La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 16: El Peso de lo Inesperado
El castillo respiraba de otro modo. Aleric Duskbringer lo sintió antes de cruzar el umbral de su despacho, como si las propias piedras hubieran cambiado su ritmo, su latido antiguo, lento y sombrío, por uno más firme, más sereno, que no por ello dejaba de tener un eco de oscuridad que él reconoció de inmediato. El pasillo, antes lleno de corrientes de aire helado que aullaban por las rendijas y arrastraban polvo y ecos de pasos perdidos, ahora estaba cálido; las antorchas ardían con llama estable, sin vacilar, sin chisporrotear con la inconstancia de lo abandonado. Los tapices, desgastados y rotos cuando él partió, habían sido reparados, sus colores recuperados, las figuras de antiguas batallas y dioses de la tierra y el cielo volvían a mirar con claridad, sin que el moho ni la humedad hubieran podido devorarlos. Todo estaba en su lugar, mejor que en su lugar: ordenado, pulcro, como si el tiempo mismo hubiera sido domado aquí, en el corazón de la fortaleza que él creía suya hasta en sus sombras.
Cuando empujó la pesada puerta de roble, el olor lo golpeó primero: no el olor a humo viejo, papel mojado y frío perpetuo que había acompañado aquel espacio durante años, sino un aroma limpio, mezcla de madera recién pulida, cera de abejas y un toque sutil de lavanda y hojas secas de roble, un perfume que no pertenecía a su mundo, pero que no resultaba extraño, como si hubiera estado esperando ahí, oculto entre las sombras, para revelarse cuando ella llegara. Se detuvo en el umbral, la mano aún apoyada en la madera oscura, y recorrió la estancia con la mirada, cada rincón un golpe silencioso contra lo que él había conocido toda su vida.
La chimenea, cuyos ladrillos estaban negros y agrietados, ahora tenía el fuego encendido, una llama alta y dorada que no humeaba, que iluminaba las paredes con un resplandor cálido y constante. Los libreros, antes vacíos o llenos de pergaminos amontonados sin orden, libros con las páginas rotas y los lomos desgarrados, eran nuevos, de madera de roble tallado, y en ellos descansaban las obras que él creía perdidas, ordenadas por tamaño y por tema, con una precisión que hablaba de paciencia, de horas de trabajo silencioso, de una mente que no dejaba nada al azar. La alfombra, desgastada hasta la trama en los bordes donde él solía caminar de un lado a otro, había sido reemplazada por una de tonos granates y azules profundos, dibujada con estrellas y ramas de árboles que se entrelazaban, tan gruesa que sus pasos no produjeron ningún sonido al avanzar. Los asientos, duros y astillados, eran ahora de cuero oscuro y lana suave, dispuestos de modo que quien entraba no se sentía un intruso, sino un huésped bienvenido, aunque sin perder la solemnidad que el lugar requería.
Y el escritorio. Se detuvo ante él, y por un instante olvidó respirar. No era el suyo, no del todo: la forma era la misma, el tamaño, la posición frente al gran ventanal que daba hacia los campos nevados, pero la madera estaba nueva, lisa, sin las marcas de cuchillos y tinta seca que él había dejado durante años de campañas y decisiones crueles. Sobre él, nada estaba fuera de su sitio: un tintero lleno de tinta negra y espesa, plumas afiladas con cuidado, hojas de papel blanco, limpias y sin mancha, apiladas con exactitud. Y al lado, sus cosas: el sello de plata con el emblema de Duskbringer, su daga de mango de hueso, el mapa de las tierras fronterizas que él había dibujado con su propia mano, desgastado por el uso. Nada había sido movido de su lugar, nada había sido tirado o reemplazado, solo puesto en orden, limpiado, devuelto a la vida con un respeto que lo dejó desconcertado, como si alguien hubiera comprendido que aquellas pertenencias no eran solo objetos, sino parte de él mismo, de la historia sangrienta y solitaria que cargaba sobre los hombros.
Se sentó en la silla detrás del escritorio, de cuero negro y respaldo alto, y el cuero crujió suavemente, nuevo, firme, sin la holgura de lo viejo. Olía a cuero recién tratado, a madera nueva, y por un momento se sintió un extraño en su propia casa, un intruso en el lugar donde había planeado guerras, firmado sentencias de muerte y soñado con paz que nunca creyó merecer.
—Mi señor —dijo una voz suave a la puerta, y Aleric alzó la mirada para ver a Thorne, el mayordomo que había servido a su padre y a él mismo desde que era un niño, entrar con la cabeza inclinada, pero con una postura más erguida, más tranquila de lo que recordaba—. ¿Me permitís explicaros los cambios?
Aleric asintió lentamente, y sus dedos se cerraron sobre el borde del escritorio, duro y frío bajo su tacto.
—Habla —ordenó, y su voz fue más grave de lo habitual, pesada con la confusión y algo más, algo que se parecía al asombro, aunque nunca lo diría en voz alta.
Thorne avanzó unos pasos, sin cruzar la línea imaginaria que separaba el espacio del señor del de los sirvientes, y comenzó a hablar, su voz clara y firme, relatando cada detalle con la precisión de quien ha vivido cada uno de esos cambios.
—Todo esto es obra de la Archiduquesa, mi señor. Llegó aquí cuando el castillo era un cascarón frío y vacío, con las despensas casi vacías, los techos goteando, y los sirvientes, pocos y desmoralizados, sin saber qué hacer ni a quién obedecer. Ella no dio órdenes desde arriba, mi señor. Se puso a trabajar con ellos. Ayudó a reparar los techos, organizó las cosechas que estaban a punto de perderse, enseñó a las cocineras a conservar los alimentos, ordenó las cuentas que estaban en desorden desde hace años. Pasó días enteros sin descanso, caminando por cada rincón de la fortaleza, anotando todo lo que faltaba, todo lo que estaba roto, y arreglándolo con sus propias manos cuando era necesario. No exigió respeto, mi señor. Se lo ganó. Los hombres la siguen no porque sea vuestra esposa, sino porque ella misma ha demostrado ser digna de ser seguida. No hay rincón de este castillo que no haya tocado, no hay alma aquí que no le deba algo, por pequeño que sea.
Aleric escuchaba en silencio, y mientras el mayordomo hablaba, su mente reconstruía la imagen de la mujer que había visto en el recibidor: erguida, serena, hermosa con una belleza que dolía, y ahora la imaginaba de otro modo, con las manos manchadas de barro, arreglando techos, contando monedas a la luz de una vela, hablando con los sirvientes como si fueran sus iguales, sin arrogancia, sin desprecio. Era imposible, y sin embargo, cada palabra de Thorne era verdadera, lo veía en el brillo de sus ojos, en el respeto sincero que impregnaba cada sílaba. Aquella mujer que le habían dado por tratado, la esposa que él había aceptado sin esperar nada, ni siquiera esperar que existiera, había transformado su mundo sin que él estuviera allí, había llenado de vida lo que él había dejado muerto, y lo había hecho con una fuerza y una sabiduría que nadie le había atribuido. Los rumores la llamaban débil, llorosa, una niña mimada que se rompería con el primer viento frío. Pero la realidad era otra, mucho más grande, mucho más peligrosa.
Se levantó y caminó hacia el gran ventanal, y al mirar hacia abajo, la vio.
El campo estaba cubierto de nieve, blanca y brillante bajo el sol de la tarde, que se filtraba entre nubes grises y pesadas, tiñendo el paisaje de tonos plateados y azules oscuros. Harriette caminaba por el sendero que rodeaba el castillo, con un abrigo de lana gris que la cubría hasta los tobillos, su cabello rubio cobrizo suelto, ondeando suavemente con el viento, como fuego vivo sobre la nieve. No caminaba con prisa, ni con la timidez de quien teme ser vista. Caminaba con la cabeza alta, mirando a su alrededor, observando los árboles, el cielo, los hombres que patrullaban las murallas. Y cuando estos la vieron, se detuvieron, le hicieron una reverencia, y ella les respondió con un gesto de la cabeza, una sonrisa que no se veía desde allí, pero que se sentía, cálida y sincera. Algunos la miraban un instante más de lo que la etiqueta permitía, con una admiración que iba más allá del deber, y Aleric lo notó, y sintió algo frío y afilado clavarse en el pecho, una punzada de celos que lo sorprendió y lo enfureció a partes iguales. ¿Cómo no iban a mirarla? Era como una flor que hubiera nacido entre la nieve, brillante y viva, en un mundo que él había mantenido siempre en sombras. Incluso él, que se creía inmune a la belleza, que había visto morir a mujeres hermosas y no había derramado una lágrima, sentía que no podía apartar la vista de ella.
—Es mucho más de lo que nos dijeron, mi señor —dijo Thorne suavemente, como si hubiera leído sus pensamientos—. No es la mujer que describieron. Es más fuerte, más sabia... y más hermosa de lo que cualquier lengua podría describir.
Aleric levantó una mano, y el mayordomo calló de inmediato. Se quedó mirándola un instante más, viendo cómo se detenía a acariciar el cuello de un caballo que un soldado llevaba de la cuerda, cómo el animal se inclinaba hacia ella, tranquilo, como si reconociera su bondad. Luego se apartó de la ventana, y su mirada se volvió oscura, cerrada, como siempre lo había sido cuando enfrentaba algo que no entendía.
—Puedes retirarte, Thorne —dijo, y su voz fue baja, sin dejar traslucir nada de lo que pensaba—. Gracias por la explicación.
El mayordomo hizo una reverencia y salió de la estancia, cerrando la puerta tras de sí, dejándolo solo con sus pensamientos y con el fuego que ardía en la chimenea, cálido y constante. Aleric volvió a sentarse, y durante largo tiempo no hizo nada más que mirar las hojas blancas sobre el escritorio, la pluma que estaba lista para escribir, el sello de plata que brillaba con la luz del fuego. Todo era perfecto, todo estaba en su lugar, y sin embargo, nada era como antes. Ella había llegado y había cambiado todo, sin pedir permiso, sin esperar su aprobación, simplemente haciendo lo que era necesario. Y lo peor, lo que más lo inquietaba, era que no podía odiarla por ello. No podía enfadarse porque su hogar fuera ahora un lugar donde se podía respirar, donde la esperanza no era una palabra prohibida.
Pasó una hora, quizás más, antes de que la puerta se abriera de nuevo, y esta vez no hubo llamado, ni anuncio. La puerta se abrió lentamente, y Harriette entró, cerrándola tras de sí con suavidad. Se quedó de pie un instante junto a la puerta, mirándolo, y Aleric la miró a su vez, sin levantarse, sin decir una palabra, dejando que el silencio se extendiera entre ellos, espeso y cargado de preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular.
Ya no llevaba el vestido de malva y púrpura del recibidor. Ahora vestía un vestido de lana azul oscuro, sencillo, sin adornos, con el cuello alto y las mangas largas, y el cabello, antes recogido con elegancia, caía suelto sobre sus hombros, con mechones sueltos que le enmarcaban el rostro. Estaba pálida, como siempre, pero había un brillo en sus ojos azules, un brillo que no era de temor, sino de determinación, de algo más profundo, más antiguo, que se escondía bajo la superficie de su calma. Aleric pensó, por un instante, que ella sabía. Sabía que él la había estado mirando desde la ventana, sabía que él había estado hablando con Thorne, sabía que él estaba intentando comprenderla, desentrañarla como se desentraña un mapa de un territorio peligroso.
—He visto que habéis examinado el despacho —dijo ella, y su voz fue suave, pero firme, sin vacilación, sin la sumisión que él esperaba—. Espero que los cambios no os ofendan. No quise reemplazar nada de lo vuestro. Solo... lo puse en orden.
Aleric no respondió de inmediato. Se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre el escritorio, y sus ojos violeta la recorrieron lentamente, desde los pies hasta la cabeza, como si estuviera buscando algo, una mentira, una debilidad, una grieta en aquella fachada de serenidad.
—¿Por qué? —preguntó, y su voz fue rasposa, como si las palabras le costaran salir—. ¿Por qué hacerlo? Sabíais que volvería, que podría haberlo arruinado todo, que podría haber odiado cada cambio que hicisteis.
Harriette dio un paso adelante, pero no se acercó demasiado, manteniendo la distancia entre ellos, como si supiera que él necesitaba ese espacio, como si temiera que acercarse demasiado fuera a ahuyentarlo.
—Porque este lugar no era solo vuestro —respondió, y sus ojos no se apartaron de los suyos—. Era mío también, por derecho, por tratado, por el destino que nos impusieron a ambos. Y no podía vivir en ruinas, Aleric. No podía ser feliz en un lugar que parecía estar de luto por algo que aún no había muerto. Así que lo reconstruí. No para vos, no para mí. Para nosotros. Para que cuando volvierais, tuvierais un lugar al que quisierais volver.
—¿Y si no quiero volver? —dijo él, y había una dureza en su voz, una sombra de la oscuridad que llevaba dentro, un deseo de probarla, de ver si se rompía ante sus palabras, como todos los demás lo hacían—. ¿Y si prefiero las ruinas? ¿Y si prefiero el frío y la oscuridad que conocí toda mi vida?
Harriette no retrocedió. Lo miró a los ojos, directa, sin pestañear, y una sonrisa leve, triste y hermosa, apareció en sus labios.
—Entonces podéis destruirlo todo de nuevo —dijo, y su voz no tenía rastro de enfado, ni de reproche, solo de una verdad que dolía decir—. Podéis apagar el fuego, arrancar los tapices, romper los muebles. Podéis hacerlo todo de nuevo ruinas. Pero sabréis que hubo luz aquí. Sabréis que hubo calidez. Y la oscuridad ya no será lo mismo, porque sabréis lo que hay fuera de ella.
Aleric se quedó callado, y sus dedos se apretaron contra la madera del escritorio, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Aquella mujer lo conocía, de algún modo, sin haberlo hablado antes, sin haber compartido más que unas palabras, había visto la sombra que vivía en él, la parte de él que amaba la oscuridad, que temía la luz porque sabía que esta revelaría todo lo que había roto dentro de sí. No era inocente, no era la niña dulce y sin experiencia que todos describían. Tenía una oscuridad propia, una profundidad de espíritu que igualaba la suya, una fuerza que no se veía a simple vista, pero que estaba ahí, firme como las piedras del castillo.
—Me habéis transformado mi hogar, Harriette —dijo él, y su voz fue más baja, casi un susurro, como si confesara un pecado—. Y con ello, habéis cambiado también mi vida. No sé si podré perdonároslo.
—No os pido perdón —respondió ella, y dio un paso más, acercándose lo suficiente para que él pudiera ver el brillo de sus ojos, la palidez de su piel, el modo en que su respiración se aceleraba levemente, aunque su rostro siguiera sereno—. Solo os pido que me conozcáis. Que veáis quién soy, más allá de lo que os dijeron. Yo ya he visto quién sois, Aleric. No el guerrero, no el Archiduque. El hombre que hay debajo de todo eso. Y no me asusta.
—Debería —dijo él, y su mirada se oscureció, se volvió peligrosa, cruel, como si quisiera asustarla, hacerla huir, como todos los demás habían huido antes—. Soy un hombre cruel, Harriette. He matado, he ordenado matar, he hecho cosas que os helarían la sangre. No soy el hombre que vuestra imaginación ha dibujado. Soy oscuro, y retorcido, y a veces creo que no tengo alma.
Harriette negó con la cabeza lentamente, y su cabello se movió con ella, como olas de fuego sobre sus hombros.
—Todos tenemos sombras —dijo ella, y su voz fue suave, pero con una fuerza que lo atravesó como una flecha—. Yo también tengo las mías. No soy la mujer que describen los rumores tampoco. He sufrido, he odiado, he deseado que el mundo se quemara a mi alrededor. No soy perfecta, ni pura, ni inocente. Soy simplemente... yo. Y creo que vos tampoco sois solo oscuridad. Sois algo más. Algo que aún no habéis descubierto.
Se miraron entonces, en el silencio del despacho, con el fuego ardiendo entre ellos y la nieve cayendo lentamente fuera del ventanal, y en aquella mirada hubo algo que no se podía nombrar. No era amor, no todavía. Era reconocimiento, el choque de dos mundos que se habían creído opuestos y que ahora descubrían que eran dos mitades de un todo. Era miedo, y esperanza, y una atracción tan fuerte que daba miedo, como si el destino mismo los estuviera empujando el uno hacia el otro, a pesar de todo lo que eran, a pesar de todo lo que habían hecho.
Aleric se levantó entonces, y al hacerlo, su cabeza casi tocó las vigas del techo, su presencia llenando toda la estancia, una fuerza de la naturaleza, oscura y hermosa y aterradora. Dio la vuelta al escritorio y se detuvo ante ella, tan cerca que podían sentir el calor del cuerpo del otro, tan cerca que sus respiraciones se mezclaban. Harriette no retrocedió. Levantó la vista, lo miró a los ojos violeta, y no hubo miedo en su mirada, sino algo mucho más peligroso: aceptación.
—No sé qué nos espera, Harriette —dijo él, y su voz fue grave, llena de una incertidumbre que nunca había mostrado a nadie—. No sé si podremos ser lo que esperan de nosotros. No sé si podremos ser felices. Pero...
—Pero lo intentaremos —completó ella suavemente—. Un día a la vez. Sin mentiras. Sin expectativas. Solo nosotros dos, en este castillo que hemos construido juntos.
Aleric la miró, y por un instante, la dureza de su expresión se suavizó, se rompió, y vio algo en sus ojos que parecía esperanza, una chispa tenue y frágil, como una vela encendida en medio de una tormenta. Alzó la mano lentamente, y sus dedos, grandes y marcados por cicatrices, rozaron la mejilla de ella, suavemente, como si temiera que se desvaneciera bajo su tacto. Harriette cerró los ojos un instante, inclinando la cabeza levemente hacia su mano, y cuando los abrió, sus ojos azules estaban llenos de lágrimas que no caían, brillantes como diamantes bajo la luz del fuego.
—Un día a la vez —repitió él, y su voz fue un juramento, una promesa, aunque no supiera exactamente de qué estaba prometiendo—. Pero si me hacéis daño, Harriette... si me traicionáis...
—No lo haré —dijo ella, con una certeza absoluta—. Y si lo hago, podéis echarme. Podéis enviarme lejos. Pero ahora... ahora estoy aquí. Y no me iré a ninguna parte.
Se quedaron así, en la penumbra del despacho, con el fuego ardiendo y la nieve cayendo fuera, dos almas rotas que habían sido unidas por la fuerza y el destino, y que ahora, sin saber cómo, empezaban a encontrar en el otro lo que les faltaba. No era un comienzo de cuento de hadas. Era un comienzo oscuro, incierto, lleno de sombras y secretos, de pasados que los perseguirían y de futuros que no podían imaginar. Pero era su comienzo, suyo y de nadie más. Y mientras se miraban, mientras la mano de él descansaba suavemente sobre la mejilla de ella, ambos supieron que nada volvería a ser igual. Que el destino, cruel y caprichoso, les había dado una nueva oportunidad, no para ser felices, sino para ser completos. Para encontrar, en la oscuridad del otro, la luz que ninguno de los dos había podido encontrar solo.
Y fuera, el viento soplaba sobre los campos nevados, y el castillo, su castillo, se alzaba firme contra el cielo gris, como un juramento de piedra y fuego, testigo del comienzo de algo que cambiaría no solo sus vidas, sino el destino de todo el reino.