Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°18
Mientras tanto, en otra parte de Roma...
Cada tarde, cuando el sol se escondía entre los edificios antiguos de Roma, Samuel se sentaba solo en el muro trasero de la casa donde vivía. Siempre sacaba el mismo objeto de su bolsillo: un pequeño peluche de conejito blanco, algo sucio y con una oreja caída. Lo miraba en silencio, apretándolo entre sus manos como si pudiera recordar su calor.
Era el conejito de Isabella.
—Debí habérselo devuelto ese día... —murmuró para sí, con la mirada clavada en el horizonte.
Habían pasado días desde que la niña desapareció del orfanato. Samuel no había vuelto a verla. Y aunque trató de convencer a su jefe —el hombre que decía protegerlo como un padre— de que lo dejara buscarla, su petición fue tajantemente rechazada.
—Samuel, te lo he dicho —le repitió el hombre en su tono más seco—. Esa niña ya no nos pertenece. Fue adoptada. Fin de la historia.
—Pero señor... ella me importa. Solo quiero devolverle esto —dijo, levantando el conejito entre las manos.
—¿Me estás desafiando?
—No, señor... —contestó Samuel con voz baja, aunque su mirada decía otra cosa—. Solo quiero hacer lo correcto.
Esa noche, incapaz de quedarse de brazos cruzados, Samuel se deslizó fuera de la casa sin que nadie lo notara. Guardó el peluche bajo su chaqueta y caminó decidido por las calles oscuras de Roma rumbo al orfanato , fue a una sucursal cercana ya que el orfanato original estaba en Estados Unidos.
Cuando llegó, golpeó la puerta. Una mujer mayor con rostro amable lo recibió.
—¿Sí?
—Busco a Isabella. Vivía aquí... tenía este peluche —dijo, mostrándolo.
—Oh... la pequeña fue adoptada hace unos días. Ya no vive aquí, hijo.
—¿Sabe con quién se fue?
—Eso está en los registros —dijo la mujer con duda—. Pero no suelo compartir esa información...
—Por favor. No la molestaré. Solo quiero asegurarme de que esté bien.
La mujer, tras verlo tan decidido y sincero, accedió a mostrarle los registros. Samuel apenas leyó el nombre del adoptante cuando su corazón dio un vuelco.
—¿León...? —susurró—. No puede ser…
Sin saberlo, uno de los informantes del padre biológico de Isabella lo había seguido y había avisado inmediatamente de la visita de Samuel al orfanato. Aquello encendió las alarmas.
Horas después, cuando Samuel volvió a casa, no tardó en encontrarse con él.
—¿Así que andas buscando a la niña? —dijo el hombre con voz grave, detenido bajo la luz tenue del jardín—. ¿Pensaste que no lo sabría?
Samuel no se mostró sorprendido.
—Fui al orfanato. Solo quería saber si estaba bien... y devolverle esto —dijo, sacando el conejito con delicadeza.
—¿Estás loco? ¿Sabes lo que arriesgas al hurgar en eso?
—Era mi amiga. Se fue sin despedirse, sin su juguete. ¡Tenía derecho a saber!
El hombre dio un paso al frente, con el rostro tenso.
—Esa niña es mi hija. Y si alguien va a buscarla... seré yo. No tú.
—¿Entonces por qué no lo has hecho?
El silencio cayó como un golpe seco.
—Porque ahora está con León. Y meterse con él es abrir otra guerra —dijo, casi entre dientes—. ¿Y tú? ¿Qué harás ahora? ¿Lo seguirás desafiando?
Samuel miró al conejito una vez más. Luego levantó la vista.
—No. Ya no pelearé con usted.
—¿Entonces?
—Volveré a mi lugar. Trabajaré. Pero no le pida que me olvide de ella.
El hombre asintió con frialdad, pero sin decir una palabra más. Samuel se alejó caminando hacia la oscuridad de la noche, mientras el peluche seguía guardado contra su pecho.
Porque aunque él aceptaba su rol, algo dentro de él sabía que aún no todo estaba dicho. Y que tarde o temprano... el destino volvería a cruzarlos.