Séptimo libro de la Dinastía Lobo.
Alessandro juró no enamorarse jamás. Arabella juró vengarse al precio que sea. Pero cuando sus caminos se cruzan, el odio y el deseo se vuelven imposibles de distinguir. Ella fue entrenada para seducirlo y destruirlo; él, para no caer en las trampas del corazón. Sin embargo, un roce, una mirada y un secreto bastan para encender una pasión tan peligrosa como inevitable. Entre mentiras, fuego y traiciones, Alessandro y Arabella descubrirán que algunos destinos no pueden evitarse... y que hay amores que se sienten como una herida abierta imposible de cerrar.
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Nunca pierdo.
Alessandro❤️🔥
La mañana en Manhattan amanece fría, gris… ordenada. Todo lo contrario al caos que llevo dentro desde anoche.
Estoy de pie frente al ventanal del penthouse, con un vaso de café en la mano que ya ni recuerdo cuándo se enfrió. Mi mente no está aquí. Está en ese maldito club… en esa maldita e insolente mujer.
—Señor… —la voz de Marco, el jefe de seguridad, me saca del trance.
No me giro de inmediato.
—Habla.
—Tengo la información que solicitó.
Ahí sí volteo. Camino con calma hasta el sofá, me dejo caer y lo miro fijamente.
—Más te vale que sea algo útil.
Marco traga saliva apenas perceptible y abre la carpeta.
—Arabella Rosetti. Veintiséis años. Vive en un apartamento en un barrio medio de Manhattan con otra mujer, Dency Pérez. Llegaron hace poco al estado de Nueva York…
—Aja —lo interrumpo, seco—. ¿Qué más?
Marco duda un segundo. Mala señal.
—No hay mucho más, señor.
El silencio cae pesado.
—¿Cómo que no hay mucho más? —pregunto, bajando la voz peligrosamente.
—No hay registros sólidos. Ni familiares, ni lugar de nacimiento claro, ni historial… es como si su pasado estuviera… —hace una pausa— encriptado.
Mis ojos se entrecierran.
—Explícate mejor.
—Es como si alguien hubiera borrado su vida antes de llegar aquí —dice finalmente—. Solo aparece lo necesario. Lo visible. Lo superficial.
Dejo el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Me estás diciendo que una bailarina de club tiene un pasado fantasma?
—Eso parece... Señor.
Me quedo en silencio unos segundos, procesando. Y entonces… sonrío apenas.
No de humor. De interés.
—Sigue investigando —ordeno—. Quiero saber de dónde salió, quién es, quién la trajo aquí… todo. Hasta el último puto detalle.
—Sí, señor.
—Y más te vale que esta vez encuentres algo real.
Marco asiente y se retira sin decir más.
Me quedo solo. Y ahora… es peor.
Porque ya no es solo deseo. Es curiosidad y eso… es más peligroso.
...❤️🔥❤️🔥...
La noche llega y, como si fuera una necesidad, no una decisión… vuelvo a ese lugar.
El club está igual que ayer: luces bajas, música envolvente, cuerpos moviéndose, dinero corriendo. Pero esta vez no me interesa nada de eso.
Solo ella.
—Mírate —dice Gabriele a mi lado, con una sonrisa burlona mientras nos acomodamos en la mesa frente al escenario—. El gran Alessandro Lobo, esperando a una mujer como un adolescente.
Le lanzo una mirada de advertencia.
—Cierra la boca.
—¿Es en serio que te rechazó? —insiste, divertido—. Todavía no me lo creo.
—Pues créelo —respondo, tomando un sorbo de agua—. Y deja de joder.
Gabriele suelta una risa baja.
—Esto tengo que verlo.
La música cambia. Y entonces… aparece. Y se me va el aire.
El vestuario de esta noche no es vulgar. No es exagerado. Es… perfecto. Ajustado donde tiene que ser, sutil donde debe, resaltando cada curva sin necesidad de mostrar demasiado.
El color… resalta sus ojos.
Esos malditos ojos verdes.
—Joder… —murmura Gabriele—. Ahora entiendo.
No respondo.
No puedo.
Porque estoy demasiado ocupado mirándola.
Cada movimiento es preciso. Dominante. Como si el escenario fuera suyo… como si todo el club girara a su alrededor.
Y yo… solo observo.
Ella no se equivoca. No duda. No busca aprobación. La impone.
En un momento, su mirada roza la mía.
Solo un par de segundos.
Pero suficientes para que algo dentro de mí se tense.
Clientes suben billetes al escenario. Yo también dejo algunos. No por necesidad… por costumbre. Por marcar presencia.
—Si alguien te viera así —dice Gabriele, apoyándose en el respaldo— pensaría que estás enamorado.
Bufo.
—No digas estupideces.
—¿Ah, no?
Lo miro de lado.
—Yo no me enamoro. Nunca lo he hecho y no lo haré.
—Claro…
—Hay demasiadas mujeres en el mundo para amarrarse a una sola —continúo, firme—. Esto… —señalo el escenario con el mentón— es un capricho.
—Un capricho caro —se burla.
—Un capricho que voy a tener —corrijo—. Y cuando lo tenga… se acabó.
Gabriele me observa, analizando.
—Eso espero.
—Eso es —sentencio.
Y lo creo. Lo tengo claro.
La quiero. La voy a tener. Y cuando eso pase… el hambre se acaba.
Siempre ha sido así.
...
Las horas pasan, los shows cambian, pero mi atención vuelve siempre al mismo punto.
A ella.
Cuando termina, no pierdo tiempo.
—Voy a buscarla —digo, poniéndome de pie.
—Suerte con eso —responde Gabriele con una sonrisa.
Camino directo a la oficina de Lucrecia.
—Buenas noche, señor —dice ella apenas entro.
—Llámenla.
No pregunto. Ordeno.
Lucrecia me observa un segundo… y asiente.
—Como guste.
Minutos después, estoy en la oficina. Esta vez sin licor. Sentado en uno de los sillones negros, esperando.
La puerta se abre.
Y ahí está. No la cierra.
—Otra vez usted —dice, apoyándose levemente en el marco, con esa seguridad que me provoca arrancarle el control.
Me levanto despacio.
—Buenas noches, Arabella.
—Buenas noches —responde, seca—. Sea rápido.
Sonrío apenas.
—Puedes acercarte. No muerdo.
Me lanza una mirada afilada.
—Así estoy bien.
Me gusta.
Joder… cómo me gusta su insolencia.
—Directa —murmuro.
—Eficiente —corrige—. ¿Qué quiere?
La miro de arriba abajo sin disimulo. Ese maldito crop top marca lo justo… y más de lo que debería.
Me paso la lengua por los labios, pero me contengo.
—Te quiero a ti.
—No estoy disponible —responde sin titubear.
—Ya lo sé —admito—. Por eso… vengo con otra propuesta.
—No me interesa.
—Escucha primero, joder.
Se cruza de brazos. Y ese simple gesto… me jode la concentración por un segundo.
—Tienes treinta segundos —dice.
Respiro hondo.
—Quiero un baile privado.
Su expresión cambia apenas. Frunce el ceño.
—No hago bailes privados.
—No habrá malentendidos.
—Siempre los hay.
Me acerco un poco más.
—Cincuenta mil dólares —digo, directo.
Silencio.
—Por una hora.
Cualquier otra… ya estaría dudando.
Ella no.
—No.
Así. Sin más.
Mi mandíbula se tensa.
—Es más de lo que ganas en un mes.
—No me interesa.
La rabia empieza a hervir.
—Todo el mundo tiene un precio.
—Yo no.
—Si no tiene nada más que decir… me voy —añade.
Se gira. Y ahí… pierdo la paciencia.
La tomo del brazo antes de que dé el segundo paso.
—Espera.
Se detiene, pero no se gira de inmediato.
—Suélteme.
—Solo baila para mí.
—Ya bailé.
—Para todos —aprieto un poco más—. Yo quiero que bailes para mí.
Ahora sí gira el rostro. Y lo que veo en sus ojos… no es miedo.
Es molestia.
—Suélteme —repite.
Lo hago. Pero lo siguiente… me irrita más.
Se mira el brazo como si mi toque le diera asco.
Eso… no me gusta.
—Escuche bien —dice, clavando esos ojos en los míos—. No quiero salir con usted. No quiero bailar para usted. No quiero nada con usted.
Cada palabra es un golpe.
—Hay muchas mujeres ahí afuera que seguro estarán felices de complacerlo. Búsquelas —silencio —. Y deje de perder su tiempo conmigo.
Se da la vuelta y esta vez… no la detengo. La puerta se cierra y me deja ahí. Solo. Otra vez.
Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que siento que voy a romperme una muela.
Mi respiración es pesada.
Controlada, pero por dentro… Estoy ardiendo. Porque a mí… Nadie me dice que no.
Y ella… Lo a hecho dos veces.
Sonrío. Pero no hay humor en eso. Solo una promesa.
—Vamos a ver cuánto te dura eso, Arabella… —murmuro para mí mismo.
Porque esto… Ya no es un capricho.
Es un juego. Y yo nunca pierdo.
Me hace acordar a su papá con cabo suelto 🤣🤣🤣
Pero Braulio esto es lo que quería cuando se enteré que lo rechazo su hermanita
Ale que esta acostumbrado a tener todos a sus pies ahora tiene un NO de repuesto pero hasta el nombre lo sabe.
Ale esta 🔥🔥🔥🔥🤣
Estas tan ciega con la venganza que no sabes lo que te espera.
Te va enfrentar en un peligro que no tenes idea, le crees todo lo que te dice.