Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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08
Natalie supo que había vuelto a Valthoria antes incluso de ver sus murallas.
El aire cambiaba allí. Era más denso, más húmedo, como si la ciudad respirara sobre quienes se acercaban a ella. Cada paso del caballo resonaba en su cuerpo con una familiaridad incómoda. Había aprendido a sobrevivir lejos de ese lugar, pero el recuerdo seguía adherido a la piel, como una cicatriz que se reactiva con el frío.
Mantuvo la capucha baja al cruzar la puerta este. Nadie la detuvo. Nadie la miró dos veces. Valthoria estaba acostumbrada a no ver lo que no quería ver.
Mientras avanzaba por las calles empedradas, Natalie repasó mentalmente cada movimiento del plan. No podía permitirse errores. No aquí. No tan cerca.
El palacio apareció ante ella con la misma arrogancia de siempre: piedra clara, torres limpias, banderas inmóviles. Todo en él gritaba estabilidad, incluso cuando se sostenía sobre mentiras.
La hicieron esperar.
No le sorprendió. La dejaron sentada en una antesala estrecha, sin ventanas, donde el silencio parecía una prueba. Natalie permaneció inmóvil, las manos cruzadas, la espalda recta. No era la primera vez que esperaba en una sala así. Sabía que cada gesto sería observado, incluso si nadie estaba presente.
Cuando por fin la llamaron, entró sin vacilar.
Lady Anya estaba sentada frente a una mesa baja, iluminada por una luz suave que no proyectaba sombras duras. Vestía tonos claros, casi inocentes. Natalie notó de inmediato la ausencia de joyas, la postura relajada, la mirada abierta. Todo estaba calculado.
—Dijiste que tenías algo para mí —dijo Anya, con una voz amable, casi cálida.
Natalie dio un paso al frente.
—No habría regresado si no fuera importante.
Sacó el cuaderno de su bolsa. No el diario original. Nunca el original. Aquel objeto ardía incluso a través de la memoria. Esto era una copia parcial, mutilada con precisión quirúrgica.
Anya lo tomó. Lo abrió. Leyó.
Natalie observó cada microgesto: el parpadeo apenas perceptible, la forma en que los dedos se tensaban en ciertas páginas, el ritmo irregular de la respiración. No necesitaba ver el contenido para saber qué estaba reconociendo. El diario no revelaba toda la verdad, pero decía lo suficiente como para inquietar a quien se creyera intocable.
—Interesante —dijo Anya al fin—. Muy interesante. Aunque no veo nada aquí que pueda considerarse… definitivo.
—No —admitió Natalie—. No todavía.
Anya levantó la vista, curiosa.
—Entonces, ¿por qué mostrármelo?
Natalie sostuvo su mirada.
—Porque quería ver si lo reconocías.
El silencio cayó entre ambas como una hoja afilada.
Anya sonrió despacio.
—Te estás atribuyendo demasiada importancia.
—Tal vez —respondió Natalie—. Pero no te ha temblado el pulso al leerlo.
La sonrisa de Anya no desapareció, pero algo en sus ojos se endureció. Cerró el cuaderno y lo dejó sobre la mesa, como si ya no le interesara.
—Agradezco tu advertencia —dijo—. Haré que se investigue este asunto.
Era una forma elegante de decir creo que esto es todo lo que tienes.
Natalie inclinó la cabeza, aceptando la mentira como parte del juego.
—Eso es todo lo que vine a hacer —dijo.
Cuando salió del salón, no se permitió respirar hondo hasta estar lejos. No había ganado nada aún. Pero había plantado una idea. Y en Valthoria, las ideas eran más peligrosas que las armas.
Esa noche no durmió.
Se movió por el palacio con cautela, usando rutas que recordaba de su infancia, pasillos secundarios, escaleras olvidadas. No buscaba pruebas. Buscaba señales. Y las encontró.
Miradas nerviosas. Guardias desplazados. Un silencio demasiado ordenado alrededor de los aposentos reales.
Está inquieta, pensó. Bien.
Fue en las cocinas, cerca del amanecer, donde vio a Sonya.
La reconoció enseguida, aunque el tiempo la había encorvado. Sus manos se movían de forma mecánica, lavando una jarra que ya estaba limpia. Los ojos, hundidos. La espalda, rígida.
Natalie se acercó despacio.
—Si sigues así, levantarás sospechas.
Sonya se sobresaltó.
—No debería estar aquí —murmuró—. Váyase.
—No —dijo Natalie—. No hasta que me escuches.
Sonya apretó la jarra con fuerza.
—No sé quién es usted.
—Sabes exactamente quién soy —respondió Natalie en voz baja—. Y sabes que no he vuelto por casualidad.
Sonya tragó saliva.
—Ella me vigila.
—Ya no como cree.
Las palabras hicieron mella. Natalie lo vio en la forma en que Sonya levantó la cabeza, apenas un centímetro.
—Tu hijo no está enfermo —continuó—. Ni solo. Está a salvo.
El mundo de Sonya se detuvo.
—Eso es imposible —susurró—. Ella dijo…
—Ella miente —cortó Natalie—. Siempre lo ha hecho.
Durante unos segundos, Sonya no respiró. Cuando lo hizo, fue de forma irregular, como si algo dentro de ella se resquebrajara.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó al fin.
Natalie no respondió de inmediato. Observó a la mujer frente a ella: el miedo, el cansancio, la culpa acumulada durante años.
—Que no aumentes la dosis esta noche —dijo por fin—. Solo eso.
Sonya negó con la cabeza, desesperada.
—Si no lo hago, ella lo sabrá.
—Lo sé.
—Entonces nos matará a las dos.
Natalie dio un paso más cerca.
—No esta noche.
Sonya la miró como si quisiera creerle y no se atreviera.
—Piénsalo —añadió Natalie—. Si el rey empeora de forma inesperada, ella gana. Si no… tendrá que moverse. Y cuando se mueva, cometerá errores.
Sonya cerró los ojos. Cuando los abrió, algo había cambiado.
—Esta noche —dijo—. Solo esta noche.
Natalie asintió.
—Es suficiente.
Se separaron sin despedirse.
Horas después, Natalie observó desde la distancia cómo los médicos entraban y salían de los aposentos reales con expresiones confusas. El rey seguía débil, pero no como antes. Algo no encajaba. Y en Valthoria, lo que no encajaba llamaba la atención.
Natalie sonrió por primera vez desde que había regresado.
La trampa no estaba cerrada aún.
Pero Lady Anya acababa de dar el primer paso dentro de ella.
La galería oriental había cambiado.
Natalie lo supo antes incluso de verla. El aire estaba distinto: más denso, menos abandonado. El silencio ya no era descuido, sino espera. Avanzó despacio, pegada a la pared, y confirmó lo que su instinto le había advertido: una lámpara más de las habituales, colocada para borrar sombras; el eco amortiguado de pasos que no seguían un ritmo predecible; el olor leve del aceite nuevo en antorchas que habían sido encendidas hacía poco.
Lady Anya había movido ficha.
Natalie no aceleró. Acelerar era delatarse. Ajustó la respiración, dejó que su cuerpo recordara lo que la mente ya sabía hacer. Aquello no era un asalto. Era una intrusión calculada. No buscaba gloria ni huida; buscaba desaparecer sin que el palacio pudiera señalar el momento exacto en que algo se había roto.
Contó tres respiraciones antes de cruzar el arco.
No por superstición. Por memoria.
El pasillo que conducía a los aposentos privados estaba vigilado, pero no de la forma evidente. No había guardias a la vista. Eso era peor. Natalie detectó las señales pequeñas: una puerta secundaria entreabierta que antes siempre estaba cerrada; una alfombra ligeramente desplazada, lo justo para ocultar marcas recientes; una corriente de aire inexistente que delataba un pasadizo abierto en algún punto cercano.
Sonrió para sí misma, sin alegría.
Así que esperas cazarme, pensó. Bien. Yo también.
Avanzó hasta la puerta de Lady Anya y se detuvo. La cerradura había sido cambiada. No era más compleja, solo distinta. Un mensaje claro: alguien había tocado ese umbral después de la última vez.
Natalie apoyó la frente un segundo contra la madera. Escuchó. Nada. Demasiado nada.
Abrió.
El interior estaba más ordenado que antes. Demasiado. El escritorio despejado, los pergaminos alineados, el tintero vacío. El tapiz del tratado ya no colgaba en su lugar. La pared desnuda mostraba la silueta más clara donde había estado durante años.
—Llegas tarde.
La voz surgió desde la izquierda, tranquila, sin amenaza abierta.
Natalie no se giró de inmediato. Cerró la puerta con cuidado, como si estuviera sola.
—Nunca me gustó llegar temprano —respondió—. La gente se pone nerviosa.
Entonces se volvió.
Él estaba apoyado contra una columna, con la espada envainada y los brazos cruzados. Uniforme oscuro. Insignia discreta. Postura relajada solo en apariencia. Natalie lo reconoció en el mismo instante en que sus ojos se cruzaron.
Lysandro.
Sintió el golpe seco en el pecho, rápido, controlado. No dejó que se notara.
—Has cambiado la cerradura —dijo ella—. Eso es admitir miedo.
—O inteligencia —replicó él—. Depende de quién lo mire.
Natalie avanzó dos pasos, lo justo para quedar bajo la luz. No ocultó el rostro. No tenía sentido.
—¿Cuánto llevas siguiéndome?
—Desde que pisaste la galería —respondió—. Desde antes, en realidad. Solo que entonces aún esperaba estar equivocado.
Ella ladeó la cabeza, evaluándolo.
—¿Y ahora?
Los ojos de Lysandro descendieron, apenas un instante, a sus manos. Natalie lo notó tarde. Ajustó la postura sin pensar: pies separados, peso repartido, hombros relajados. La postura de descanso de Ylirion.
Demasiado tarde.
El silencio se tensó.
—Eso —dijo él despacio— no se enseña aquí.
Natalie no corrigió la postura. No retrocedió.
—Hay cosas que uno no olvida —respondió—. Aunque le convenga.
Lysandro exhaló, lento. No sacó la espada.
—El tapiz ya no está —continuó ella—. Eso significa que el compartimento tampoco. O que lo has vaciado tú.
—No yo.
—Entonces Anya sabe que alguien ha entrado —concluyó Natalie—. Pero no sabe quién.
—Todavía.
Se miraron durante un latido largo. Natalie sintió algo peor que el miedo: la certeza de que ya no controlaba el ritmo.
—No deberías estar aquí —dijo Lysandro finalmente—. Si te encuentran, no habrá juicio.
—Nunca lo hay —respondió ella—. Solo excusas.
Dio un paso hacia la pared desnuda, recorriéndola con los dedos, buscando irregularidades. Nada. El diario ya no estaba allí. Eso lo confirmaba todo.
—Lo ha movido —murmuró—. Y va a cometer un error por ello.
—O tú lo has cometido al volver —replicó Lysandro.
Natalie lo miró de nuevo. Esta vez, directa.
—No he vuelto por el diario.
Él frunció el ceño apenas.
—He vuelto para obligarla a reaccionar —continuó—. Si desaparece ahora, no podrá denunciarlo sin confesarse. Y si no desaparece... lo usará. Y alguien morirá.
Lysandro la observó en silencio. Cuando habló, su voz era más baja.
—Sigues creyendo que puedes mover el tablero tú sola.
—No —dijo Natalie—. Creo que tú aún no has decidido de qué lado estás.
El ruido lejano de pasos rompió el momento. Esta vez sí eran guardias. Reales. Cerca.
Lysandro se incorporó.
—Sígueme —ordenó—. Ahora.
—¿Me entregas?
—Te escondo —corrigió—. Hay una diferencia.
Natalie dudó solo un segundo. Luego asintió.
Mientras salían por una puerta lateral que ella no había visto antes, comprendió algo con una claridad incómoda: el robo ya no era el centro de la historia.
Ella misma lo era.
Y el palacio empezaba a cerrarse a su alrededor.