Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPÍTULO 18
El salón brillaba con luces cálidas, copas de vino y conversaciones que sonaban igual que todas las noches elegantes de la ciudad.
Valeria ajustó la hebilla de su cartera y respiró hondo antes de entrar. No era un evento grande, solo una entrega de reconocimientos al sector publicitario; pero los murmullos, los fotógrafos y las miradas le devolvieron ese aire de exhibición que tanto había odiado en su vida anterior. Esa donde Tomás era el protagonista.
Sonrió a un par de colegas, saludó con su amabilidad habitual y se acomodó en una de las mesas laterales, buscando pasar desapercibida. Todo iba bien hasta que escuchó esa risa. Esa risa imposible de olvidar.
Giró la cabeza. Y ahí estaba él. Tomás. Impecable como siempre, traje oscuro, reloj costoso, sonrisa ensayada y esa seguridad sobreactuada que ella conocía tan bien.
—Valeria —dijo, sonriendo—. Qué coincidencia.
—No tanto. Los eventos del gremio siguen invitando a los mismos egos —respondió ella, con una cordialidad que dolía de tan impecable.
Él soltó una risa breve.
—Sigues igual de sarcástica.
—Y tú igual de convencido de que es un cumplido.
Antes de que pudiera marcharse, escuchó una voz femenina acercarse.
—Amor, ¿todo bien?
Valeria no necesitó girar. Reconoció el tono antes que el rostro. Cuando lo hizo, se encontró con los mismos ojos grandes, la misma sonrisa de niña que había visto años atrás, entre los pasillos de una tienda, cuando su vida se quebró en dos.
Abril, la “muchachita” que alguna vez creyó que el amor era un juego y que Tomás era el premio. Ahora tenía más de veinte, claro: el maquillaje era más pulido, el vestido más caro, pero la historia seguía siendo la misma.
Tomás la tomó de la cintura con naturalidad.
—Valeria, te presento a Abril. Mi esposa.
La palabra cayó como un golpe seco.
—Oh —fue todo lo que dijo ella, con una sonrisa tan cortés que dolía.
—Encantada —agregó Abril, como si no recordara aquel día… o fingiera no hacerlo.
Valeria extendió la mano.
—El gusto es todo tuyo.
Silencio. Tensión. Y entonces, una voz familiar rompió el aire.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Héctor, con su mezcla habitual de descaro y calidez, apareciendo junto a ella; está vez elegantemente vestido, que le hacían más realce a su cuerpo muy bien trabajado y unos ojos felinos que captó la atención de más de una en el salón.
El gesto de Tomás cambió apenas, esa mínima contracción de mandíbula que delataba incomodidad.
Valeria no perdió la oportunidad.
—Tomás, te presento a Héctor, mi pareja.
El intercambio fue rápido, educado, pero bastó para que todo el evento se sintiera un poco más interesante.
Abril abrió los ojos, sorprendida; sin dejar de verlo de pies a cabeza.
—¿Héctor? —dijo, incrédula, ya no parecía un joven delgaducho y sin estilo, estaba más atractivo que nunca.
Valeria giró lentamente hacia él.
—¿La conoces?
Héctor vaciló.
—Fuimos pareja, hace ya mucho tiempo, eramos casi unos niños.
El silencio cayó sobre los cuatro como una cortina gruesa.
Tomás levantó una ceja.
—Vaya coincidencia —murmuró.
Valeria se apartó un paso. Las piezas encajaron de golpe. Todo en un mismo salón, como si el destino tuviera un sentido del humor bastante cruel.
Más tarde, en el auto, el silencio pesaba más que la lluvia. Valeria miraba por la ventana, sin parpadear, mientras las luces de la ciudad se reflejaban en el vidrio como si fueran respuestas que no quería leer.
Héctor seguía concentrado en la carretera, sin decir nada. Hasta que ella habló, con voz suave, pero cortante:
—¿Cuánto sabías?
Él la miró un segundo, confundido.
—¿De qué?
—De Abril. De Tomás.
—¿Qué? —frunció el ceño—. ¿Qué tienen que ver ellos conmigo?
Valeria soltó una risa breve, amarga.
—No lo digas así, como si fuera una coincidencia cósmica. De todas las mujeres del planeta, saliste con la amante de mi exmarido.
—¿Perdón?
—No me digas que no lo sabías, Héctor.
—No lo sabía, no sabía que el amante de mi ex, era tu esposo—Su tono fue serio, dolido—. ¿Cómo podría haberlo sabido? Eso fue hace años, y apenas si hablamos de esas relaciones.
Ella lo observó, buscando un parpadeo, un gesto que la traicionara. Pero él solo la miraba con una mezcla de sorpresa y tristeza.
—Valeria, si lo hubiera sabido, jamás me habría acercado a ti de esa manera.
Ella apartó la mirada.
—No estoy tan segura. A veces siento que todo esto fue… demasiado casual. Que aparecieras justo tú, con tu encanto torpe y tus bromas, que me sacaras de mi eje, justo cuando había aprendido a estar sola.
—¿De verdad crees que soy tan calculador?
—No lo sé. Ya me equivoqué una vez creyendo que conocía a alguien.
Héctor no respondió enseguida.
El ruido del limpiaparabrisas llenó el silencio.
Finalmente, habló, con voz baja:
—Yo también me equivoqué. Confié en alguien que me cambió por un tipo que le doblaba la edad. Y, aun así, no me volví cínico. No quiero pagar por los errores de otros, Valeria.
Ella cerró los ojos, respiró hondo.
—No te estoy castigando. Solo… necesito pensar.
Él asintió despacio, con los dedos apretando el volante.
—Tómate el tiempo que necesites. Pero no lo confundas con distancia. Yo no te fallé, Valeria.
Cuando se detuvieron frente a su edificio, ella abrió la puerta sin mirarlo.
—Buenas noches, Héctor.
—Buenas noches, Valeria. —Su voz sonó cansada, pero firme.
Ella subió las escaleras sintiendo el corazón lleno de ruido.
Él se quedó un rato en el auto, mirando cómo la luz del departamento se encendía.
Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, ambos sabían que esa noche, algo entre ellos había cambiado.