El silencio en la Catedral no era de devoción, sino de asfixia. Frente al altar, dos herederos de familias rivales se miraban, no con amor, sino con el frío reconocimiento de quienes han sido convertidos en peones. Mientras el sacerdote iniciaba los votos, el peso del deber familiar sellaba un destino que ninguno de los dos eligió, transformando el día de su boda en el inicio de su mutuo cautiverio.
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Salió sin más preámbulos
En la mansión se presentaron los padres de Natasha.
Damián estaba en el despacho preparando los papeles para irse al trabajo.
Señor, lo buscan, dijo Salomón.
¿Quién?, preguntó él.
Los padres de la señora Natasha.
Es lo que menos esperaba, pásalos al salón de juntas, en seguida me reúno con ellos.
Sí, señor.
¿De nuevo ustedes aquí?, ya les dije que no los quiero ver.
Queremos ver a nuestra hija, dijo Inés, en su voz se notaba que admitía réplicas. Era autoritaria y firme.
Ella está indispuesta, desde que perdió al bebé ha estado muy decaída.
¡¿Cómo que perdió al bebé?!, ¿de qué hablas, Damián?
El bebé que esperaba Natasha nació muerto. Y ahora, hagan el favor de retirarse.
No nos vamos a ir hasta que veamos a Natasha.
Herson secundó a su esposa, eso mismo digo yo.
Será mejor que se vayan, y si insisten en venir sin avisar puede que a la próxima no la pasen tan bien.
Tus amenazas no me asustan, ¿crees que yo no he hecho lo mismo? O nos dejas ver a Nati...
¡¿O qué?!, lo retó Damián.
Inés le tocó el hombro, mejor vámonos, este hombre es capaz de matarnos.
Está bien, pero volveré, te lo prometo.
Más les vale que no vuelvan, dijo Damián, amenazador.
Herson le hizo una seña con el dedo.
Natasha no se dio cuenta de la visita de sus padres, ella estaba muy ocupada pensando en una manera de poder escapar.
Ahora que sabía de su embarazo, no estaba dispuesta a dejar que Damián lo criara. No le importaba que fuera el padre.
Cuando Blanca le llevó la comida, guardó el cuchillo, esperó pacientemente, y cuando entró por la comida Nati la amenazó con el cuchillo.
Señora, ¿qué le pasa?, dijo Blanca, asustada.
No hagas ruido, yo no soy así, pero si me obligas no me importa nada de lo que pueda pasar. Así que mejor guarda silencio.
¿Qué quiere de mí?, susurró Blanca, su pecho subía y bajaba muy agitada.
Quiero que me ayudes a escapar por la ventana.
Señora, estamos en el tercer piso, además, en su estado es muy arriesgado.
Amarra las sábanas una a una, rápido.
Blanca hizo lo que Natasha le ordenó.
Ya cuando lo hizo, Natasha le amarró las manos y los pies con una soga que se encontró por ahí.
Luego, le puso una mordaza y, arriesgándose, salió por la ventana.
Claro, en esa mansión era imposible escapar sin que nadie se diera cuenta. Solo que esta vez, llegó hasta la reja, los perros no la atacaron, ellos solo atacaban de noche.
Natasha logró traspasar la reja, una vez afuera, corrió tanto como se lo permitieron sus piernas.
Iba muy asustada, cuando llegó a la carretera, agitó sus manos esperando que algún coche se detuviera y le brindara ayuda.
Durante una hora, estuvo caminando, ningún coche se quería parar, a la gente no les gustaba meterse en problemas.
Hasta que un coche con dos tipos se detuvo a su lado.
¿A dónde va, señorita?, preguntó uno.
Por favor, lléveme a la policía.
Suba, ella se sentó atrás.
El coche dio vuelta en "u" y siguió su rumbo.
Oiga, ¿a dónde me lleva?, deténgase.
Pero el chofer no le hizo caso y siguió su ruta.
En menos de 10 minutos el coche llegó a la mansión, Natasha se sintió desfallecer cuando el propio Damián abrió la puerta del coche y la obligó a bajar.
Vamos, pequeña traviesa.
Blanca, Salomón, y Enzo estaban en la puerta de entrada, además de otros empleados.
Natasha no necesitó ser adivina para saber que Blanca la había traicionado.
Esa noche, Natasha no la pasó nada bien, encima de lo agotada que estaba, Damián la regañó y le dio varios golpes con un cinto que guardaba su padre para pegarle cuando era niño.
Ella lloró y gritó, pero Damián siguió golpeándola.
¿Por qué insistes en huir?, aquí te tengo como a una reina y tú solo piensas en irte.
Damián, déjame ir, ¿por qué me retienes a la fuerza?, dijo ella entre lágrimas.
Eres mi esposa, ¿te parece poco?, de aquí no saldrás, a menos que sea con las patas por delante.
Pues no me desideas, ¿sabes?
Por toda respuesta, Damián le propinó una bofetada.
La dejó en el suelo, sangrando por la boca y la nariz, además de unos moretones en los brazos y piernas.
Cura a Natasha, le dijo a Blanca, quien también había recibido lo suyo.
Te advierto que otro suceso como el de hoy, y te daré de cena a los perros. Lo mismo va para ustedes dos.
Damián salió de la casa, iba muy enfadado. Se fue directo a la empresa.
Ya era tarde y ya se habían ido todos.
Entró a su despacho, se recargó en la silla y dejó trabajar a la mente.
Sin quererlo, se quedó dormido.
Eres malo, por eso las mujeres te temen, Natasha te tiene terror. Tú la martirizas tanto, y todo por dinero.
Has abusado de ella muchas veces, y ella no dice nada porque sabe que nunca podrá salir se ahí.
Damián despertó con un amargo sabor en la boca.
"Ni modo, así me educaron, yo no tengo la culpa", se dijo para justificarse.
Ahí estuvo hasta que logró tranquilizarse. Poco después llegó a su casa, Natasha dormía tranquilamente, su rostro hinchado por los golpes, pero fuera de eso, se encontraba muy bien.
De pronto notó algo raro en las sabanas...
¿Qué es eso?, se acercó y pasó un dedo sobre la mancha roja que había ahí. ¿Es... sangre?
Damián le habló a la partera que la atendió antes.
Sin decir nada la checó, y después de un rato que parecieron siglos dijo: Ella está fuera de peligro, y el bebé también.
Damián lanzó un suspiro relajador.
Le recomiendo mucho reposo, y, por favor, cúrele esos golpes.
Salió sin más preámbulos.