señales militares y movimientos estratégicos provenientes de Estados Unidos.
Algo se estaba activando. Algo grande.
Ares observaba el holograma con los brazos cruzados. Su mirada estaba fija, fría, pero por dentro la preocupación crecía.
A su lado, Danielle analizaba cada línea de datos con una concentración absoluta.
Conrad ampliaba la proyección.
—Movimientos militares en tres bases… —murmuró—. Y actividad biotecnológica en una instalación subterránea.
Andrea cruzó los brazos.
—Están preparando algo.
Entonces una señal roja apareció en el mapa. Conrad tragó saliva.
—Actividad genética… extremadamente alta.
Todos entendieron lo mismo al mismo tiempo... Era Apocalipsis.
El silencio cayó en la sala. Hasta que una voz grave lo rompió. Zoltan Garza dio un paso hacia la mesa. El viejo patriarca miró a todos con calma.
—Entonces entrenemos a los niños. —sentenció.
El silencio se volvió aún más pesado. Ares reaccionó de inmediato.
—No. —su respuesta fue instantánea, firme—. Ni hablar.
Zoltan lo miró sin moverse.
—Ares...
—No. —Ares golpeó la mesa holográfica con la palma—. Son niños y son mis hijos.
Athenas y Athas no eran soldados. No eran armas. Eran sus hijos.
—Mi trabajo es protegerlos —dijo Ares con dureza—, no convertirlos en parte de esta guerra.
Danielle asintió inmediatamente.
—Estoy de acuerdo. —ella miró a Zoltan con seriedad—. Tienen tres años. Si con la inteligencia y cuerpo de seis, pero son niños.
Conrad respiró hondo antes de hablar.
—Ares… esta vez estoy con Zoltan.
Ares giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Perdón?
Conrad sostuvo su mirada.
—No estamos hablando de entrenarlos para pelear. —señaló el holograma del cerebro de Athenas—. Estamos hablando de enseñarles a controlar lo que ya tienen.
Andrea intervino.
—Ares… lo viste en la isla.
La imagen de lo ocurrido volvió a todos. Athas deteniendo a Némesis. Athenas entrando en su mente.
Danielle aún tenía el recuerdo del cuchillo detenido en el aire.
—Ellos ya están en esta guerra —dijo Andrea con suavidad—. Ahora son objetivos de ellos.
Danielle bajó la mirada por un segundo. Sabía que era verdad. Entonces alguien avanzó desde el fondo de la sala.
Asziel Garza.
El joven capo caminó hasta la mesa con las manos en los bolsillos. Su tono esta vez no era bromista. Era serio.
—La última vez que se enfrentaron a Apocalipsis… —miró a Ares y Danielle uno por uno—. Casi los mata.
Nadie discutió eso. Asziel continuó.
—Si no fuera por los niños…
La frase quedó en el aire. Porque todos sabían cómo terminaba. Danielle había estado a segundos de morir. Ares también.
Asziel apoyó ambas manos en la mesa.
—Imaginen esto. —miró directamente a Ares—. Se enfrentan otra vez a él.
El silencio se volvió absoluto.
—Y esta vez… sí los mata. —nadie respiraba. Asziel habló más bajo—. ¿Qué creen que pasaría con los mellizos?
Ares apretó la mandíbula. El capo continuó.
—Los capturarían. —las palabras cayeron pesadas—. Los llevarían a un laboratorio. Los abrirían pedazo a pedazo como hicieron con ustedes, como hicieron con ese pobre chico. Les harían experimentos. Les borrarían la memoria.
La imagen era demasiado clara. Un laboratorio. Camas metálicas. Athenas gritando. Athas inmovilizado.
Asziel terminó la frase con brutal honestidad.
—Y convertirían a sus hijos en algo peor que Apocalipsis.
El silencio fue total. Nadie habló. Nadie se movió. Ares cerró los ojos por un segundo. Danielle lo miró.
Sabía exactamente qué estaba pasando en su mente. No quería hacerlo. Pero ahora… ya no se trataba solo de protegerlos. Se trataba de prepararlos para sobrevivir.
Muy lentamente… Ares abrió los ojos. Miró a todos en la sala y finalmente habló.
—Si vamos a hacer esto… —su voz era grave—. Se hace a mi manera.
Todos levantaron la vista.
—Nadie usa a mis hijos. —pausa—. Nadie los convierte en armas.
Miró a Conrad.
—Solo aprenderán a controlar sus habilidades.
Luego miró a Danielle. Ella sostuvo su mirada unos segundos y finalmente asintió. Ares volvió a mirar a los demás.
—Y si alguno de ustedes intenta ir más allá… —sus ojos se endurecieron—; les juro que esta guerra no será su mayor problema.
Asziel sonrió apenas.
—Perfecto.
El capo se recostó contra la mesa.
—Entonces mañana empezamos.
En ese momento nadie notó algo. En el piso superior de la mansión. Sentados en la escalera. Escuchando todo.
Estaban los mellizos. Athenas y Athas.
Con sus dos pequeños ligres a su lado. Y en el rostro de Athenas… había una expresión extraña. Porque ella sabía algo. Algo que todavía no le había contado a nadie.
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La mañana en la finca Garza era clara y tranquila. El sol iluminaba los viñedos y el césped todavía estaba húmedo por el rocío. A lo lejos se escuchaban caballos relinchando en los establos.
Pero en el gran jardín delantero algo muy distinto estaba ocurriendo.
Un círculo de espacio había sido despejado. Guardias observaban a la distancia con curiosidad y cautela.
En el centro del jardín había un auto estacionado. Un vehículo pesado, completamente real, colocado ahí para una prueba muy particular.
Ares estaba agachado frente a su hijo.
Athas.
El niño lo miraba con esos ojos verdes intensos que a veces brillaban cuando usaba sus habilidades.
Ares hablaba con calma, como si estuviera enseñándole algo sencillo.
—Bien, hijo… escucha. —señaló el auto—. ¿Crees que puedes levantarlo sin tocarlo?
Athas miró el vehículo. Era grande. Pesado.
Pero en su rostro apareció una sonrisa pequeña… emocionada.
—Sí.
Se giró hacia el auto y frunció un poco el ceño, concentrándose. Extendió la mano. El aire alrededor pareció tensarse ligeramente.
El auto… vibró apenas. Un centímetro. Tal vez menos.
Luego volvió a asentarse en el suelo. Athas bajó la mano. Ares no reaccionó con decepción. Al contrario, sonrió con tranquilidad.
Le apoyó una mano en el hombro.
—Está bien. La primera vez siempre cuesta. —se incorporó un poco—. Lo intentaremos más tarde.
Pero Athas negó inmediatamente. Con firmeza.
—No.
Ares levantó una ceja.
—¿No?
El niño se cruzó de brazos con una seguridad inesperada.
—Puedo. —luego señaló el auto—. Solo estaba probando.
Ares lo miró con curiosidad. Entonces Athas volvió a girarse hacia el vehículo. Esta vez su expresión cambió.
Su concentración era absoluta. Sus ojos verdes comenzaron a brillar con más intensidad. Alzó lentamente una mano hacia el auto.
El aire alrededor vibró. Las hojas del césped se movieron. Y entonces el auto se levantó. Primero unos centímetros.
Luego medio metro. Después… siguió subiendo.
Como si el vehículo pesara lo mismo que una pluma.
Athas lo mantenía suspendido en el aire con una sola mano. Los guardias a lo lejos dejaron escapar murmullos sorprendidos.
Desde la terraza de la casa, Danielle observaba la escena con los brazos cruzados, claramente impresionada.
A su lado, Asziel Garza soltó una risa corta.
—Bueno… —miró a Danielle—. Creo que tu hijo acaba de levantar un auto como si fuera un juguete.
El vehículo flotaba ahora a más de dos metros del suelo. Perfectamente estable. Ares miraba a su hijo con atención.
No con miedo. Sino con una mezcla de orgullo… y cálculo. Se acercó un paso.
—Athas.
El niño giró la cabeza hacia él sin soltar el auto.
—¿Sí?
Ares señaló el coche suspendido.
—Ahora intenta algo más difícil.
Athas inclinó la cabeza curioso.
—¿Qué?
Ares sonrió apenas.
—Muévelo. Sin que se caiga.
El niño volvió a mirar el auto. Concentrado y el enorme vehículo… empezó a desplazarse lentamente por el aire sobre el jardín.
Como si estuviera flotando en gravedad cero. Desde la casa, alguien aplaudió. Era Athenas, sentada en la baranda del balcón con sus pequeños ligres a su lado.
—¡Muy bien Athas! —gritó feliz.
Pero mientras observaba… sus ojos mostraban algo diferente. Porque ella sabía algo. Algo que nadie más sabía todavía y mientras miraba a su hermano levantar el auto… solo pensaba una cosa.
Némesis también podía hacer cosas así.
El entrenamiento continuó en el jardín de la finca. El auto que Athas había levantado ya estaba nuevamente en el suelo, y varios de los guardias seguían murmurando entre ellos, todavía impresionados.
Ahora todos miraban a la otra protagonista del entrenamiento.
Athenas.
La pequeña estaba de pie en medio del césped, con los brazos detrás de la espalda, observando a los adultos con curiosidad.
Frente a ella estaba Conrad, que había sido elegido como… voluntario o más bien, víctima.
Asziel Garza se agachó frente a la niña, a su altura, con una sonrisa divertida.
—Bien, pequeña genio… —dijo apoyando las manos en sus rodillas—. Veamos lo que puedes hacer.
A unos pasos, Ares se acercó también y puso una mano suave sobre el hombro de su hija. Su tono fue serio, pero tranquilo.
—Athenas, escúchame bien. —la niña levantó los ojos hacia él—. Esta vez no quiero que entres a su mente para leer recuerdos ni para ver cosas.
Ares señaló a Conrad.
—Solo quiero que entres y le obligues a moverse —hizo una pausa—. Sin hipnotizarlo. Sin manipular emociones. Solo control.
Athenas asintió con naturalidad.
—Está bien, papá.
Se giró hacia Conrad.El científico levantó ambas manos como rindiéndose.
—Quiero que conste que no estoy cómodo con esto.
Asziel soltó una risa.
—Demasiado tarde.
Athenas cerró los ojos.
El silencio cayó por un momento en el jardín. Luego los abrió otra vez. Sus pupilas brillaron levemente. Había entrado. Dentro de la mente de Conrad.
El científico parpadeó… confundido.
—Oh. Eso fue rápido.
Athenas inclinó la cabeza.
—Levanta la mano derecha. —ordenó.
La mano de Conrad se alzó inmediatamente. Él la miró sorprendido.
—Bueno… eso es perturbador.
Athenas continuó.
—Ahora da tres pasos.
El cuerpo de Conrad se movió solo.
Uno.
Dos.
Tres.
Como si fuera una marioneta perfectamente controlada. Desde la terraza, Danielle observaba con los brazos cruzados, analizando cada detalle.
Mientras tanto, Asziel entrecerró los ojos con una expresión peligrosa… y divertida. Sacó lentamente su celular del bolsillo.
—Athenas…
La niña lo miró.
El capo sonrió con pura malicia.
—Hazlo bailar la Macarena.
Ares giró la cabeza hacia él inmediatamente.
—Asziel…
Pero ya era tarde. Athenas soltó una pequeña risa.
—Está bien.
Volvió a mirar a Conrad.
—Baila.
De repente el científico levantó ambos brazos.
—No, no, espera...
Pero su cuerpo ya estaba moviéndose. Primero los brazos cruzados. Luego los giros. Los pasos laterales.
Exactamente la coreografía. Perfecta.
Como si un instructor invisible lo estuviera dirigiendo. Asziel estalló en carcajadas mientras grababa con el celular.
—¡Esto es oro! ¡Oro puro!
Detrás de él algunos guardias intentaban no reírse. Conrad, completamente consciente de todo lo que había, hablaba mientras su cuerpo seguía bailando.
—Quiero que sepan… —dijo girando otra vez— que esto es humillante.
Athenas no podía parar de reír.Ares simplemente se llevó una mano a la cara y negó lentamente con la cabeza.
—Voy a matarte Asziel.
Asziel seguía filmando.
—Demasiado tarde.
Conrad terminó la coreografía completa… incluyendo el pequeño salto final. Athenas soltó la conexión.
El científico se detuvo de golpe, respirando profundo.
Se acomodó la camisa con dignidad herida.
—Esto… —miró a todos—. No será mencionado jamás en ningún informe científico.
Asziel levantó el celular.
—Demasiado tarde. Internet lo va a amar.
Ares volvió a mirar al capo.
—Te juro que un día te voy a enterrar en estos viñedos.
Asziel sonrió tranquilo.
—Pero tendrás el mejor video familiar de la historia.
Y Athenas… todavía se reía.
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LABORATORIO (ESTADOS UNIDOS)
El laboratorio estaba en silencio absoluto.
Solo se escuchaba el zumbido constante de los servidores y el tenue pitido de los monitores médicos. En el centro de la sala, sujeto a una estructura metálica de contención, estaba Apocalipsis.
Su torso desnudo estaba cubierto de sensores y cables que se conectaban a las máquinas alrededor. Sus ojos permanecían abiertos. Inexpresivos.
Frente a él, varias pantallas proyectaban mapas neuronales extremadamente complejos.
Uno pertenecía a Athas.
Otro a Athenas.
Y el tercero… al propio Némesis.
Apoyado en su muleta, con el brazo vendado tras la pelea, Xavier Hoffmann caminaba de un lado al otro con creciente irritación.
—No lo entiendo —gruñó.
Golpeó una de las pantallas.
—Su cuerpo aceptó todo. —señaló los datos—. Regeneración celular. Fuerza aumentada. Resistencia metabólica. Incluso una versión de la telequinesis del niño.
En otra pantalla se veía un video de prueba: una pesa metálica elevándose unos centímetros delante de Apocalipsis.
Xavier se giró hacia el científico que observaba los datos con calma clínica. Gerald Astor.
—Pero cada vez que intentamos replicar la habilidad de la niña… —continuó Xavier con frustración— su cerebro entra en rechazo.
Gerald amplió la imagen del cerebro de Apocalipsis. Las conexiones neuronales brillaban en el holograma azul.
Luego proyectó el de Athenas. El contraste era brutal. El cerebro de la niña parecía una galaxia de actividad. Conexiones en todas direcciones. Regiones cerebrales trabajando al mismo tiempo.
Gerald habló con voz baja.
—Su habilidad no es solo telepatía.
Xavier lo miró.
—¿Entonces?
—Es dominación neuronal directa.
Ampliaron un área del cerebro de Athenas.
—Ella no solo entra en una mente. La controla.
Xavier cruzó los brazos.
—Exacto. Y quiero eso en él.
Gerald cambió la proyección al cerebro de Némesis durante uno de los intentos. En la grabación, las señales neuronales se disparaban violentamente.
Después… colapsaban. Como un cortocircuito.
—El cerebro lo rechaza —dijo Xavier con fastidio.
Gerald negó lentamente.
—No exactamente.
Xavier frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Gerald amplió un grupo de regiones cerebrales específicas. Allí la actividad se apagaba cada vez que el proceso comenzaba. Como si algo cerrara la puerta.
—Su cerebro se protege —explicó.
Xavier soltó una risa incrédula.
—¿Protege qué?
Gerald miró fijamente a Apocalipsis.
—No lo sé.
Se acercó a la silla metálica. El joven no reaccionó. Ni un músculo se movía. Pero Gerald observó con atención las lecturas.
—Es extraño.
Xavier apoyó su peso en la muleta.
—Todo esto es extraño —eñaló a Apocalipsis—. Ese monstruo debería aceptar cualquier modificación.
Gerald respondió con frialdad científica.
—El cuerpo sí. La mente no.
Xavier lo miró.
—Entonces borraremos su mente otra vez.
Gerald no respondió de inmediato. Miró el rostro del joven.
—Ya lo hicimos demasiadas veces.
Xavier sonrió con dureza.
—Entonces una más no hará diferencia.
En ese momento, Apocalipsis levantó ligeramente la mano. Una bandeja metálica sobre la mesa vibró… y se elevó unos centímetros antes de caer otra vez.
Xavier lo observó con satisfacción.
—¿Ves? Funciona.
Gerald miró las lecturas una vez más. Luego murmuró casi para sí mismo:
—Sí… Pero algo dentro de él sigue resistiéndose.
Xavier se encogió de hombros.
—No importa.
Se giró hacia los médicos.
—Preparad el siguiente intento.
Las máquinas comenzaron a activarse nuevamente. Ninguno de ellos sabía por qué el cerebro y el cuerpo de Apocalipsis rechazaban la habilidad de Athenas.
Y tampoco sabían… que la respuesta no estaba en la ciencia. Sino en un rincón profundo de su mente que ni los borrados de memoria habían logrado destruir.
En ese mismo instante, los ojos de Apocalipsis parpadearon lentamente y por una fracción de segundo.. vio unos ojos. Los ojos de Athenas. Un recuerdo sin forma. Una sensación.
Calma. Luego desapareció. Su expresión volvió a ser fría. Vacía.
No tardes