Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.
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EL CONSTANTE CAMBIO.
Al siguiente día, cuando Lauro y Cora estaban llegando al trabajo, el padre de esta ya la estaba esperando junto con su hermano Dante y su madre.
—Antes de que empieces con tus labores, puedes acompañarme.
Cora se puso nerviosa, porque no solo su padre y su hermano la esperaban… también su madre.
—Uy, tu madre está ahí. ¿Cómo crees que haya tomado la noticia? —preguntó Lauro, con media sonrisa.
—No lo sé… mi madre es impredecible, lo sabes.
—Creo que lo tomará bien, te ama.
Conversaban mientras caminaban hacia la oficina de Cora.
Mientras Cora y Lauro caminaban con paso decidido hacia la oficina de ella, Esteban y Alina, sus asistentes, disimulaban su curiosidad detrás de las pantallas.
—¿Qué habrá pasado para que esté media familia metida en la oficina de tu jefa? —murmuró Esteban, inclinándose apenas hacia Alina.
—No lo sé… y el joven Dante también está aquí. Es raro verlo por estos rumbos —respondió ella, con un brillo especial en los ojos.
—Pues es uno de sus hijos. Ahora que se graduó, seguro trabajará aquí —comentó Esteban.
—Debe ser genial tener una familia así… y tener el camino casi asegurado —dijo Alina con un deje de envidia.
—Ni que lo digas. Este es el mejor bufete del país. Aunque no es mi área, aquí solo aceptan a los primeros promedios.
—¿Crees que ahora que me gradúe deba presentar mi propuesta para abogada, a ver si me ascienden?
—Por supuesto, y si no lo hacen, búscate otro trabajo. Llevo un año aquí después de graduarme y sigo en el mismo puesto… Pero bueno, supongo que tendré que esperar a que se abra una vacante.
Ambos resoplaron, pero la mirada de Alina no se apartaba de Dante mientras Cora y Lauro cruzaban la puerta.
La oficina de Cora, amplia y de grandes ventanales, estaba cerrada al exterior por gruesas cortinas.
Al entrar, vio a sus padres uno junto al otro. Sintió la mano de Lauro entrelazarse con la suya, y eso la transportó años atrás, a la primera vez que lo llevó a conocer a su familia.
Aquella tarde, Lauro parecía un soldado en fila de revista: camisa perfectamente planchada, zapatos brillando y la corbata tan ajustada que hasta Cora sintió que le costaba respirar. Las manos frías lo delataban, aunque él intentara aparentar calma. Ella lo guiaba por el pasillo de la casa de sus padres, con la misma paciencia con la que se lleva a alguien a un examen importante.
La puerta del comedor estaba abierta y, desde ahí, se escuchaban voces y risas. El aroma a pan recién horneado y chocolate caliente lo envolvió antes de cruzar el umbral.
Toda la familia estaba reunida alrededor de la mesa: Arturo, el mayor de los hermanos, hablaba de un caso complicado en el bufete; Brandon, con su eterna sonrisa, mordía una galleta mientras escuchaba; Vania hojeaba una revista, pero levantó la vista con una ceja arqueada en cuanto vio a Lauro; y Dante, el menor, soltó un silbido burlón que le valió un codazo de Cora.
—Así que tú eres Lauro —dijo Arturo padre, poniéndose de pie para estrecharle la mano con un apretón firme, de esos que parecen medir carácter—. Bienvenido.
—Gracias, señor —respondió Lauro, cuidando el tono.
—Siéntate, hijo —intervino Esmeralda, la madre, con una sonrisa cálida mientras le acercaba una bandeja—. Prueba estas galletas, las hice esta mañana.
—Son peligrosas —comentó Brandon—, uno dice “solo una” y termina con la bandeja vacía.
Vania soltó una risita y miró a Cora.
—Bueno, al menos nos trajo a alguien con buena presentación.
Cora le lanzó una mirada de advertencia, pero Lauro sonrió con discreción, como si supiera manejar el juego.
—¿Chocolate o leche? —preguntó Esmeralda.
—Leche, por favor —contestó él, modulando cada palabra.
Dante, que hasta ese momento había estado callado, le pasó el vaso y dijo:
—Ojalá te guste, porque aquí la prueba de fuego son las galletas de mamá. Si sobrevives, ya pasaste el primer filtro.
Las risas recorrieron la mesa, y aunque Lauro no respondió, Cora sintió que se relajaba un poco. Debajo de la mesa, le rozó suavemente la rodilla con la suya, como diciéndole: “vas bien”.
El presente la devolvió a la oficina, donde ahora la situación era distinta. Ella ya no era la joven nerviosa que llevaba a su novio a una casa llena de hermanos curiosos. Ahora era una mujer hecha y derecha… pero frente a sus padres seguía sintiendo ese mismo respeto que le habían inculcado desde pequeña.
Y aunque Lauro estaba ahí, esta vez era Cora quien tenía que enfrentarlos.
Cora permanecía de pie junto al escritorio. Lauro, un paso atrás, observaba en silencio con las manos en los bolsillos. Frente a ellos, Arturo y Esmeralda ocupaban las sillas como si estuvieran frente a un cliente difícil. Dante, algo encogido en su asiento, tamborileaba los dedos sobre el reposabrazos. No sabía por qué lo habían llamado, pero intuía que no sería una charla ligera.
—Cora le comentaba a tu madre que es una decisión tomada —rompió el silencio Arturo, con un tono donde se mezclaban el cansancio y la incredulidad.
Cora asintió.
—Sí. Voy a dejar la empresa.
Esmeralda cruzó las piernas lentamente, sin apartarle la mirada.
—¿Y crees que puedes simplemente cerrar la puerta y marcharte como si nada?
—No como si nada —respiró hondo Cora—. Lo hago porque quiero dedicarme a lo que siempre me importó. Vivir lo que siempre quise y que nunca me atreví a defender.
En una familia tan grande, encontrar su voz propia había sido como buscar un faro en la niebla. Y ahora que lo había encontrado, no pensaba soltarlo.
—Siempre supe que eras sensible… pero nunca imaginé que llegarías a… esto —dijo Esmeralda, ladeando la cabeza.
—A ser yo —respondió Cora, con un leve temblor en la voz, pero firme.
Arturo entrelazó los dedos.
—Todo este tiempo construimos un lugar para ti aquí, con un apellido que abre puertas. Y lo vas a dejar… por un sueño que, estadísticamente, destruye más vidas de las que salva.
Lauro dio un paso adelante, su voz tranquila pero firme:
—Ella sabe lo que hace. Y si no la apoyan… igual lo hará.
Los ojos de Arturo se posaron en Lauro con un destello de tensión, pero no dijo nada. Fue Esmeralda quien lo hizo:
—¿Lo sabías y no dijiste nada?
—No me correspondía decirlo —respondió Lauro sin titubeos.
Esmeralda negó con la cabeza, sus labios apretados.
—No es que no quiera que seas feliz, Cora. Es que me duele pensar que… tal vez nunca lo fuiste aquí.
Cora bajó la mirada un instante.
—Nunca lo fui. Y eso no es culpa de ustedes… es culpa mía por no decirlo antes.
El silencio cayó como un telón pesado. Entonces, Cora se volvió hacia Dante.
—El departamento dentro del bufete… quiero que sea tuyo.
Dante parpadeó, sorprendido.
—¿Por qué yo?
—Porque tú sí quieres quedarte. Porque lo mereces y porque sé que lo vas a aprovechar. —Sonrió apenas—. Considéralo mi primer acto de libertad.
Dante tragó saliva, y aunque intentó parecer tranquilo, su voz salió baja:
—Gracias, hermana… No sé si lo merezco, pero no lo voy a desperdiciar.
Esmeralda rompió el momento:
—Cora… si hay algo más que quieras decirnos, hazlo ahora.
Cora miró a Lauro. Él le sostuvo la mirada y asintió.
—Voy a presentar una propuesta ciudadana para el debate del cierre voluntario.
Arturo inhaló profundamente. Su voz se volvió la de un abogado experimentado:
—¿Sabes lo que haces? No es un escenario de talento. Es política y derecho. Te van a juzgar, cuestionar y humillar. Y si no tienes un respaldo sólido, te van a destruir.
—Lo sé. Y voy a hacerlo igual.
Esmeralda se levantó, se acercó y le tomó las manos. Sus ojos brillaban con lágrimas que no caían.
—Si este es tu camino, lo voy a aceptar. No puedo prometerte que no me duela, pero voy a caminar detrás de ti.
Lauro apretó su hombro. Arturo, aún sentado, la observaba como quien sabe que la batalla está perdida… pero que la guerra apenas empieza.
Cuando Esmeralda se marchó y Lauro se retiró hacia su oficina, pasó frente al escritorio de Alina y Esteban.
—Alina, Cora te necesita en su oficina —dijo con un tono neutro pero firme.
Alina se levantó de inmediato, y Esteban le guiñó con complicidad.
—Suerte, que hoy el ambiente está para cortar con cuchillo.
Al entrar, lo primero que la desconcertó fue la disposición de la sala. Arturo, el padre de Cora, ocupaba la silla que normalmente pertenecía a su jefa. Cora estaba de pie, a un lado de él, y Dante sentado frente al escritorio, con el ceño fruncido.
—Alina, toma asiento, por favor —dijo Cora.
Ella obedeció, sintiendo que entraba a una reunión de la que no quería formar parte.
—Te mandé a llamar porque acabo de entregar mi renuncia formal a mi padre —anunció Cora con calma.
—¿Qué? —Alina no pudo ocultar la sorpresa—. Perdón, es que… no me lo esperaba.
—Lo sé. A nadie —respondió Cora con una ligera sonrisa—. Mi hermano se va a incorporar al departamento, así que trabajarás con él.
—Entiendo… ahora seré la secretaria del joven Dante —comentó Alina.
—No —intervino Arturo con un tono que hizo que todos lo miraran. Hubo un instante de confusión. —Tú vas a estar a cargo del departamento. Dante será tu asistente.
—¿Qué? —exclamaron Cora, Alina y Dante al unísono.
Cora giró la cabeza hacia su padre, Dante se levantó indignado y Alina sintió que el corazón se le iba a la garganta.
—Así como lo escucharon —prosiguió Arturo—. Cora me dijo que has trabajado hombro a hombro con ella en todos los casos. Te graduaste con honores y tienes el mejor promedio de tu generación. No veo a nadie mejor para el puesto.
—Papá, yo pensaba que me haría cargo —protestó Dante.
—Sí, tu hermana lo sugirió, pero también sugirió a Alina. Y a mí me parece la mejor opción.
—Pero… ¿por qué? —insistió Dante.
—Porque mientras tú estabas en la universidad disfrutando de tu vida, ella trabajaba y estudiaba aquí. Tú y ella tienen el mismo promedio, pero ella ya te lleva ventaja en experiencia.
—Papá, ya gané mi primer caso —se defendió Dante.
—Un caso que te entregaron servido por Vania. No te subas al pedestal tan rápido. Si permití que no trabajaras aquí durante la carrera fue porque fue tu decisión. Como padre puedo ser indulgente… pero como jefe, soy exigente. Esta es mi decisión. Si no quieres aceptarla, la puerta está abierta.
Arturo no cometería de nuevo el error con sus hijos, de nunca ofrecerles una salida.
La tensión en el aire era palpable. Arturo se levantó, dirigió una mirada firme a Alina y dijo:
—Felicidades.
Luego salió, dejando a Dante furioso. El joven agarró su portafolio y se marchó sin decir palabra.
Alina miró a Cora, todavía en shock.
—Hoy debemos dejar todo listo —dijo Cora—. Me iré a medio día. Ya le pedí a Lauro que me prestara a Esteban para que entre tú y él ayudaran a Dante, pero eñ vista de los nuevos cambios. Con el enojo de mi hermano, probablemente no aparezca hasta mañana.
—Es que… no me esperaba esto —balbuceó Alina.
—Yo pensaba que pronto presentarías tu propuesta para ascender —comentó Cora—, pero mi padre ya decidió. Créeme, si te lo dio es porque está convencido de que eres capaz.
Alina asintió lentamente.
—Muy bien, señorita.
En ese momento, Esteban apareció en la puerta.
—Me dijeron que hoy trabajo con ustedes.
—Sí, Esteban —respondió Cora—. Alina es la nueva encargada del departamento. Yo me voy al mediodía y su asistente oficial llegará mañana.
Esteban sonrió sorprendido y felicitó a Alina. Ella todavía sentía que estaba flotando.
—Bien —dijo Cora—, empecemos. Quiero irme temprano.