Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 2: El asecho de las sombras
—¿Cómo te fue en tu primer día, Rose? —preguntó Egle, examinándome con esa mirada clínica que siempre parecía buscar algo más que una respuesta superficial..
—Excelente. Me dejaron contratada oficialmente —respondí, forzando una sonrisa mientras servía un poco de jugo.
—Aunque me alegra que obtuvieras lo que querías, recuerda lo que dijimos —intervino Clarisa, dejando su periódico sobre la mesa—. En el momento en que sientas que es demasiado, o si simplemente te cansas, puedes dejarlo. Sabes que no hay problema, que aquí no te falta nada.
—Lo sé, tía, gracias. Pero de verdad quiero intentarlo —dije
—Leslie llamó —añadió Clarisa—. Dijo que le devolvieras la llamada en cuanto pudieras. Parecía... insistente.
—Solo quería que la acompañara a una fiesta de la facultad, pero no tengo ánimos para música alta y gente sudorosa. Prefiero estudiar.
—Haces bien, hija. Mejor duerme —concluyó Egle con una nota de alivio en la voz que me pareció extraña, como si mi presencia en casa la mantuviera tranquila.
Subí a mi habitación y traté de concentrarme en mis deberes, pero mi mente volvía una y otra vez al hombre del café. Tomé un baño caliente, dejando que el vapor empañara los espejos, y finalmente me entregué al sueño.
El escenario cambió en un parpadeo. Ya no estaba en mi habitación, sino en un sendero boscoso donde la niebla se arrastraba por el suelo como serpientes blancas. El aire olía a pino húmedo y a algo antiguo, como piedra mojada. Mi corazón latía con una euforia que no conocía en la vida real; estaba esperando a alguien, y esa espera era lo único que importaba en el universo.
De repente, unos brazos fuertes me rodearon por la espalda. El calor que emanaba de él era mi único refugio. Me giré, ansiosa por besarlo, pero su rostro... su rostro era una mancha borrosa, un vacío que mi memoria no podía llenar.
—Debo partir —dijo él. Su voz era la misma que había escuchado en el café, pero cargada de una desesperación que me partió el alma—. El viaje es largo y el peligro acecha, pero volveré por ti. Lo juro por el cielo y el infierno.
—No te vayas —le supliqué, aferrándome a su casaca de tela gruesa—. Siento que si cruzas ese linde, te perderé para siempre. Quédate, por favor...
Él no respondió. Se soltó de mi agarre con una firmeza dolorosa y se desvaneció en la espesura. En ese instante, el bosque se volvió hostil. Escuché ladridos de perros y el grito de hombres que me perseguían. Corrí, con las ramas arañándome la cara, hasta que mis pies tropezaron con una raíz y caí al vacío.
Desperté de golpe, empapada en sudor. El sol de la mañana ahora me parecía artificial. Estos sueños me estaban desgastando más que cualquier rutina; era como si estuviera viviendo dos vidas y ambas me estuvieran matando lentamente. Llegué a la clase de Historia del Arte con la cabeza embotada. Me senté en mi lugar de siempre, abriendo mi cuaderno, cuando una vibración pesada, casi eléctrica, recorrió mi columna vertebral. Antes de girarme, ya lo sabía.
A mi lado, sentado con una postura impecable que desentonaba con la relajación de los demás estudiantes, estaba él. El hombre del café. Hoy no llevaba el traje azul, sino un abrigo largo de lana negra que parecía absorber la luz del aula.
—Hola... —susurré, incrédula—. Eres la misma persona que estaba ayer en el café, ¿cierto?
Él giró la cabeza lentamente. Su mirada era un impacto físico; gris como el acero antes de una tormenta. No parpadeaba.
—Sí —respondió. Una sola sílaba que pareció llenar el espacio entre nosotros.
—¿Tomas esta clase también? —pregunté, tratando de sonar normal mientras mis dedos jugaban nerviosos con mi bolígrafo.
—No.
Su respuesta fue seca, definitiva. Me quedé desconcertada.
—¿Y qué haces aquí, entonces? Si puedo preguntar...
Él abrió la boca para responder, pero en ese momento Leslie irrumpió en el salón, dejando caer su bolso sobre la mesa con estrépito.
—¡Hola, amiga! Gracias por no acompañarme ayer, de verdad. Eres la mejor del mundo abandonándome siempre —dijo con su sarcasmo habitual, hasta que sus ojos se posaron en mi acompañante—. Oh... ¿y tú quién eres?
El desconocido se puso de pie en un movimiento fluido, casi felino. Su aura de respeto se intensificó tanto que Leslie dio un paso atrás sin darse cuenta.
—Dagmar —dijo él. Su voz resonó con una autoridad que hizo que un par de estudiantes en la fila de adelante se giraran a mirar. Sin decir una palabra más, recogió sus cosas y abandonó el aula con zancadas largas y decididas.
Leslie se quedó boquiabierta, siguiéndolo con la mirada.
—¡Vaya! ¿Qué hacías coqueteando con ese guapetón, Rose? ¡Tiene una pinta de modelo de época que no puedo con ella!
—¡Leslie, no lo hacía! —protesté, sintiendo que mis mejillas ardían—. Ni siquiera sé por qué estaba aquí. No es alumno de la facultad.
La confusión me acompañó todo el día. Al salir de clases, un accidente con mi café manchó mi blusa blanca, obligándome a pasar por casa antes de ir al trabajo. Entré en silencio por la puerta trasera, pero me detuve en seco al escuchar voces en la biblioteca. Mis tías estaban discutiendo, algo muy inusual en ellas.
—¿Cuándo le diremos la verdad? —La voz de Clarisa sonaba al borde del llanto.
—Todavía no es el momento —respondió Egle con una frialdad que me heló la sangre—. Cuando sea inevitable, si es posible. No podemos arriesgarnos a que el ciclo comience antes de tiempo.
—¡Hola, tías! —exclamé, entrando en la habitación para interrumpirlas. El silencio que siguió fue sepulcral—. ¿De qué hablan?
Egle se giró, su rostro era una máscara de calma forzada.
—¿Qué haces aquí a esta hora, Rose?
—Tuve un inconveniente con mi blusa y tuve que venir a cambiarme antes de irme al café. ¿De qué hablaban? Parecían... preocupadas.
—Nada, mi niña —dijo Clarisa, evitando mi mirada mientras acomodaba unos libros—. Cosas de la administración de la casa, nada de importancia.
—No sé por qué siento que me están ocultando algo —dije, entrecerrando los ojos.
—Ideas tuyas, Rose. El estrés de los exámenes te está afectando —sentenció Egle—. Ve a cambiarte ya, llegarás tarde a tu empleo.
Subí las escaleras corriendo, pero la sospecha se quedó instalada en mi pecho como un nudo. Ellas me estaban mintiendo. Siempre habían sido sobreprotectoras, pero esto era diferente. Hablaban de un "ciclo", de "la verdad". ¿Qué verdad podía ser tan terrible?